El Salón Internacional de la Moto: la noche de las tres marcas

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Cuando el vino me afloja la lengua y las amigas piden historias fuertes, siempre termino contando esta. La del Salón Internacional de la Moto de Lima, ese verano de mis veintidós. Yo estaba promocionando Honda, vestida con una lycra verde y un polito amarillo que me marcaba las curvas (88-70-98). Pero lo mejor fue ver a las otras anfitrionas: dos japonesas, traídas directamente por Kawasaki, y una rubia altísima que promocionaba Suzuki. Cuatro mujeres, dos pilotos famosos italianos, y una suite en el Westin que terminó siendo un ring de sexo sin reglas.
Las japonesas se llamaban Yuki y Aoi. Yuki era menuda, de cintura diminuta y senos perfectos, con el pelo negro azabache corto y una sonrisa tímida que escondía una mirada traviesa. Aoi era un poco más alta, cabello rosado largo, caderas anchas para ser japonesa, piernas torneadas, y una actitud que parecía dulce pero resultó salvaje. La rubia, Ingrid, medía al menos 1.75, con el pelo largo y lacio hasta la cintura, pechos firmes y un culo redondo que parecía esculpido. Yo, Stephanie, la más curveada, la que sabe lo que vale y no tiene problema en cobrar por ello.
El segundo día del salón, durante la cena de patrocinadores, los pilotos —Marco y Enzo— me llamaron aparte. Marco, el alto, el de mandíbula cuadrada y sonrisa de galán, me susurró:
Tú y tus amigas de las otras marcas. Esta noche, en el penthouse. Sin cámaras, sin prensa.
Yo ya había visto cómo miraban a las japonesas y a Ingrid durante el cóctel. Asentí, y rápido hablé con ellas en el vestidor. Yuki y Aoi aceptaron sin dudar, con esas sonrisas que escondían lujuria. Ingrid se rió y dijo: “Hace meses que no me follo a un italiano. Vamos.”
A las once, subimos al penthouse. Marco y Enzo ya estaban en calzoncillos, bebiendo whisky, sus cuerpos fibrosos de pilotos relajados sobre los sillones de cuero. La cama king-size dominaba la habitación, con sábanas blancas inmaculadas que no durarían limpias ni diez minutos.
Enzo se levantó y vino hacia mí. Me besó con lengua, sus manos bajaron mi short hasta encontrar mi tanga. A mi lado, Yuki se había acercado a Marco, se arrodilló y comenzó a desabrocharle el cinturón con movimientos precisos, casi ceremoniales. Aoi, más lanzada, se desnudó en segundos y se sentó en el sofá, abriendo las piernas, invitando. Ingrid se quitó el vestido lentamente, mostrando su cuerpo de modelo, y se acercó a Aoi, besándola en la boca mientras sus manos se enredaban en sus pechos pequeños.
Yo ya estaba encima de Enzo en el sillón, mi coño frotándose contra su polla a través de la tela. Él me arrancó el mono, dejándome en tanga, y me sentó a horcajadas sobre su regazo. Su polla —gruesa, larga, con la punta hinchada— presionó mi entrada húmeda. Me senté despacio, hundiéndola dentro de mí, sintiendo cómo me llenaba. Gemí fuerte y comencé a cabalgar, mientras Enzo mordía mi cuello.
Volteé la cabeza y vi a Marco tumbado boca arriba, con Yuki montada sobre su cara mientras Aoi chupaba su polla. La cabeza de Yuki se inclinaba hacia atrás mientras la lengua de Marco trabajaba su clítoris. Ingrid se acercó a Aoi y se arrodilló detrás de ella, metiendo sus dedos en el coño de Aoi mientras esta seguía chupando a Marco. Un caos de lenguas, pollas, coños y gemidos en japonés, español e italiano.
Enzo me levantó y me llevó a la cama. Me tumbó boca abajo, levantó mis caderas y penetró mi culo sin avisar. Grité, pero era un grito de placer: esa polla cabalgando mi culo, sus huevos golpeando mi coño. Desde abajo, veía a Yuki y Aoi frente a mí: Yuki estaba sentada en la cara de Ingrid, que yacía boca arriba, mientras Aoi se subía a horcajadas sobre el torso de Ingrid y ofrecía su coño a la boca de Marco, que se había girado. Marco la lamía mientras Ingrid lamía a Yuki. Todos girando en una rueda de sexo.
Enzo se vino en mi culo, su semen caliente llenándome. Se retiró y me volteó, metiendo su polla aún húmeda en mi boca. Lo chupé mientras él se corría en mi lengua, se puso duro de nuevo y se excitó rápidamente, y pronto sentí su esperma espeso deslizándose por mi garganta.
Marco se puso detrás de Aoi, que estaba en cuatro patas sobre la cama, y la penetró vaginal. Yuki se colocó frente a Aoi, abriendo sus piernas, y Aoi lamió su coño mientras era follada por Marco. Ingrid se sentó en la cara de Enzo, que ahora descansaba contra la cabecera, y él le chupó el coño con hambre mientras ella gemía y yo, aún con la boca llena de semen, me acerqué a besar a Yuki, mezclando sabores.
Marco se vino dentro de Aoi, y ella gimió fuerte, su cuerpo convulsionándose. Él se retiró y se giró hacia Ingrid, que seguía encima de Enzo. La penetró por detrás, y las dos pollas —la de Enzo en su boca, la de Marco en su coño— la hicieron gritar. Yuki y Aoi se besaban a mi lado, sus lenguas enredadas, mientras yo acariciaba sus pechos.
Enzo se puso duro otra vez, y me llamó. Me monté sobre él, esta vez con Aoi detrás de mí, apretando sus senos contra mi espalda. Yuki se colocó frente a mí sentándose en la cara de Enzo, y comencé a lamer su coño mientras cabalgaba a Enzo. Ingrid seguía siendo follada por Marco, que ahora la tenía boca abajo, embistiendo sin pausa.
Enzo se vino dentro de mí, llenándome mientras yo seguía lamiendo a Yuki. Marco se vino en la boca de Ingrid, y ella lo tragó todo, sonriendo. Después, tirados en la cama en un montón de cuerpos sudados, Yuki recostada sobre mi pecho, Aoi acurrucada contra Enzo, Ingrid riendo con la cabeza en el hombro de Marco, el olor a sexo y a whisky llenando la habitación.
Marco sirvió más whisky. Yuki, en un inglés roto, dijo: “Muy bueno.” Aoi asintió, su mano aun acariciando la polla flácida de Enzo. Ingrid se levantó para ir al baño, y yo la vi caminar con las piernas manchadas, el coño hinchado, el culo rojo de las embestidas.
Antes del amanecer, los pilotos nos dieron a cada una un sobre con cinco mil soles. “Para que recuerden la noche”, dijo Marco, guiñando un ojo. Yo guardé el dinero, me puse mi short y mi polo, y bajé al lobby con las otras tres. Nos despedimos en la puerta: Yuki y Aoi se fueron en un taxi juntas, Ingrid me dio su número, y yo caminé hacia el mío, sintiendo aún los apretones en mis tetas y las palmadas en mis nalgas.
A los treinta, cuando veo algún video de carreras en la tele y reconozco a Marco o Enzo, sonrío. Pienso en esa noche de tres marcas, cuatro mujeres, dos pilotos, y seis cuerpos enredados. Y me digo: “Valió cada sol.”

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