Una aventura con el nuevo, y yo que me la creí
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Me llamo Stephanie, tengo 28 años y llevo un año trabajando en esta oficina de marketing en el centro de la ciudad. Mi vida es predecible: reuniones interminables, cafés con colegas y las noches con Martín, mi novio desde la universidad. Él es dulce, pero blando, con esa pizca de panza que se acumula de las cenas compartidas. Mide 1.75, como yo, y su cuerpo no es atlético; es cómodo, familiar. Yo, en cambio, cuido mi figura: 90-70-98, curvas que me hacen sentir sexy cuando me miro al espejo, con mi pelo castaño largo y ojos verdes que captan miradas. Pero últimamente, siento un vacío. Quiero algo más emocionante.
Hoy es lunes, y el nuevo llega: Johann. Lo anunciaron en el email de la semana pasada. Entra a la sala de reuniones con esa confianza que me deja sin aliento. Alto, como 1.85, músculos definidos bajo la camisa ajustada, pelo rubio corto y una sonrisa que parece saber todos mis secretos. Es el nuevo gerente de proyectos, transferido de otra sucursal. Durante la presentación, no puedo evitar mirarlo. Sus ojos azules se cruzan con los míos un segundo, y siento un cosquilleo en el estómago. ‘Bienvenido, Johann’, digo cuando nos presentan, extendiendo la mano. Su apretón es firme, cálido. ‘Encantado, Stephanie. He oído que eres la experta en campañas aquí’. Su voz es grave, con un leve acento alemán que me eriza la piel.
Los días siguientes son un torbellino. Compartimos el piso, y él siempre encuentra excusas para charlar: un café en la máquina, una pregunta sobre el software. Es charmoso, bromista, y cada vez que se acerca, huelo su colonia fresca, masculina. Martín me manda mensajes dulces, pero yo respondo distraída. Una tarde, en el ascensor solos, Johann se para cerca. ‘¿Planes para el fin de semana?’, pregunta, rozando mi brazo accidentalmente. ‘Nada especial’, miento, porque con Martín solo vemos series. ‘Deberíamos salir algún día, celebrar mi llegada’. Su mirada es intensa, y yo río nerviosa. ‘Tal vez’. El ascensor se abre, pero el calor entre mis piernas no se va.
La tensión crece. En una happy hour de la oficina, después de unas copas, Johann se sienta a mi lado. Hablamos de todo: viajes, ambiciones. Su mano roza mi rodilla bajo la mesa, y no la aparto. ‘Eres increíble, Steph. Tan vibrante’, dice, y yo me sonrojo. Martín llama, pero lo silencio. Cuando salimos, Johann me ofrece llevarme. ‘No vivo lejos’, insisto, pero él insiste: ‘Déjame, es peligroso sola’. En su auto, el aire está cargado. Aparca cerca de mi edificio, pero no me bajo. ‘Gracias por la noche’, digo. Él se inclina: ‘Podríamos continuar en mi depa. Vivo a dos cuadras, solo un trago’. Mi mente grita que no, que tengo novio, pero mi cuerpo traiciona. ‘Solo un trago, ¿eh? Nada más’, me digo a mí misma, mintiéndome. ‘Está bien’, respondo, y salimos del auto.
Su departamento es moderno, minimalista, con vistas a la ciudad. Sirve whisky, y nos sentamos en el sofá. Hablamos, reímos, pero sus ojos devoran mi escote. ‘Eres preciosa’, murmura, y me besa. Sus labios son firmes, exigentes. Intento resistir un segundo, pero me rindo. Sus manos recorren mi espalda, bajan a mi culo, apretando mis nalgas redondas. ‘Johann…’, gimo, pero él ya me empuja contra el sofá, quitándome la blusa. Mis tetas, 90 de copa C, rebotan libres. Él las chupa, muerde los pezones duros, y yo arqueo la espalda. ‘Dios, qué ricas estás’, gruñe. Le quito la camisa, tocando sus abdominales marcados, tan distintos a la suavidad de Martín. Nunca había sentido un cuerpo así, puro músculo, piel tensa.
Nos desnudamos rápido. Él se para, y yo jadeo al ver su polla: enorme, gruesa, venosa, al menos 20 cm, colgando pesada entre sus piernas musculosas. Martín es modesto, pero esto… es otra liga. ‘¿Te gusta?’, pregunta con una sonrisa arrogante. Asiento, hipnotizada. Me arrodillo torpemente, envuelvo mi mano alrededor del tronco, pero apenas lo cubro. La masturbo arriba y abajo, lenta al principio, sintiendo cómo se endurece, late en mi palma. ‘Así, perrita’, dice, guiando mi mano más rápido. La salivao un poco para lubricar, pero mis movimientos son inexpertos, ansiosos. Él gime, enreda sus dedos en mi pelo.
Me levanta, me lleva a la cama. ‘Abre las piernas’, ordena, y yo obedezco, exponiendo mi coño depilado, ya mojado. Él se arrodilla, lame mi clítoris con lengua experta, chupando fuerte. ‘¡Sí, Johann, no pares! ¡Me encanta tu lengua!’, grito, agarrando las sábanas. Mis caderas se mueven solas, frotándome contra su boca. Introduce dos dedos, curvándolos dentro de mí, follándome con ellos mientras succiona. ‘Estás tan apretada, tan húmeda para mí’, murmura. No me callo: ‘¡Más, fóllame con los dedos! ¡Eres tan bueno, Martín nunca… oh, ¡Dios!’. Casi se me escapa el nombre, pero lo trago. Él ríe, lame más rápido hasta que exploto en un orgasmo, temblando, gritando su nombre.
No me da respiro. Se sube encima, frota su polla gorda contra mi entrada. ‘Vas a sentirme toda’, dice, y empuja. Duele al principio, estira mi coño al límite, pero el placer lo sigue. ‘¡Joder, qué grande eres! ¡Me estás partiendo!’, gimo, clavando uñas en su espalda. Él embiste profundo, rudo, sus bolas golpeando mi culo. La cama cruje, y yo no paro de hablar: ‘¡Fóllame más fuerte, Johann! ¡Tu polla es increíble, lléname!’. Él me voltea a cuatro patas, agarra mis caderas anchas de 98, y me penetra de nuevo, azotando mi trasero. ‘Toma, ricotona, esto es lo que querías’, gruñe, pero yo no lo noto, perdida en el éxtasis. Siento cada vena, cada thrust que me roza el punto G. Sudamos, el cuarto huele a sexo.
Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo, mis tetas rebotando mientras bajo sobre su verga. ‘¡Mírame, Johann! ¡Soy tuya!’, grito, girando las caderas. Él pellizca mis pezones, me azota el culo. Luego me pone contra la pared, levantándome una pierna, follándome de pie. Sus músculos se tensan, y yo envuelvo mis piernas alrededor de su cintura. ‘¡No pares, dame todo! ¡Eres el mejor que he tenido!’, balbuceo, besando su cuello. El sexo dura una hora, rough, interminable: misionero, perrito, cucharita. Él me come el culo con la lengua un rato, lamiendo mi ano mientras frota mi clítoris, y yo suplico: ‘¡Sí, ahí, lame mi culo! ¡Quiero tu polla en todos lados!’. Finalmente, me pone de rodillas y se corre en mi boca, chorros calientes que trago ansiosa. ‘Buena chica’, dice, y yo sonrío, exhausta.
Después, acurrucada en su pecho, siento mariposas. Esto es real, pienso. ‘Me llamas mañana, amor? ¿Salimos el fin de semana?’, pregunto, ilusionada, trazando círculos en su abdomen. Él asiente vago: ‘Claro, perrita’. Me visto, besándolo una última vez, y salgo flotando. En casa, mi teléfono vibra: 15 mensajes de Martín, preocupados. ‘¿Dónde estás? Te extraño’. Ignoro todo, me meto en la cama sonriendo, soñando con Johann.
Despierto al mediodía, con resaca y el cuerpo dolorido, pero feliz. Reviso el teléfono: más mensajes de Martín, cuatro llamadas perdidas. Suspiro. Anoche fue una revelación; no puedo seguir con él. Le escribo: ‘Martín, lo siento, pero tengo que cortar. Quiero probar nuevas cosas en la vida, no es por ti, es por mí’. Envío, bloqueo las notificaciones. Ahora, Johann. Le mando: ‘Amorcito, ¿almorzamos juntos? ¿Vienes por mí?’. Espero, ansiosa. Su respuesta llega: ‘No puedo perrita, estoy follando con una chica del club’. Adjunta una foto: él, desnudo, polla dura enterrada en una rubia tetona, sonriendo a la cámara.
El mundo se derrumba. Mi estómago se revuelve, lágrimas queman mis ojos. ¿Qué? ¿Ya? Anoche fue tan intenso, tan nuestro. Miro la foto una y otra vez: su cuerpo perfecto sobre otra, esa sonrisa que era mía hace horas. Siento náuseas, traición punzante en el pecho. ‘¿Por qué?’, escribo temblando, pero borro. Soy una idiota, ilusionada como una tonta. Me acurruco en la cama, sollozando, el cuerpo aún marcado por sus manos, pero el corazón hecho trizas. ¿Cómo pude pensar que éramos algo? La foto quema en mi mente, su polla en ella, no en mí. Me siento sucia, usada, y el vacío es peor que nunca.
