El Trato Exhibicionista: Mi Balcón y el Grupo del Parque

Yo en ese momento tenía 18 años, mido 1.56 cm, chiquita pero poderosa, soy de pelo negro oscuro y de piel blanca y, hasta donde sé, muy linda. Iba a la universidad, vivía con mis padres y mi hermano menor en una colonia no muy bonita, aunque eso era lo de menos.

Aquí viene lo importante: la casa. Para que puedan entender bien, la casa de mis papás tiene justo detrás un parque de juegos, que a pesar de verse abandonado, de vez en cuando se acercan chicos a jugar fútbol. Mi cuarto es de lo mejor de la casa: está en el segundo piso, pegado a la pared de atrás, con su propio baño y un pequeño balcón que da vista al parque.

La casa entera está cercada con una malla de rejas de metal que terminan justo donde empieza el balcón de mi cuarto. Yo siempre he creído que luce como las de las prisiones, aunque por lo menos en las prisiones hay púas para que no se trepen las personas. En las de mi casa terminan sirviendo solo como una escalera, pero al menos tienen “privacidad”, o un intento: una tela negra que cubre todo el largo de la cerca, aunque ya tiene varios hoyos hechos por el filo de las rejas del metal.

Recuerdo muy bien ese día. Regresaba de la universidad con mi uniforme blanco y mi falda verde, que era lo único que me dejaba pasar el aire a mi cuerpo sudado. Al llegar a casa, como siempre, no había nadie: mis padres trabajan y mi hermano no saldría hasta las 6. Era increíble y, aún más para una chica de 18 años con dos tipos de calor en su cuerpo, tener tanto tiempo a solas, el cual no desaprovecharía para nada.

Pero primero me metí a bañar porque realmente no aguantaba estar ni un minuto más así. Yo usualmente, cada que me baño, dejo la puerta del baño abierta para que entre aire y realmente nadie puede verme, ya que está dentro de mi cuarto. Primero encendí la regadera y me quité mi uniforme; se sentía tan bien al fin quitarse el calor, y me tomé mi tiempo para disfrutar el agua en mi cuerpo.

Aunque mientras me bañaba pasó algo muy extraño: escuchaba voces y algunos golpes que venían de afuera, pero asumí que era alguien jugando en el parque. En fin, terminé y salí, me puse una toalla y la colgué en mi cuerpo para que me tapara hasta el pecho. Pero justo en ese momento logré ver una sombra en mi terraza, del otro lado de la puerta corrediza. Me paralicé unos segundos y rápidamente corrí para ver qué era. Sin salir, veo desde dentro de mi cuarto a un chico que se veía de más o menos unos 20 años, con una playera roja y un balón en sus manos, bajando la cerca de mi casa.

No podía creerlo, estaba aterrada. ¿Me había visto? Si lo hizo, ¿cuánto tiempo fue? ¿Y qué vio? El chico pudo bajar la cerca y reunirse con un grupo de otros 3 chicos y una chica, de edades similares. Se reunieron en un círculo y empezaron a hablar. Yo solo me quedé viendo mientras mi corazón latía muy rápido; solo podía ver cómo cada tanto volteaban hacia mi casa. Era muy obvio de qué hablaban: de mí. Y volví a sentir calor, primero en el pecho con una adrenalina tremenda. Durante minutos no podía comprenderlo, pero yo quería sentirlo otra vez. No estaba segura si era el sentimiento de que no supe cuándo sucedió, sus edades o el mero hecho de que me vieran así, pero necesitaba algo más.

Mi necesidad fue respondida realmente rápido. Unos minutos después, los chicos volvieron a jugar y la pelota volvió a rebotar en mi casa, pero esta vez cayó en el piso de mi patio. El chico ya no quería cruzar, tal vez pensaba que no había nadie y al verme tuvo miedo de que le dijera algo. Así que no lo pensé demasiado: tiré mi toalla y me puse rápido una blusa negra de mi papá que me llegaba a los muslos.

Abrí la puerta de mi balcón y sentí cómo el aire pasaba por debajo de mi blusa hasta mi interior, lo que, combinado con la perfecta vista que tenían esos chicos de mis piernas por debajo de mi blusa, solo hizo mojarme.

“¡Hola!”, les grité parada de puntillas, intentando que se viera tanto como se pudiera debajo de mi blusa.

Los chicos, algo tímidos, empujaron al chico de playera roja que había ido por la pelota antes y dijo con una voz tierna:

“Hola, ¿puedes pasarnos la pelota?”

“¡A claro que sí, chicos, denme un segundo!”

Me di la vuelta de golpe, intentando hacer volar mi blusa, y bajé corriendo. Llegué a mi patio y logré ver que desde los hoyos en la tela de la reja estaban las caras de todos los chicos, hasta de la chica, viendo fijamente cada uno de mis movimientos. Me acerqué a la pelota, me di la vuelta y me agaché, dando una muy buena vista de mi culo. Me quedé unos segundos así y luego la recogí, me giré y la aventé del otro lado de la cerca. Aunque me siguieron viendo durante varios segundos, yo me metí a mi casa y ellos gritaron de forma tierna “¡Gracias!”.

Al entrar a mi casa sentí un calor en mi vientre que nunca había sentido ni en mis mejores sesiones de amor propio. Sabía perfectamente qué iba a hacer: primero mandé mensaje a mis padres para asegurarme de que no vendrían pronto, subí a mi cuarto y no logré aguantar pasarme los dedos. Dios, recuerdo perfectamente estar tan mojada; mis dos dedos entraron sin problema. Justo cuando estaba a punto de poner un vídeo en mi teléfono, escucho desde mi balcón:

“¡Señorita! ¡¿Nos pasas el balón?!”

Lo cual me dejó fría. ¿Lo hicieron a propósito? Ya me había aprovechado lo suficiente, pero igual bajé.

Al salir, misma situación: cada uno de los chicos y la chica viendo fijamente.

“¿Nos puede pasar la pelota?”

Y no desaproveché nada.

“¡A claro!”

Entre brinquitos doy con el balón, pero esta vez me siento sobre él, pego mis labios mojados al cuero del balón.

“Lo siento, chicos, es que estoy muy cansada.”

Me levanto, dejando un hilo de líquido colgando, y levanto el balón sobre mi cabeza, lo que levanta mi blusa arriba de mi ombligo, dejando ver mi depilado coño, y digo emocionada:

“¡¿A quién se lo paso?!”

Los chicos no quieren soltar el ojo que tienen sobre mí, y volteo a ver hasta ahora mi favorito, el chico de camisa roja, parece ser el más chico.

“¡Hey, tú, el de la blusa roja! ¡Atrapa!”

El muy atento intentó hacerse hacia atrás para estar listo, pero realmente no pudo dejar de ver. Yo caminé hacia atrás y pateé el balón con mi pie descalzo, lo que levantó bastante mi blusa durante unos segundos. Una vez cayó, dije:

“¡No estuve mal! ¡Solo ya no lo vuelen!”

Y volví a entrar, más caliente que nunca, lo que solo me daba más y más ideas. Esperé un poco y pude ver cómo ya no siquiera jugaban fútbol, solo hablaban. Ya tenía su atención obviamente y los iba a encarar.

Regresé a mi cuarto, me volví a bañar solo para tener el cuerpo mojado, me puse la toalla de nuevo bastante más arriba de forma que se viera mi culo y salí al patio a “colgar ropa”.

Empecé a agacharme para agarrar ropa del cesto y colgarla; podía escuchar claramente los murmullos de los chicos, y seguí, hasta que finalmente volteé y me hice la sorprendida e intenté taparme con otra toalla.

“¡Oigan! ¡No deben estar viendo a otras personas, no está bien!”

Entonces uno de los chicos dice:

“Déjenos ver.”

Lo cual solo me derritió.

“¿A sí? No deberían preguntar por eso primero. Déjenme ver a mí.”

En ese momento veo cómo la chica los voltea a ver; se ve que eso le emocionaba tanto como a mí. Pero a los chicos no los hizo muy felices.

“No, déjanos ver, por favor.”

“Mmm, no, así no funciona, chicos. Esto es un trato: déjenme ver o nada.”

Los chicos con pena se acercaban las manos al pantalón.

“¡Pero que Eva no mire!”, gritó el chico de la camisa roja.

“Ella también tiene que mirar. Es lo justo”, digo firme.

“No, que se voltee Eva.” “¡Sí, que se voltee Eva!”, dijeron los chicos.

“Ella tiene que ver, si no no hay trato.”

Y finalmente se dieron: cada uno de los chicos bajó su pantalón mostrando su erección, y el chico de camisa roja al lado de Eva igual. Eva no los podía dejar de ver, ni yo tampoco.

“Bien, chicos, un trato es un trato.”

Levanté mi toalla mostrando hasta mi ombligo y me di la vuelta.

“Pero muéstranos más.”

Solo pensaba que estos chicos parecían albañiles, igual de calientes.

“¿Quieren ver más?”, digo con sorpresa.

Finalmente tiré mi toalla y mostré mi cuerpo mojado. No podía evitar soltar ligeros gemidos de mi aliento, doy varias vueltas y me acerco a la reja, paseándome enfrente de los chicos. Curiosamente, los chicos estaban casi paralizados; la única en actuar fue Eva, que empezó a apretar su entrepierna con fuerza.

“¿Así les parece bien?”

Me agacho de modo que quedo frente al pene del chico de la camisa roja.

“Parece que sí les gusta bastante.”

Con la punta de mi dedo índice toco el glande del chico y lo llevo a mi boca.

“Delicioso.”

Finalmente me levanto frente a ellos, me inclino un poco hacia abajo para verlos directamente, junto mis rodillas y apoyo mis manos sobre ellas.

“Bien, ya me tengo que ir, ya van a llegar mis papás”, digo con una sonrisa viéndolos directamente.

Me doy la vuelta y camino hacia dentro de mi casa dando saltitos, dándoles una última vista de mi parte trasera.

“Y ya no espíen a la gente, se van a meter en un problema.”

Finalmente cierro la puerta. Fue increíble.

Luego de eso no pude sacar mis dedos de dentro de mí durante todo el día, y me terminé bañando otras tres veces más esa misma tarde.

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Ivan4692
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