Ana Colombiana: 3 – Desafíos de a tres

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Este relato es una continuación de:
Ana Colombiana: 1 – Mi primera vez.
Ana Colombiana: 2 – Orales

Las semanas pasaron y las tardes con Mateo se volvieron un ritual de placer y descubrimiento mutuo; cada encuentro era mejor que el anterior, aprendiendo los cuerpos de cada uno y encontrando el punto exacto donde el dolor se convertía en un placer insoportable. Nos empezamos a volver muy cercanos y compartíamos risas y bostezos después de las sesiones, bromeábamos en todo tiempo cuando estábamos solos, hablando sobre los compañeros de clases o discutiendo sobre la mejor marca de proteína.

Mis papás, siempre curiosos y protectores, quisieron invitarlo a una barbacoa un fin de semana para conocerle mejor y saber qué era lo que nos unía. Sin embargo, yo les respondí con toda franqueza, mirándolos directo a los ojos, que él no era mi novio y que no necesitaban conocerlo más allá de lo que ya sabían. Les dije que bastaba que supieran que era un buen chico que no se aprovechaba de mí y que se cuidaba para no traerme enfermedades, explicándoles que nuestra relación era de pura amistad con beneficios físicos. Con esa explicación tan clara y tan «dulce», ya no lo invitaron, aceptando que yo tenía la situación bajo control.

La seguridad aumentó con el tiempo; ya no nos volvimos a descuidar y poníamos una alarma por si acaso nos quedábamos dormidos después del sexo, una práctica que a veces nos divertía más que la actividad en sí. Alternábamos entre el oral a Mateo, una obsesión que desarrollé por su sabor y su reacción, quedarme encima y cabalgarlo como una diosa de la guerra, o él encima y darme tan duro que me arrancaba literalmente orgasmos y no se bajaba de encima hasta que me veía agotada y satisfecha, una demostración de fuerza y venganza que me hacía sentir pequeña pero placenteramente llena.

La química era mejor entre nosotros y parecía que nos estuviésemos enganchando románticamente el uno con el otro, compartiendo miradas y silencios, pero luego uno de los dos hacía una broma tonta, una mirada cómplice o una frase que recordaba nuestra regla de «no ser novios», y mostrábamos que eramos solo buenos amigos, manteniendo la barrera emocional que ambos habíamos construido.

Una tarde, después de una rutina intensa de piernas que nos había dejado sudorosos y respirando agitados, Mateo me miró con una intensidad que no le había visto antes. Me susurró al oído, mientras me daba un beso en la sien: «hoy te quiero atender yo…». Su voz sonó profunda y autoritaria, algo que me extrañó mucho, pero que me hizo sentir una mezcla de curiosidad y sumisión. Me dejé llevar, confiando en que él sabía lo que hacía, ya sabía que él había estado leyendo e investigando, habíamos tenido alguna vez la conversación sobre la falsedad del porno comercial y que era mejor visitar foros y relatos para descubrir cosas más aterrizadas a la realidad; así que me quedé confiando pero expectante.

Cuando subimos a mi habitación nos encaminamos directamente hacia la cama. Él empezó dándome besos con caricias suaves, recorriendo mi espalda con sus manos, besándome el cuello y mis hombros, un tipo de caricia que sabía que me desarmaba. Luego fue bajando por mi clavícula, pasando por mis costillas, hasta llegar a mi cintura. Me quitó mi camiseta sudada del ejercicio y la arrojó al suelo, dejando mi torso expuesto al aire de la habitación. Bajó un poco más, hacia mi ombligo, y jugueteó con él, lamiéndolo suavemente, provocando que mis piernas se tensaran.

Dejó de bajar y se detuvo justo donde la lycra de mis leggings se unía con mi piel, justo donde se ocultaba ese diminuto hilo dental que hacía juego con el brasier que yo elegía con tanta paciencia. Ahí se detuvo y empezó a desnudarse él rápidamente, quitándose su camiseta y dejando caer su pantalóneta, quedando sólo en boxer. Quise tocarle su miembro y acariciar su piel, pero él me apartó la mano suavemente pero firmemente. «Déjese atender hoy», me dijo, con una voz que me hizo temblar.

Él siguió besándome, ahora con más pasión, y me tumbó en la cama, poniéndose encima de mí. Empezó a jugar con mi ombligo, lamiéndolo y mordisqueándolo, enviando ondas de placer que viajaban por todo mi cuerpo. Luego me desabrochó mi brasier con una destreza que no esperaba, dejando mis senos al aire. Empezó a lamer mis pezones, primero uno y luego el otro, mientras con su mano libre bajaba hacia mi entrepierna. Sus dedos recorrieron la curva de mi cadera, me quitó la lycra, yo le ayudé un poco levantando la cadera, y encontraron mi clítoris bajo la tanga, que ya estaba duro y sensible. Para entonces yo no podía más con la excitación, mis ojos se cerraron y empecé a gemir alto, invocando su nombre mientras él me hacía sentir cosas que solo había leído en los foros.

Tras esa introducción, Mateo enfocó su atención hacia mi barriga, bajando con lentitud y suavidad, llegando a mi zona más sensible. Me dio un par de lenguetazos directos y secos sobre el clítoris que me arrancaron un gemido agudo y ahogado, convulsionando mis caderas. Se separó un poco para quitarme la tanga, la olió con una gran inspiracion como si quisiera grabar mi aroma en su memoria, y con un movimiento rápido, se la guardó en el bolsillo de sus pantalones, suspirando. «Esa tanga la perdiste», me dijo con una satisfacción que me empoderó y excitó a partes iguales.

Luego, bajó hasta mi vagina, cubriendo mi entrada con su boca y empezando a lamer los jugos que estaban brotando de ella, una acción que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido gutural. Acto seguido, buscó mi clítoris con la lengua y empezó a jugar con él, moviéndolo en círculos suaves y alternándolo con un ocho que sabía exactamente qué hacer para desarmarme. Me empecé a retorcer con un placer que antes no había sentido, un fuego que subía por mis piernas y me dejaba sin aire, y empecé a gemir cada vez más fuerte, llamándolo por su nombre mientras mis manos buscaron sus cabellos.

Él no se detuvo ahí, introdujo un dedo en mi vagina con cuidado y hasta que encontró una zona un poco rugosa y dedeó suavemente, un movimiento de vaivén constante que parecía llamar a algo dentro de mí. Luego introdujo dos dedos y siguió con ese movimiento, aumentando el ritmo y la presión, ya yo no sabía que hacer ni cómo gemir, la vista se me nubló un momento y el mundo se redujo a esos dedos dentro de mí. Él empezó a hacer más fuerte el movimiento, presionando esa zona exacta, y sentí unas ganas intensas de orinar que no pude reprimir, solté un squirt tan fuerte y abundante que lo sorprendió, pero él ya sabía que eso podía suceder y siguió con su tarea con entusiasmo, haciendo que yo gemiera y le jalara el pelo, arqueando mi espalda para soltar un último chorro de squirt que me dejó rendida, toda mi cama totalmente mojada, él con su rostro y su boca llena de mí, yo no podía levantarme, perdí el equilibrio mientras trataba de recuperar el aire hasta que pasaron unos minutos.

Al salir de mi nube, me abalancé sobre él y le hice un oral de agradecimiento, lamiendo cada centímetro de su miembro que ya estaba erecto, saboreando la mezcla de sabores. Él respondió dándome su semen y me lo tragué casi todo, disfrutando de cada gota, mientras él me miraba con una sonrisa de satisfacción y admiración.

Tras esa explosión de placer que nos había dejado exhaustos y anegados en nuestra propia lujuria, cuando finalmente nos recuperamos lo suficiente para volver a sentir las extremidades, empezamos a tocarnos despacio y sin prisa. Nuestros dedos recorrieron cada centímetro de piel, buscando caricias y besos tiernos, reconstruyendo el vínculo que la vorágine del momento había roto. Se subió sobre mí, y empezó un vaivén ya no desenfrenado ni voraz, sino cálido y tierno, lleno de una intención que buscaba conectar más allá del instinto. Hicimos el amor por primera vez, y ambos tratábamos de conectar nuestros espíritus en esa danza sexual que nuestros cuerpos ejecutaban, intentando leer en las miradas y en las expresiones lo que el otro sentía en ese momento. Nos mirábamos fijamente a los ojos mientras nuestra temperatura subía y el aire del cuarto se hacía más denso, pesado y cargado de deseo.

Mientras se movía dentro de mí, hice una mueca de placer y sentí cómo mi cuerpo se contraía, empecé a tener un orgasmo que parecía succionar el pene de Mateo desde adentro, arrastrándolo hacia el clímax junto conmigo. Él también empezó a tener el suyo, y fuimos poco a poco bajando el ritmo, sintiendo cómo los músculos se relajaban y el estremecimiento bajaba. Inmensos chorros de semen me inundaron, como si no hubiese eyaculado ese día, una descarga abundante y caliente que llenó mis entrañas y me dejó vibrando por dentro. Bajamos el ritmo poco a poco hasta que caímos rendidos el uno al lado del otro, jadeando y sudando, buscando el aire y el alivio.

Quise decirle «te amo», esa frase que tanto temía pronunciar por las reglas, pero me guardé las palabras. Él entendió mi silencio y me llenó de besos tiernos detrás de mis orejas, subiendo por mi cuello y posándose sobre mis pechos, donde mis respiraciones aún se alteraban. Descansamos en silencio, dejando que el cuerpo se recuperara, y luego nos fuimos a duchar separados como era costumbre. Él se fue despidiéndose con un beso tierno en los labios que yo correspondí con la misma suavidad, y, mientras cerraba la puerta, me dije para mí misma con una mezcla de tristeza y esperanza: «nos enganchamos emocionalmente aunque lo estábamos evitando».

Mucho pasó esa tarde, pero lo más complicado llegó al día siguiente cuando Maria, una compañera de estudios, se me acercó en el recreo. Era rubia, con un cabello que brillaba bajo el sol, flaca y un poco huesuda pero de una belleza angelical. Su rostro era pura inocencia, pero su cuerpo, aunque menos curvilineo que el mío, daba fe de un cuidado especial en su alimentación y su salud física; tenía ojos verdes resonantes, una nariz un poco respingona y una boca preciosa que siempre estaba sonriendo.

Me dijo que quería perder la virginidad, que si yo la había perdido ya y con quién. Me confesó sus temores de guardarla para una persona especial y que esa persona resultara ser un problema después, ademas ninguna de que sus amigas era virgen ya; su temor al embarazo y las enfermedades, y que ella era una chica muy sana y limpia y no quería arriesgar su cuerpo. Yo le dije que sí, que tenía a alguien con quien la había perdido. Me preguntó si mi novio, y yo le dije que no teníamos un vínculo emocional, mintiendo según lo último que experimenté. Me preguntó con cierto desparpajo si podíamos compartirlo y yo le dije al no saber qué contestar ante su sorpresiva pregunta que si él quería.

Esa misma tarde se lo consulté a Mateo entre bromas, esperando que él lo rechazara y dijera que yo era la única para él, que me pertenecía. Él arrugó un poco la cara y yo sentí que lo había ofendido, pero luego levantó la mirada y dijo decididamente que no había problema. Noté su tono raro, tal vez lo que sentí ayer no me lo estaba imaginando y al presentarle a esta nueva amiga como compañera sexual alternativa sintió que yo lo rechazaba, que ya no le quería. Ese día me dijo que debía irse temprano y no tuvimos sexo. No me visitó en varios días.

María se me acercó luego de una semana, con esa mirada llena de curiosidad y la intriga de siempre. Me preguntó con voz temblorosa qué había dicho Mateo, esperando con las manos juntas. Yo le contesté, intentando que mi voz sonara firme y menos temblorosa de lo que yo sentía, que él había aceptado. La emoción se le reflejó en todo su rostro, sus ojos brillaron más que nunca y de inmediato me preguntó si ya tenía un lugar preparado, ya que su mamá era ama de casa y siempre estaba en la casa, por lo que no tenía privacidad; me preguntó si podíamos hacerlo en mi casa, una propuesta que me pareció un poco atrevida y desubicada, pero ante la actitud cambiada de Mateo últimamente y buscando probar mi independencia, acepté.

Acordamos un día que ella estuviera en su mejor momento, en su ciclo de ovulación, y le dije que debía conversar directamente con Mateo para coordinar. Los vi conversando un poco durante el descanso y luego ella se acercó a mí, con una sonrisa de oreja a oreja. Me dijo que Mateo había aceptado y que ella estaba justo empezando su menstruación, por lo que podía hacerlo apenas terminara sus días, dentro de 5 días. Me dijo que quería que yo participara, que Mateo le había dicho que yo guiara todo el asunto y que ella no quería quedar embarazada ni nada, una preocupación totalmente válida para una chica tan joven. Luego le pregunté qué era para ella que yo participara, y ella me picó un ojo con una coquetería que no había visto en ella antes.

—Quiero que estés en todo —me dijo, con una voz ronca y firme—. Quiero que estés viendo, tocando, y guiando todo.

Yo no supe qué decir, me quedé en blanco, perdida en un mar de dudas. Nunca estuve en un trío y mucho menos para que otra chica perdiera la virginidad con la persona que yo amaba; no tenía idea de cómo me enfrentaría a esa situación, pero sentí por la actitud de Mateo, que no podía decirle que no.

Mateo estuvo ausente, le escribía y me contestaba tarde y prácticamente con monosílabos. No vino nunca a mi casa, ni por el gimnasio, ni por sexo, ni por tutorías ni por nada. Me sentí triste y vacía, como si me hubiera dejado en seco, hasta el día en que acordamos con María para que perdiera su virginidad. Le dije a ella que se presentara una hora antes así podíamos charlar de mi experiencia un poco más cómodas y ver si se arrepentía, pero María no lo hizo. Le expliqué en ese tiempo que empezara con un oral, explicándole cómo le gustaba a Mateo, para que él tuviera tiempo de eyacular y reponerse, y cuando fuera a penetrarla no iba a acabar enseguida dejándola a ella a medias. Le expliqué que debía estar muy excitada ella misma para bajar el dolor, que Mateo estaba bien dotado y por tanto le iba a doler un poco, por eso debía excitarse lo más posible. Le pregunté si le gustaba tocarse, y como le gustaba, me explicó que sí se había masturbado pero muy poco ya que en su casa eran muy religiosos y eso era prohibido. Ideamos un «plan» empezando por estimular a Mateo, para que él la estimulara mientras se reponía y finalmente ella lo hiciera estando ella encima, de esta forma controlaba la presión y la profundidad. Algo muy parecido a lo que yo hice la primera vez.

Mateo llegó después, igualmente vestido que siempre, con esa expresión fría que no me gustó pero sabiá que merecía. Lo recibí con una sonrisa pero él me hizo una mueca que simulaba una sonrisa, no estaba feliz por lo que veía, le tomé la mano, pero él la apartó disimuladamente, como si mi presencia le importara poco. Por un momento olvidamos el asunto y nos centramos en María. En la habitación, ella empezó con besos suaves, Mateo ya un experto, empezó a tocarla como lo hacía conmigo, con cariño y paciencia, fue desnudándola hasta que quedó en un corpiño rosa algo infantil y ropa interior blanca con flores. «Muy apropiado para desflorar», bromeó Mateo y continuó besándola, yo por mi parte empecé a acariciarle los senos y empecé a excitarme por la cercanía de otra mujer. No sabía que eso me gustara tanto, me quedé en tanga unicamente y le ayudé a María a quedar igual, mientras Mateo se desvestía completamente y María abrió los ojos y la boca al mismo tiempo y de par en par al ver el descomunal trozo de carne que estaba a punto de tragarse.

Tal como lo habíamos planeado antes, María empezó a darle un oral, movimientos torpes que a veces distraían a Mateo, pero él disfrutaba de su esfuerzo. Mientras ella hacía eso yo me acerqué a Mateo, besé su cuello y bajé hasta sus tetillas, sabiendo cuánto le gusta que le hagan eso. De vez en cuando interrumpía para darle indicaciones a María al oído sobre la presión o la velocidad de la mamada, guiándola para que él se encontrara más cómodo. Mateo se encontraba muy excitado al tener a dos bellas jóvenes dándole placer al tiempo y poco a poco entró en confianza para participar, empezó por darme pequeños pellizcos en mis pezones, un poco bruscos, él lo sabía, yo lo interprete como que se estaba vengando por la situación en la que lo puse.

Cuando pensó que la deuda estaba saldada me acercó un poco y me hizo quitar la tanga, la olió con avidez y me susurró al oído que me iba a hacer un oral, pidiéndome que me sentara en su cara mirando hacia María. Hice lo que me pidió, me apoyé en mis rodillas y le aproximé mi clítoris a su boca, donde empezó a dar un oral como nunca me lo había dado, usando esa posición que traía múltiples ventajas de presión y ángulo que yo podía controlar mientras él daba todo en su oral y recibía más bien poco de María.

La excitación fue subiendo en mí y no pude evitar que un orgasmo me invadiera, sentí cómo las ondas de placer recorrían mi cuerpo y al poco tiempo Mateo también tuvo el suyo, eyaculando. La cara de María cuando Mateo eyaculó fue cómica, no se esperaba que fuera tanto y su sabor tampoco pareció agradarle, pero ella continuó mamando hasta que se acabó todo, luego lo escupió a un lado disimuladamente.

Ahora era el turno de Maria, y Mateo, con su experiencia, se acercó a ella y le quitó el panty con una suavidad calculada. Empezó a hacerle un oral como el experto que era, lamiendo con precisión cada centímetro de su vulva, mientras yo me acercaba a ella, con mis labios y mi lengua estimulando sus pezones, un juego de caricias que parecía elevar su temperatura.

Ella respondió a esos estímulos, y su gemido empezó a ser más consistente, acompasado a los movimientos de Mateo. Al ver que estaba suficientemente excitada, Mateo se recostó boca arriba sobre la cama nuevamente erecto y habiéndose puesto el preservativo sin yo darme cuenta; y ella se puso sobre sus rodillas a la altura de sus caderas. A diferencia de mí, Maria tenía los muslos más largos y una postura más flexible que le permitía estar sobre sus rodillas sin que el gran falo de Mateo la penetrara de inmediato. Con ese control y la excitación que tenía, puso el pene de Mateo en su entrada vaginal. Mateo permaneció inmóvil, dejando que ella hiciera el trabajo.

Yo me puse detrás de ella, desnuda, con mis pezones erectos rozando su espalda y con una mano empecé a darle un masaje directo al clítoris y a alternar el masaje de uno al otro pezón con la otra, creando un círculo de placer alrededor de su cuerpo. Le susurré al oído que empezara a bajar despacio, y yo marcaba el ritmo con mi propia cadera pegada a la de ella, guiándola en la danza de penetración. Maria comenzó a disfrutar tanto que giró su cabeza hacia atrás, dándome un beso profundo y con lengua, un gesto de entrega que me excitó muchísimo, haciéndome escurrir mis fluidos por mis muslos, aumentando la humedad en el ambiente.

Luego, con los ojos cerrados y la cabeza volteada hacia adelante, Maria siguió disfrutando de la penetración, mientras yo seguía acompañándola con el movimiento de cadera, besando su cuello y estimulándole el clítoris con un ritmo constante y persuasivo.

En un momento, María dejó escapar un gemido suave y Mateo, con una precisión casi clínica, hizo un gesto que confirmaba que había roto su himen. El momento presente cambió drásticamente; el dolor era inevitable, pero yo sabía que el placer vendría después. Aceleré un poco mi masaje en su clítoris, estimulándola con urgencia para que recuperara la excitación que el dolor momentáneo se había llevado, y poco a poco, muy despacio, la seguí guiando centímetro a centímetro para que ella fuera penetrada por Mateo, dándole tiempo a su cuerpo para adaptarse a su nuevo estado.

Ella empezó a disfrutar de su vaivén, del sube y baja en que yo le guiaba brindaba con paciencia. Llegó el momento en que ella empezó a moverse sola, y yo la acompañé con mis movimientos, llevando su propia mano a su clítoris para que ella misma se estimulara mientras el pene de Mateo entraba centímetro a centímetro en ella. Él hizo tope con facilidad, tragándose ella toda su extensión, y María empezó a cabalgar torpemente al principio, desequilibrada por la novedad y la intensidad, pero en la medida que la excitación fue aumentando, su instinto sexual la llevó a moverse tal como le producía placer.

Finalmente, ya no necesitaba de mi guía; ella tenía el control total y yo, que estaba detrás de ella, me convertí en una simple espectadora, una testigo silenciosa de su descubrimiento. Me puse detrás de ella, desnuda, y continué estimulándole sus pezones con la mano izquierda y frotando mi propio clítoris con la derecha, sintiendo la conexión eléctrica de la escena que presenciaba. Nuestros gemidos se transformaron poco a poco en gritos ahogados por la insonorización de mi alcoba, un caos de sensaciones que se fundían en uno solo. Luego María empezó a gemir con insistencia que se venía, hasta que lanzó un gemido profundo que ahogó con sus labios cerrados y su cuerpo empezó a temblar incontrolablemente, un espasmo de placer puro. Finalmente, yo también tuve un orgasmo, aunque menor en intensidad.

Mateo, rojo de la excitación, la tomó por las caderas con fuerza y siguió bombeando mientras ella tenía una ola tras otra de orgasmos, desbordándose de placer hasta que finalmente eyaculó dentro del preservativo. Los tres fuimos disminuyendo el ritmo poco a poco hasta detenernos totalmente, colgados de la nube. Finalmente caímos los tres rendidos, Mateo con una chica hermosa de cada lado, una imagen de satisfacción y desgaste. Fue un camino largo para ese joven que era, en estos tres meses, un muchacho largo como un alambre, aprendiendo a ser un maestro en el arte de la cama.

No hubo despedidas largas ni agradecimientos exagerados, pero mis dos visitantes se fueron a sus respectivas casas sonrientes y satisfechos, con esa mezcla de vergüenza y orgullo juvenil que caracteriza a los que acaban de descubrir el mapa del tesoro. Al día siguiente fui a buscar a Mateo y lo vi conversando con María, intercambiando miradas y sonrisas que no me correspondían. Nunca más volvió a mi casa y, un tiempo después, les vi agarrados de manos en la calle en algún momento, una imagen triste para mí, pero que confirmaba que él había encontrado en María lo que yo, en mi obsesión por cumplir roles y reglas, no había sabido darle.

Esa misma semana hablé con mi mamá y le confesé con voz quebrada que había arruinado mi oportunidad con Mateo, que yo la había destruido con mi estúpida regla de no enamorarnos. Ella me tomó en sus brazos, me guió hacia mi habitación, me dijo que me cambiara de ropa y que nos íbamos a un spa muy exclusivo. Allí me atendieron como una reina, con masajes relajantes y tratamientos faciales que devolvieron a mi piel su brillo, quedé hermosa, al igual que mi madre, que siempre supo cuidarse.

De ahí me llevó a un sexshop, un lugar lleno de juguetes y promesas que me dejó mirando con curiosidad. Mi mamá empezó a mostrarme algunos de los juguetes que había usado a lo largo de los años, explicándome sus uso con una naturalidad que me hacía sentir cómoda. Me quedé mirando un falo enorme, de plástico, vibrante y listo para actuar, y mi mamá abrió los ojos de par en par y me dijo que era golosa. Yo le dije con una naturalidad que me sorprendió a mí misma, sin mirarla, que era más pequeño que el de Mateo. Ella hizo una expresión de «bien por ti, hija», una sonrisa de aprobación materna, y decidimos comprarlo, al igual que lubricantes de diferentes temperaturas, para tener opciones.

Págó todo con su tarjeta de crédito, un gesto de amor incondicional que no pedía nada a cambio, y me dejó llevar a mi nuevo «novio» a casa. Una vez en mi habitación, me puso el juguete en la mano y me dijo: «no te acostumbres a él, chiquita, pero te va a ayudar un poco en este tiempo de soledad mientras encuentras a alguien más, a alguien que realmente sea tu novio». Me abrazó y me besó en la frente, y, aunque amaba a mi madre y daba fe de sus buenas intenciones, no podía evitar sentirme un poco solitaria.

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Ana Colombiana
Ana Colombiana

Soy Ana, una mujer de veintiocho años nacida en Medellín, donde el ritmo de la ciudad y la disciplina del gimnasio forjaron un cuerpo atlético y una mente curiosa que no se conforma con lo superficial. He viajado, estudiado en Francia y navegado por relaciones intensas que me han enseñado que el placer y el dolor a menudo caminan de la mano, moldeando una sexualidad franca, exploratoria y sin tabúes. Soy hija única, consentida pero independiente, y he aprendido a tomar el control de mi vida, desde mi carrera hasta mi intimidad, buscando siempre esa conexión visceral que me haga sentir viva, ya sea a través del amor, la pasión desenfrenada o la simple compañía de quienes entienden que soy más que la suma de mis experiencias.
Si lo deseas puedes escribirme a "ana colombiana (arroba) outlook.com" todo junto.

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