Me cogi a la proveedora madurita
Hola, qué tal. Les dejo este otro relato.
En la ciudad de Monterrey, allá iniciando el año 2019, decidí cambiarme de trabajo. Donde estaba ya se me hacía aburrido, así que busqué algo diferente.
Fue donde conocí a Marcela, una proveedora de este nuevo trabajo. Debo aclarar que en esos momentos yo me encontraba soltero.
Cuando llegué a esta nueva empresa, ya tenía días que el anterior personal había dejado de laborar, por lo que no había quien gestionara los servicios de los cuales estaba a cargo el departamento. Tuve que entrarle al quite: comencé contestando correos y agregando mi número móvil para ponerme al corriente y a órdenes de todo mundo. Fue entonces que ella tomó mi número para llamar por teléfono por cuestiones de facturas atrasadas. Solucionamos la situación y hasta ahí por el momento.
Días después andaba yo con la calentura al mil, por lo que comencé a buscar con quién se pudiera dar algo. Tomé el celular, revisé en WhatsApp posibles opciones y me di cuenta de que apareció la foto de ella; debió guardarme entre sus contactos. Observé cara bonita, lindos labios, le calculé una edad dentro de los 40s. Se me hizo interesante, es muy guapa, pensé. Así que se me metió la idea de intentar algo; no sería la primera vez que hacía algo así.
En los días siguientes compartí un estado para atraer su atención, lo cual funcionó. A los pocos minutos me comentó ella, y otras mujeres de mis opciones, pero la que me importaba era ella. “Ya cayó”, pensé. Y de ahí en adelante comenzamos platicando:
Marcela: Holaa, soy Marcela, te llamé el otro día y guardé tu número, espero no te moleste jeje.
Yo: Hola, Marcela, para nada me molesta, sí lo recuerdo. ¿Cómo estás?
Yo me hice el sorprendido, para no hacer notar que todo estaba planeado.
Marcela: Muy bien, aquí pasando la noche. ¿Y tú? ¿Qué haces?
Yo ya he tratado con mujeres de todas las edades, así que no me era difícil saber cuál era el sentido de la plática y si se podía dar algo o no.
Yo: Pues nada más que llegando del trabajo, estuvo un poco pesado el día.
Lo siguiente fueron preguntas para conocernos un poco más. Resultó que era divorciada. Ufff, debe tener sus necesidades al tope, pensé. Ya tenía yo una gran ventaja. Seguimos platicando por unos días más, esto para generar confianza, hasta que pasado cerca de unos 15 días de estar ligando por WhatsApp volví a lanzar el anzuelo con otro estado y volvió a caer. Se trataba de ir al cine pero no tener con quién. Ella, ni lenta ni perezosa, se apuntó para ir al cine conmigo. Nos pusimos de acuerdo para ir; quedamos un día entre semana. Para ese entonces yo ya con los huevos llenos de leche, porque llevaba tiempo sin coger.
Pasé por ella a su trabajo para movernos en un solo carro y ella dejó su auto en el estacionamiento. Quedamos de regresar terminando la película.
Cuando la vi venir, woow. En lugar de ponerme nervioso me puse caliente, me gustó a la primera. Cuerpo de mujer madura, sexy, muy bonita, estatura media. Vestía formal: pantalón de tela pegado al cuerpo, por lo que podía ver sus piernas sexys carnosas. Debo decir que me gustan las mujeres con piernas gruesas, así que quedé fascinado con Marcela, delicia de mujer. En mi mente solo pensé: lo que me voy a comer, unas ricas nalgas que se le notaban.
Nos saludamos, nos fuimos al cine. Todo transcurría normal, terminó la película y estaba por darme por vencido, pero no quería irme con las manos vacías.
Ya de regreso al estacionamiento de su trabajo donde había dejado su carro, me estacioné en la calle, un poco oscura. Platicamos un poco sobre la película, después nos pasamos a platicar de nosotros, de cuando me habló por primera vez, de cuando comenzamos a platicar por WhatsApp. En eso me dice:
Marcela: ¿Te molesta la luz de los carros?
Yo: Un poco.
Marcela: Vamos a meternos al estacionamiento, no pasa nada, el guardia es amigo mío. Por cualquier cosa le diré que vengo por mi carro, pero en sí no hay problema.
Esta es mi oportunidad, pensé, y nos metimos al estacionamiento que era un terreno baldío adaptado. Estaba mucho más oscuro.
Yo pensaba la forma de dar el primer paso, pero no se me ocurría nada. Pensaba en mil cosas: como que llevábamos mucho rato platicando, eso quería decir que le agradaba. Comencé a rozar su mano, poco a poco, hasta que después parecíamos adolescentes jugando con las manos.
Marcela: ¿Y eso? ¿Por qué me estás agarrando la mano?
Yo: Me gustan mucho tus manos y quería sentir tu piel.
Pasaban los minutos y el tiempo se me acababa. De la nada se me ocurrió decirle “eres muy bonita” al oído y le digo:
Yo: ¿Te da cosquillas, verdad? A ver, otra vez.
Y volví a hacerlo varias veces más, hablarle al oído.
Marcela: Ay, sí me da cosquillas, mira, se me puso la piel chinita jaja.
Yo ya tenía la verga súper dura, estaba que me reventaba de lo caliente.
Y en una de esas ya no me quité. Cuando ella volteó quedamos pegados mejilla con mejilla, por lo que solo giré un poco más y le di un beso en sus bonitos labios. No sé qué pasaría por la mente de ella, pero me correspondió con unas ganas e intensidad riquísima, como si ella también lo estuviera esperando. Yo no me la creía, estaba con la señora bonita, la estaba besando y ella se dejaba hacer todo. Comencé a besar su cuellito, por sus lóbulos. Por varios minutos estuvimos beso a beso, tiempo suficiente para saber que los dos ya estábamos bien cachondos. Empecé a bajar por su pecho, aprovechando el escote de su blusa.
Marcela: ¿Dónde vas, dónde vas? Me dice jadeando.
Yo: A besar tus ricos pechos, preciosa.
Y se los saqué; ya los pezones estaban duritos. Me pegué a ellos, los besaba, los succionaba. Eran tetas blancas y pezón color café claro, una delicia. Besaba uno y acariciaba el otro, así estuve alternando unos minutos. Le recliné todo lo que pude del asiento, quedamos acostados. Ella ya no hacía nada por detenernos, solo se estaba dejando llevar. Pero para mí no era suficiente, yo quería más, que valiera la pena. Empecé a acariciar sus piernas sobre el pantalón. Yo quería llegar a su panochita, pero antes de lograrlo me detuvo.
Marcela: ¿Qué quieres hacer, papi?
Yo: Ya estamos bien calientes, vamos a terminar lo que comenzamos.
Marcela: Estás loco, jamás en mi vida imaginé en un estacionamiento jaja.
Yo: Qué tiene, así es más rico. Vente, vamos para atrás del carro.
Y nos fuimos para atrás. Desabroché su pantalón y se lo bajé hasta los pies sin quitárselo; llevaba una tanguita color beige. Aún entre la poca luz que llegaba pude ver lo mojadita que la tenía. Se acostó, la tomé de sus tobillos, me acomodé, saqué mi verga, pasaba la cabecita por sus labios vaginales. Ella solo le hacía “sssssh, aahhh, sssssh, aaaa”.
Marcela: Ya métela, ya la quiero sentir, te quiero dentro de mí.
Y me abrazó fuerte haciendo que se la dejara ir de golpe.
Marcela: Aaagh, cabrón, la tienes bien rica. Ahhhhh, qué rico me entra, hace tiempo que no cogía. Aaagh.
Gemía rico en cada embestida. Yo seguía sin creerlo: estaba cogiéndome a esa rica madurita, una delicia de mujer.
Intercambiamos de posición; ahora ella se sentó en mi verga y empezó a mover esas ricas nalgas, a subir y bajar, una delicia. Hacía notar que sí tenía tiempo sin sexo. Yo masajeaba y besaba sus pechos. En esta posición no tardó mucho en comenzar a temblar y gemir fuerte. Ufff, qué rico.
Marcela: No mames, me vengo. Aaaagh, aaaagh.
Yo no dejaba de metérsela. En eso otra vez tembló, volvió a tener otro orgasmo, se acostó en mi pecho.
Marcela: No manches, deja respirar, mira cómo me tienes, cabrón.
Yo: Ahora me toca a mí, quiero venirme. ¿Dónde quieres que te deje la lechita?
Yo quería venirme dentro, pero no me dejó.
Marcela: Donde quieras, menos dentro, please.
En eso la puse en cuatro, se la empecé a meter. Qué rica posición, ella se miraba de lo más rica. Le di unos llegues en su culito, pero se quitaba. En eso comencé a sentir que me venía, saqué mi verga y se los embarré en sus nalgas y piernas. Ufff, por lo cachondo que estaba sentí que saqué mucho más leche de lo normal. Acabamos rendidos. Como pudimos nos recuperamos, nos aseamos, salimos del carro. Ella con las piernas temblando aún, me dice:
Marcela: Ya tenemos que irnos, papi. No pensé que me darías una rica cogida hoy jaja.
Yo: Cuando quieras, preciosa.
Le dije. Para despedirnos nos dimos otros ricos besos; le acariciaba sus nalgotas, sus piernas, todo lo que podía. Y otra vez se me paró la verga.
Marcela: Ya párale, ya es tarde.
Yo: Para que veas lo que es tuyo. Cada vez que quieras.
Nos despedimos, ella se subió a su carro y cada quien para su casa. Seguimos viéndonos varias veces más, pero eso será para otros relatos, como la vez que cogimos en el Cerro de la Silla jaja.
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