Vacaciones con mi hermana menor
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Vivir en Lima es un caos, pero mi realidad era un caos multiplicado por diez. Imaginen un departamento en un quinto piso, construido justo encima de un colegio pequeño. Mi vida era un ruido constante: gritos de niños, silbatos de profesores, música a todo volumen los fines de semana y el eco eterno de partidos de fútbol retumbando en las paredes. Entre mis papás, mi hermana Melissa, su esposo Aarón, el bebé de tres años, los perros y los gatos, el espacio se sentía asfixiante.
Yo necesitaba escapar. Cuando le propuse a mi novio irnos de vacaciones al Cusco, su respuesta fue la de siempre: «no tengo dinero». Me dolió, no por la plata, sino porque sentía que nunca tenía el interés suficiente para hacer un esfuerzo por nosotros. Así que tomé una decisión: iría de todas maneras, y me llevaría a Melissa.
Melissa y yo somos polos opuestos físicamente aunque midamos lo mismo, 1.61 metros. Ella es gordita, con unas tetas enormes que siempre llaman la atención. Yo, en cambio, soy de tetas pequeñas, pero Dios me bendijo con un culo enorme y unas piernas gruesas que llenan cualquier pantalón. Nos instalamos en la casa familiar en Cusco, que había estado vacía por tres meses. Era nuestro santuario de una semana, lejos del ruido de Lima y, sobre todo, lejos de la mediocridad de mi relación.
No fui con la intención de engañarlo. Yo nunca le había sido infiel. Pero el resentimiento es una llama que se alimenta sola. Cada vez que pensaba en su negativa a viajar, sentía una chispa de rabia. Esa rabia se convirtió en deseo.
Después de dos días de turismo tranquilo, de caminar por las calles empedradas y dormir hasta tarde, el sábado 27 de junio de 2026 decidimos salir. Fuimos a un bar donde el ambiente estaba eléctrico porque jugaba Argentina contra Jordania. Yo me puse mi ropa más sexy, resaltando mis curvas, y el coqueteo empezó casi al instante. Varios hombres se me acercaron; yo repetía como un mantra: «Tengo novio», pero ellos solo sonreían con malicia y me decían: «Pero igual podemos divertirnos, linda».
Allí fue donde apareció Mateo, un amigo de Melissa de hace años. Cuando lo vimos, Melissa casi se atraganta con su trago. Mateo se había puesto increíblemente musculoso, un cuerpo tallado que Melissa no pudo ignorar, ya que hace años ella no le había hecho caso. La tensión sexual en la mesa era palpable. Junto a Mateo, conocimos a un turista argentino, un tipo seguro de sí mismo y con una mirada hambrienta.
Mientras veíamos el partido en la pantallita del bar, mencioné distraídamente que en la casa teníamos una televisión de 65 pulgadas. El argentino no perdió el tiempo. «Vamos para allá a ver el partido en grande», me susurró al oído.
Llegamos a la casa y la ropa voló antes de que terminara el primer tiempo. Follamos en la sala, con la televisión encendida y el partido corriendo de fondo. Cada vez que Argentina marcaba un gol, el argentino me agarraba las nalgas y me daba cachetadas fuertes, dejándome la piel roja y caliente. Yo estaba entregada, sintiendo una venganza deliciosa recorriendo mi cuerpo.
Sin embargo, puse una condición: nada de anal. Yo lo hacía con mi novio, y en mi mente retorcida, pensé que si reservaba mi ano solo para él, de alguna manera seguiría siendo «fiel». El argentino soltó una carcajada y me propuso un trato: «Si Argentina hace tres goles, me das el culo». Yo acepté, convencida de que no pasaría.
Pero el destino —y Messi— tenían otros planes. En el minuto 80, Messi marcó el tercer gol. El argentino gritó de alegría, le agradeció a Messi al cielo y, sin darme tiempo a reaccionar, me volteó y me penetró de una. Llevaba un mes sin hacer anal y el impacto fue brutal. No era tan largo como el de mi novio, pero era absurdamente grueso. Solté gritos de dolor que se mezclaban con la risa, porque el tipo seguía agradeciéndole a Messi mientras me abría paso a paso. Fue intenso, doloroso y jodidamente excitante.
Cuando terminó el partido, Argentina ganó 3-1 y la celebración se trasladó al cuarto principal. Éramos cuatro en una danza de piel y sudor. En medio de todo, el teléfono sonó. Era mi novio.
Contesté mientras el argentino me tenía contra la pared y Mateo me besaba el cuello con hambre. «Hola, mi amor», dije, tratando de que mi voz no temblara por el placer. «Te extraño mucho, te quiero». Él, desde Lima, me decía que había visto el partido, que esperaba que estuviera bien, que me abrigara y que no saliera tarde porque «había hombres peligrosos». Casi me ahogo de la risa mientras sentía la lengua de Mateo recorriendo mi espalda.
Hubo otro momento inolvidable en la sala. Estaba desnuda, de pie, hablando con mi novio en otra llamada diaria. Mateo, que estaba tomando un trago, decidió que era el momento perfecto para jugar. Dejó su vaso y se arrodilló detrás de mí, hundiendo su lengua directamente en mi ano. El choque fue tan fuerte que casi suelto un gemido en el teléfono. Tuve que luchar contra mis instintos, tartamudeando y haciendo pausas largas para que mi novio no sospechara que un hombre musculoso me estaba lamiendo el culo mientras yo le decía cuánto lo amaba.
Mientras tanto, Melissa estaba en su propio paraíso con Mateo y el argentino, sorprendida de verme tan desinhibida, nalgueando a los hombres y acariciándolos mientras yo me perdía en el placer.
El domingo no salimos. Ni el lunes, ni el martes. La casa se convirtió en un burdel privado. Experimenté cosas que jamás imaginé: dobles penetraciones donde sentía a ambos hombres llenándome al mismo tiempo, uno en la vagina y otro en el ano, mientras Melissa nos observaba y participaba, excitada por la depravación de la escena.
Se suponía que debíamos volver el viernes, pero el deseo era más fuerte que la responsabilidad. Retrasamos el vuelo dos días más, aprovechando cada segundo de esa libertad prohibida. Regresé a Lima, al ruido del colegio y a los brazos de mi novio, llevando conmigo el secreto de que, en el silencio de la casa de Cusco, me había convertido en alguien que él jamás llegaría a conocer.
