En noches frías, el otoño se hace notar – I, II
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Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.
Fines de Abril y principio de Mayo en el hemisferio sur, el verano ya se fue aunque todavía deja algunos coletazos de buenas temperaturas. Una tarde primaveral y una noche demasiado fría (solo 6 grados centígrados).
Primeros fríos, y gripe asegurada. Después de una semana de cama con analgésicos y algún antibiótico para evitar males peores, me voy reponiendo; el zorro pierde el pelo pero no las mañas. Tengo ganas de salir a tomar algo y si es posible con buena compañía.
Miro el celular y la mayoría de los y las integrantes de los grupos están igual que yo: engripados. ¿Qué hago? Entro a mi viejo y fiel amigo Facebook. Observo quienes están en línea: dos de Buenos Aires (algo lejos para una escapada) y tres de mi ciudad.
Cruzo algunas frases como para no ir directo al punto, de paso saber quién está disponible ahora. Los porteños me invitan para el próximo fin de semana XXL (1 al 4 de Mayo) a pasar unos días por allá, pero yo quiero acción esta noche: agradezco y los saludo. Entonces hago foco en los tres de mi gélida ciudad.
Dos mujeres (Andrea y Trini) y un varón (Luchito, eterno vago). Tras los saludos de rigor, Trini me cuenta que empezó a salir con un muchacho (56 años el muchacho) y que lo estaba esperando para ir a tomar un par de tragos a un nuevo bar temático que abrió en la ciudad, me invita a acompañarlos pero no quiero jugar de “violinista”… Agradezco y me despido hasta otro momento. Luchito acaba de llegar de su turno de paddle, algo agotado y adolorido por unos pelotazos que recibió, abrió el Face mientras cenaba y después de ello piensa darse una ducha de agua bien caliente y una aplicación furiosa de crema para golpes (opción dos, caída). Lo gasto un poco por su flojera y combinamos para ir a tomar algo el sábado por la noche.
Solo queda Andrea. Ya ha sido protagonista de otro relato y si lo leen, sabrán que fui amante de su difunta madre (mi primer madura) y con ella hubo algo durante la pandemia. Se sorprendió por mis saludos y entablamos una rápida charla.
Me contó que había vendido la casa de sus padres, y aprovechando esos ingresos se había mudado recientemente a un departamento bastante céntrico. Seguía sola, como es su costumbre pues solo tiene relaciones muy livianas y poco duraderas, y se estaba acostumbrando a su nuevo domicilio. “Es un edificio de gente tranquila, bastante mayor, y ocupo un departamento muy cómodo del último piso” me comentaba mientras trataba de iniciar un video llamado. “¿te lo muestro?” me dijo en el intento de comunicación. “Dale” le respondí. Obvio que estaba usando su celular, y no la compu como yo.
La imagen se amplió y pude ver un living cómodo con dos sillones, una cocina comedor algo pequeña, evitó una puerta que supuse sería el baño y abriendo la última: una habitación amplia, con una cama de dos o dos y media plazas, alfombrada, con una luz amarilla algo tenue. “Muy piola para una mujer sola, cerca de varios negocios que hacen entregas a domicilio (tiene menos cocina que ESPN), cuatro pisos y tres departamentos por cada uno, por ahora no tengo vecinos al lado, solo dos abajo” comentó mientras cambiaba la orientación de la cámara y se apuntaba al rostro.
“Te felicito por la nueva adquisición” le dije mientras fijaba la vista en la imagen. Se notaba que estaba con pocas ropas, casi a punto de acostarse. “Creo que te escribí en mal momento, te estabas por ir a dormir” mencioné. “No, para nada. Una vez que me meto al depto., me pongo cómoda. Si me hubieses escrito a las 19 horas, me hubieras visto igual: solo con remera larga y descalza, la calefacción central es muy buena y vivo medio en bolas cuando ya no pienso salir a la calle, además ¿qué vas a ver que ya no hayas visto?” cerró la frase y lanzó una carcajada.
Estuvimos charlando un buen rato, me contó de la venta de la casa de sus padres, de la compra de su nuevo departamento, de lo que le costó dejar vacía la casa familiar, las mudanzas, sus últimas andanzas y de lo fría que se había vuelto la relación con sus amigas de la infancia. Natalia se casó y se fue a Israel (es judía), los choques con mi hermana menor y el desencanto con Virginia. “Esto da para un par de horas de charla ¿te venís a bulín?, mañana no trabajo, pero traete algo para tomar, que acá todavía no hay nada, solo vasos” dijo de repente. La propuesta me sorprendió un poco pero acepté, le conté que tenía una botella de ron, una gaseosa cola y algunos limones, si aceptaba unos “Cuba Libre” no había problemas. “dale, venite que te espero” me pasó la dirección y cortó la llamada.
Me puse un jean, una remera y una campera, agarré las dos botellas, los tres limones, los metí en una bolsa, me pedí un UBER y me fui para su departamento. Unos 25 minutos después tocaba timbre en el portero eléctrico y esperaba que la puerta se abriera. “Ya bajo, después de las 20 cierran con llaves y no dejan que abras a nadie” sonó la voz metálica.
Cinco minutos después, se apareció en el hall de ingreso, con una bata larga color blanca, en chinelas. Metió la mano en un bolsillo, sacó las llaves, abrió la puerta y me dio paso. Cerró la puerta y me abrazó dándome un par de besos. Se adelantó y presionó el botón del ascensor que se abrió de inmediato. Ingresamos y dándome la espalda presionó el botón del 4to piso. Zorra vieja, sabía que le iba a mirar el culo, lo acomodó para darme una mejor imagen. Charla brevísima en el recorrido y pronto ingreso a su departamento. Hacía un calor terrible ahí adentro, apenas crucé la puerta le extendí la bolsa con las bebidas y me quité la campera. La colgué en un perchero y me senté en el comodísimo sillón doble del living mientras ella dejó la bolsa en una mesita del sector y caminaba rumbo a la cocina en busca de vasos. Volvió, se sentó a mi lado, dejando que la bata se abriera un poco entre sus piernas blancas, tomó las botellas, las destapó y sirvió la primera ronda.
“¿no sabés lo que me hizo Virginia?” empezó la charla mientras bebía el primer sorbo. “Recordarás que se instaló en casa a cuidar a mi viejo después que murió mi madre. Se volvió amante de mi viejo, lo atendía en todo sentido y estuvo a nada de casarse con él para heredar la casa. Una hija de puta.” Se despachó. “no te puedo creer, tan santita que parecía…” le respondí.
Andrea: lo fue enroscando, se hacía mantener por él y se quedaba continuamente en casa. Una yegua
Alejo: ¿cómo te diste cuenta?
Andrea: revisando papeles en la casa de mi viejo, encontré algo escrito y el pedido de turno en el Registro Civil. Un mes más y me dormía la yegua
Alejo: y pensar que vos me dijiste que ibas a arreglar un trio con ella, la última vez que nos vimos.
Andrea: ella estaba estirando los tiempos para que legalmente se transformara en heredera directa. Qué boluda que fui.
Cuando dijo esto, dejó el vaso en la mesa y se cubrió el rostro para empezar a llorar, de manera amarga, su gran amiga la había traicionado.
Se recompuso un poco tras dejar escapar esa angustia acumulada, y una vez más me volví el paño de lágrimas de alguien. Se secó un poco las lágrimas, se acercó y se acurrucó a mi lado, siguiendo con la descarga verbal.
Andrea: ya había conseguido un poder para la venta de la casa, y ser quien recibiera el dinero de la venta. La enfermedad de papá y su pronto fallecimiento no le dio tiempo. Solo pudo quedarse con el auto de él, que estaba a nombre de los dos y yo jamás imaginé que era por eso. Supuse que lo hacía para poder manejarlo si mi viejo no estaba bien.
Virginia, la mosquita muerta de tantos años, se había despabilado y estaba sacando tajada de la confianza de Andrea.
Andrea: mirá que yo soy una puta de mierda. Cagué a mi marido, lo corneé con cuanto pendejo se me ocurrió mientras él laburaba, puse los colectivos a mi nombre y lo dejé en pelotas cuando me engancho encamada con aquel pendejo, pero ella traicionó la confianza de la familia.
Llenó nuevamente su vaso y bebió la mitad de un solo trago. Era más que obvio que necesitaba descargarse y contar con alguien mayor que ella la ayudó.
Andrea: yo, una puta regalada, caí en la trampa de la mosquita muerta. Si hasta me hizo probar ser una tortillera (lesbiana), con tal de no quedar afuera de toda la herencia.
Se aferró a mí y descargó toda su angustia. No necesito explicarles que ya sabía cómo terminaría esta mezcla de angustia eliminada y bebidas con alcohol. Me abrazó con fuerza y sin mediar palabras se entregó: me miró a los ojos, se aproximó a mi boca y de manera desesperada me besó, manejando todo el momento. Se trepó a mí, abrió la bata y me hizo sentir su piel caliente, sus pechos algo crecidos (¿se había operado?) y me hizo recostar en el sillón.
Andrea: muchas veces te estuve por llamar e invitarte a casa, siento que con vos puedo hablar, descargarme y coger sin rechazos. Me tocaste por primera vez como mujer, fuiste el macho de mi madre y jamás dijiste nada, todo un caballero.
Alejo: Andre, estás enojada y querés vengarte. Tranquila.
Andrea: jamás dejé de recordar cómo me tocabas, como me hacías sentir y cuando supe lo de Antonia, entendí que eras el indicado para descargarme.
Alejo: si querés me quedo, pero prométeme que vas a calmarte un poco.
Andrea: sos el hermano que no tuve y el macho que me hizo gozar por primera vez. Quedate y volve a hacerme gozar como aquellas veces. ¿Si?
Alejo: ¿solo querés sacarte las ganas y la bronca? No me necesitas para eso
Andrea: quiero alguien que me abrace, que me conozca y sepa cómo hacerme feliz, al menos por una noche…
Era una invitación interesante, pero sabía que había algo más detrás de ese ofrecimiento. A sus 52 años se cuidaba mucho, casi no los aparentaba. Si se le notaba que había horas de gimnasio, pero nadie puede derrotar al tiempo. Nos volvimos a besar, más tranquilamente, acompañando los besos con caricias suaves: ella jugaba con mi pelo y yo hacía lo propio y deslizaba una de mis manos por su espalda aún cubierta por la bata, hasta el nacimiento de la curva de su culo, que apretaba de tanto en tanto.
“Sabés bien lo que me gusta recibir, conoces cada reacción de mi cuerpo, y eso me vuelve loca. No sos un pendejo que trata de ponerme en 4 y mandarla adentro, bombear hasta llenarme de leche y dejarme ahí, tendida en la cama después de un buen polvo. Por eso pienso en vos cada vez que me siento caliente” murmuraba mientras se acomodaba de lado.
Lentamente, le fui corriendo la bata hacia atrás dejando a la vista esa típica remera desgastada que usaba para dormir que apenas le cubria la cola y permitía ver que tal su costumbre usaba tanga, que se iba perdiendo dentro de los cachetes, dejando un triángulo en el nacimiento de la zanja. Aquellos cachetes que antes eran firmes y redondos, hoy eran algo más blandos, con algunas estrías pero bien formados. No se parecían en nada a las amplísimas cachas de su madre, pero sí tenían ambas una cintura justa para afirmarse y apretarlas cuando hacía desfilar a verga por desde el culo a la raja, esparciendo jugos que lubricaran la zona.
“Vamos a la cama, que el jean tuyo me incomoda y tengo ganas de sentir esa verga traviesa. No me dijiste nada de mis tetas nuevas ¿te gustan? Me las operé hace unos meses, no las agrandé mucho, más bien las hice poner más firmes y paraditas, estaban bastante caídas y mostraban que ya habían pasado muchas bocas y lenguas por ahí” contó mientras se sentaba en la cama y se quitaba la remera, quedando solo con la tanga rosa pálido que se volvía oscura por la humedad que estaba despidiendo.
Indudablemente se cuidaba mucho y sabía que depilarse regularmente era necesario para estar lista para la acción. A diferencia de la última vez, había dejado una hilera de vellos cortos sobre la raja, un cavado profundo para eliminar los vellos del culo que permitían observar ese hoyo ligeramente amarronado, experimentado y bastante prieto.
Arrojó la remera a una silla que había al costado de la cama, se ubicó en el centro de la cama y flexionó las piernas, en clara invitación a invadir la zona. Los labios vaginales de escapaban del triángulo de tela, que solo escondía el clítoris, ya brillaban, por lo que no costaría nada que se empapara totalmente. Las tetas se mantenían paradas, sin caer a los lados, con los pezones puntiagudos apuntando al techo y los brazos abiertos invitándome a subirme a su cuerpo.
Antes de desnudarme, encendí la luz de la mesa de noche y apagué la luz principal. El ambiente estaba muy bueno, pero tuve una sorpresa más: accionó un pequeño control remoto y en la cabecera de la cama se encendió una tira de luces led rojas, verdes y azules de baja intensidad.
“tengo mi propia habitación de telo, era un gusto que quería darme y sorprendió al instalador” dijo mientras dejaba el control en la mesa de noche y apagaba el velador.
Si antes el ambiente era muy bueno, ahora se había transformado en ideal. Terminé de quitarme la ropa y me fui acercando desde los pies de la cama hacia el centro, subiendo sobre su cuerpo, abriéndole más las piernas y pasando mi lengua desde el elástico de la tanga hacia su cuello. Me detuve en cada una de las tetas: besando primero una y luego la otra, chupando fuertemente y coronando con mordiscos en los pezones. Brotaron los primeros gemidos de sus labios, demostrando que aquello le causaba placer (tal y como lo recordaba). “Uff, cuánto hacía que no me mamaban así las tetas, cuánto me gusta y que bien se siente…”decía mientras seguía recibiendo el tratamiento. “Si seguís así, voy a acabar antes que me comas la concha y me metas la verga” murmuró entre gemidos.
Aquel cuerpo de 1,65, temblaba y se sacudía, sus manos luchaban entre quitarme del lugar y aprisionarme para que no me separara. A duras penas pude bajar una de mis manos y tirar del elástico hacia arriba para encajarle bien adentro la tanga entre los labios vaginales. “Si negrito, enterrame la tanga en la concha y pasa tus dedos por los labios hasta hacerme acabar, dale, dale…” pidió desesperada y le hice caso. Con la tanga metida por completo en la raja, le filtré dos dedos para hacerle una buena paja mientras terminaba de comerle las tetas. Tensó su cuerpo por completo, lanzó un pequeño aullido y despachó líquidos de manera brutal, llegando a un orgasmo profundo que mantuvo por unos 30 o 40 segundos, para después aflojarse por completo. Llevó su mano izquierda a la entrepierna, apretó mis dedos dentro suyo y retiró la tanga a un costado. ¿Cuánto tiempo pasó desde que nos acostamos? ¿15 minutos máximo? Y ella ya había tenido su primer orgasmo, estaba rendida y yo con ganas de más, ya que solo me había dedicado a satisfacerla sin siquiera penetrarla.
Tardó unos 10 minutos en reponerse, me hizo un lugar a su lado y nos recostamos en el lecho. Cada tanto ella suspiraba y extendía una de sus manos para acariciarme a modo de agradecimiento.
Andrea: qué buen polvo me diste, por eso quiero que vengas más seguido a casa. Sabés como hacerme feliz.
Alejo: pero yo también quiero un buen tratamiento, creo que me lo merezco
Andrea: obvio, por eso esta noche no te voy a dejar irte. Vas a quedarte.
Se giró y me abrazó, dejando su cabeza sobre mi pecho. Necesitaba descansar un poco y lo entendí, pero pensaba tener algo a cambio, solo debía esperar el momento para conseguirlo.
Pasamos unos 40 minutos así, abrazados y tendidos en la cama. Andrea se despegó un poco y se dispuso a levantarse.
Alejo: ¿A dónde vas?
Andrea: a ducharme y traer algo para tomar
Alejo: ¿ducharte? ¿por?
Andrea: tengo pegoteada la concha con la acabada
Alejo: me gustan las conchas con perfume propio. No tenes que lavarte
Andrea: no seas cerdo, me siento sucia
Alejo: trae el ron que yo te lavo.
Se encaminó al living, donde habíamos dejado las bebidas, las agarró y pasó por la cocina a buscar un par de hielos. Dejó los vasos sobre un mueble que estaba de mi lado de la cama, ubicó la botella de gaseosa y se acercó a mí extendiendo la botella del ron. Agarré la botella con una mano y con la otra la tomé a ella por un brazo y la tumbé en la cama: me arrodillé en el colchón, destapé la botella e inclinándola apenas, dejé caer unas gotas sobre las tetas de Andrea. Me agaché y capturé la bebida que le recorría la zona con mis labios mientras aprovechaba a comerle apenas los pechos.
“Se siente agradable, que me comas las tetas y te tomes el ron, poneme un poquito más que me gusta…” dijo entre risas por las cosquillas que sentía.
Le hice caso, pero primero me ubiqué entre las piernas, y dejé caer un poco más de licor. El punto es que éste cayó camino a su raja, bajando por el vientre y antes que llegara al colchón pasé la lengua por la raja y subí buscando el resto de la bebida que había quedado en el ombligo.
“guau!! Qué bueno es eso… quiero más…” pidió y ya ella fue la que dejó caer el líquido. Tumbado en la cama, fui bebiendo lo que caía aunque no podía alcanzar todo, y algo rodó por la raja al interior de la concha, produciéndole un poco de ardor. “Ahhh!!!! Me arde, pero me gusta sentir tu lengua” murmuró mientras vertía un poco más de ron. Me dediqué a chuparle la concha de manera intensa, dejó de regársela con la bebida y se dedicó a moverse permitiendo que entrara casi por completo mi lengua en su concha, sus fluídos volvían a correr como un torrente y aproveché a esparcirlos por su culo. Cuando sintió mi dedo presionar sobre el anillo, levantó las caderas y me hizo más sencillo el trabajo. Ya el dedo entraba y salía con facilidad, la dilatación estaba confirmada.
“Como la última vez en casa de mis padres, lléname el culo de leche, no pienso atarte, quiero disfrutarte” dijo mientras se giraba y tras quedar boca abajo, levantó el culo en pompa. “Es todo tuyo, llénalo bien y déjame la leche adentro” murmuró mientras sentía que la verga le iba entrando de a poco. Cuando sintió el choque de mis huevos con sus nalgas, aceleró los movimientos, bajó la cabeza a la almohada y ahogaba los gemidos intensos que brotaban ante cada embestida.
Apretó bien el culo cuando el primer chorro salió disparado de la verga, reteniéndome adentro hasta que ya no hubo más descargas. Se dejó caer, aun ensartada y mi peso la aplastó totalmente. Nos quedamos quietos hasta que la verga bajó de tamaño y salió por sus propios medios.
“Ahora si necesito ducharme y vos también, vamos…” dijo mientras me tomaba de la mano y me llevaba al baño. Nos metimos en la ducha, nos enjabonamos y limpiamos uno al otro, la leche caía del culo de Andrea y resbalando por sus piernas terminaba en el desagüe.
Nos secamos un poco y volvimos a la habitación, abrió un placard y tomó un juego de sábanas limpias, reemplazó las sucias y volvimos a acostarnos. Dormimos hasta el amanecer, cerca de las 8 de la mañana, sonó el portero. Se levantó y atendió desnuda, tal como estaba. Apenas habló unos minutos y volvió al lecho: “era un alumno que quería una clase extra, le dije que no me sentía bien, que vuelva mañana. Todavía falta que me llenes la concha de leche y si no lo hacés, de acá no te vas” dijo mientras me montaba.
No tiene mucha razón de ser describir lo ocurrido entre las 8:30 y las 9 de la mañana, basta con decir que fue un polvo rápido, con una buena cabalgata de parte de ella. De más está decir que para un par de adultos que superan los 50 años, la intensidad es poca, la satisfacción de cumplir con el otro no siempre se cumple, pero acabar casi al mismo tiempo es interesante.
Nos vestimos y desayunamos juntos, hablando de todo un poco. Cuando llegó la hora de la despedida hubo un momento importante.
“Mirá negrito, soy muy caliente y necesito actividad seguido, pero también es cierto que hasta ahora no encontré quien me haga sentir placer y satisfacción como me paso con vos. Las puertas de mi casa siempre estarán abiertas y mi cama lista para recibirte, pero sin obligaciones. Prometo cuidarme y estar preparada para recibirte cuando quieras, si no fuésemos tan amigos y cómplices, te pediría que fueses mi pareja” comentó muy seria.
“Andre, tampoco yo puedo prometerte fidelidad y lo sabes, pero cada vez que tengamos ganas, nos llamamos y organizamos una buena noche ¿te parece?” le respondí.
“Claro que sí, lo único que te pido es que me avises algunos días antes para prepararme para vos y que te guardes una buena cantidad de leche para mi ¿si?” dijo antes de abrazarme y despedirme con un beso intenso y caliente.
Le respondí con caricias a su entrepierna y apretones en las tetas, que agradeció con una sonrisa.
Ingresé al ascensor, presioné el botón de la planta baja y le arrojé un beso antes de que la puerta se cerrara. Cuando estaba a la altura del portero eléctrico sentí su voz: “No tardes mucho en llamarme y volver a verme” escuché mientras abandonaba el portal.
El viento fresco golpeo mi rostro, el sol parecía no tener fuerza para calentar, pero ya demasiada calentura había tenido en las últimas horas. Llamé un taxi y volví a casa, Empecé a ordenar lo que había dejado fuera de lugar, mientras recordaba lo sucedido. Andrea era un imán a la hora de encamarse, diría que casi una experta: tranquilamente podría haber sido escort y facturar muy buenas sumas, pero prefería ser una puta selectiva.
Pasaron dos días, y siendo 28 de abril, sonó mi celular con un mensaje: “¿festejamos juntos el Día del Trabajador’ (1 de Mayo)?” decía el mensaje de Andrea. “Sé que cocinas muy bien, decime que llevar y me cocinas algo rico. Yo te llevo un buen postre…” un par de fueguitos y unos emojis de mujer babeando remataban el texto.
“Por supuesto, yo cocino, trae el vino y el postre, del resto me encargo yo” respondí. Un par de deditos aprobando cerraron el contacto. Desde ese momento, me dediqué a buscar que cocinar y por sobre todo preparar el terreno para después de la cena, pero eso es otra historia.
PARTE II
Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.
Como comenté en la entrega anterior, recibí un mensaje de Andrea proponiéndome festejar el “Día del Trabajador” (1ro de mayo en Argentina), con una buena cena casera. A cambio de cocinar para ella, le pedí que trajese el postre. Ella aceptó, pero jamás me dijo cuál sería, por lo que debería esperar para saber lo que tendría en mente.
El jueves 30 de abril, me dediqué a comprar lo necesario para cocinar, alguna bebida para la espera y un buen vino para la cena.
Obviamente el platillo no debería ser pesado: un buen trozo de carne de cerdo braseada con vegetales, me parecía lo adecuado.
Mientras ordenaba la casa y dejaba todo listo, durante la tarde, recibí un llamado de Luchito, para ir a tomar un par de tragos aprovechando que al día siguiente él no trabajaba.
Luchito: negro, ¿vamos al bar nuevo a tomar unas cervezas artesanales?
Alejo: ¿a tomar un par de birras? ¿Nada más? Te conozco…
Luchito: bueno… necesito que me hagas la gamba, hay una clienta que me quiero tirar, pero solo sale con una amiga.
Alejo: unas cervezas, la apurás y te dejo a solas con ella. Mañana tengo joda.
Luchito: me contás en el bar, quiero saber. Pasa a buscarme a las 8 ¿sí?
Cortamos la llamada, me di una ducha, me puse algo informal y lo fui a buscar. En el viaje, le conté de la noche con Andrea y la propuesta que me hizo.
Luchito: ¡¡ojo viejo!! A ver si te engancha…
Alejo: nada que ver, lo tenemos re claro. ¿Y vos? ¿Tu minita?
Luchito: una clienta. Divorciada, tiene un drugstore bien surtido y viaja 2 veces al mes a las ferias de Buenos Aires, me invitó a acompañarla el finde.
Alejo: ¿está buena?
Luchito: y… está muy interesante, 57 años. Tiene una carita de turra…
Alejo: dale que te conozco…
Luchito: ya me la apreté un poco en el local, pero siempre aparece alguien y me quedo con las ganas. Si hoy me la llevo a casa, me espera un finde terrible.
Lo miré y no pude más que reírme. Luchito es un caso perdido, le gustan todas y si le dan algo de calce, terminan siempre en la cama. Llegamos al bar, trató de ver si ya habían llegado las mujeres, como no las vio, nos ubicamos en una mesa para 4 y pedimos un par de cervezas, que luego fueron 4, después 6 y las mujeres sin aparecer. Cerca de las 22:30, recibió un mensaje. La amiga de su clienta no podía venir y lo invitaba a su casa. La respuesta fue afirmativa obviamente. Pagamos la cuenta y nos fuimos: él en UBER a la casa de la mujer y yo a la mía.
Llegué y me puse a ver una película en TV y revisar los mensajes en el celu. Cerca de la medianoche, un mensaje de Andrea: “Veo que estás despierto, ¿aburrido?” preguntaba. “Un poco, mirando una peli” respondí. “¿Está buena? ¿de acción, de terror, picante, cómica?” volvió a preguntar. “Nada del otro mundo” le dije.
Demoró unos minutos en volver a hacerse presente, ahora con un audio.
Andrea: yo estoy igual, aburrida, con frio y mirando una serie.
Alejo: no soy afecto a las series, me cansan.
Andrea: depende como sean, esta está bastante áspera, hay mucho sexo.
Alejo: ¿te estás motivando? No me vengas cansada mañana…
Andrea: me estoy calentando bastante, ya tengo la conchi mojadita.
Alejo: me imagino que vas a calmarte en breve.
Andrea: no sé, no es lo mismo un par de dedos que una verga.
La temperatura de lo audios subía y podía escucharse de fondo el sonido de la tv de ella, sin duda era muy caliente.
Unos minutos de silencio y un nuevo mensaje.
Andrea: ¿qué hacés mañana a la mañana?
Alejo: dormir supongo.
Andrea: ¿solo?
Alejo: claro, ¿con quién sino?
Andrea: conmigo ¿te gustaría?
Alejo: podría ser, no tengo nada más importante que hacer.
Andrea: ok, en 15 estoy ahí. Esperame.
Los mensajes terminaron y yo pensé que era una bravuconada típica de Andrea. Un rato después sentía como se detenía un auto en la puerta de casa, una puerta que se cerraba y el vehículo que se iba. Suavemente tocaron la persiana y la voz de ella “Abrime que hace frío”.
Me levanté de la cama, fui a la puerta de frente y ahí estaba. Con una bolsa de compras en una mano, una mochila al hombro, envuelta en un tapado largo de color oscuro. Pasó rápido adentro de la casa, dejó en la mesa del comedor la bolsa de compras, la mochila sobre una silla y se comenzó a desprender el tapado. Una vez desprendido lo echó hacia atrás y se lo quitó: estaba tan solo con un camisón y sandalias.
Andrea: ¿te sorprendo? Te dije que estaba en la cama mirando tele.
Alejo: estás re loca, ¿Cómo vas a salir en bolas a la calle?
Andrea: dale, que me estoy helando, vamos a la cama y dame calorcito.
Me agarró de la mano y buscó una puerta que pudiera ser la de la habitación. Entró rápidamente y se metió en la cama, temblando, se cubrió con sábanas y el acochado, acurrucándose en uno de los lados.
Me tumbé en la cama junto a ella, la abracé y le empecé a frotar la espalda y brazos para que tomara algo de temperatura. Lentamente se fue estirando mientras recuperaba calor, se acomodó un poco mejor y colocó un par de almohadas para poder ver las imágenes más erguida.
Se acercó y cruzó una de sus piernas frías sobre mi cuerpo.
Andrea: guau, que calentito estas, así da gusto ver tele.
No hizo siquiera un ademán o movimiento para provocar roces íntimos, solo se dispuso a ver la película. Cuando su cuerpo estuvo más caliente, me abrazó y se fue durmiendo lentamente. Al cabo de 20 minutos, la respiración acompasada avisaba que se había dormido profundamente. Apagué el televisor y me acomodé junto a ella, rodeándola, para darle calor y contención.
Así permanecimos hasta las 10 de la mañana en que nos despertamos. Me dio un beso corto y se levantó al baño, sentí la descarga de agua y luego como se abría y cerraba el grifo del lavamos. Pasó por la cocina, tomó algo de la mochila y volvió a la cama. Se metió y se apegó a mi cuerpo.
Andrea: está lloviendo y hace mucho frio.
Alejo: nos quedamos acá, tapados hasta la cabeza.
Andrea: me dormí como tronco anoche, ni me tocaste.
Alejo: estabas helada, como para destaparte y desnudarte…
Andrea: ¿ves? Por eso me gusta estar con vos, no es solo coger.
El aliento fresco de su boca se acercó mucho a la mía. Entonces llegó el primer beso, tímido, delicado, se despegó apenas como para poder verme bien y volvió a bajar buscando uno más intenso y profundo. Aprovechó el movimiento y se subió sobre mi cuerpo, apoyando las tetas sobre mi pecho, abriendo las piernas para quedar calzada, rozando su concha con mi verga.
Andrea: mmm… qué lindo despertar así.
Se frotó un poco, haciéndome notar las ganas de tener algo de acción durante la mañana. Bajó sus manos, buscó el elástico de la tanga y la desprendió desde un costado, liberó su cuerpo y buscó un roce más intenso. La humedad de su intimidad se hizo presente muy rápido y comenzó a mojar mi bóxer.
Andrea: sacate eso que quiero sentir la verga entre las piernas.
Como pude, lo hice y le serví en bandeja lo que quería; arqueó apenas el cuerpo y la ubicó entre sus labios. Se fue hamacando y distribuyendo el flujo por toda la raja, haciendo que cada tanto el glande se hundiera en su cuerpo, pero no lo dejaba avanzar mucho más, disfrutaba del juego hasta que la calentura la desbordó y se dejó caer, clavándose totalmente, quedándose quieta, sintiéndola por completo en su interior.
Andrea: qué bien se siente, que lindo es tenerla adentro, me encanta.
Alejo: bueno, hacé lo que tengas ganas, voy a dejarte el mando.
Sonrió, y me besó mientras se movía muy lentamente, tomó mis manos y las llevó a su culito. “Apretame mientras me muevo, para que no se salga de adentro” dijo antes de iniciar el movimiento algo más intenso. Por momentos circulares, por momentos de ascenso y descenso, se irguió afirmando sus manos en mi pecho y comenzó la cabalgata, los gemidos eran intensos y profundos, mis bufidos también. Seguí apretando su culo con la mano izquierda, mientras la derecha se apropiaba de las tetas, amasándolas, apretando los pezones que se endurecían más y más.
Andrea: si mi guacho, apretame que estoy acabando, te voy a bañar en flujo.
Fueron las últimas palabras antes de dar un grito que coronó su orgasmo. La concha le latía desbocada mientras despedía flujos y recibía leche en varios disparos.
Se dejó caer sobre mí, chocando su rostro con el mío. Cerró las piernas y aprisionó me verga para evitar que saliera de su interior.
Así se quedó un buen rato, hasta que lentamente se retiró hacia un lado, acomodó su cabello y se tocó los labios, pues en la caída se había golpeado.
“Qué buen polvo, de esos que me das cada vez que nos encamamos” dijo con un lenguaje desprejuiciado, caso vulgar.
Permanecimos en la cama casi hasta el mediodía, hablando y disfrutando del calor del cobertor. Me contó había estado casi toda la tarde esperando verme en línea en el Face, pero al no hacerlo, optó por mantenerse conectada con el celular, si bien habíamos quedado en encontrarnos el viernes por la tarde, una llamada de su abogada le había informado que debía viajar a Buenos Aires por temas judiciales y estar allí el lunes a primera hora.
Su abuela había sobrevivido a sus 4 hijos (tres varones y una mujer), de los dos tíos solo uno había tenido hijos, mientras la mujer falleció soltera y sin descendencia. Eso la convertía junto a su primo en los únicos herederos universales de los bienes familiares que había en aquella ciudad. Completados los trámites sucesorios, debía presentarse ante un escribano para recibir la información sobre lo heredado. Acompañada por su abogada, viajaría el sábado por la noche y estar en tiempo y forma para concluir todo el día lunes y eventualmente el martes.
De ese modo, se caía la idea de compartir conmigo viernes, sábado y mañana del domingo.
Andrea: ¿me vas a cocinar algo rico ahora o deberé esperar hasta la noche?
Alejo: lo pensado lleva algo de tiempo, quizá algo liviano ahora y el principal a la noche ¿te va?
Andrea: mmm… no tengo mucha alternativa. Eso sí el postre especial irá tras el almuerzo, porque también lleva su tiempo…
Nos levantamos, y mientras yo empezaba con la preparación del almuerzo, ella se dio una ducha, aunque permaneció allí algo más de lo que suponía para solo un baño, pero lo tomé como algo posible.
El almuerzo estaba en marcha, preparé un mate para matizar la espera y alguna tostada con jamón cocido y queso.
Apareció en la cocina con la típica bata blanca, esta vez ajustada por un lazo que realzaba su cintura y elevaba un poco los pechos. Se sentó a la mesa, y empezó a cebar los mates y probar los entremeses.
Me extendió un mate y siguió contando lo que le esperaba en su próximo viaje. Serían horas de visitar juzgado, estudios de abogados y finalmente el escribano que les informaría el reparto de bienes. Estaba claro que no quería nada que no estuviese en nuestra ciudad, pero parecía que debería ponerse de acuerdo con su primo porque las tres propiedades diferían bastante en valores. Ya algo habían conversado con su abogada y llevaban una propuesta y solo restaba esperar escuchar las cifras y datos que el escribano presentaría.
No consulté nada al respecto, solo la dejé hablar y me limité a escuchar su descarga. Cuando ya comenzaban a abundar los silencios de su parte, le cambié el tema y traté de indagar sobre “el postre”.
Andrea: ja ja ja ja, interesado el muchacho, ya lo verás, seguro va a gustarte.
Alejo: vamos, dame una pista…
Se puso de pie e hizo presión sobre la mesa, como probando su resistencia, sacudió la cabeza de manera afirmativa y volvió a sentarse.
Estaba más que claro que no sería en la cama la acción, pero ¿en la mesa? Se presagiaba algo incómodo, aunque podía darme varias ideas.
Cuando el almuerzo estuvo listo, levantamos todo y preparamos la vajilla y nos sentamos a compartir los alimentos. Probaba bocados y hacía gestos de aprobación, mientras seguía comiendo, compartimos un vino blanco frío que caía justo para el plato.
Una hora más tarde, habíamos concluido e inicié el retiro de la vajilla, ella se hizo cargo del lavado, momento que aproveché para fumar un cigarrillo.
Habiendo terminado, limpio bien la mesa y se sentó a mi lado.
Andrea: bien caballero, lo invito a retirarse unos minutos de aquí, así me permite preparar su postre.
Me empujó para que me levantara y aproveché el momento para ir a la habitación, ordenar la cama y luego pasar por el baño, ya que me imaginaba que si ella se había duchado y perfumado, pediría algo similar a cambio.
Traté de no demorar demasiado, elegí vestirme con un bóxer y una remera, aprovechando que había dejado la calefacción a buena temperatura en la cocina. “¿Ya está listo el postre? Pregunté desde la puerta del baño. “Un minutito más, por favor” respondió. Busqué un preservativo que había dejado en el botiquín del baño por si era necesario, lo escondí en el lateral del bóxer. “Caballero, la mesa está servida. Puede venir por su premio” la escuché decir. Entonces si, me fui acercando despacio a la cocina y la vi sentada en el centro de la mesa, desnuda, de espaldas a mí, con sus manos apoyadas en los bordes y sus pies afirmados en la punta, dejando las piernas bien abiertas. Llegué a la altura donde ella estaba sentada y ví que sus pechos estaban cubiertos con crema batida y a modo de flecha, bajaba una línea rumbo a su raja, allí ubicado entre sus piernas un pote de helado.
Alejo: literalmente, ¿queres que me coma todo ese postre?
Andrea: y con una sorpresa más, que voy a darte cuando estés sirviéndote.
Alejo: bien señora, empecemos antes que la decoración se caiga.
Ella cerró los ojos y me dejó hacer. Acerqué mis dos dedos centrales a la línea de crema que llegaba a su raja y metiéndolos entre los labios, los fui subiendo lentamente, levantando la crema hasta el canal de sus pechos, pero no lo comí, sino que se lo distribuí en la boca, abrió los labios, sacó la lengua y retiró la crema de mis dedos: “Sabrosa la crema con gustito a concha caliente” dijo mientras se relamía. Tentado por esa frase, también la probé, era un sabor extraño, mezcla de dulce y salado. Interesante, aunque no de lo más me agradaba: la crema es dulce y la concha caliente salada, lo agridulce no es lo mío.
Desplacé el pote de helado a un costado y la acerqué más al borde de la mesa, ya ahí pude dedicarme plenamente a comerle las tetas y la crema que había en ellas, mientras ésta desaparecía, emergían los pezones durísimos de excitación. Por momentos me metía casi entera la teta en la boca y me retiraba dando un chupón que las estiraba, alternaba entre un pecho y el otro, aplicando el mismo tratamiento.
Andrea: así negrito, cómeme bien las tetas, pero no desatiendas mi conchita, que se va a enfriar…
Alejo: te voy a meter la crema adentro…
Andrea: después la lavo bien, no te hagas problemas, pero pajeame mientras me chupas las tetas…
Traté de retirarle la mayor cantidad de crema antes de hundirle dos dedos dentro y empezar a sacudirlos entre sus entrañas. Se aferró firmemente a la mesa y entregada, se dedicó a gozar, emitiendo gemidos fuertes cuando los dedos entraban a tope y mucho más si era acompañado con el chupón en las tetas.
Resistió tal vez unos 20 minutos hasta caer rendida al orgasmo, se recostó en la mesa buscando reposo. El espacio que había quedado entre la concha el final de la mesa, estaba cubierta de un líquido blanquecino, mezcla de flujo y crema. Las piernas le temblaban por la excitación y demoraron un rato en relajarse y permitirle bajar de la mesa. Lentamente se fu al baño, se metió en la ducha, abrió el grifo y dejó caer el agua caliente por su cuerpo. Podía sentirse como se frotaba con intensidad al quitarse los restos de la crema. Luego unos minutos donde solo un chapoteo que imagino fue cuando hundía sus manos en la concha para higienizar profundamente el sector, un suspiro profundo, el cierre del grifo, desplazar la mampara y salir de la ducha. Se secó rápidamente y se enfundó en su remera que oficiaba de camisón. Asomó a la cocina y me vio limpiando, aún con la verga bastante erguida que reclamaba atención.
Andrea: date una ducha y te espero en la cama, tengo frío.
Alejo: sos tramposa, me comí la crema pero vos te llevaste el postre.
Andrea: ¿quién dijo que terminamos? Nos queda la tarde y la noche, ansioso.
Desapareció camino a la habitación, y mientras yo entraba en el baño, pude oír como encendía la televisión y seleccionaba un canal de películas.
Me duché, saqué el pegote de los vellos de mi pecho, el sudor provocado por la actividad y aproveché a masajearme un poco la verga, para que no perdiera vigor. Me sequé, enrosque un toallon alrededor de mi cintura y seguí sus pasos.
Cuando me aproximé a la cama, desplazó un poco el cobertor y las sábanas y me invitó a acompañarla, mientras seleccionaba una película.
Me acosté a su lado, podía sentir su perfume, cítrico, suave y su piel que aún estaba algo fría. Se acercó a mí, me abrazó y se dispuso a mirar el video seleccionado.
Andrea: ¿Cuántas veces no hemos acostado? ¿5, 6 o más?
Alejo: no las conté nunca.
Andrea: te lo decía por un detalle: ¿Cuántas veces te chupe la verga? ¿recordás?
Alejo: mmm… la primera vez, cuando me contaste que sabías lo mío con Antonia y Nelly, pero fue algo muy breve, como para darle buen tamaño y no más que eso.
Andrea: exactamente. Voy a confesarte algo, fue la única vez que chupé una verga sin forro. No niego que mamé varias, pero la tuya fue la única sin forro y no sé por qué. ¿Te acordás de los viajes que organizaba mi viejo en su colectivo?
Alejo: claro, íbamos varias familias, generalmente a balnearios familiares, lagunas cercanas, lugares tranquilos.
Asintió con la cabeza y explicó que siempre había tenido un bloqueo con el sexo oral sin protección, por experiencias pasadas con parejas que la habían condicionado a usar forros saborizados. “Cuando empezaron a fabricarse saborizados, y para cumplir con el pedido de mi ex marido, volví a chupar, pero siempre con forro. Lo hacía pensando en comer un helado de fresa, de chocolate o del sabor que trajeran mis amantes. Además, Iván era un experto mamándome la concha y me daba vergüenza no poder retribuirle su delicadeza y habilidad” contó mientras observaba en la película como un chico le pedía a su novia que le retribuyera el tratamiento.
“Aquella tarde, con vos, estuve a punto de romper con ese bloqueo, pero algo me detuvo. Quizá fueron tus pelos, que eran bastante largos y tupidos o encontrarme con que la verga tenía el sabor de mi concha, no sé” finalizó su recuerdo.
Alejo: yo no te pedí que hicieras nada, jamás. Me conformo con que me entregues tu culo, cosa que no muchas se animan a hacer y a mí me encanta.
Andrea: pero no es justo, o al menos eso pienso y vine decidida a romper con ese bloqueo. Si me tenés paciencia y colaborás, dejándome hacer, pienso terminar con lo único que me falta probar: una buena mamada completa.
Debo asegurar que me sorprendió la confesión y solo atiné a levantarle la cara y darle un beso de agradecimiento, dulce y delicado.
Me levanté de la cama, encendí el calefactor del living, tratando de darle un lugar cálido y cómodo para que pudiese intentarlo. Volví a la habitación y me quité el bóxer, mostrándole que la verga estaba preparada. Abrí la cama, extendí mi mano y la invité a seguirme, la llevé al sillón de dos cuerpos que tenía una alfombra mullida donde podría arrodillarse y colocarse a la altura justa. Me senté, abrí las piernas y la atraje para que empezara su labor.
“Esperá un poco, seguís teniendo los vellos muy largos y no quiero detenerme una vez que empiece, por ninguna razón.” Dijo esto y fue en busca de la bolsa que había traído, extrajo una tijera de peluquería, un rociador, un peine y una toalla para dejar caer allí los vellos que cortaría. Encendió la luz principal para tener buena iluminación y lentamente comenzó a recortarlos. Movía poco la verga para evitar que se pusiese más dura e irrigada, cortaba con paciencia, dejando apenas un centímetro como máximo, no quería provocar un corte en la piel. Le llevó al menos unos 10 minutos la tarea, observó con detenimiento la tarea y creyó que estaba bien, llegó el momento de probar si era lo necesario para cumplir con su deseo.
Se aproximó a la verga, la tomó entre sus dedos y lentamente la aproximó a la boca, dio una primera chupada y notó que habían quedado restos sueltos después del corte, algunos vellos se habían pegado a su lengua.
“Andá a lavarte y que no quede nada suelto, ¿si? Enjuágala bien que no queden pendejos por ahí.” Pidió mientras se levantaba de la alfombra. Me puse de pie, fui al baño y con el duchador apuntando directamente a la zona, descargué un chorro fuerte que arrastró todo lo que había libre. Me sequé y volví al living, ella estaba sentada en la alfombra, seguía con su remera colocada pero se la veía bastante acalorada.
“Bien negrito, déjame hacer, no me fuerces. Sé cómo comerme una verga, pero jamás a cuero limpio, ¿ok?” murmuró mientras volvía a acomodarse y se preparaba para empezar.
Tomó la verga con la mano derecha y la llevó a sus labios, primero la besó varias veces, después recorrió el tronco con la lengua, finalmente suspiró, abrió la boca la llevó a su interior, lentamente cerró la boca y dio su primer chupada, fuerte, intensa. Sintió como la verga dejaba escapar jugos que se depositaban en su lengua, aflojó los labios, la retiró un poco y volvió a llevarla al interior de su boca, algo más adentro. Le provocó una pequeña arcada, que superó retirándola, la ubicó en sus labios y la besó otra vez, la vi mover una de sus manos al costado del sillón, como buscando algo que rápidamente encontró: el pote de helado ya casi derretido. Lo destapó a duras penas y levantándolo, dejó que cayera algo del líquido sobre mi verga. Un profundo olor a dulce de leche invadió el lugar. “Me voy a comer una porción de Banana Split, bien cremosa” dijo y volvió a meterse la verga en la boca. Ahora, ayudada por el helado derretido, se dedicó a comerse la verga con ganas y deseo. Cuando el sabor se atenuaba, volvía a volcar helado y seguía con la mamada, rápida, intensa, profunda, pasando la lengua por la cabeza y besando el tronco para evitar que el helado cayera al sillón. Realmente era una maestra de la mamada, tenía muchísima experiencia, pero estaba rompiendo con el bloqueo de que no hubiese un forro protector. Aceleró las chupadas, la presión con los labios, y sus manos oprimiendo los huevos para demorar la explosión de semen.
Debió sentir que mis huevos ya no resistían y se preparaban para llenarle la boca de leche: una última carga de helado y se hundió la verga al máximo, aferrándose a mi cintura para que no me retirara y le dejara toda la leche dentro. Dos, tres, cuatro chorros directos a su garganta, un esfuerzo por tragar todo, sin desperdiciar nada.
En un acto reflejo, le tomé la cabeza y no la dejé salir del lugar, forzando la tragada. Aflojó sus manos y permaneció allí, pegada a mi verga que ya no descargaba nada.
Unos segundos después, se enderezó y me miró a los ojos: “Mi primera tragada de leche, tiene un sabor extraño, pero con el helado se puede sobrellevar, ya veremos si la próxima será sin helado y con sabor puro” se puso de pie, y rápidamente fue al baño, se enjuagó la boca y volvió a buscarme. “A la cama Negrito, tenes que reponerte para cocinarme y hacerme el culito esta noche, antes de que me vaya a casa”, me dejó en la puerta del baño y se fue a la cama otra vez.
Nueva ducha y lavado de verga y a acostarme a su lado, ahora si ambos desnudos, solo cubiertos por sabanas y frazadas.
Eran las 4 de la tarde, nos abrazamos y dormimos así, pegados.
Desperté primero, habíamos cambiado de posición mientras dormíamos, una cucharita perfecta. Mi verga entre sus piernas, mis brazos sobre sus tetas y mi boca en su nuca, dándole mi aliento.
“Mmm… alguien despertó calentito y dándome calorcito… ¿te bancás uno más? Mirá que mi culito es exigente…” dijo mientras extendía una de sus manos a su entrepierna para acariciarse y tocar la punta de mi verga.
La respuesta fue un beso en el cuello y ayudarla a acariciarse, estirando mi mano y guiándola al lugar indicado: el clítoris que se inflamaba a cada roce.
Movió un poco la cola ayudándome a ubicarme mejor, abriendo los labios vaginales para lubricarlos. Unos minutos de roce y ya estaba mojada otra vez.
Andrea: déjame acomodarme y te lo abro.
Destapó la cama, se acodó en el colchón, levantó la cola y se puso en posición abriendo las piernas, me levanté y me ubiqué detrás, le froté un poco la raja y dejé caer saliva en la zanja del culo.
Andrea: no seas ordinario, en la mesa de luz hay un pomo de gel afrodisíaco, échame un poco que no solo lubrica, también calienta.
Estire la mano, tomé un pequeño frasco, quité la tapa y vertí un poco del líquido en el centro del agujero; tomé la verga y la pasé de arriba abajo, lentamente. En segundos sentí un calor intenso en la punta y ella parecía haber metido un enorme tubo en su culo: se dilató al segundo y me permitió entrar en ella con suma facilidad.
De ese momento a bombear como desaforado, fueron milésimas de segundo: una dilatación espectacular y un calor abrazador que me llevó a acabar en dos o tres minutos. Ella sabía bien cómo funcionaba el gel, por lo que llevó una de sus manos a la raja y se pajeo intensamente, para acabar en simultáneo. La poca leche que me quedaba, terminó alojada en sus intestinos y los dedos de Andrea perdidos adentro hasta concluir con una paja intensísima.
Caí destruido sobre ella, la aplasté con mi peso y no pude contenerme.
Quedamos montados hasta que ya no hubo más erección, me quite de encima de ella y me dispuse a descansar.
Dos horas después, nos levantamos, yo fui a cocinar y ella a acomodar sus cosas. Cenamos tranquilos y charlando de los dos días pasados y quedamos que cuando volviera y ordenara un poco su vida volveríamos a juntarnos para organizar otra cena.
Eran las 23 horas cuando el UBER se estacionó en la puerta de casa, ella tomó sus cosas, me dio un beso de despedida, se subió al auto y partió. Cerré la puerta y me dispuse a ordenar todo, limpié, cambié sábanas y tras fumarme un cigarrillo, llené un vaso con un trago y me fui a la cama: estaba cansadísimo.
Bebí el trago, dejé el vaso en la mesa de noche y cuando estaba por apagar la luz, sonó un mensaje en el celular. “Gracias por un excelente par de días, ojalá se repitan pronto. Andrea”
Dejé el teléfono en la mesa, apagué la luz y me dormí rápidamente.
Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
Saludos,
Alejo Sallago
