Buenos vecinos – I, II, III, IV
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Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.
El 18 de Diciembre de 2022 quedará en mi memoria de por vida, no solo por ser el día en que Argentina logró su tercer estrella en Mundiales de futbol, sino también porque ese mismo día volví al barrio donde compré mi primer casa propia. Era un departamento de un bloque comunitario que compartía con otras 11 familias.
Volver al barrio casi 30 años después me provocó mil recuerdos. Desde habitarlo con mi familia (me divorcié 10 años después), ver crecer a mis hijos, encontrar que vivíamos en medio de la nada (rodeados de terrenos libres y muy pocas viviendas), que si llovía intensamente necesitabas una canoa para salir del lugar, pero era mi primer casa.
Pasados 30 años, el cambio era notorio. Ya no existen los descampados, hay cientos de viviendas, asfalto y todos los servicios que no existían por aquel entonces. Las casas que ocupaban algunas familias de antaño, son ocupadas hoy por sus hijos y hasta nietos. Muchos de mis vecinos (los mayores) han partido a otro plano y otros simplemente se ha mudado. Solo quedan unos pocos, a los que he encontrado al momento de hacer compras en los grandes negocios que han reemplazado a las despensas o kioscos.
Era de suponer que me encontraría con algunos de mis vecinos de antaño, cuando fuese de compras, ya que no soy afecto a invitarlos a mi casa y mucho menos ir a casas ajenas. Siempre con respeto, pero manteniendo distancias.
Las primeras semanas fui observado como “sapo de otro pozo”, pero lentamente y cuando me reconocían, me fueron brindando algo más de simpatía. De hecho, tengo buenas migas con la dependiente de la panadería de la esquina (una niña que podría ser mi hija), el hombre mayor que atiende la tienda de verduras y sobre todo los jóvenes que tienen una tienda de vinos y bebidas, a escasos 20 metros de casa.
Con la llegada de las fiestas de fin de año, varios de mis vecinos comenzaron a saludarme y tratar de entablar charlas. Pero fiel a mi costumbre, solo me relacioné con los comerciantes. Una tarde mientras abonaba la compra en el negocio de bebidas, el encargado me dijo “Ya te sacaron la radiografía las vecinas: divorciado, fumas bastante, vives con dos hombres jóvenes (mi hijo y nieto), usas shorts casi siempre, no te afeitas seguido…” y siguió el detalle.
Lo miré sorprendido, pues casi todo era correcto. “Tienes dos vecinas, una a cada lado de tu casa y ambas se la pasan en la ventana o bien en la puerta de frente, se saben todo de todos por aquí” remató mientras me cobraba la compra.
Desde ese día, también empecé a observar el panorama. Claramente las dos vecinas eran las chismosas del barrio. Una de ellas María, tenía algunos problemas de movilidad y se valía de eso para conversar con todos los que se detenían unos minutos en su ventana, tendría unos 70 años según pude calcular.
La otra Nuria era más activa, limpiaba su vereda a diario a las 8 de la mañana, vestía ropas poco acordes a su edad y volumen. Con unos 60 años y 1,60 de altura, debía pesar casi 80 kilos: piernas muy gordas, caderas abundantes y un culo proporcional a ambas situaciones. Lo más incómodo es que vestía como si pesara 20 kilos menos y por no tener patio en su casa, colgaba sus ropas íntimas en el jardín de la entrada a casa. Más que bragas, usaba tangas súper estiradas, y los brassier eran excesivamente voluminosos. La primera vez que la vi a escasa distancia, llevaba un pareo animal print, sin sostén y absolutamente traslúcido. Maquillada en exceso y perfumada como si comprase los aromas en barriles.
Nuria se desesperaba por mantener contacto e investigar en mi vida. Ha tocado timbre para solicitar azúcar, aceite, huevos o los que puedan imaginarse. Si me encontraba en la puerta de casa cuando retiraba el auto del garaje, se aproximaba buscando charla con cualquier excusa.
Un atardecer, sonó el timbre de casa. Fui a abrir la puerta y allí estaba Nuria. “Vecino, podría hacerme el favor de cambiar una bombilla en casa, se quemó y no llego a la lámpara”
La miré extrañado, ya que su yerno y su hija viven en un departamento en el fondo de su casa, pero me tomó de sorpresa y no supe decir que no.
La acompañé a la casa, me guio hasta su dormitorio que estaba bastante desordenado. Me señaló el aplique del techo, obviamente no llegaría porque estaba a unos 2,30 metros de altura. “súbase a mi cama, así llega sin problemas, yo corto la energía y evitamos problemas” dijo mientras me alcanzaba la lámpara nueva. Tardó unos segundos y volvió con una linterna para iluminar mi trabajo, no tardé nada en el cambio. Me pidió que esperara mientras devolvía la energía y verificaba si volvía la iluminación.
A los pocos segundos, la luz se encendió y pude observar rápidamente la habitación. Tangas sobre una silla, sostenes enganchados en el respaldo de las mismas y en la sábana donde estaba parado una mancha amarillenta. No necesitaba ser muy inteligente para saber que eso era semen seco. Ella entró a la habitación y al ver la mancha se puso roja como tomate. Yo sabía que era viuda hacia un buen tiempo pero era clarísimo que a Nuria la atendían seguido (información que me dio María), pero era muy descuidada.
Nuria: Disculpe el desorden, pero necesitaba iluminación para limpiar
Yo: ningún problema, si me disculpa me retiro
Nuria: le agradezco y cuando quiera, vengase a tomar unos mates
Ni loco iba a aceptar esa invitación, lo único que me faltaba era ser parte de las habladurías del barrio. Pero no hizo falta, alguien me vio salir y los chismeríos brotaron rápidamente. Para completarla, el responsable de las manchas en las sábanas de Nuria hizo una escena de celos en el jardín de la casa y ya era responsable de la ruptura de la relación de mi vecina.
Días más tarde, la dueña del kiosco de frente a mi casa me atendió cuando fui a comprar cigarrillos y me dijo que Nuria había roto su relación de 5 años por mi presencia cambiando una lámpara.
No podía dar fe de ello y fui a tratar de aplacar las habladurías. A la vista de todo el mundo, toqué timbre en la casa de Nuria y a viva voz, sin acceder a la casa, le aclaré que si tuvo algún inconveniente por mi accionar, no tenía problemas en aclararlo con quien fuera.
Pasaron dos días y todo parecía volver a la normalidad. Pero llegó un día caótico. La ciudad fue azotada por un temporal de viento y lluvias que anegó gran parte de la ciudad. Se cayeron torres de comunicación, el tendido eléctrico colapso, las calles se inundaron con los casi 500 mm de lluvia.
Para nuestra suerte, la calle estaba más baja que las casas por lo que no sufrimos anegamientos. La ciudad quedó a oscuras por varios días, los servicios se fueron reponiendo muy lentamente, pero aquellos que contábamos con equipos generadores, fuimos privilegiados. Nuestras casas tenían luz, se podían cargar los celulares y como no podía ser de otro modo, la solidaridad brotó entre todos. Exprimíamos los tanques de nafta de los vehículos para brindar ayuda a los vecinos.
En casa, se dividió el freezer para almacenar medicamentos, comida de vecinos para que no se arruinara. Los que tenían autos le extraían el combustible y lo traían para que los generadores mantuviesen víveres.
Llegaban las fiestas de fin de año, escaseaban velas, pilas, baterías y todo aquello que brindaba iluminación en las casas. Tal como brotó la solidaridad espontánea y las miserias también afloraron.
Recuerdo que Nuria había logrado superar las habladurías, pero la noche del 24 de diciembre, sucumbió.
Me reuní en casa de una de mis hermanas a pasar la Nochebuena, pero al volver a casa, encontré a varios vecinos compartiendo un espacio común, con luz y servicios básicos. Cuando llegué a casa, estaban en las veredas tratando de festejar algo, aunque fuera mantenerse vivos.
Me invitaron a compartir el momento y en medio de la oscuridad, apenas rota por la luz de las velas, brindamos por un año nuevo mejor. No había la típica música festiva ni luces de fiesta, solo el silencio roto por las charlas y la penumbra que las velas imponían.
La noche avanzaba y lo vecinos volvían a sus casas, hacía demasiado calor y casi ninguno tenía refrigeración. Abrí las puertas del garaje y prolongué un rato más la reunión.
Ya solo quedábamos 4 o 5 cuando el equipo electrógeno avisó que el combustible se acababa. Nuria ayudó a juntar todo, cerrar las puertas y quedamos solos.
Nuria: le tengo terror a la oscuridad
Yo: no queda casi nada de combustible, hasta mañana que ordeñe el auto
Nuria: entiendo, ¿puedo quedarme un rato, hasta que amanezca?
Yo: otra vez las habladurías…
Nuria: Me voy con una linterna a casa y vuelvo a oscuras…
Yo: ¿y mañana?
Nuria: van a despertar tarde, quédese tranquilo
Tomó la linterna, se encaminó a su casa y volvió una media hora después cuando ya casi me dormía. Entró sin hacer ruidos y nos sentamos en el patio, compartimos una par de copas y el sueño ya me vencía, aunque ella no paraba de hablar
Yo: Nuria, estoy muy cansado, quiero dormir.
Nuria: Me quedo aquí en el patio, si no molesta.
Agregué un par de litros de combustible al generador y encendí la luz. El calentador de agua dejó listo el líquido y me fui a dar una ducha.
Cuando estaba secándome para ir a mi cama, ella entró al baño y sin mediar palabra se arrodilló y comenzó a mamarme la verga. Mientras chupaba, pasaba su mano por la entrepierna y se frotaba intensamente. Se aferró a mi culo y se enterró la verga tan profundo como le permitía su boca. Mamaba como desesperada. El alcohol y el momento hicieron el resto.
Sin que me excitara su figura ni sus intereses, la llevé a la cama. Ese cuerpo poco agraciado pero necesitado me pudo y no dudé en cogerla. La puse en cuatro patas sobre la cama, le abrí las piernas y a duras penas pude hallarle la raja.
Con la verga a tope, la clavé, furioso, desesperado como si se tratara de la hembra más tentadora y deseada. Me movía con ganas, embistiendo con violencia, arrancando gemidos y gritos mientras la taladraba.
Descargué toda la leche que había en mis huevos, la tomé firmemente del cabello y retuve las últimas embestidas.
Los sonidos de la concha rebalsando de leche y verga eran imponentes. Le aplique un par de nalgadas en esas cachas gigantes hasta dejarlas marcadas por mis manos.
“Si, así me gusta, dame más, partime” dijo mientras retenía la verga en lo más profundo de su cuerpo.
Las piernas de ella cedieron, mi peso la venció pero ni así salí de su cueva, metí mi mano por entre el colchón y su cuerpo para manosearla a discreción.
Cuando ya no pude más, me dejé caer sobre ella, aplastándola.
No sé cuánto tiempo pasó, hasta que me salí. Tumbado a su lado, me dormí.
Cuando desperté, ella estaba desparramada en la cama, de piernas abiertas y yo con la clásica erección matinal. Dudé un poco, pero no podía quedarme con las ganas: la monté y ubicándome tras ella, le dejé ir la verga a fondo. Gimió y se acomodó un poco para volver a la acción, tan solo unos minutos, pero suficientes para que cuando estaba por explotar la quitara de la concha voluminosa y le impregnara la espalda y culo de leche. La salpiqué por completo. Era una imagen preciosa.
Cuerpo lleno de celulitis, en cada pozo gotas de mi semen.
Se despertó y viéndose regada de semen, huyó rumbo a la ducha para quitarse los restos.
Nuria: tengo que irme, ya debe estar por venir mi novio. Es tarde.
Yo: dale mis saludos al cornudo y tratá de que te haga gozar como yo.
Nuria: él es delicado y me ama.
Yo: pero necesitabas coger y sacarte las ganas, nada de delicadeza
Nuria: no podes ser tan bruto
Yo: Primera y última vez Nuria, quédate con la delicadeza
Se vistió y salió rápidamente. Durante la tarde nos cruzamos dos veces y le hice señas de coger y chupar la verga, se puso colorada y se guardó en la casa. Yo sabía que podía llegar a volver a mi cama, si su “novio” no la calmaba, pero habría que esperar.
Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
PARTE II
Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.
Como ya conté en el capítulo anterior, después de 30 años volví al barrio donde adquirí mi primera vivienda. Me reencontré con viejos conocidos y recordé tiempos pasados con algunos de ellos.
Mi primer departamento era uno de los 12 que había en el bloque de aquella urbanización. Obvio que había 12 familias, cuatro muy parejas en edad con la mía, tres unos años mayores y las otras cinco decididamente mucho más grandes.
Por aquel tiempo, me pasaba buena parte del día trabajando (soy docente jubilado), por lo que mi ex y mis hijos pasaban ese tiempo solos. Por esa razón, no extrañó que rápidamente las mujeres de edad similar a la de mi ex, se hiciesen amigas y compinches, compartiendo buena parte del día. Además los hijos iban todos a la misma escuela, lo que afianzaba la relación entre ellas.
Pasados unos 8 meses, mi ex me preguntó si estaba de acuerdo en que ella tomara clases de depilación, manicura y pedicuría, lo haría mientras los chicos estaban en la escuela y sabía que no había quien brindara los servicios en la urbanización, lo que supondría un ingreso extra a nuestras escasas billeteras. Me pareció bueno, así llevaba adelante alguna actividad que no fuera chismear y mirar televisión todo el día.
Seis meses después, había aprobado su primer curso y avanzado rápidamente sobre el segundo, por lo que colocó avisos en los negocios cercanos y comenzó a tener clientas de manera pronta.
Juntos acomodamos un sector del living para que pudiese trabajar cómoda, con buena luz y compramos una cama simple (de una plaza) a la que dotamos de un colchón bastante duro que oficiaría de camilla de trabajo durante la atención y más tarde como sillón para ver tv.
Como en todo gabinete donde se atienden mujeres, quien regentea el lugar se transforma en psicóloga, confidente y, en algunos casos, paño de lágrimas.
Es por eso que me fui enterando de casi la vida y obra de las clientas, ya que era uno de los temas de conversación con mi ex, al volver yo del trabajo: algunas eran engañadas, otras eran infieles, algunas contaban sus andanzas en la cama, en fin todo lo que se les pueda ocurrir.
Llegó la época de verano y con ella el momento en que mi ex se recibió de depiladora. Cuando las clientas se enteraron, mi departamento se volvió un desfile de mujeres de todas las edades: alguna para eliminar vellos del rostro, otras de las piernas, de las axilas y lo más grave (al menos en ese tiempo) la zona vaginal.
Los lectores empezarán a imaginar mil cosas y las lectoras entenderán bien de que les hablo: por más que de pares de trate, a las damas en general no les gusta que otras mujeres la observen quitarse los vellos de esa zona. Por tal razón, había turnos especiales, horarios especiales, la mayor intimidad posible… ¡¡pero era mi casa!! Al llegar, ya no podía ingresar simplemente, debía avisar por el portero eléctrico y así evitar ver a mis vecinas desnudas.
En alguna oportunidad, debí permanecer sentado en las afueras del bloque de departamentos hasta que la tarea terminara y la clienta saliera de allí.
Verlas salir era todo un espectáculo para mí: se sonrojaban hasta el punto más alto de coloración en la piel, pues entendían que yo sabía que sus conchitas iban irritadas y sin vello alguno, les juro que hasta me causaba gracia como algunas de ellas trataban de evitar mirarme o cruzarse conmigo.
A las menos, les importaba muy poco que entiendo debería ser lo normal. Las clientas habitués eran las del mismo bloque que nosotros, entre las que resaltaban dos muy claramente: Angie, 35 años, divorciada, 3 hijos, rubia de peluquería, 1,75 de altura, muy bien proporcionada físicamente y con fama de fiestera. La otra era Tania, 25 años, casada hacía poco con un camionero, un bebé de meses, cabello castaño rojizo en melena, 1,55 de altura, bastante flaca a quien le había sentado de maravillas la maternidad (le dejó un buen par de tetas y un culito bien formado).
Angie solía pasar dos veces al mes para hacerse un servicio completo, ya que salía de fiesta casi todos los fines de semana, dejando sus hijos a cargo de una hermana mayor que se instalaba en el departamento los fines de semana.
Tania, por el contrario, lo hacía cada 20 días, momento que coincidía con el retorno de su marido de los viajes. Obvio que la chica se preparaba para recibirlo y las vecinas de ésta daban fe que la atención que le brindaba era muy satisfactoria: a buen entendedor, pocas palabras.
Al año de estar trabajando en casa, mi ex se enteró que el matrimonio de Tania se caía a pedazos: el marido tenía una familia paralela en otra ciudad y cuando venía a casa de Tania, se daba los gustos que su “otra pareja” no le proveía: oral, anal y algo de sado.
Obvio que Tania cayó en depresión, de la que solo la sacaban las otras mujeres del bloque, hasta Angie la llevaba con ella a sus salidas, tratando de levantarle el ánimo.
Ambas fueron de las primeras en dejar el bloque: Angie a casa de sus padres tras el fallecimiento de la madre y Tania que vendió el departamento para mudarse con una de sus hermanas. Allí le perdimos el rastro a ambas.
Con mi retorno al barrio y ya divorciado, me encontré con otra de las clientas de mi ex y me comentó que Tania vivía cerca, seguía sola con su hijo que ya era un hombre de 28 años y trabajaba en un consultorio médico como secretaría.
Un sábado estaba haciendo compras en un conocido shopping de la ciudad, cuando alguien se me acercó por la espalda y me embistió con el carro de compras, me di vuelta como para reprender a quien me había chocado y me encontré con Tania, que sonriendo se acercó y me abrazó dándome un beso.
Tania: Ale, ¡cuánto tiempo sin verte!
Yo: hola Tania, ¿cómo andás tanto tiempo?
Tania: bien, por suerte. Me enteré que volviste al barrio
Yo: si, compré casa hace un año, a la vuelta de los departamentos.
Tania: yo estoy cerca, pero no tanto, pasate por casa y tomamos unos mates y charlamos ¿sí?
Me hizo una llamada perdida para que guarde su número y se despidió. “No te pierdas, que tenemos bastante para charlar” dijo mientras se encaminaba a la línea de cajas. Vestía sus típicos jeans ajustados que resaltaban su culito, zapatillas y esas blusas holgadas que permitían a sus tetas moverse libremente apenas sujetas por un brassier pequeño.
Realmente no había perdido la capacidad de balancear la cola al caminar y su cuerpo parecía no haber recibido el castigo del paso del tiempo, estaba más rellenita pero muy proporcionada.
Realmente me gustó verla y observarla, por lo que al finalizar las compras, mientras volvía a casa ya iba planeando el momento de visitarla.
Pasó una semana y me decidí, le envié un par de mensajes por WhatsApp y coordinamos en encontrarnos un miércoles en el atardecer. Ella propuso su casa, cosa que me pareció interesante, pasé por el local de bebidas y compré un pack de cervezas frías (sé que le gusta) y me fui a su casa.
Me recibió afectuosamente, agradeció las cervezas y me invitó a pasar. Iba vestida con una remera clara y amplia que mostraba que había un brassier de tono claro debajo, y un pequeño short de lycra muy ajustado a sus formas, resaltando su culito bien formado.
Vive en un dúplex algo pequeño, pero cómodo, con un living que tiene un tv grande en una pared y enfrentado un sillón amplio, de esos que suele utilizarse como cama, una pequeña mesa preparada para dejar vasos o algún plato con algo para picar. Las dos habitaciones en planta alta separadas por el baño. Apenas recorrimos la casa, ella mostrándola y yo observando el lugar y la vestimenta de mi anfitriona, se excusó de ingresar a su habitación pues estaba desordenada.
Volvimos al living y comenzamos a charlar mientras tomábamos la primera cerveza.
Tania: me enteré que estás divorciado de Mayra desde hace tiempo
Yo: si, hubo algunos chisporroteos, escenas de celos y con mi trabajo no podes ser celosa. La mayoría de las docentes son mujeres.
Tania: pero algo más hubo, también lo sé
Yo: los caballeros no tenemos memoria
Tania: si claro…
Yo: ¿y vos? ¿Qué fue de tu vida?
Tania: nada raro, no volví a formar pareja después de mi separación, tuve que afrontar hace un par de años un tema de salud que por suerte ya pasó.
Yo: ¿qué te pasó? ¿No me dirás que Covid?
Tania: ojalá, me detectaron cáncer de mama. Varios nódulos en ambos pechos.
Yo: no me lo hubiese imaginado
Estaba clarísimo que no podía decirle que le había mirado las tetas descaradamente y que me seguían pareciendo tan apetecibles como cuando vivía en el bloque de departamentos, es más juraría que se veían bastante mejor.
Tania: por suerte di con un médico joven que me puso en tratamiento con pastillas y luego con radiación.
Hablaba del tema con naturalidad y me contaba detalles de su proceso de curación. “Después de casi un año y medio de tratamiento, se logró reducir de tamaño y con un par de cirugías me extrajeron todo lo que se había encapsulado. Gino (el médico) hizo una cirugía muy delicada y pequeños cortes que corrigió a los seis meses para quitar cicatrices” dijo para tomar la lata de cerveza y beber un buen sorbo.
“Recién el verano pasado pude volver a la playa, ya que estaba demasiado delicada la zona y no podía exponerme al sol. Hoy puedo decir que las volví a broncear, a usar biquinis como antes y eso me hace muy feliz. Si te las mostrara, verías que parecen las de una mujer mucho más joven, gracias a mi doctorcito” dijo entre risas.
Me hizo reír con sus dichos y se me ocurrió tirar una frase algo desubicada pero que llevaba intencionalidad: “Ver para creer y palpar para saber”.
Tania: a bueno… míralo vos al señor… Tiempo sin vernos y al primer encuentro ya me quiere tocar las tetas.
Yo: bueno señora, si usted tienta es lo mínimo que uno puede pensar.
Tania: creo que se te está subiendo la cerveza a la cabeza, preparemos algo para picar, así no te pega tan mal.
Se puso de pie y se encaminó hacia un pasillo que había al final del living, desde la arcada del ingreso, me hizo señas de que la siguiera: “Dale, vení a ayudarme y así elegimos que comer” mencionó antes de entrar.
Fui tras ella, y encontré un espacio pequeño donde estaba la cocina, una mesada que ocupaba buena parte, la heladera al fondo, un anafe y unas alacenas donde guardaba fuentes y algunos comestibles. Era bastante complicado movernos ambos en ese espacio, por lo que ella se ubicó cerca de la heladera para poder abrirla y buscar las cosas en su interior, dejándome a mí el bajar las bandejas para poner los ingredientes.
“Tengo un salamín, algo de queso, una picadita que compré ayer en la fiambrería y unos maníes, ¿está bien?” dijo antes de abrir la puerta de la heladera.
“Por mí, está bárbaro, elegí lo que más te guste” respondí mientras giraba mi cabeza hacia ella. En ese momento, se inclinó para tomar algunas cosas de la parte inferior y me dejó una vista genial: el short de lycra se le metía completamente en la zanja de culo y por el borde superior asomaba lo que claramente el elástico típico de un hilo dental de color celeste intenso. Si demoraba un segundo más mirando ese panorama, me hubiese pescado con la mirada perdida en esa imagen. Alcancé a girar antes de que cerrara la puerta y casi me provoco un corte en la mano por no estar atento al uso del cuchillo.
Me miró y sonrió, era evidente que había sentido mi mirada en su cuerpo. Se ubicó a mi lado y agachándose un poco se dispuso a cortar algo de queso y el escote de la remera dejó a la vista el canalillo y las puntillas del brassier blanco, bien relleno. Eso me dio pie a retomar la charla sobre las cirugías en las tetas.
“Decime Tania, ¿cómo fue el tema de las cirugías? Tengo entendido que se pierde parte de masa en la mastología” mencioné. “Sí, es cierto, de hecho sacan parte del tejido, por eso hizo la segunda que ya repuesta fue más estética. Si bien no me agregaron, reacomodaron lo que había y las tensaron un poco” me explicaba mientras continuaba con la preparación.
Tania: sacate otro par de latas de la heladera y vamos para el living
Pasar por detrás de ella llevaría a un roce inevitable por lo pequeño del espacio, me puse de costado y traté de evitar tocarla, pero fue imposible. Fue una pasada rápida pero suficiente para rozar la cola de ella. Ni se inmutó, sabiendo que no podía evitar el contacto, pero tampoco hizo nada para que no sucediese. Aprovechó el momento para tomar las cosas y volver al sillón, ya casi no entraba luz natural por la ventana de frente, por lo que bajó las persianas y encendió una lámpara de pie para iluminar algo el lugar, puso en funcionamiento el tv y activó un playlist de música tranquila, que no interrumpiera la charla. Se quitó las sandalias que llevaba y se sentó con las piernas cruzadas sobre el sillón. Le extendí la lata de cerveza, que tomó y abrió para beber.
Me ubiqué a su lado y retomamos la charla, el tema que salió fue recuerdos del bloque de departamentos. “¡¡Qué banda la del monoblock 12!! Había de todo y con cada historia que mamita mía” dijo antes de beber parte de la cerveza. Asentí e hice mención a las que yo recordaba: Angie, ella, Bety (del departamento 2), Luisa (la abuela del 4), la insufrible familia Robles (que vivía sobre mi departamento), Trini (una atorrante de aquellas casada con un taxista en el 8) y las parejas mayores que casi no existían dentro del conglomerado.
“Había unos comentarios terribles, con esas paredes tan finas se oía todo lo que sucedía arriba, abajo y a los costados” mencionó entre risas.
Yo: ya lo creo y de algunas fuiste protagonista.
Tania: ni me lo hagas recordar, después de la primer semana vino Luisa a casa a quejarse por los “ruidos de la noche”
Yo: pero tenías competencia, Trini no dejaba títere con cabeza mientras el marido estaba haciendo turnos los fines de semana. Zafé yo porque mi mujer estaba siempre en casa.
Tania: ¿vos decís que mi ex marido también visitó el 8?
Yo: no puedo dar fe, pero se decía que sí.
Tania: menos mal que yo le daba todo
Yo: pero ella era especialista, una profesional.
Reimos juntos y la charla iba rondando cada vez más próxima a las relaciones que había en el bloque. Estaba subiendo la temperatura, hasta que llegó el momento más álgido.
Tania: decime Ale, ¿fantaseabas con algunas de las vecinas?
Yo: y sí, mucho más después de la ida a pasar ese domingo a la pileta del gremio de tu ex. Las vi por primera vez en biquinis y tangas a muchas y era imposible no imaginarlas sin nada.
Tania: ¿te confieso algo? Bety la maestra del 2 te tenía ganas y recuerda ese día porque te manoseo un poco y dejó que le mandaras manos.
Yo: pensé que no lo hacía a propósito, que era parte del juego que estábamos haciendo entre todos en la pileta.
Tania: cuando volvimos a los departamentos, lo agarró al esposo y lo dejó de cama, tenía una calentura terrible. Ella lo contaba el lunes y yo estaba que explotaba de bronca
Yo: ¿por qué?
Tania: mientras ella se había dado el gusto de tocarte y después lo mató a conchazos al marido. Yo me quedé sola en casa porque mi ex viajó y me quedé caliente. Ese día estaba excitadísima.
Yo: ¿pero por qué no hiciste nada?
Tania: me maté a pajas, pero necesitaba algo adentro que no fueran dedos.
Las confesiones iban poniendo el ambiente calentito, yo notaba que algo iba en crecimiento en mí, aunque trataba de ocultarlo era complicado.
Tania se puso de pie y fue en busca de algo más para tomar, ya que las latas se habían terminado y parecía que la charla iba a seguir un buen rato más.
Volvió con una botella de vino blanco dulce bien frío y dos vasos, la destapó y sirvió para los dos.
Tomó el vaso y acercándome el mío, brindó por aquellos buenos tiempos. Hizo desaparecer el contenido de su vaso de una sola vez y volvió a servirse.
“No sabés las veces que me tuve que satisfacer sola en mi departamento, escuchaba las historias de las otras mujeres en las rondas de mates y me imaginaba siendo yo parte de ellas: pasé por vos, por Julio (el cornudo de Trini), los levantes de Angie los fines de semana… Me hice una experta en pajas, de hecho es la forma que me calmo hoy en día, ya que no volví a tener pareja. Cada tanto me volteaba algún tipo que conocía cuando salía con Angie, pero nada serio.” Confesó mostrando que el alcohol ya le estaba pegando mal. “Tania, sos más joven que yo y si yo puedo ligar cada tanto, no creo que a vos te cueste hacerlo” le dije. Dejó el vaso en la mesa y se puso de frente a mí: “Cuando me descubrieron lo del cáncer, le pedí al médico que me sacara las tetas, evitaría problemas a futuro y ya no necesitaba dárselas a nadie. Él me convenció de conservarlas, hasta me demostró que podían sentir excitación nuevamente una tarde en su consultorio. Me las manoseo un poco y vi como respondían a los masajes. Creí que era el momento de usarlas y le pedí que me cogiera, pero el tipo es casado hace muy poco y su mujer es un monumento. Me rechazó elegantemente, ¿vos lo harías? “contó mientras me miraba a los ojos.
Lo pensé unos momentos mientras devolvía la mirada y casi como un acto reflejo, me acerqué y pasé mis manos lentamente por sus pechos. Al sentir el roce, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro de sus labios. Realmente tenía los pechos firmes y los pezones se marcaban a tope.
Levanté lentamente la remera y se la quité, dejándola en short y brassier. Sentía su respiración intensa y pausada, el perfume de su piel era intenso, quizá demasiado, pero me embriagó y me llevó a tomar sus labios por asalto. Se sobresaltó un poco al sentir el roce entreabrió los suyos y me dejó meter la lengua entre ellos y abrirme paso en su boca. El beso paso de ser tranquilo a más intenso, y nos abrazamos, aferrándonos para no separarnos por un buen rato.
“quiero pasar un buen rato juntos, pero nada de relaciones ¿ok?” murmuró mientras me acariciaba, “Será lo que deba ser, hoy y quién sabe si algún día más” le respondí.
Se puso de pie, fue hasta la puerta de acceso y pasó llave para no ser interrumpidos. Volvió al sillón y me extendió la mano para llevarme a su habitación, mientras subíamos le desprendí el brassier y pasé mi mano derecha por la cola, recorriéndola intensamente.
Cuando abrió la puerta del cuarto, vi una cama muy grande, King Size seguramente, cubierta con solo una sábana azul. Se sentó sobre la derecha y retiró el brassier dejando esas tetas redondas, puntiagudas por los pezones erguidos, bien tersas, con pezones rosa que brotaban de unas aureolas marrones claras. Llevó sus manos al borde del short y lo bajó junto al hilo dental blanco que tenía una mancha intensa amarillenta en el centro, ya estaba despidiendo flujo: la calentura la dominaba.
Dejó la ropa en el suelo y desnuda me invitó a acompañarla. Me quité la remera, el jean y el calzado, me subí a la cama con el bóxer aún colocado.
Me recosté a su lado, nos miramos y volvimos a besarnos. “Haceme sentir placer chupando mis tetas hasta que me duelan, no las muerdas que son sensibles todavía” dijo mientras intentaba subirse sobre mí. La ayudé y me acercó los pechos a la boca: los mamé como desesperado mientras ella se frotaba sobre mi vientre, me aferré a los cachetes de su culito, ayudándola a frotarse arriba y abajo. “Quiero sentir tu pija, sacate el bóxer y déjame sentirla entre mis piernas” pidió mientras ya empezaba a gemir. Por momentos la colocaba en la entrada de su concha, para después sacarla y frotarla. Lo repitió por unos minutos, hasta que se separó un poco colocando sus manos en mi pecho, se arqueó un poco y por fin la metió dentro de su concha palpitante. “Ufff, cuanto tiempo sin sentir una pija adentro, que bien se siente y cuanto lo extrañaba” murmuró antes de empezar a cabalgar lentamente, adentro y afuera, apenas unos centímetros y después a fondo. Los gemidos fueron reemplazados por pequeños gritos, las tetas rebotaban con cada sentón que se daba.
No tengo idea de cuánto duró la cabalgata, si fueron horas, minutos o segundos, lo que sí estoy seguro que el grito que dio cuando llegó al orgasmo fue de los más fuertes que escuché en mi vida. La cantidad de flujo que despachó fue tanta como la leche que dejé escapar con mi llegada, mojó todo, pareció orinarse de tanto placer…
Se detuvo temblando, se afirmó a mi pecho para no caer y dio un par de gemidos más mientras la concha le latía desbocada.
Repito: en mi vida una mujer acabó de semejante manera cuando tuvimos sexo, me dejó sorprendido.
Tania: me encanta el sexo oral, que me chupen y me metan la lengua en la concha, entre los labios, que me muerdan el clítoris, pero sé que llego a ahogar a quien me brinda placer de tanto flujo que despido.
Yo: como gozás, es increíble.
Tania: ni te cuento cuando el oral me hace terminar
Yo: me estas tentando a hacerlo
Tania: no ahora ni en mi casa, en un hotel alojamiento, donde nadie pueda quejarse de mis gritos y si te portás bien, te entrego el culo para que me hagas gritar como una loca.
Le acepté la propuesta, mientras nos reponíamos tirados en la cama. Estábamos mimándonos cuando se oyó una llave tratando de abrir la puerta de ingreso al dúplex. Se cubrió como pudo y bajó rápidamente, la escuché hablar con alguien y le pidió que volviese en una hora más. Tras cerrar la puerta subió nuevamente al cuarto.
“Era mi hijo, que venía con su novia eterna de esta semana. Pensó que yo no estaba en casa y venían a ponerla, se la llevó a un telo pero van a volver en 2 horas. Tenemos una hora para volver a coger y otra para que yo pueda ventilar y acomodar mi pieza ¿vamos de vuelta?” dijo sin mostrar alguna preocupación.
Se tendió en la cama, abrió las piernas y me invitó a montarla. Le seguí el tren, me ubiqué en el lugar preciso y dejé que mi pija a media asta empezara a moverse dentro de ella. Cada vez que embestía, soltaba un gemido y mientras mi pija crecía en su interior, los flujos brotaban en cantidad y provocaban un ruido similar a un PLOP, cuando entraba.
Cuando el tamaño estuvo a tope, colocó sola las piernas en mis hombros para facilitar la entrada completa y reemplazaba los gemidos por aullidos. Se aferró a mi espalda con las piernas y gritó nuevamente al llegar al orgasmo, me empapó y regó la cama de líquidos de manera terrible.
Sentía latir los músculos de su vagina, apretándome la pija hasta exprimirla por completo.
Se relajó quizá unos 20 minutos después y aflojó las piernas, dejándolas caer.
“Dos polvos en una noche, increíble. Espero que cuando me chupes la concha rindas igual o mejor” dijo mientras se bajaba de la cama y miraba el resultado en las sábanas. “Es un hermoso enchastre y espero se repita pronto Ale” comentó mientras ingresaba al baño a ducharse.
Volvió con un camisón rosa, casi transparente, sin nada debajo. Me hizo levantarme de la cama, quitó las sábanas y las hizo un bollo para reemplazarla por otras limpias.
Me vestí y bajamos juntos, ella dejó las ropas en el lavarropas y me acompañó a la puerta. Antes de abrir, me dio un buen beso de agradecimiento y me repitió la consigna previa a coger: “Pasamos un buen rato, pero nada de relaciones”
Abrió, salí y me fui al auto, cuando llegué a casa era casi medianoche, tenía pegotes en la piel producto los flujos de ambos. Me metí a la ducha y tras un buen baño me fui a mi cama. Estaba a punto de dormirme cuando sonó un mensaje en el celular “muy buenos polvos, pero quiero saber si vas a aguantar cuando te acabe en la boca. Un beso, Tania”
Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
Saludos,
Alejo Sallago
PARTE III
Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.
Como ya conté en capítulos anteriores, después de 30 años volví al barrio donde adquirí mi primera vivienda. Me reencontré con viejos conocidos y recordé tiempos pasados con algunos de ellos.
Lo que tuve con Tania fue hace tan solo un año y medio atrás, nos seguimos viendo y cada tanto nos revolcamos, sin obligaciones ni intenciones de tener una relación afectuosa, tan solo sexo. En una de las tantas salidas que hemos tenido, nos encontramos con Trini (la ex vecina del 8vo), la invitamos a compartir la mesa y recordamos tiempos viejos.
Trini nos contó que su marido falleció en un accidente vehicular, lo que la liberó de muchas situaciones: sus hijos ya adultos de 30 y pico de años se habían ido de la casa y vivía sola en un departamento en zona céntrica, que pudo comprar con la indemnización del accidente fatal del marido.
Nos preguntó si ahora éramos pareja ya que sabía por una ex vecina que ambos estábamos divorciados. Entre risas le respondimos que no, “menos mal, ya que con las cosas que hice con ambos, sería complicado” dijo demostrando que la bebida le pegaba duro.
Tania me miró sorprendida y a ella Trini con algo de enojo. Para rematar una confesión descontrolada, Trini se despachó con honestidad brutal: “Te pido perdón Tania, pero me acosté varias veces con tu ex, hasta me llevó con él a Tres Arroyos en unos de sus viajes y pasamos una tarde juntos en el camión. Y vos Ale, que bien te portaste cuando Mayra se hizo cargo de tu suegra en el hospital”.
Definitivamente nos arruinó la noche a Tania y a mí, ella simplemente se despidió y se fue con su amante de turno, destrozando lo que venía por delante.
Tania cambió su ánimo, y pidió irse a casa. Fue imposible que cambiara de idea. . Pagué la cuenta, la acompañé tratando de hacerle entender que eso había pasado tiempo atrás, casi 25 años, pero no hubo caso. Pidió un Uber y se fue, dejándome solo.
Arruinada la noche, volví a casa y decidí volcar en este texto el recuerdo de aquellas noches cuando mi ex se tuvo que hacer cargo de su madre en el hospital.
Era invierno, mediados de Agosto, cuando mi ex suegra sufrió un inconveniente de salud que derivó en su internación y posterior cirugía de caderas. Al ser Mayra (mi ex) la única hija mujer, era la encargada de acompañarla durante las noches en la internación que duró unos 15 días.
Por aquellos momentos, tenía mi mayor carga horaria laboral, por lo que pasaba casi todo el día fuera de casa y eso complicaba el cuidado de mis hijos (tendrían unos 7 y 9 años). Al principio nos acomodamos un poco, pero después de 4 días, todo se hacía difícil. Mis padres se ofrecieron a cuidarlos cuando mi Mayra no estaba en casa y yo los pasaba a buscar para que durmiesen conmigo, pero había que despertarlos muy temprano, para dejarlos en casa de mis padres, por lo que llegamos a un arreglo: se mudarían con ellos por esas dos semanas, hasta que todo volviese a la normalidad. Yo pasaba a verlos cuando volvía a la casa en la noche y a mediodía para llevarlos a la escuela. Mayra podría descansar y yo seguir con mis tareas laborales.
Me volvía a casa, descansaba, corregía tareas y preparaba las clases para el día siguiente. Todo iba bárbaro, hasta que un día se produjo un apagón en nuestro barrio producto de una falla en un transformador.
Mi departamento estaba en planta baja y tenía acceso al mismo sin problemas, pero quienes vivían en los dos pisos superiores dependían de tener llaves de acceso o bien de la buena voluntad de nosotros, ya que nos golpeaban ventanas para que les abriéramos las puertas de acceso.
Así las cosas, Marco (esposo de Trini) pasó por casa a pedirme como favor que le abriera la puerta del ingreso ya que la mujer había olvidado la del portal. Él se iba a trabajar a las 21 y ella recién volvería pasadas la 23. No me causó mucha gracia, pero acepté.
Estaba trabajando en las clases del día siguiente cuando golpearon el vidrio de la ventana del comedor: era Trini que llegaba de su trabajo. Le hice señas y fui al frente a abrirle. Una vez cumplido el trámite, ella subió a su departamento y yo volví al mio.
Una hora más tarde, golpearon la puerta de casa: otra vez Trini.
Trini: disculpá Ale, pero mis hijos me dejaron sin pan, ¿te habrá quedado algo? Mañana te lo repongo.
Yo: pasá Trini, busco y te doy lo que haya
Trini: gracias
Fui a la cocina, busqué en las bolsas y se lo alcancé.
Trini: ¿Estás solo?
Yo: si, Mayra está cuidando a su madre en el hospital.
Trini: lo que necesites, no dudes en avisarme.
Recibió el pan y subió ayudada con una linterna.
Al día siguiente nos informaron que el apagón seguiría pues era una falla en el área de la urbanización y correspondía a la administración solucionarla. Ese día volví más tarde, ya que aproveché a ducharme y dejar la ropa para lavar en casa de mis padres. Serían las 23 horas cuando llegué al estacionamiento del bloque y me encontré nuevamente con Trini.
Trini: hola Ale, parece que esto va a durar un día más.
Yo: si, esto es muy molesto y complica bastante. ¿Tus chicos?
Trini: en casa de la madre de Marco, ellos los llevan a clase.
Yo: los míos igual, en casa de mi madre.
Caminamos rumbo al bloque y al entrar, abrí la puerta de casa y me dispuse a entrar. Me despedí de Trini y dejé mis cosas sobre la mesa del comedor. Minutos después, alguien golpeo la puerta. Fui a abrir, Trini otra vez, con una bolsa con pan y un par de cervezas.
Trini: vengo a devolverte el pan y traerte unas birras para agradecerte.
Me vi obligado a hacerla pasar, y abrir una de las cervezas y compartirla con ella. Nos sentamos en el living y bebimos mientras charlábamos un poco.
Como si fuera la ama de casa, fue en busca de la segunda botella, la destapó y sirvió en los vasos.
Trini: no me gusta estar sola y menos a oscuras, espero no molestarte
Yo: tengo algo de trabajo, pero podemos compartir la última.
Se puso a hablar y contarme de su vida, sus cosas, lo que era vivir con horarios cruzados con su marido y más. A la luz de un par de velas, noté que había cambiado sus ropas respecto al momento en que llegamos al bloque.
Ya no vestía jeans y camisa, sino un vestido de entrecasa, holgado que bajo esa luz tenue parecía tener poco debajo. Yo ya estaba con mis clásicos shorts y remera.
Terminamos la segunda botella y fuimos a dejar las cosas en la cocina (vasos y envases), la acompañé a la puerta y casi como al descuido nos fuimos a despedir con un beso casual. Ambos giramos el rostro hacia el mismo lado y lo que debió ser un beso en las mejillas, se transformó en un beso en los labios. Nos miramos, entre sorprendidos y extrañados, y casi sin pensarlo nos volvimos a besar pero ahora de manera algo más atrevida.
Dimos intensidad al encuentro y dejamos que nuestras manos exploraran al otro sin decir palabra alguna.
Pasó sus manos por mi espalda, y se aferró a mi cuerpo, yo hice lo mismo pero me dedique a apretar los cachetes del culo blando y apenas cubierto por una braga pequeña que no llegaba a tanga.
La invasión de lenguas fue rápida en bocas ajenas, las manos subían y bajaban tratando de esquivar ropas, buscando piel.
Abrazados, retrocedimos hasta el sillón del living, caímos sobre él, con Trini montada a mí. La posición permitía que mis manos apretaran su culo y las tetas de ella se prensaran a mi pecho. Le subí el vestido y provoque el roce de mi verga y su concha solo se viera interrumpida por la tela de nuestra ropa. Se despegó lo suficiente para que le quitara el vestido y ella retirara el short y remera, entonces solo quedaban mi slip y su braga separándonos. Nos frotábamos mientras el beso no paraba y nos aceleraba, seguíamos sin emitir palabras, simulando un acto sexual sin penetración. Se levantó y me ayudó a sentarme, dejando su pequeños pechos al alcance de mi boca, me dediqué a mamar de esas tetas duras de pezones gordos y erguidos.
Como pude, corrí la braga al costado y liberé apenas la verga, buscando introducirla entre los labios calientes y mojados. Así sentados uno sobre el otro tuvimos nuestra primer penetración, incómoda, pero necesaria.
Cabalgó un poco, pero la incomodidad era demasiada. Se puso de pie, y se quitó las bragas mientras yo la imitaba, liberando la verga.
Acomodó una rodilla a cada lado de mis piernas y se dejó hacer para quedar clavada. Para no gritar ni gemir, puso su boca sobre mi pecho y se comenzó a mover. No podíamos llegar a la mejor posición, por lo que nos dejamos caer al suelo, ella me montaba ahora si de manera más profunda y se sacudía arriba y abajo.
Trini: llévame a la cama, quiero coger más cómoda
Nos levantamos y sin dejar de tocarnos nos fuimos a la habitación principal. Quitamos las frazadas y nos tendimos, uno sobre el otro. Ella arriba, manejando las penetraciones y los ritmos del polvo, acelerando, cuando estábamos al borde del orgasmo que llegó violento y feroz. La corrida fue tranquila, sin excesos.
Rendidos, nos quedamos acostados uno sobre el otro, hasta que mi verga se redujo y salió de su interior. A oscuras, llegamos al baño, nos metimos en la ducha y nos limpiamos mutuamente, aprovechando el momento para excitarnos otra vez y ubicándonos en la bañera, volvimos a coger, descontrolados, con furia. Ella quería que le llenara la concha de leche pero yo pretendía derramarla en sus tetas.
Ni una cosa ni la otra, acabamos fuera y terminamos de ducharnos.
Ya secos y camino al living para volver a vestirnos, dijo que no habría mamadas, ni anal, ya que el culo y la boca eran propiedad de su marido, pero cuando quisiera tendría la concha a mi disposición.
Durante esas dos semanas, cuando sus hijos se dormían, ella bajaba y nos dábamos unas buenas revolcadas. Cuando Mayra ya dejó a su madre en su casa, los polvos se fueron espaciando, hasta que ella se mudó a una casa en las afueras de la ciudad.
Aún tengo pendiente la mamada y el culo de Trini y no me caben dudas que pronto han de llegar, mientras siga siendo tan puta como siempre.
Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
Saludos,
PARTE IV
Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Como ya conté en capítulos anteriores, después de 30 años volví al barrio donde adquirí mi primera vivienda. Me reencontré con viejos conocidos y recordé tiempos pasados con algunos de ellos.
La insufrible familia Robles
Los Robles vivían en el departamento que se ubicaba exactamente sobre el mío. Cacho y Zaira (el matrimonio) y tres hijas de 8, 6 y 4 años.
El matrimonio era de los más problemáticos del bloque y siempre tenían algún problema con los demás integrantes: el volumen de la música, el ladrido de las mascotas de los demás, las juntadas con amigos, en fín siempre un problema.
Cacho trabajaba en el ferrocarril como guarda nocturno y solía hacer horas extras laborales para fortalecer el sueldo, por lo que casi siempre llegaba a la casa a las 13 horas, después de casi 10 horas de trabajo. Zaira se dedicaba a la limpieza en casa de familias, por lo que sus horarios eran mutantes: a veces por la mañana otras por las tardes.
Las niñas eran gritonas, se peleaban continuamente y se disfrazaban con ropas de su madre y jugaban hasta la hora de ir a la escuela. Era normal que desfilaran con tacones en horarios poco apropiados interrumpiendo el descanso del resto de los moradores (entre ellos yo).
No faltó momento en que tuviese algún encontronazo con los padres de las niñas por el poco control que tenían para con ellas, aun estando ellos en la casa.
Cacho era aficionado al trago, por lo que nunca sabías si hacer algún reclamo porque era proclive a la pelea cuando estaba pasado de copas. Zaira era una mujer muy flaca, casi sin formas, vestía muy informal, de baja estatura (1,60 como mucho y quizá unos 45 o 50 kg), fumaba como loca y tenía una voz muy estridente.
Por razones de higiene en el bloque, tuvimos una queja para con ellos y desde aquel momento no tuvimos más contacto.
De más está decir que fue una de las cosas que agradecí cuando me fui del bloque a mi nueva casa.
Con el tiempo, mis hijos se encontraron con las dos hermanas mayores de la familia Robles en antros y fiestas, por lo que recuperaron algo de contacto con ellas, pero ni ahí de juntarnos las familias siquiera para compartir un rato.
Tras mi divorcio, mi hijo mayor (a los 20 años) tuvo una relación esporádica con la hija mayor de los Robles, un noviazgo que duro quizá un invierno. La chica seguía siendo tan descontrolada como lo era de niña, exigente, demandante, celosa, lo que se diría una mujer tóxica.
A partir de entonces, sé que se seguían por redes sociales pero no mucho más.
Al volver al barrio, me enteré que Cacho Robles había sido víctima del Covid y estuvo un tiempo internado grave, hasta que una infección hospitalaria terminó con su vida a los 50 años. Zaira se tuvo que hacer cargo de la familia y sus hijas, ya adultas, buscaron trabajo para colaborar con el mantenimiento familiar y los gastos que la partida de Cacho había generado.
Lola, la hija mayor, recibida de psicóloga trabajaba en un gabinete y había formado pareja con una compañera laboral, lo que motivó a Zaira a echarla de la casa. Reina, la menor, seguía la profesión de su madre y trabajaba interna en una casa de familia de muy buena posición, de lunes a sábado y volvía los sábados a mediodía a compartir con su madre el domingo. Cintia, la del medio, se recibió de docente y se desempeñaba en dos escuelas y brindaba clases especiales los sábados en un centro comunitario.
En mi último año de trabajo, compartí escuela con Cintia, trataba de evitar contacto con ella, pero irremediablemente lo tuve. Yo cumplía funciones ayudando a la secretaria con la carga de datos de sueldos y ausentismo y cobros y ella debió presentarme documentación en varias oportunidades.
Me miraba tratando de ubicar de donde me conocía pero yo trataba de evitar darle conversación. Llegó el día de mi jubilación y el trato se cortó.
Las vueltas del destino nos volvieron a cruzar. Estaba haciendo compras en un local cercano a mi nueva casa y ella ingresó acompañada por su madre. Ella me saludó por haberme reconocido del trabajo y la madre la iró extrañada.
Zaira: ¿lo conoces al Alejandro?
Cintia: si, trabajaba conmigo en una escuela
Zaira: y antes vivía en el departamento 3, debajo del nuestro.
Yo: exactamente, ¿Cómo está Zaira?
Cintia: me resultaba conocido en la escuela
Zaira: muy bien y ¿usted?
Yo: bien, de nuevo en el barrio.
Cintia: ¿por qué dejaste la escuela?
Yo: me jubilé
Zaira: ¿tan joven? ¿qué es de la vida de Mayra?
Yo: no lo sé, nos divorciamos hace más de 15 años.
Zaira: perdón no lo sabía. Yo enviude hace casi 6 años. El Covid.
La conversación fue cortada por la empleada que pretendía cobrar mi compra. Pagué, saludé a todos y me dispuse a retirarme.
Cintia: cuando gustes, pasá por casa y charlamos un rato, así puedo sacarme algunas dudas del trabajo. Sigo viviendo con mamá.
Agradecí la invitación, pero internamente sabía que no iba a ir. Zaira estaba muy desmejorada físicamente, avejentada y vestía con el mismo tipo de ropas que 30 años atrás. Parecía un espectro, que no abandonaba el cigarrillo que siempre la acompañaba entre sus dedos. Cintia es una mujer joven, de unos 35 años, cabello tipo melena negro (mismo color del padre), algo más alta que la madre (quizá 1,65), buenas formas aunque no exuberantes, muy proporcionada y siempre iba de jeans y remeras algo ajustadas.
Nos cruzamos por el barrio varias veces, hasta que un día me encontró entrando el auto en el garaje de casa. Esperó que bajara del auto y se quedó charlando un rato, haciendo consultas de trabajo y cuando se iba, me informó que quizá vendría a verme pues uno de sus alumnos del centro comunitario tenía dudas en una de las materias que yo solía dictar. Se despidió y partió rumbo a su casa.
Quedé pensando en la joven, quizá no sabía de los motivos de nos llevaron a distanciarnos de su familia, pero era lo de menos. Realmente era interesante y para nada parecía integrante de la familia Robles.
Unos días después, sonó el timbre en casa. Abrí la puerta y la encontré allí, me comentó que las dudas seguían y me pasó unos apuntes de su alumno, quedando en volver el viernes para que juntos veamos los mismos y pudiera darle algunas ideas para ayudarlo. No me agradaba demasiado la idea, pero no me quedaba otra.
El viernes a las 18 horas, nuevamente el timbre y Cintia esperando que abriese. Como es mi costumbre, estaba con shorts y sin remera, por lo que demoré en abrir hasta calzarme una. Le abrí y pasó sin esperar que la invitara.
Pasamos casi dos horas con las carpetas y algunos apuntes que ayudaran. Me pareció correcto ofrecerle un café o mates, para dar por concluida la clase. Aceptó y acomodó las cosas en la punta de la mesa. La charla fue amena y los mates se prolongaron hasta cerca de las 21:30. Le mandó un mensaje a la madre para que se quedara tranquila que estaba bien y volvería en un rato.
Cintia: ¿puedo preguntar algo personal?
Yo: si, claro.
Cintia: ¿por qué discutieron mis padres y vos?
Yo: por ustedes, no sabían respetar horarios y hacían mucho quilombo mientras tratábamos de descansar.
Cintia: mi padre varias veces nos retó por lo mismo
Yo: algo de razón tenía entonces.
Cintia: y si, pero mi madre siempre sostuvo que había algo más
Yo: ¿algo más?
Cintia: le molestaba mucho que Trini se enredara con los vecinos, vos entre ellos
Yo: ni que hubiese sido mi mujer
Cintia: si hasta generó problemas en casa, algo hubo con mi viejo
Yo: pero eso no tenía nada que ver, sus problemas no tenían que involucrarnos
Cintia: Hasta inició a mi hermana en el lesbianismo, después que ustedes se fueron, pero conmigo no pudo. Me gustan los hombres.
Yo: ahh bueno, no sabía nada de eso.
Cintia: a mí me jode tener que quedarme en casa, mis hermanas se fueron y yo no puedo conseguir nada, siempre mi vieja está detrás de mí
Yo: sos una mujer, hecha y derecha
Cintia: pero me gustan los tipos más grandes que yo, así como vos
Esto se estaba saliendo de los carriles normales, confesiones de parte de ella y algo de atracción que estaba sintiendo. Me levanté para reacomodar el mate y ella me siguió a la cocina.
Cintia: ¿qué hay de cierto que te enroscaste con una alumna de adultos y con la vicedirectora? ¿es real?
Yo: es algo muy privado Cintia
Cintia: pero se dice que eso te costó algunos problemas
Yo: ¿a dónde querés llegar Cintia?
Se quitó la remera, dejando a la vista un buen par de tetas apenas cubiertas por un sujetador rosa, se aproximó a mí y sin dudar me dijo “A tu cama, durante meses te dediqué pajas cuando trabajábamos juntos. Más aún cuando charlando con Marcela en el centro me dijo que te la habías movido en la escuela y un tiempo después en una fiesta. Me contó todo, ¿ella fue la alumna, no?”.
Yo: tranquila nena, podrías ser mi hija y tu madre se moriría si sabe que terminaste conmigo en una cama”
Cintia: Marcela me contó absolutamente todo con detalles, cuando se pasa de copas, no sabe callarse. Es amiga mía.
Me arrinconó contra la mesada y se colgó de mi cuello, buscando mi boca. Y uno no es de fierro, menos ante una hembrita caliente, zafada y con ganas de acción. ¿se imaginan un tipo de casi 60 con una mujercita de 35? No era para desaprovechar. Y no lo hice.
La dejé hacer, se trepó a mi cuerpo, me comió la boca desesperada y me dejó aferrarme a su culito, levantándola hasta quedar a la misma altura.
Nos comimos a besos un buen rato, allí en la cocina. Giré y la acomodé sobre la mesada, para evitar que se esforzara demasiado, ya recargada allí me dedique a devolver los besos y jugar con mis manos en las tetas, primero sobre el corpiño y después de moverlo, directamente sobre ellas.
Emitió un gemido y me llevó a mamarlas. Estaban duritas y los pezones de ponían de punta, como señalando donde trabajar. A los tirones le bajé los leggins que llevaba y descubrí que no había tanga, colaless ni bragas, solo una conchita bien demarcada, húmeda y con ganas de ser penetrada.
La acerqué al borde de la mesada, dejé colgando las piernas, bajé mi short y mandé la verga entre los labios vaginales, rosados, empapados y con el clítoris inflamado. No quise entrar de una, pero con un movimiento brusco ella me llevó dentro de su cuerpo. Hubo un pequeño grito y se prendió a mi cuerpo.
Cintia: quiero que me cojas, clavame acá y llevame a tu cama, colgando.
Cruzó las piernas detrás de mi espalda y se levantó de la mesada, era tan liviana que me costó muy poco cargarla hasta mi cama. Despacio me dejé caer con ella debajo, sin salir de su interior, le dejé caer el peso de mi cuerpo mientras trataba de enterrarle la verga a tope.
Se quejó y pidió montarme, giramos y ya sobre mí, cabalgó lentamente, esforzándose por enterrarla tan adentro como se podía. El tamaño de mi verga es normal, por lo que ni hizo tope en su matriz, ni le rompió ningún agujero, simplemente la hizo sentir que ya estaba dentro.
Se quedó quieta, como disfrutando el momento, para luego empezar a moverse tranquila de manera circular y luego atrás y adelante, hasta llegar a un orgasmo sereno, sin gritos ni gemidos agudos, solamente gozando.
Cuando se calmó, recién volvió a hablarme.
Cintia: mañana por la noche, tengo salida con amigas ¿puedo venir por algo más?
Yo: no suelo dormirme tarde
Cintia: es una excusa para salir, tipo 23:30 vengo y me quedo hasta las 5 de la mañana. Quiero saber que tan bien mamas. Marcela dijo que eras muy bueno.
Yo: Cintia, no quiero problemas y menos con tu vieja, ¿está claro?
Cintia: obvio, no pienso decirle nada
Yo: ok, un detalle, si queres que te la coma, depílala por completo.
Cintia: perfecto, ahora me voy antes que ella salga a buscarme. Nos vemos
Se calzó el leggins, el corpiño y la remera. La acompañé a la puerta y salió después de observar que no había nadie en la calle.
El sábado fue una tortura, no veía el momento de que ella viniera. Acomodé cada rincón de la casa, ordené todo, preparé la habitación y dejé casualmente a mano una caja de preservativos, lubricante en gel, la bañera limpia y toallas a mano. Un juego de sábanas especiales para esa noche, de tela suave y limpias.
Cené muy liviano, preparé una botella de licor cremoso dulce (Tía María) sobre el armario de la habitación y un vaso para servirlo. Pensaba derramarlo sobre su piel para beberlo y me dediqué a esperar.
Eran casi las 0:30 y no llegaba, ya me impacientaba. A las 0:50 golpearon suavemente la ventana de la habitación desde la calle, me levanté prontamente y fui a abrir. Cintia no venía sola, estaba con su hermana mayor y su pareja (las lesbianas),
Las tres ingresaron rápidamente y cerraron la puerta tras ellas.
“Mirá Alejandro, si no salía con nosotras, mi vieja no la dejaba salir” dijo Lola. “No pensamos molestarlos, solamente estamos aquí a modo de seguridad para que Zaira no venga” completó la pareja de Lola.
Quedé sorprendido. Las miré y Cintia se acercó a mi “Se quedan en el sillón del living haciendo la suya y nosotros nos vamos a tu habitación” dijo con total naturalidad mientras Lola y su pareja se acomodaban y empezaban a besarse y acariciarse como si nadie estuviese allí.
Cintia me tomó de la mano y me llevó a la habitación. Se quitó la pollera diminuta que llevaba, el top que cubria sus tetas, quedando con un hilo rojo.
Se tiró en la cama y me llamó para empezar a jugar y calentarnos. Yo estaba congelado, un par de lesbianas en el living matándose sexualmente y yo con la hermana menor en pelotas tirada en la cama de dos plazas, pidiéndome que hiciera con ella una fiesta.
Me costó iniciar, pero una vez que comencé a acariciarla, me descontrolé totalmente. Le arranqué a tirones el hilo y la dejé desnuda por completo para comerme su concha como si en ello me fuera la vida, ella abrió bien las piernas para dejarme hacer y disfrutó de cada lamida y chupada que le propinaba. Quería comerme cada milímetro de piel que tenía a mi alcance, tras un buen rato de mamada, le pedí que se pusiera en posición perrito para seguir lengüeteándola desde atrás. La lubriqué intensamente y cuando la sentí lista, me preparé para mandarle la verga a fondo.
Estuve bombeando la concha por minutos, haciéndola gemir con cada embestida hasta derramar toda la leche en su interior. Quedó rendida y satisfecha, se dejó caer y descansó un buen rato. Mientras tanto, me fui al baño a darme una ducha y recuperarme de ese polvo, al pasar por el living ví a las lesbianas haciendo un 69 precioso, las lenguas eran serpientes que reptaban entre los labios vaginales y los gemidos eran una sinfonía. Tanto tiempo quedé mirando ese panorama que Cintia se levantó de la cama y fue a buscarme, me vio observando la escena y acercándose por detrás me dijo “Te gustaría estar prendido ahí ¿no?” no emití palabra pero asentí con la cabeza. “Ni se te ocurra, si no te llaman, ya las he visto como se ponen si alguien se mete entre ambas” comentó mientras me arrasaba al baño.
Nos duchamos juntos, nos mimamos mientras nos quitábamos los restos de las corridas, jugamos un rato metiéndonos mano por todos lados, hasta volver a excitarnos. Nos secamos y volvimos a la habitación, pero la cama estaba ocupada: las lesbianas estaban tijereteando como locas, desatadas, descontroladas, metiéndose dedos en las conchas y culos. Eran un espectáculo digno de filmar. Acabaron intensamente las dos. Y una de ellas tuvo un squirt terrible, empapando las sábanas de manera brutal.
Ya más serenas, se acomodaron en el lecho y nos miraron: “¿les gustó el espectáculo? Estamos muy calientes y ambas ovulando, si alguien nos coge, nos deja preñadas” contó Lola.
“Haberlo sabido Loli, dejaba que Ale se la metiera a alguna de las dos” contó Cintia mientras se preparaba para volver a casa. “Duchense, que ya casi es hora de volver”.
Cuando se estaban yendo, Cintia me dio un beso de despedida y Lola y su pareja me aseguraron que me llamarían dentro de un mes, si era discreto, quería que las dejara embarazada, si me animaba.
Se fueron las tres y me arrepentí de haberle dado calce a Cintia, ya que jamás me imaginé que me pedirían algo así.
Un mes después, volvía encontrarme con Zaira. Me contó que las lesbianas se habían ido de la ciudad con una oportunidad laboral en el sur del país y Cintia se había puesto de novia con un docente de otra ciudad y habían iniciado el pedido de traslado hacia allí.
Una vez más, la insoportable familia Robles había entrado a mi vida y generado un trastorno, más mental que real, pero trastorno al fin.
Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
Saludos,
Alejo Sallago
