Cambiando la imagen – I, II
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Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.
Hace unos días, leyendo un relato de la web, me hizo reflexionar en que desde hace un buen tiempo a esta parte había dejado de observar con más detalle a las mujeres jóvenes. Quizá por mi edad, apuntaba regularmente a conseguir favores de cama con damas de 45 en adelante para evitar desplantes o rechazos, pero… ¿por qué no probar suerte con alguna de mucha menos edad?
Con este pensamiento básico, recurrí a mi amigo de andanzas: el famoso Tito. Le mandé un par de mensajes de WhatsApp, coordinamos para juntarnos a tomar algo el miércoles por la noche y allí hablar sobre este tema.
Como siempre, Tito llegó casi media hora tarde, vestido como si fuese un muchacho de 30 y no de 58, mientras que yo (por vestimenta) parecía más su padre.
Tito: ¿qué anda pasando Negro?
Alejo: pasa que las últimas 6 mujeres con las que tuve algo, son casi de mi edad a lo sumo 40 y largos, eso pasa.
Tito: ¿y qué querés? Te vestis como viejo, usas corte de pelo de viejo, barba de viejo… así te regalás querido.
Alejo: gracias por levantarme el ánimo
Tito: pero es así, te ven viejo y te esquivan. Hagamos algo, mañana a las 11 te encuentro en el shopping, vamos a comprar alguna pilcha y pasas por una barbería.
Extendimos por tres cervezas la charla, me contó sus ideas, organizó una salida para el viernes y otra para el sábado. La primera a una cervecería muy reconocida y la segunda a otra donde había muchísima variedad de mujeres generalmente y se hacían las juntadas previas a las salidas de marcha.
Nos despedimos y coordinamos donde encontrarnos al día siguiente.
Obviamente, me duché al levantarme, desayuné algo liviano y a las 10 me encaminé al shopping. Siendo las 10:30, ingresé y me dispuse a observar vidrieras mientras esperaba la llegada de Tito. Me gustaron algunas prendas y los precios me parecieron razonables. A las 11:15 un mensaje de Whatsapp de Tito me confirmaba que ya estaba ingresando. Fui a esperarlo a uno de los bares, tomamos un café y comenzamos la recorrida.
Primero la ropa: me llevó a un par de comercios y seleccionó una camisa y una chomba de colores que jamás yo hubiese elegido, pero una vez puestas me parecieron razonables. De allí a buscar un jean donde tuvimos que negociar: los de moda no iban conmigo, elegimos un intermedio entre ese y un clásico.
En la barbería hubo un corte intermedio, ya que tengo muchas canas y bastante rebeldes a la hora del peinado y un trabajo muy bueno con la barba.
Finalmente, antes de ir a almorzar, pasé por una perfumería y me di un gusto particular: Acqua di Gio, mi aroma favorito. Abrí el envase y realicé dos disparos al vaporizador.
Tito: vamos a ver qué tal te miran ahora.
Alejo: todavía falta vestirme con las nuevas pilchas.
Tito: pero vas a ver cómo cambian las miradas, vamos al patio de comidas.
Nos ubicamos en una plaza intermedia entre tres locales, y como era de esperar las meseras se aproximaron a dejarnos las cartas para elegir el menú que deseáramos. Las tres mujeres que se acercaron eran jóvenes cuyas edades no superaban los 25 años, imaginé.
La primera nos saludó amablemente, nos extendió las cartas y se alejó prontamente. La segunda no solo nos dio las cartas, sino que además nos aconsejó un plato especial y se quedó esperando nuestro potencial pedido mientras nos observaba con detenimiento; Tito pidió un tiempo para elegir y la chica prometió volver en breve, regalándonos una sonrisa. Finalmente la tercera fue más allá: nos extendió las cartas, hizo sugerencias, se quedó a nuestro lado dándonos un buen rato de charla, halagó los comercios donde habíamos hecho las compras y finalmente dejó un mensaje: “¡qué buenos perfumes usan, chicos! ¡Saben elegir muy bien!” dijo antes de retirarse guiñándonos un ojo. “No duden en llamarme, estoy para lo que necesiten” remató mientras se retiraba meneándose de manera notable.
Tito: ¿viste? No pedimos nada, no dimos propinas y ya tenemos ventaja con una
Alejo: ¿te parece Tito?
Tito: apostemos, yo le pido algo a la morochita del segundo local, esa me gustó, vos a la flaquita del tercero: dos pavadas que le digas y mañana salimos con ellas. El que pierde, paga el almuerzo.
Alejo: estás loco Tito.
Él llamó a la morocha y yo a la flaca, se sorprendieron que ambos pidiéramos de distinto local, pero tomaron las órdenes y se deshacían en atenciones con nosotros. Al finalizar el almuerzo, la morochita se acercó con la cuenta y Tito abonó su parte, aprovechando el ticket para dejarle su número de teléfono y la invitación para el día siguiente. La chica sonrió, le hizo un gesto de aceptación, metió el papel en su bolsillo y fue a entregar el pago a la encargada. Minutos más tarde mientras Tito iba a los sanitarios, se acercó la flaquita, retiró la vajilla y antes que pudiera decirle nada, me avisó que por gentileza de la casa nos brindaban un café sin cargo. Mientras retiraba las cosas, dejó un papel bajo mi copa: había un número telefónico y un nombre Dina. Hubo una sonrisa cómplice y se fue a buscar los cafés que trajo una vez que Tito volvió.
Tomamos la bebida y nos pusimos de pie para retirarnos, Tito le hizo gesto de “llamame” ubicando sus dedos a la altura de su cara y la morocha asintió sutilmente. Dina nos saludó amablemente y completó con la frase “Nos vemos pronto”.
Mientras salíamos del shopping, Tito me extendió el comprobante de su pago con billetera virtual. “Pagá querido, te ganó papito” dijo entre carcajadas.
Alejo: no cantes victoria, nene
Tito: mirá y aprendé
Abrió el WhatsApp y me mostró el mensaje de Susan (la morochita), ella saludaba y él al invitaba a la cervecería el viernes a las 23 horas, obviamente ella aceptaba y le dejaba un emojis de una cara con un beso. Se sabía ganador, cosa que quedó ratificada cuando le mostré el papel con el número de Dina.
Tito: dale Negro, escribile y decile que vaya mañana a las 23 a la cerve.
Nos sentamos en mi auto y mandé el mensaje, los minutos pasaban y no había respuesta, casi a la media hora cuando ya me daba por vencido llegó la respuesta. “Nos vemos, hermoso”.
Tito: viste que era fácil, cuestión de cambiar la imagen.
Alejo: no te puedo creer, ¿así de fácil es todo?
Tito: depende del lugar y las mujeres. Estas buscan viejitos piolas, una noche y fuiste, salvo que la des vuelta como una media. Si quedan conformes tenés minita por un buen tiempo.
Me resultaba difícil de creer pero las pruebas estaban a la vista. Coordinamos para el día siguiente, Uber para poder tomar sin problemas y algún alojamiento cercano por si las cosas progresaban: eso sí cada uno por su lado, nada de compartir y mucho menos intercambiar.
El viernes se me hizo interminable, el reloj no avanzaba ni a palos… Algo de Netflix, un buen baño, la prueba de ropas, el pedido del móvil y a las 22 horas partida rumbo a la cervecería. Llegué temprano, tal mi costumbre, me aseguré una mesa para 4.
Una chica rubia de unos 20 años se acercó a tomar mi pedido, me extrañaba con la amabilidad que me atendía y pedí mi primer Ultra Stout para amenizar la espera. Cuando la trajo, hizo referencia a si me habían dejado “de seña”, le aclaré que no, que había llegado un rato antes. “Qué lástima, si te fallan, me avisas, ¿si?” dijo después de dejar la bebida y un par de platillos con algo para completar la atención. No podía dar fé de lo que estaba pasando, esperaba a una chica de veinti pocos y otra se ofrecía a reemplazarla si no venía. Mi cabeza volaba por cualquier lado cuando llegó Tito, que a diferencia mía, había esperado a Susan en la vereda, entraron juntos. Se ubicaron en la mesa y la mesera vino a tomar el pedido de ambos, Susan eligió y Tito acompañó el pedido, mientras pude observar que Dina entraba al lugar.
Una cosa es ver a dos mujeres con uniformes de trabajo y otra muy distinta cuando están vestidas para una salida. Susan usaba leggins de cuero negro apretadísimos y un top muy breve que cubría con un saco oscuro; Dina llevaba una falda azul oscura brevísima y una blusa blanca que traslucía un brassier de puntillas con una campera corta azul haciendo juego. Eran dos hembras muy apetecibles y se notaban mucho más jóvenes que nosotros.
Le hice una seña, se acercó a la mesa, se saludó con Susan como viejas amigas y completé la presentación de Tito.
Nos ubicamos en la mesa y las cervezas comenzaron a desfilar. Para la 1 de la mañana del sábado, ya nos reíamos de todo, Susan algo más risueña y Dina más contenida, pero no menos chispeada por el alcohol.
Tito: chicas, ¿vamos a tomar unos tragos a algún boliche?
Dina: te agradezco, pero mañana entro a las 10, hoy no hay boliche para mí
Susan: yo me prendo, mañana tengo franco, no trabajo ¿dónde me vas a llevar?
Tito: donde me digas
Ya se pusieron de pie, Susan se calzó su saco y despidiéndose de Dina y de mí enfiló a la puerta con Tito detrás. “Mañana hablamos” dijo mientras la seguía rumbo a la salida. Allí quedamos Dina y yo, solos en la mesa. Fue en aquel momento que ella se liberó y comenzó a hablar un poco más.
Me contó que a sus 20 años se había venido de su pueblo en Rio Negro para estudiar Psicología en la Uni pero que tras dos años de malos resultados, había cambiado de carrera: asistente social. Ya llevaba 2 años de cursado con resultados aceptables y a sus casi 25, había empezado a trabajar para tener algún dinero extra para sus gustos y lo que empezó como algo temporal se había vuelto trabajo formal. Trabajaba durante las mañanas y estudiaba en turno nocturno, se había retirado de la residencia estudiantil y ahora vivía en un departamento pequeño y cómodo cerca del instituto donde cursaba.
No quería ser una carga para sus padres y agregó algunas horas extras para tener su espacio, sin problemas de horarios ni restricciones para las visitas. Lentamente se estaba independizando.
Dina: no suelo salir muy seguido, pero cada tanto lo hago si encuentro con quien. Susan y yo nos conocemos desde el verano, pero no compartimos muchas cosas, somos diferentes.
Alejo: ¿a qué te réferis con diferentes?
Dina: mmm ¿cómo ser delicada en la explicación?
Alejo: ¿Pistas? ¿Algo que me ayude a entender?
Dina: cambia mucho de parejas, demasiado y muy seguido…
Alejo: ¿rapidita? Pero no atleta…
Rio de buena gana, hasta le cayeron algunas lágrimas de los ojos por ello.
Dina: exactamente, seguro que tu amigo termina pagando alguna habitación en un motel esta noche…
Alejo: pregunta necesaria, ¿por qué aceptaste salir conmigo?
Dina: me caíste bien, tenía ganas de salir y me pareces interesante
Alejo: le salió la psicóloga a Dina…
Dina: ese es mi gran problema, analizo todo y mucho. ¿Tomás mate?
Alejo: obvio, ¿por?
Dina: hay mucho ruido acá, ¿vamos a mi departamento?, vivo cerca y no hay alcohol
Alejo: ok, vamos.
Se puso su abrigo y tras abonar lo consumido, nos fuimos caminando hasta su departamento. Mientras recorríamos el trayecto, aproveché a fumar y vi que se aproximaba a mí, le ofrecí un cigarrillo que declinó pero me comentó que sentía algo de frio. Ayudado por el alcohol, no lo sentía así y le ofrecí mi campera, la aceptó y la colocó por encima de la suya. Seguimos caminando y podía sentir como temblaba, instintivamente la abracé para brindarle calor y lo aceptó sin problemas.
Fueron unas 15 cuadras de caminata, donde pasamos de calles súper iluminadas a absolutamente oscuras, hasta llegar a una cortada. A mitad de cuadra se detuvo frente a un portón blanco y metiendo la mano en su cartera extrajo una llave con la que abrió la puerta de acceso, un pasillo largo con algunas luces y al final del mismo el departamento 6. Puso la llave y en segundos abrió y encendió una luz.
El típico de departamento de estudiantes: cocina-comedor, una puerta lateral que daba a la habitación, a su lado otra puerta que luego descubrí que era el baño. Un placar que estaba a los pies de la cama y sobre él un tv, una repisa con libros y sobre la mesa la notebook de estudio.
Dejó su saco en un perchero, mi campera sobre una silla y encendió la cocina para preparar el mate.
Dina: no es un palacio, pero me sirve por ahora, además casi nunca estoy en casa. No tengo vecinos, el 5 está vacío y es seguro.
Alejo: cómodo y funcional.
Dina: cálido y tranquilo.
Junto a la mesa del comedor una cama de una plaza que oficiaba de sillón, donde nos sentamos a tomar mate. La charla era muy buena, pasaba por muchos temas, hasta que tocamos el más caliente.
Alejo: Dina, estamos solos, me trajiste a tu departamento…
Dina: si, y antes que me preguntes nada voy a decirte lo que querés saber
Alejo: ¿qué cosa?
Dina: hoy no voy a dormir sola, te elegí y sé que voy a acostarme con vos
Alejo: ¿así de simple?
Dina: si, no pidas explicaciones. Tengo muchos deseos de tener sexo y no pienso conformarme con mis manos. ¿Querés cogerme?
Alejo: por supuesto
Dina: ¿y que esperamos? Vamos a la cama
Me tomó de la mano, me llevó al baño, me quitó la ropa y se dedicó a limpiarme a conciencia. Luego se quitó la ropa, quedando desnuda frente a mí y metió bajo la ducha a asearse por completo: se frotó jabón en los pechos, bajó sus manos a su entrepierna y la limpió a conciencia, tras cerrar el grifo salió y me extendió un toallón para que la secara por completo. Tiró sus ropas en la ducha y así desnuda me llevó a su cuarto.
Abrió la cama, se metió bajo las sabanas y me invitó a acompañarla. En ningún momento hizo mención al tamaño de mi verga (normalita), solo se limitó a subirse sobre mí y comenzó a besarme como si no hubiese mañana. Abrió sus piernas para que mi miembro se posicionara en la puerta de su concha apenas cubierta de una hilera de vellos bien recortados. Se arrodilló en la cama y comenzó a frotarse sin llegar a meterla en su interior, desde mi posición me aferré a los pechos redondos y puntiagudos, coronados por pezones oscuros y grandes. Me miró a los ojos y con un movimiento suave la fue metiendo lentamente entre sus labios, el calor que brotaba de la concha era intenso, con escasos fluidos, lo que hacía algo incómoda la penetración, raspaba un poco.
Dina: soy algo seca, me cuesta mojarme pero tranquilo que lo disfruto como si chorreara… Metela a fondo…
Le hice caso, y efectivamente ella gozaba, sabiendo de su poca humedad, cabalgaba lentamente para evitar irritaciones y cada embestida era acompañada por un gemido.
La tomé por las caderas tratando de apurar el momento, asegurándome de no salir de su interior y en medio de un bramido, llegó a su orgasmo, intenso y profundo, que prolongó por varios minutos moviéndose lentamente. La falta de humedad no me ayudo a acabar, pero lo disfruté y mucho.
Rendida, se dejó caer y se recostó sobre mí. Descansó un buen rato y sin sacarla de su interior, se afirmó a la cama.
Dina: no sabés lo que me cuesta que un hombre me haga acabar. Me sienten seca y salen, dejándome con las ganas, por eso elijo hombres maduros: ustedes saben aguantar y aceptan mi problema.
Alejo: deberías usar algún lubricante
Dina: no es lo mismo, pierdo intensidad, como que no lo siento.
Alejo: ¿has consultado con alguien?
Dina: si, pero es algo fisiológico. Si me mojo, no acabo.
Alejo: ¿y con sexo oral?
Dina: ¿chupármela? Nadie lo hizo, siempre voy directo a la penetración
Alejo: deberías probar, quien te dice que sea una posibilidad
Dina ¿lo harías? Es medio asqueroso
Alejo: no si le gusta a quien te lo hace, las conchas tiene un sabor especial
Dina: me estas mintiendo
Alejo: hagamos un trato: si te hago gozar con mi lengua, me entregas la cola
Dina: ¿por el culo? Si no me mojo la concha, el culo debe ser una lija apretadísima.
Alejo: ¿no te hicieron el culo? Con lo lindo y redondito que lo tenes…
Dina: escuche que duele bastante, no me animo…
Alejo: yo no tengo la súper verga, de eso te habrás dado cuenta
Dina: me han metido más grandes…
Alejo: ¿cuándo tenés franco? Eso lleva su tiempo para que no duela y se acostumbre
Dina: el martes, ¿por qué?
Alejo: el martes a la mañana vengo, te cocino algo rico y por la tarde me dedico a tu culito ¿o preferís que venga el lunes a la noche y nos tomemos todo el día?
Dina: si me haces acabar con la lengua, venís el lunes, ¿sí?
Alejo: bueno Dinita, a la ducha, voy a lavarte bien así te dejo lista para una buena comida de concha
Dina: cada vez me estoy convenciendo más que elegí al hombre indicado para esta noche… Vamos a la ducha…
PARTE II
Después de un primer polvo con Dina, mientras nos reponíamos, averigüé que jamás le habían comido la concha y mucho menos había tenido sexo anal.
Alejo: ¿cuándo tenés franco?
Dina: el martes, ¿por qué?
Alejo: Estrenar un culito lleva su tiempo para que no duela y se acostumbre
Dina: perdí la apuesta y tengo que pagar ¿cierto?
Alejo: Si, el martes a la mañana vengo, te cocino algo rico y por la tarde me dedico a tu culito ¿o preferís que venga el lunes a la noche y nos tomemos todo el día?
Dina: si me haces acabar, empapada y con la lengua, venis el lunes a la noche y te quedas todo el martes
Alejo: Acepto, bueno Dinita, a la ducha, voy a lavarte bien así te dejo lista para una buena comida de concha
Dina: cada vez me estoy convenciendo más que elegí al hombre indicado para esta noche… Vamos a la ducha…
Salimos de entre las sábanas y sin preocuparnos por la desnudez de ambos, fuimos al baño. Si bien era pequeño, permitía que uno estuviese bajo la ducha y el otro a su lado sin derramar agua afuera.
Tomé una esponja, la embadurné con jabón líquido que había en un recipiente, la presioné un poco para generar espuma y comencé a pasarla por su espalda, frotándola de manera delicada mientras ella se dedicaba a lavar su cabello. Ya terminada su espalda, bajé a una de las piernas: primero por fuera y luego por dentro, cambié de pierna y repetí el proceso. Cuando traté de pasar la esponja entre las piernas, recorriendo la raja del culito hasta llegar a la concha, se giró sobre sus talones y se puso de frente a mí. Eso facilitó que pudiese completar la tarea entre sus piernas y su zona vaginal, rosada de labios finos donde resaltaba el clítoris que se asomaba entre ellos.
Dejé caer la esponja al suelo y con delicadeza comencé a frotarle los labios, mientras trataba de ingresar el dedo mayor entre ellos y prolongar la caricia dentro de la concha. De su boca salió un gemido suave y prolongado que me tentó a arrodillarme y quedar con mi cara a escasos centímetros de su cueva.
Observé con detalle como era su concha, abrí apenas los labios y dirigí mi lengua hacia el lugar. Cuando recibió la primera incursión, se afirmó a mis hombros e hizo un ligero movimiento tratando de echarse hacia atrás, pero no había tanto espacio. Se conformó con colocar uno de sus pies en el borde de la pared que encerraba la ducha, y dejó un poco más abiertas las piernas, favoreciendo el recorrido de mi lengua por su raja. El agua tibia caía desde sus pechos y bajaba por el vientre hasta unirse a mi lengua en el recorrido.
Dina: ¡qué lindo se siente y cómo me calienta!
Alejo: te lo dije, te iba a gustar y lo vas a disfrutar mucho
Dina: no hables y seguí mimándome la conchita, suavecito, despacito…
Me dediqué a lamer y alternar con chuponcitos en los labios, sin atacar el clítoris. Sentía como se aferraba con más fuerza a mi cabeza y trataba de hundirla entre sus piernas, se tensaba y aflojaba acompasadamente. En uno de esas aflojadas, arremetí contra el clítoris y le interné el dedo mayor en la concha, a fondo, bramó de placer. Se lo presioné entre mis labios y lo estiré con fuerza, lanzó un grito cuando sintió que ya eran dos los dedos que se metían en su cuerpo y noté que le palpitaba la concha de manera descontrolada. Se aferró a la jabonera y mi cabeza para no caer, le flaquearon las piernas y acabó violentamente. Respiraba agitadísima y gemía de modo intenso.
Lentamente se fue recomponiendo, el agua ayudaba a relajar su cuerpo.
Dina: es por cosas como estas que me encanta elegir con quien acostarme, jamás me hubiera imaginado el placer que se siente cuando tenes sexo oral.
Alejo: ¿lo considero un halago?
Dina: obvio, acabé como una yegua… por momentos pensé que me caía…
Alejo: el agua ayudó mucho, los dedos entraron sin problemas
Dina: ¿cómo sería esto mismo en la cama? Ahí no hay agua…
Alejo: tendremos que averiguarlo, tengo alguna idea, pero no para ahora
Dina: ¿me vas a dejar con ganas de más? No seas malito…
Alejo: ya te dije, si te hacía acabar con la lengua, volvía el martes. Voy a traer algo que nos ayude a hacerlo en la cama, ¿sí?
Dina: no te voy a dejar ir si no me sacas otro orgasmo.
Alejo: andá a la cama y esperame ahí, ya voy
Se secó el cuerpo, dejó el cabello revoleado después de secarlo con fuerza con la toalla y dándome un beso corto en los labios salió del baño. “No tardes mucho, que dentro de unas horas trabajo”.
Quedé solo en el baño, terminé de ducharme y mientras me secaba, abrí el botiquín del baño y observé que había dentro. Crema depilatoria, pasta dental, su cepillo de dientes, algún peine y un cepillo para el cabello y un pequeño bote de crema corporal. Lo tomé y leí el contenido, era perfumada y eso podría irritarla con el roce. Ya estaba por salir y vi un sachet algo arrugado en la jabonera de la ducha: crema neutra para alisado de cabello, aspiré la abertura del mismo y noté que no había fragancia, apenas apreté el sobre y salió un gel viscoso trasparente que froté en mis dedos. Algo suave y poco pegajoso: era perfecto.
Lo agarré, apagué la luz del baño y me fui a la habitación, llevando conmigo el sobre. Lo escondí un poco para que no lo viera, entré en el cuarto y noté que estaba recostada, casi dormida del lado derecho de la cama. Me encaminé al otro lado y dejé el sachet sobre la mesa de noche, abrí las sábanas y me metí en la cama junto a ella.
Al sentir el contacto de mi cuerpo con el suyo, ronroneo como gata mimosa y se apegó más a mí. “Me estaba durmiendo… ¿por qué tardaste?” susurró.
No se estaba durmiendo, simplemente se durmió abrazada a mí, y por qué no decirlo: yo también me dormí, aspirando su perfume delicado y acariciando sus cabellos aún húmedos.
A las 8:30 sonó el despertador, interrumpiendo el descanso de ambos. Entreabrió los ojos y con una sonrisa forzada, me dio un beso a modo de saludo, retiró las sábanas y desnuda como estaba viajó al baño. Sentí como se aseaba y se preparaba para ir a su trabajo, me levanté y me vestí para no demorarla.
Apareció ya con su uniforme de trabajo, presta a tomar alguna bebida rápida y partir a sus labores. Agarró una mochila con algunas cosas dentro, bebió la taza de café de pie y buscó las llaves para cerrar el departamento.
Salimos juntos, no había nadie en el pasillo, las ventanas cubiertas con cortinas no dejaban ver el interior de los otros departamentos. Antes de salir a la calle, nos dimos un beso generoso e intenso.
Dina: hermoso, te agradezco por una noche buenísima. Espero que podamos repetirla.
Alejo: seguro, gané la apuesta y voy a venir por mi premio.
Dina: si, es cierto. No desaparezcas, te voy a estar escribiendo.
Alejo: estaré esperando.
Salió rápidamente en busca del transporte que la llevaría a su trabajo, mientras yo hacía lo mismo para ir a mi casa. Tomé el celular y le mandé un mensaje a Tito, quería saber cómo le había ido y agradecerle por haber ayudados.
Cuando ya estaba camino a casa en el transporte, recibí la respuesta. “Estuvo buenísimo, no te das una idea de lo que es esta minita. Preparate algo de almorzar y nos juntamos para armar el finde. Tipo 13:30 ando por ahí”, era típico de Tito, cada juntada debía incluir comida o salida a tomar algo.
Llegué a casa, me cambié de ropas y me dispuse a preparar el almuerzo. A las 13 horas, Tito tocaba timbre.
Tito: Negro, no sabés que fiera es esta minita, se mueve como una loca, se sabe todo lo que te puedas imaginar y ¡¡como grita cuando acaba!!
Alejo: y vos te lo creiste todo…
Tito: te juro, nos llamaron la atención en el “telo”, me dejó la tanga de regalo, está empapada de jugos, es terrible
Alejo: sí, claro. Los retaron telefónicamente…
Tito: nooo, me llevó a un telo que hay en el centro, “El Eden”, parece hotel común pero es un telo. Vinieron a golpear la puerta para que bajemos el tono.
Me contó con lujo de detalles lo hecho: posiciones, perversiones, hasta un anal bruto a seco. Estaba maravillado con la minita de 23 añitos. “Quedamos para el domingo a la noche, me la pienso llevar al telo de la ruta 3, ese que son cabañas individuales, para no pasar otro papelón. Trabaja hasta la 18 y no entra de nuevo hasta el lunes a las 20. ¡¡Qué día me espera!!” contaba mientras ponía los cubiertos en la mesa para el almuerzo.
Tito: ¿y la tuya? ¿Qué tal?
Alejo: después que ustedes se fueron, nos quedamos charlando un rato más y me invitó a su departamento.
Tito: bien ahí, jugada la flaquita.
Alejo: si, tomamos unos mates y fue directo “a los bifes”, sin rodeos.
Tito: así de una, cero dramas.
Alejo: lo hablamos un poco después del revolcón y me aseguró que tenía ganas de ponerla y que le pareció interesante que fuera conmigo, por eso se dio todo. Muy tranquilo, no tan vehemente como lo tuyo.
Tito: mejor, nada de compromisos. ¿Qué hacemos hoy?
Alejo: vamos a tomar algo y vemos que se presenta, sin obligaciones.
Tito: me parece genial, si surge algo, vamos al frente.
Terminamos de almorzar y fuimos organizando la noche, siempre con la idea de no volvernos locos en busca de una pesca. Él se fue para su departamento y yo quedé en casa, dispuesto a dormir una siesta y al levantarme, ir al centro en busca de algún lubricante para el martes, cuando me encontrara con Dina. Desperté a las 17 horas, me cambié y partí rumbo a una de las galerías de la zona céntrica, sabía que en ella había un sex-shop donde podría encontrar lo necesario: lo único que me faltaba era saber exactamente dónde funcionaba y lo que podría hallar.
Recorrí el lugar y no hallaba nada que me indicara donde estaba el comercio. Me crucé con un muchacho que llevaba una caja con el membrete del lugar y le consulté. “Al final de la galería, hay una escalera a un subsuelo, está ahí, bien escondido” me indicó. Llegué a una puerta que no tenía cartel alguno, un portero eléctrico y una luz roja en la parte superior, supuse que era el lugar y accioné el timbre; segundos después, un sonido indicó que la puerta estaba abierta y empujé para ingresar. Un biombo con una abertura en un extremo y al fín una luz algo más potente (aunque no demasiado). Un mostrador y un hombre de unos 35 años esperándome.
Empleado: buenas tarde caballero, ¿Qué está necesitando?
Alejo: un lubricante para una mujer que no tiene buena lubricación vaginal
Empleado: ¿tiene alergia a algún producto?
Alejo: desconozco, ya que anoche tuvimos nuestra primera relación y allí me enteré.
Empleado: ¿algún detalle que pueda ayudarme para asesorarlo?
Evidentemente el empleado sabía del tema, pero no quería venderme algo que no cumpliera con la función. En ese momento se me ocurrió comentarle de la penetración que le hice con los dedos en la ducha, sacudió la cabeza de manera afirmativa y se giró hacia el escaparate a sus espaldas, abrió una vitrina y tomó un par de empaques que tenían algo en común: base acuosa.
Tomó el primero y me indicó que era natural y neutro, colaboraría con la lubricación pero solo eso. En tanto el segundo tenía algún componente químico más, pero al roce o al ser frotado generaba calor en la zona.
Empleado: si fuese usted, llevaría un envase pequeño de ambos y probaría primero con el neutro, si la respuesta es adecuada seguiría con ese, pero si no hay respuesta, colocaría algunas gotas del segundo. Recuerde solo unas gotas
Alejo: ¿por algo en particular?
Empleado: seguro, el calor suele ir en aumento y se utiliza en frígidas
Alejo: gracias por el asesoramiento, llevo ambos
Empleado: ¿algo más en que ayudarle?
Dudé unos segundos pero finalmente decidí preguntar: “¿Sirve también para uso anal?”. El muchacho sonrió y negó con la cabeza: “Esto es de aplicación vaginal únicamente, si quiere algo para lubricar y dilatar analmente, le recomiendo éste otro: lubrica, relaja y colabora con la dilatación” dijo mientras tomaba otra caja y la colocaba junto a las dos anteriores.
Alejo: espero no equivocarme al usarlos
Empleado: no lo hará, los primeros son líquidos sin perfume y el último tipo gel, además tiene un aroma particular, como de flores.
Agradecí el asesoramiento y me disponía a abonar cuando observé algunas cajas de preservativos que me llamaron la atención. “Son ultrafinos y saborizados, ideales para las mujeres que no suelen disfrutar del oral” dijo el muchacho. “¿Saborizados?” respondí. “Si. Fresa, chocolate, vainilla entre otros” completó. “Agrégueme una caja de fresa y una de chocolate” le pedí. El hombre ya tenía una sonrisa cómplice y adivinaba cuales serían mis intenciones. Colocó todo en una bolsa de cartón sin membretes y procedió a cobrarme, cuando ya estaba a punto de salir me dijo “hay más cositas como para disfrutar en pareja, no dude en venir y lo asesoraré para su satisfacción”. Tomé la bolsa y salí del negocio.
Mientras caminaba en busca del auto, me iba riendo al imaginar las cosas que le propondría a Dina (si es que volvía a verla) o a quien llevara a casa para que tuviésemos una noche movidita.
Me subí al auto mientras sonaba el celular con avisos de mensajes de WhatsApp. Antes de ponerme en marcha, opté por leerlos: el primero era un audio de Tito que se excusaba de salir esa noche, pues se le había presentado una chance con una clienta de su negocio con la que estaba intentado ligar desde hacía un buen tiempo. Le respondí con algo de enojo, pues me dejaba sin salida ya que jamás solía hacerlo solo y menos con la idea de ir en busca de aventuras.
Frustrado, abrí el segundo mensaje, era de Dina; pensé que se me caía la juntada del martes y debería recurrir a mi amigo Face para buscar con quien tener algún encuentro el fin de semana: nada más equivocado.
“Hermoso, me pidieron cambiar mi franco del martes para mañana domingo. ¿Tenes ganas de venir a buscarme esta noche a las 20 y nos quedamos juntos hasta el lunes a la mañana? Contestame pronto y confirmo el cambio” un audio que me devolvía la alegría. “Si Dinita, voy por vos en un rato más. Ando por el centro, paso por algunas cosas para cocinar y voy al shopping a buscarte” le respondí inmediatamente.
Unos minutos más tarde, otro audio: “a las 20 en el ingreso te voy a estar esperando” era la confirmación.
Fui por algunos alimentos y de allí al shopping. Puntualmente a las 20 llegué al portal de acceso y la ví, parada aun con su uniforme, me acerqué y detuve el auto casi junto a ella. Abrí la puerta y la llamé, se subió rápidamente y partimos.
Dina: hola hermoso, vamos a casa, asi me doy una ducha y me pongo más cómoda. ¿Qué vas a hacerme de rico hoy para cenar?
Alejo: ya veremos. Te llevo, buscas algo de ropa y vamos a mi casa.
Dina: ¿a tu casa? ¿Qué ropa llevo? ¿Para salir?
Alejo: noooo, no vas a salir hasta el lunes a la mañana. Ropa cómoda, livianita y fácil de sacar
Se rió de la ocurrencia, llegamos a su casa y no quise bajar para no demorar ni tentarme con acostarme con ella de inmediato. Tardó unos 10 minutos y volvió con su uniforme y una mochila al hombro. “¿te molesta que me bañe en tu casa y lave allí mi uniforme? Quiero aprovechar todo el tiempo que tenemos” dijo mientras cerraba la puerta. “Para nada, espero estés cómoda y la pasemos genial” le dije mientras tomaba dirección a casa. Al llegar, la hice permanecer en el auto, abrí el portón y lo guardé. Una vez dentro y con el portón cerrado, la ayudé a bajar, abrí la puerta de acceso y entramos.
Miraba todo en detalle, dejó la mochila en una silla y la tomé de la mano para llevarla a recorrer el lugar; le enseñé la casa: las dos habitaciones, el baño, la cocina y le indiqué donde estaba el lavadero para que colocara allí sus ropas para lavar. Volvimos a la cocina, tomó la mochila y fue a darse la ducha mientras yo preparaba una picada y un par de cervezas. Aproveché el momento para bajar del auto lo que había comprado en el sex-shop y lo dejé en la mesa de noche de mi lado, algo escondido pero muy a mano.
Regresó con un camisón celeste corto, descalza y se aproximó a mí. Por primera vez nos dimos un beso desde que volvimos a encontrarnos, deslicé mis manos por su espalda desde los hombros hasta la curva de su culito, al que apreté de buena manera.
Dina: no te apures hermoso, tiempo nos sobra, déjame reponer algo de energía, que estoy cansadita de tanto caminar. Tuve un día muy movido
Alejo: mmm… tengo ganas de comerte.
Dina: no seas malo, te llamé porque yo también quiero estar con vos, pero necesito un poquito de descanso.
Comimos poco, nos tomamos un par de cervezas cada uno y después de juntar los restos, nos fuimos a la cama. Le abrí el lado izquierdo, la dejé ingresar y tras cubrirla, le entregué el control remoto del tv mientras iba por mi ducha. Una vez higienizado, me calcé un bóxer y una remera y me metía a la cama con ella, me recosté y le extendí un brazo para que se acomodara junto a mi mientras mirábamos una película que ella había elegido. Nos dimos calor mutuamente, y varios besos cortos durante los cortes comerciales, hasta que la película acabó. A partir de ese momento, dejamos de mirar tv y nos dedicamos a acariciarnos y jugar con nuestras lenguas.
No habrán pasado unos 10 minutos que su camisón quedó tendido en el suelo al igual que su brassier y tanga. Extendió una de sus manos y bajó apenas el bóxer, para luego calzar con uno de sus pies el elástico y bajarlo hasta quitarlo, se subió sobre mi cuerpo y se dedicó a besarme y cada tanto arquear sus cuerpo para que yo besara sus pechos y mordisqueara los pezones. Abrió sus piernas y trató de ubicarse para que ya hubiese roce de mi verga con los labios de su concha. Se movía lentamente, provocándome sin dejar que la penetrara, rodeaba la punta y la desplazaba a todo lo largo de su raja.
Retiré las sábanas y tomándola de las caderas, la ubiqué directamente a punto de penetración. Así montada, costaría muy poco que entrara en ella, pero no se lo permití. La abracé y la hice girar, que quedara debajo de mí. Extendí una de mis manos y tomé el frasco con el lubricante neutro, como pude desenrosqué la tapa y corriéndome apenas de su cuerpo, dejé caer varias gotas sobre la hilera de vellos, al sentirlas tan frías tembló.
Dina: ¿Qué estás haciendo?
Alejo: déjame trabajarte y ya verás
Pasé la verga por la zona y llevé el fluido a los labios vaginales. La froté apenas y la humedad se hizo notar.
Dina: me la estás mojando, te dije que no funcionaba
Insistí y podía notar como resbalaba, buscando entrar en su cueva.
Dina: mmm se siente lindo, aunque frío, lo que daría porque esa humedad me hiciera calentar un poco más…
Dejé el primer frasco y tomé el segundo, repetí el proceso, algunas gotas en la zona de la raja y la fricción lenta pero continua.
Dina: guau… qué lindo se siente, calentita, resbalosa mmm… quiero más…
No volví a echarle lubricante, sino que comencé a acelerar el roce, abriéndole los labios y metiendo apenas la punta, entrando y saliendo…
Dina: Dios… que caliente la tengo… como me gusta… metela, dale, metela…
Lejos de apurar el bombeo, fui entrando más y más, de manera lenta y tan profundo como me era posible, hasta que mi cuerpo hacía tope con el de ella, sus gemidos se multiplicaban y se volvían más intensos cuando llegábamos a chocar nuestros cuerpos.
Dina: así papito, así me gusta, ah!! Aahh!!
Se aferró a mi cuerpo y me presionaba sin dejarme salir de su interior, tensó toda su humanidad y clavó sus uñas en mi espalda mientras llegaba a un orgasmo intenso, sentía como latían sus músculos vaginales y para mi sorpresa empezó a escurrir líquido desde su interior, bañando mi verga.
Se aflojó totalmente, con su concha palpitante y mojadisíma, quedó rendida casi inerte.
Algunas lágrimas brotaban de sus ojos y rodeaban sus mejillas, mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios.
Dina: gracias por este regalo, jamás me había mojado tanto y disfrutado de hacer el amor… que bien se siente, como lo disfruté…
Mientras hablaba no paraba de acariciar mi rostro y cubrirlo de pequeños besos. El agradecimiento se sentía genuino, y yo no podía dejar de pensar en lo bueno que había resultado concurrir al sex-shop y aceptar las recomendaciones del empleado. Sin dudas, debería volver y agradecerle los consejos y asesoramiento.
Un rato después y ambos repuestos de la actividad, nos levantamos de la cama y vimos cómo habían quedado las sábanas, con grandes manchas producto de los lubricantes y los fluidos que ambos habíamos derramado. Nos reímos y quitamos la ropa sucia, la hicimos un bollo y la llevamos al baño donde procedimos a darnos una ducha reparadora.
Tras armar la cama nuevamente, nos metimos en ella desnudos a mimarnos y prodigarnos cariño, mientras nuestros cuerpos recuperaban temperatura.
Dina: ¿cómo sabías que hacer y usar para arrancarme tantos jugos?
Alejo: voy a hacerte una confesión, fui a un sex-shop y hablando con el empleado me guio en la compra y aconsejó qué y cómo utilizarlo.
Dina: ufa… te atendió un hombre, ¿qué pasa si voy yo a comprar? Ni loca le diría todo lo que me pasa para que me aconseje…
Alejo: entiendo que también habrá alguna mujer para atender clientes
Dina: vas a tener que decirme donde queda y así voy a buscar “provisiones”
Alejo: seguro Dinita, pero hay algunas cositas más que compré para nosotros, ya verás.
Dina: ¡¡guau!! Si es tan bueno como lo que ya usaste, voy a terminar el domingo destruida… ¿me adelantas algo? Dale contame…
Alejo: no seas ansiosa
Dina: dale… no seas malito…
Alejo: bueno, pero solo una cosita más ¿entendido?
Giré hacia la mesa de noche, abrí el primer cajón y tomé la caja de preservativos saborizados. Me volví hacia ella y se los alcancé.
Dina: ¿forritos? Hace años que me cuido, y soy muy puntillosa con eso, no quiero quedar embarazada, me gusta disfrutar del sexo piel a piel.
Me reí pues no había reparado en la escritura de la caja y mucho menos imaginado cuál sería el uso.
Dina: malo, ¿de qué te reís?
Alejo: lee la caja Dinita…
Me hizo caso y comenzó a leer el envase.
Dina: preservativos de látex, extrafinos, lubricados, aromatizados sabor chocolat… ¿¡¡¡qué!!!?? ¿Forritos con sabor?
Abrió los ojos bien grandes de manera sorpresiva y la boca del mismo modo. No pude evitar la carcajada y recibir un codazo como respuesta a la misma: “¿Y para qué queres forritos con sabor?” Preguntó de manera ingenua. Nueva carcajada de mi parte y reiterado codazo…
Alejo: dijiste que no habías hecho orales, solo entregada la conchita y bueno, para que sea conmigo con quien te estrenes, te compré algo especial para que te animes y no tengas que ir directamente sobre la piel.
Dina: ¡¡Tramposo!! ¿Quién te dijo que voy a chupártela, con o sin forro?
Alejo: la primera vez que nos acostamos, hablamos de cosas nuevas y romper con lo tus bloqueos ¿no?
Dina: si, pero no pensaba en eso. Tal vez entregarte mi culito, pero de chupar nada. Además esos pelos que te rodean la verga, me dan cosita.
Alejo: ok, al levantarnos mañana solucionaremos ese tema y dejaremos todo listo para la tarde, en que vas a debutar como chupapijas.
Me miró medio extrañada, me devolvió la cajita y se abrazó a mí, acomodándose para dormir. “Ya veremos, mañana será otro día” dijo antes de besarme y entregarse al descanso. Apagué la luz de la mesa de noche y la imité en el descanso.
El ruido de la ducha del baño me despertó, miré la hora en el celular, eran la 12:30. Me estiré aún dentro de la cama y cuando estaba por levantarme, la vi entrar a la habitación solo cubierta por un hilo y una toalla enroscada en su cabello.
Dina: buenos días hermoso, ¿descansaste bien?
Alejo: si Dinita, ¿vos?
Dina: también, además relajadísima. ¿Vas a ducharte?
Alejo: si y a eliminar una de las barreras de tus bloqueos, los pelitos de allí abajo.
Dina: si querés te ayudo
Alejo: obvio que vas a ayudar, hay sectores que no puedo ver.
Se sonrió y buscó dentro de su mochila algo de ropa para ponerse. Me levanté y pasando a su lado, le hice una caricia en la cola, deslizando el dedo mayor por la raja.
Dina: ¡¡¡epaaa!!! ¿Ya estamos buscando acción?
Alejo: esa colita es una tentación permanente…
Dina se giró y me dejo la conchita a tiro para que también la acariciara, cosa que hice sin dudar, abriendo a través de la fina tela los labios vaginales. “¿No habrá ni un besito para mis tetitas? Se van a poner celosas” dijo con voz acaramela.
Las uní con mis manos y juntando los pezones, los recorrí con la lengua lentamente. “Ufff, no sigas o vamos a volver más rápido a la cama. Andá a la ducha, ya voy a ayudarte con lo tuyo” dijo empujándome.
El primer paso estaba dado, ya estaba pensando en quitar mis vellos por lo que la chupada de verga estaba ahí, muy cerca…
Se viene la tercera parte, de un finde de locura.
Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
Saludos,
Alejo Sallago
