Campamento secreto: Noche de confesiones y placer
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Mis compañeros volvieron a escribir en el grupo de WhatsApp “Campamento secreto”: *¿Alguien más para esta noche?*
Dudé por un momento, pero decidí que no iba a permitir que los últimos contratiempos me estropearan todo el fin de semana.
—Yo voy —escribí. Mis amigas no tardaron en responder con mensajes llenos de alegría.
Preparé mis cosas rápidamente: un edredón, mi neceser con artículos de higiene y ropa limpia para el día siguiente. Al llegar al lugar, vi que Juan también estaba allí. No quería toparme con él, pero tampoco podía evitarlo.
Casi de inmediato, Dylan se me acercó con la clara intención de darme un beso en la boca, pero lo esquivé discretamente. No estaba bien visto que se supiera que me involucraba con personas del trabajo; no me parecía profesional. Más tarde, cuando por fin logramos quedarnos a solas en la cocina, se me acercó por la espalda, me abrazó y pegó sus labios a mi cuello.
—Me alegra que al final te hayas decidido a venir —susurró.
—Yo también quería verte hoy —admití, dándome la vuelta para mirarlo.
—Pues no lo parecía, porque me has esquivado cuando intenté besarte hace un rato.
—No pienses mal, solo creo que no es buena idea que los demás sepan que pasa algo entre nosotros.
—Vale, pensaba otra cosa, pero estoy de acuerdo —asintió, relajando el rostro.
—No te enfades, ¿vale?
Su mirada cambió, volviéndose más oscura y profunda. Me acerqué y le di el beso que tanto había evitado. Él me correspondió al instante, como si llevara mucho tiempo esperándolo. Posó una mano en mi cintura mientras la otra bajaba con firmeza hacia mis nalgas. Sabía perfectamente cómo encenderme. Mis manos abandonaron su cuello y empezaron a deslizarse bajo su ropa, buscando su torso.
Cuando el beso terminó, Dylan bajó a mi cuello, recorriéndolo con una urgencia que me hizo estremecer. Se agachó, me sujetó por las piernas y me levantó en vilo, haciendo que me sentara sobre la encimera. Sentía su cuerpo firme contra el mío y nos miramos con evidente hambre.
—¿Vamos a una habitación? —le pregunté, incapaz de contener las ganas de estar con él.
—Vaya, pensé que querías discreción.
—No creo que nadie se dé cuenta, ya están todos bastante borrachos.
Caminamos con cuidado por el pasillo. Aunque ya era tarde, la luz del atardecer aún se filtraba por las ventanas, permitiéndonos distinguir el camino y los muebles de la casa. Entramos en uno de los cuartos, buscamos la cama y nos acostamos uno al lado del otro. Sus manos buscaron la cremallera de mi abrigo al mismo tiempo que yo le quitaba la bufanda.
Al despojarme del abrigo, quedó al descubierto mi blusa transparente, escotada y ceñida, un detalle que lo volvió loco. Me trepé encima suyo, sentándome sobre sus caderas. Mientras aprovechaba para recogerme el cabello en una coleta, él se incorporó y empezó a besar mi cuello, bajando por el escote mientras me quitaba la blusa hasta dejarme solo en sostén. Ya sin la prenda, se abalanzó sobre mis pechos para morderlos y besarlos, dejándolos marcados con sus labios. El placer me dominaba, arrancándome los primeros gemidos.
Contraataqué quitándole la camiseta y plantándole un beso voraz en la boca. Bajé por su cuello y su pecho, dejándole chupetones adrede, queriendo marcar mi territorio para que supieran que yo había estado ahí. Al mismo tiempo, desabroché su cinturón y sus pantalones. Dylan me dio la vuelta con agilidad, posicionándose sobre mí y recuperando el control de la situación. Soltó los botones de mis pantalones y los deslizó hacia abajo, volvió hacia arriba a quitarme el sostén, junto a mis bragas, dejándome completamente expuesta. Besó mi abdomen y continuó bajando hasta mi vulva.
La lamió, la besó y hundió sus dedos en mi interior. Los movía con un ritmo frenético mientras me chupaba, haciéndome gritar de placer mientras yo lo sujetaba con fuerza del cabello. Me sentía completamente húmeda, desbordando deseo. Su lengua se introducía en mi canal vaginal, saboreando cada uno de mis fluidos.
De repente se incorporó, me separó las piernas y me arrastró hacia él. Se quitó su ropa interior en un solo movimiento y empezó a frotar su miembro erecto contra mi vulva.
—¿Quieres que te la meta? —preguntó con voz ronca.
—Sí, por favor.
—¿Te gusta que te haga gritar?
—Me encanta.
Entró de golpe, rápido y fuerte, llegando hasta el fondo.
—¡Aaaah! —gritos, en una mezcla de dolor y puro placer.
Se detuvo un segundo para dejar que me adaptara y luego reanudó la marcha con un movimiento suave que se volvió cada vez más rápido. Entraba y salía de mí sin piedad; sentía mis propios jugos correr mientras gemía sin control. Él me sujetaba con fuerza de las nalgas para aumentar la presión contra su cuerpo.
—Quiero montar tu polla, Dylan.
—Súbete encima de mí.
Sin sacarla de mi interior, me ayudó a darme la vuelta. Quedé arriba, levantando el torso mientras él continuaba pegado a mí. Me devoraba las tetas mientras yo saltaba sobre él, gimiendo desbocada.
—Qué buena polla tienes, Dylan…
—¿Te gusta montarme?
—Me encanta…
—Sigue, puta, que quiero que te corras encima de mí.
Arañé su espalda con fuerza. Mientras él me marcaba los pechos y el cuello con los dientes, alcancé el clímax, perdiendo el conocimiento por unos segundos.
—¡Aaaah, qué rico, por Dios!
—Lucía, eres increíble —gimió él, embistiendo con más fuerza.
—Aaaah, Dylan, me das tanto placer…
—¿Así?
—Sí… me encanta venirme contigo.
—Entonces ponte a cuatro patas.
Obedecí de inmediato, colocándome en posición para él. Volvió a frotarse contra mi intimidad, que ya estaba empapada.
—¿Quieres ser mi perra esta noche?
—Sí, toda la noche —respondí, justo antes de que me diera un azote en la nalga—. ¡Aaah!
—¿Te gusta ser la que me pone así de duro?
—Me encanta, Dylan.
—Cómo me pone que digas mi nombre…
—En serio, Dylan… —Me dio otro azote—. ¡Aaaah! ¿Por qué me azotas?
—Porque eres una perra muy sucia y te tengo que castigar.
—¿Cómo me vas a castigar?
—Vas a tener que recibir toda mi leche.
—Lléname de leche entonces.
Me volvió a meter su miembro duro hasta el fondo. Yo no paraba de gemir mientras él me sujetaba firmemente de las caderas y me azotaba las nalgas. Cada embestida era más implacable y cada palmada más fuerte que la anterior. Una de sus manos se enredó en mi cabello, tirando de él hacia atrás cuando sintió que ya no podía más. Me dio un último azote y se corrió profundamente dentro de mí.
—¡Aaaaahhh! —gimió Dylan, temblando mientras culminaba.
Sentía su calor hirviendo en mi interior. Nos quedamos en silencio durante varios minutos, abrazados, hasta que nuestro pulso se normalizó.
—¿Nos estarán echando de menos? —pregunté finalmente.
—Tal vez sí. Deberíamos volver. Sal tú primero y yo voy después, no es bueno que nos vean salir juntos.
—Tú siempre tan precavida… —Me dio un beso intenso y empezó a vestirse.
Yo me ordené el cabello y me retoqué el maquillaje frente al espejo; tenía el labial completamente corrido y ahora necesitaba usar base en mis pechos para ocultar las marcas. Salí de la habitación como si no hubiera pasado nada. Para entonces, el cielo ya estaba completamente oscuro. Me quedé en el vestíbulo, disimulando, cuando Ian se acercó y me tendió un vaso para iniciar una conversación.
Después de algunas conversaciones sin sentido, entró en materia.
—¿Cuándo fue tu último polvo? —preguntó con una sonrisa pícara.
—Hace unas horas —respondí, sosteniéndole la mirada.
—¿Con quién?
—Con alguien de por aquí.
—Me parece bien —sonrió—. ¿Y tú?
—Hace unos días.
—¿Pareja o casual?
—Casual. Voy un momento al servicio, ¿vale?
—Tienes que usar el de la habitación de allí —me advirtió Ian—. Este de aquí abajo no tiene pestillo.
—Gracias por el dato.
Subí las escaleras y caminé hacia el baño. Al salir, me di cuenta de que estaba exactamente en la misma habitación donde un rato antes Dylan me había hecho de todo. De repente, Ian apareció en la puerta. Entró, cerró detrás de él, me tomó firmemente por la cintura y me besó sin pedir permiso.
Me quedé allí, besándome con Ian en el mismo rincón donde minutos antes había estado follando con Dylan. Él era casi un desconocido para mí, pero no podía negar que me llamaba muchísimo la atención. Tenía un físico espectacular y besaba jodidamente bien; además, olía delicioso, una fragancia masculina que terminó por quebrar mi resistencia.
Nunca había estado con más de un hombre en menos de 24 horas.
Quería perder el control esa noche. Mi intimidad todavía estaba completamente empapada por toda la leche que Dylan me había dejado en el interior, así que no hacía falta preliminares ni entrar mucho en materia.
Ian empezó a desvestirme con prisa. Sus labios devoraban mi cuello, bajando con urgencia hacia mi pecho mientras me quitaba la ropa casi por completo. Todo estaba sucediendo de forma muy rápida.
Estaba desnuda otra vez, me arrodille para hacerle sexo oral y el empezó a desvestirse.
– Mmmm… Que bien la chupas Lucia
Sabía que llevaba demasiado tiempo ausente de la fiesta y no podía permitirme el lujo de que alguien nos descubriera juntos, menos con un chico al que apenas conocía. Como si leyera mis pensamientos, él simplemente me levantó, me dio la vuelta, me apoyó firmemente contra la pared y, sin rodeos, me introdujo su miembro de un solo golpe.
—¡Aaaaahhh! —grité.
—Me encanta escucharte gritar —susurró él, acelerando el ritmo.
—¡Aaaaahhh, sigue, por favor! —suplicaba yo, desbocada de placer, mientras él embestía cada vez más rápido y fuerte.
—¡Qué buen culo tienes, Lucía! Hace mucho que quería follarte.
—¿Desde cuándo? —pregunté, jadeando.
—Desde que te vi por primera vez.
—Pues aprovéchame ahora y empótrame…
—¿Me dejas correrme dentro? —preguntó con voz ronca, conteniendo el aliento.
—¡Sí! ¡Hazlo!
—Suplícalo…
—¡Aaaaahhh, sí, por favor! ¡Lléname de semen!
Estuvimos un buen rato en esa misma posición, manteniendo un ritmo constante y sofocante, hasta que sintió el espasmo final y culminó dentro de mí. No pasó mucho más tiempo después de eso. Fue algo rápido, sencillo y directo; un encuentro tranquilo que terminó perfectamente bien.
Disimuladamente, me arreglé la ropa y regresé yo primero a la fiesta. Necesitaba descansar un momento, así que compartí algunas bebidas con mis amigos, intercambié unas cuantas palabras para integrarme de nuevo al grupo y disipar sospechas, y después salí al jardín a despejarme un poco.
El aire fresco me sentó bien, pero pronto escuché unos pasos detrás de mí que se detuvieron a muy poca distancia. Al darme la vuelta, descubrí que era Juan.
—¿Necesitas algo? —le pregunté, cruzándome de brazos.
—Quería hablar contigo.
—¿De qué?
—Llevamos muchos días enfadados, deberíamos arreglar las cosas.
—No hay nada que arreglar, Juan. No está bien involucrarse con gente del trabajo.
—¿Qué tal si caminamos un poco y llegamos a una conclusión?
Miré hacia la casa. Adentro todos estaban en su propio mundo: Dylan bailaba, otros fumaban y comían. Ya era muy tarde; la noche era sumamente fría y la luz de la luna apenas logra iluminar las siluetas de los árboles en el jardín. El cansancio y los efectos del alcohol empezaron a pasarme factura. Subí a una de las habitaciones libres de la planta alta para descansar. Tenía mucho sueño y me senté en el borde de la cama.
Juan me había seguido. Se inclinó hacia mí y me dio un beso suave en la boca que luego bajó hacia mi cuello. Lo detuve con suavidad.
—Es muy pronto…
—Te entiendo —respondió él a escasos centímetros de mis labios—. Pero quédate a dormir conmigo, ¿sí?
—No, mejor me iré abajo.
—¿Por qué?
—Porque no me siento capaz de dormir contigo y no hacer nada.
Llevábamos seis meses de tensión y juego previo entre nosotros, y la verdad es que yo tampoco aguantaba más. Rompí la distancia y lo besé yo misma. Cuando él volvió a bajar a mi cuello, ya no lo detuve; al contrario, comencé a desvestirme, liberando mis pechos frente a su rostro para obligarlo a quedarse.
Me recosté sobre la cama y Juan no dudó en desabrochar mis pantalones. Los bajó con urgencia y se abrió paso entre mis piernas para hacerme un sexo oral intenso, arrancándome los primeros gemidos de una noche que parecía no tener fin.
