Mi verano en La Molina
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Todo empezó con un anuncio que parecía demasiado bueno para ser verdad. “Se busca personal de limpieza para casa en La Molina. Buen sueldo, horarios flexibles.” Las fotos mostraban una mansión impresionante, con jardines impecables, piscina, y unos interiores que parecían sacados de una revista. Pero algo me llamó la atención: los pisos estaban impecables. Brillaban. No había una mota de polvo. ¿Para qué demonios necesitaban limpieza si ya estaba todo perfecto?
Tenía 19 años, recién salida del colegio, y necesitaba dinero para la universidad. Mis 1.63 metros, mis cachetes de siempre, mis gafas, mi pelo largo, y esas curvas que heredé de mi abuela —88 de busto, 78 de cintura, 98 de cadera— no eran exactamente el perfil de una empleada doméstica, pero ¿qué importaba? Apliqué. Me llamaron al día siguiente.
Cuando llegé a la dirección, un portón eléctrico se abrió lentamente. El camino de entrada bordeaba un jardín con palmeras y una fuente. La casa era blanca, de dos pisos, con ventanales enormes. Toqué el timbre y me abrió un señor de unos 45 años, canas en las sienes, barba bien recortada, un body que se notaba debajo de la camisa. Olía a perfume caro.
—Ah, Stephanie, ¿verdad? Pasa, pasa. Las otras chicas ya llegaron.
“¿Las otras chicas?” pensé. No me había dicho que trabajaría con más personas.
Me condujo a una sala amplia con sofás de cuero blanco. Ahí estaban ellas. Tres chicas, sentadas, mirándose entre sí con esa mezcla de curiosidad e incomodidad.
La primera era una japonesita pequeña, de unos 20 años, con el cabello teñido de rosa, largo hasta la cintura. Tenía los ojos rasgados y una sonrisa tímida. Vestía un buzo rosado, pero se notaba que tenía un cuerpecito menudo y delicado.
La segunda era una blanquita delgada, pero no de esas flacas sin forma. Era fibrosa, como de gimnasio. Brazos marcados, piernas firmes. Llevaba un short ajustado que dejaba ver un culito redondo, duro, parado, como dos pelotas de tenis bajo la tela. Parecía que si la abrazabas se iba a quebrar, pero sus músculos decían lo contrario.
La tercera era una gringa. Rubia, coletas, ojos azules, pecas en las mejillas. Y un cuerpo que no pasaba desapercibido: tetas grandes, bien separadas, y un culo ancho que se movía incluso cuando estaba quieta. Hablaba un español chancado, mezclado con inglés.
—Hi, I’m Jennifer. Mucho gusto.
Me presenté. Yo era la cuarta. Cuatro chicas para limpiar una casa. Demasiado.
El dueño —don Fernando, nos pidió que lo llamáramos así— nos hizo pasar a su estudio. Ahí estaba también su hijo, Mateo, de 25 años. Más joven, más delgado, pero con la misma mirada. Nos evaluaban. Nos medían.
—Bueno, chicas —dijo don Fernando, sentándose detrás de un escritorio de caoba—. Les voy a ser sincero. La casa no necesita limpieza. La mantiene una señora que viene tres veces por semana. Ustedes están aquí por otro motivo.
El silencio se volvió denso. La japonesita se movió incómoda en su asiento. La blanquita se puso rígida. La gringa sonrió, como si ya lo supiera.
—Mi hijo y yo buscamos compañía. Chicas jóvenes, bonitas, frescas. Y estamos dispuestos a pagar bien por ello. Cada encuentro se paga aparte del sueldo base. En grupo, individual, como ustedes quieran. Nadie las obliga a nada, pero las que se quedan… aceptan las reglas.
Miré a las otras. ¿Qué harían? Yo necesitaba la plata. Mis viejos no podían pagarme la universidad. Y el sueldo que ofrecían era el doble de lo que ganaba cualquier otra compañera de mi edad.
—Yo me quedo —dijo Jennifer, la gringa, cruzando las piernas—. Me parece buen deal.
La japonesita asintió tímidamente. La blanquita también. Yo respiré hondo y dije que sí.
Y así empezó mi verano en La Molina.
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La primera vez
No pasó ni una hora desde que aceptamos cuando don Fernando nos llamó a las cuatro a su habitación. Era una suite enorme, con cama king size, cortinas de terciopelo rojo, y un baño con jacuzzi. Él estaba en boxers, sentado en el borde de la cama, con una erección que se marcaba claramente bajo la tela. Mateo estaba recostado en un sillón, con una cerveza en la mano, observándonos.
—Quiero verlas —dijo don Fernando, la voz ronca—. Quítense la ropa. Todas.
Jennifer fue la primera. Se desabrochó el short y lo dejó caer, luego se quitó la blusa. Sus tetas eran inmensas, naturales, con pezones rosados y grandes. Su culo ancho se movió cuando se giró para mirarnos. La japonesita —se llamaba Yuki— se quitó el buzo con timidez, dejando ver un cuerpo de porcelana, senos pequeños pero perfectos, una cintura diminuta. La blanquita —Lola— se desnudó rápido, como si fuera un trámite. Su cuerpo era pura tensión: abdominales marcados, muslos duros, y ese culo firme que parecía esculpido.
Yo dudé un segundo. Pero luego pensé en la plata. Me saqué los lentes, los puse sobre la mesa de noche. Me quité la blusa, el pantalón. Quedé en tanga y sostén. Mis curvas siempre fueron generosas: las caderas anchas, los muslos gruesos, el culo grande. Me puse roja, pero no me escondí.
—Párate bien —dijo don Fernando—. Date la vuelta.
Obedecí. Sentí su mirada recorriendo mi cuerpo, deteniéndose en mis nalgas. Luego se paró, se acercó a Yuki, le acarició la mejilla. Ella temblaba.
—¿Has hecho esto antes? —le preguntó.
—Un poco —susurró ella.
—Bien. Arrodíllate.
Yuki se arrodilló sobre la alfombra. Don Fernando se bajó los boxers. Su pija estaba dura, gruesa, con las venas marcadas. Yuki la tomó con ambas manos, dudó un momento, y luego abrió la boca. La lamió primero, pasando la lengua por la punta, bajando por el tronco. Luego la metió entera. Su cabeza subía y bajaba, los ojos cerrados.
—Así me gusta —dijo él, poniéndole una mano en la nuca—. Más hondo.
Yuki tosió un poco, pero siguió. Su boca pequeña se estiraba alrededor de ese vergón, la saliva chorreando por su barbilla.
Mientras tanto, Mateo se levantó del sillón. Se acercó a Lola, que seguía de pie, erguida y tensa.
—¿Tú también eres buena con la boca? —le preguntó, acariciándole el hombro.
—Prefiero otro tipo de ejercicios —respondió ella, con una sonrisa burlona.
—Entonces muéstrame.
Él se bajó el pantalón. Su pija era más larga que la de su padre, pero un poco más delgada. Lola se puso en cuatro sobre la cama, ofreciendo ese culo duro y parado. Mateo se colocó detrás de ella, le separó las nalgas con las manos, vio su coño depilado, húmedo ya.
—Que rico —murmuró, y sin más, la penetró.
Lola soltó un gemido, pero no de dolor. Su cuerpo se tensó, se arqueó. Mateo empezó a moverse, primero lento, luego más rápido. Sus caderas chocaban contra las nalgas firmes de ella con un sonido húmedo. Ella apoyó la frente en la cama, empujando hacia atrás, buscando más.
Jennifer se había sentado en una silla, observando. Se tocaba los pezones, se frotaba el coño sobre la tela del short. Don Fernando la vio, y mientras Yuki seguía mamándosela, le hizo una seña.
—Ven acá, gringuita. Siéntate en mi cara.
Jennifer se levantó, se quitó el short, y se colocó sobre el rostro de don Fernando, que se había recostado en la cama, con Yuki aún entre sus piernas. Ella bajó su culo ancho sobre su boca, y él comenzó a lamerle el coño con desesperación, mientras con una mano le agarraba una nalga y con la otra le acariciaba las tetas.
Yo seguía de pie, viendo todo. Mi cuerpo estaba caliente, el coño húmedo. No sabía si unirme o esperar. Entonces don Fernando levantó la cabeza, con la cara mojada por los jugos de Jennifer.
—Tú, la de gafas. Ven aquí. Quiero que te sientes en mi cara mientras la gringa se sienta en mi verga.
Jennifer se levantó, se colocó sobre la pija de don Fernando, que seguía dura, y se empaló lentamente. Soltó un gemido profundo, cerró los ojos. Su culo ancho rebotaba contra sus muslos. Yo me acerqué, dudando.
—No seas tímida —dijo él, con la voz ronca—. Baja tu culo aquí.
Me coloqué sobre su rostro, de espaldas a él. Bajé mis caderas hasta sentir su boca en mi coño. Su lengua era hábil, encontraba mi clítoris de inmediato, lo lamía, lo chupaba, mientras yo me sostenía en el espaldar de la cama. Jennifer seguía cabalgando encima de él, su coño apretando su verga, sus tetas rebotando. Yuki se había quedado a un lado, viendo, tocándose.
Mateo seguía follando a Lola, que ahora estaba boca abajo, con las piernas abiertas, gimiendo fuerte. La cama crujía.
—Me voy a venir —dijo Lola, sin aliento.
—Hazlo —respondió él—. Vente en mi verga.
Ella gritó, su cuerpo se convulsionó, y Mateo siguió penetrándola, sintiendo cómo se apretaba alrededor de él. Luego se vino también, gruñendo, enterrando su cara en la nuca de ella.
Don Fernando, mientras tanto, no paraba de lamer mi coño. Su lengua entraba y salía, su nariz rozaba mi clítoris. Sentí que me iba a venir, todo mi cuerpo temblaba. Me aferré al espaldar, dejé de controlarme, y me corrí en su boca. Mi coño se contrajo, chorreando. Él lo bebió todo.
Jennifer también se vino, encima de él, con un gemido largo y gutural. Sus muslos temblaban.
Cuando terminamos, estábamos todas sudadas, despeinadas, respirando agitadas. Don Fernando se incorporó, con la cara brillante. Mateo se recostó en la cama, sonriendo.
—Buen comienzo —dijo don Fernando—. Ahora, a la ducha. Mañana hay más.
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Las semanas siguientes
Ese fue solo el principio. Durante todo el verano, esas sesiones se volvieron rutina. A veces era con los dos, otras veces con uno solo. A veces en grupo, a veces individual. Aprendí los gustos de cada uno. Don Fernando era más rudo, más dominante. Le gustaba que le chuparan la verga mientras él nos nalgueaba. Le encantaba follarnos por detrás, agarrándonos las caderas con fuerza. Mateo era más juguetón, más experimental. Le gustaba que nos tocáramos entre nosotras, que nos besáramos mientras él nos miraba. Una vez nos pidió a Yuki y a mí que nos besáramos frente a él, mientras él se masturbaba. Yuki tenía los labios suaves, sabía a cereza. Su lengua pequeña se enredó con la mía. Fue extraño, pero excitante.
Otra vez, Lola y yo estuvimos juntas con don Fernando. Él nos puso en cuatro, una al lado de la otra, y nos follaba alternando: una embestida a Lola, otra a mí. Su verga se mojaba con los jugos de ambas. Lola gemía fuerte, su culito duro temblaba con cada golpe. Yo me sentía llena, caliente. Su pija entraba profundo, me llenaba toda.
Jennifer era la más experimentada. Una tarde, mientras Mateo nos observaba, ella me enseñó a hacerle un buen oral a don Fernando. Me dijo que usara las manos también, que jugara con sus bolas, que mirara hacia arriba mientras lo mamaba. Lo hice y él casi se vuelve loco. Se vino en mi boca, y yo tragué todo, como ella me había enseñado.
Pero también hubo momentos más tranquilos. A veces, después de follar, nos quedábamos en la cama grande, viendo televisión o simplemente hablando. Don Fernando nos contaba historias de sus viajes, Mateo nos preguntaba de nuestras vidas. La gringa Jennifer nos enseñaba palabras en inglés. Yuki cocinaba sushi para todos. Lola y yo hacíamos ejercicio juntas en el gimnasio de la casa.
No todo era sexo. Pero el sexo era el centro. Y la plata era buena. Muy buena. Al final del verano, tenía suficiente para pagarme la universidad, más un colchón de ahorros. Me despedí de las otras chicas con un abrazo. De don Fernando y Mateo, con un beso y una promesa: “Si vuelven a necesitar compañía, aquí estoy.”
Salí de esa mansión con el cuerpo marcado por las experiencias, con recuerdos que me harían sonrojar por años. Pero también salí con la cabeza en alto. Lo había hecho por mí. Y no me arrepentía de nada.
Ese verano en La Molina me cambió. Me hizo más fuerte, más segura. Aprendí que mi cuerpo valía, que podía usarlo para conseguir lo que quería. Y que el placer, bien canalizado, podía ser una moneda de cambio tan poderosa como cualquier otra.
