La noche que marcó mis veintes
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Ahora que tengo treinta años, a veces miro hacia atrás y sonrío al recordar aquella noche en San Isidro. Tenía veintidós, un culo que paraba el tráfico y la certeza de que mi cuerpo era mi mejor moneda de cambio. Cuando Fio me dijo que había una fiesta con futbolistas—pago de mil quinientos soles solo por “atenderlos un rato”—no lo dudé. Y oye, si soy sincera: yo a esos tipos me los follaba gratis. Eran futbolistas de un equipo popular, todos en forma, músculos marcados bajo las camisetas, piernas entrenadas, abdominales que se marcaban al reír. Entonces, ¿qué tiene de malo recibir un pago? Si igual me los iba a follar. No es prostitución, es… aprovechar una oportunidad.
Llegamos al condominio en San Isidro con el vestido negro que me ceñía las curvas—1.63, 88 de busto, 70 de cintura, 98 de cadera—y unas bragas de encaje que sabía que no durarían puestas. Subimos al tercer piso. Adentro ya había dos chicas que no conocía, rubias, cuerpazo, bebiendo champán en la sala amplia. La decoración era moderna, fría. Pero el calor llegó cuando entraron ellos.
Ocho futbolistas. Todos jóvenes, suplentes o canteranos, pero con esa actitud de quien sabe que su tiempo en la cancha vale. Los reconocí de TikTok: el moreno de mandíbula cuadrada, alto, con los hombros anchos y el abdomen marcado; el de ojos verdes, más delgado pero fibroso, con brazos venosos y una sonrisa que prometía guerra. El resto, también en forma, pero esos dos eran los que me interesaban.
Me acerqué despacio, moviendo las caderas. El moreno me palmeó el asiento entre él y el verde. Me senté, y su mano caliente encontró mi muslo al instante. “¿Qué te gusta hacer?” preguntó el verde, con esa voz grave que me llegó directo al coño. “Todo. Sobre todo cuando saben mandar.” Sonreí, y los vi intercambiar miradas.
El moreno metió su mano bajo mi vestido, encontró mis bragas ya húmedas. Presionó contra mi coño, y yo abrí un poco las piernas, dejando que sus dedos jugaran con la tela. A mi lado, vi a Fio sentada en las piernas de un futbolista rubio, riendo nerviosa. Fio siempre ha sido delgadita, casi frágil, con esa piel blanca y ojos grandes que la hacen parecer una muñequita. Nunca la había visto en acción; siempre tan recatada en el instituto. Pero esa noche, cuando el rubio le bajó el vestido y le mordió el cuello, se transformó.
—Vamos al cuarto—dijo el verde, levantándose. Me tomó de la mano, y el moreno me siguió pegado a la espalda, su polla dura presionándome las nalgas a través del vestido.
La habitación tenía una cama enorme, sábanas blancas, aire acondicionado helado que me erizó la piel. El moreno me empujó contra la pared y comenzó a besarme el cuello, mordiendo, mientras sus manos rasgaban mi vestido hacia arriba. El verde se bajó el pantalón, y su polla apareció: larga, recta, con la punta rosada y un poco de precum brillando. Me arrodillé sin que me lo pidieran, abrí la boca y la tomé entera. Sabía a sal, a sudor, a hombre en forma—el sabor del esfuerzo físico. Empecé a mover la cabeza, sintiendo cómo se tensaba contra mi lengua, cómo sus manos se enredaban en mi cabello.
Mientras chupaba, el moreno me levantó el vestido desde atrás, me bajó las bragas de un tirón y colocó la punta de su polla contra mi entrada. Sin aviso, un empujón seco que me hizo gemir contra la polla del verde. Vaginal, profundo, llenándome. El moreno embestía con ritmo rápido, sus bolas golpeando mi clítoris. Yo seguía chupando al verde, alternando entre succionar la punta y tomar toda la longitud.
A mi lado, la puerta estaba entreabierta. Vi a Fio de rodillas en el suelo de la sala, con el vestido subido hasta la cintura, mientras el rubio la penetraba desde atrás. Su cuerpo delgado se movía como una muñeca de trapo, sus gemidos agudos mezclándose con los míos. Nunca imaginé que Fio pudiera ser tan… entregada.
El verde se tensó en mi boca. “Voy a acabar,” dijo entre dientes. Su semen caliente disparó contra mi garganta—chorro espeso, salado—y tragué sin perder el ritmo. Primera eyaculación. Cuando terminó, su polla se ablandó, pero yo lamí la punta limpiándola.
El moreno me levantó de las rodillas y me tiró sobre la cama boca abajo. Subió detrás de mí, separó mis nalgas y volvió a penetrarme. Esta vez más despacio, más profundo, haciéndome sentir cada centímetro de su polla mientras se movía dentro de mí. Enterré la cara en la almohada y gemí. “Así, así,” repetía él, acelerando el ritmo. Podía oír los cuerpos chocar, el sonido húmedo de mi coño. En la sala, a través de la puerta abierta de par en par, vi a las dos chicas rubias—las que no conocía—una sentada en la cara de un futbolista calvo mientras otra cabalgaba a otro en un sofá. Los otros tres hombres las rodeaban, esperando turno. Cinco hombres para dos mujeres. La escena era un caos de cuerpos sudorosos, gemidos, y el ruido de los besos y las pollas entrando.
El moreno se vino dentro de mí—segunda eyaculación—y sentí su semen caliente llenándome, chorreando por mis muslos mientras él se retiraba. “Aún no termino,” dijo, y se volteó hacia el verde, que ya estaba duro otra vez.
El verde se puso detrás de mí mientras yo seguía boca abajo. Me levantó las caderas y entró por detrás, su polla resbalando en mi coño empapado de semen del moreno. La sensación era increíble: caliente, resbaladiza, llena. Embestía con fuerza, y yo gimía sin control, mis pechos aplastados contra las sábanas. El moreno se arrodilló frente a mí, su polla aún medio erecta, y yo la tomé en mi boca otra vez mientras el verde me follaba.
La puerta se abrió de golpe en ese momento. Alguien entró—era Fio, desnuda, con el maquillaje corrido y los muslos manchados. Se subió a la cama a nuestro lado, y el futbolista rubio entró tras ella. Vi a Fio arrodillarse, abrir las piernas y recibir al rubio en su coño diminuto. Su cuerpo delgado se arqueaba, sus pechos pequeños rebotando, y gimió con una voz que no le conocía. Parecía una muñeca rota, y me excitó verla así.
El verde se tensó dentro de mí—tercera eyaculación—y se vino otra vez, un chorro largo y caliente que se mezcló con el semen del moreno. Sentí cómo escurría por mis piernas, empapando las sábanas. El moreno también acabó en mi boca por segunda vez, y tragué hasta la última gota.
Cuando todo terminó, me quedé tendida boca arriba, con los muslos blancos de semen seco, el vestido roto en el hombro, y el olor a sexo impregnado en cada poro. Eran las cuatro de la mañana. Me vestí como pude, recogí los mil quinientos soles de la mesa—el mayordomo los había dejado en sobres—y salí con Fio, que apenas podía caminar.
Nunca supe sus nombres. Pero al otro día, cuando vi al moreno en TikTok celebrando un gol, recordé la presión de su polla en mi garganta, la sensación de ser llenada por ambos, y me toqué pensando en lo bien que me pagaron por algo que habría hecho gratis. Y a los treinta, cuando lo recuerdo, aún me mojo.
