Sorpresa por mi cumpleaños y algo más
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Salí de clases un sábado por la tarde con ganas de llegar a casa y tirarme en la cama. Cumpleaños o no, estaba cansada. Llevaba un top amarillo que me marcaba bastante el pecho, una chamarra de cuero negra y unos mini shorts de jean que apenas me cubrían el culo. Medía 1.63 y con ese outfit se me notaba todo.
Mi novio me había escrito diciendo que me recogía para “tomar algo tranquilo”. No sospeché nada.
Cuando entramos al bar y vi a casi todos mis amigos reunidos en una mesa grande, me quedé congelada. Empezaron a cantarme el cumpleaños mientras me abrazaban uno por uno. Me sentí querida… y también un poco expuesta. El top amarillo no dejaba mucho a la imaginación y varios de los chicos ya me estaban mirando el escote.
Nos sentamos. Pedimos comida y empezaron a llegar las bebidas. Había un amigo que estaba con su novia, pero no disimulaba nada: me miraba las tetas cada dos segundos. Yo me di cuenta al instante. En vez de molestarme, me reí por dentro y empecé a jugar. Me acomodaba el top, me pasaba las manos por los pechos como si solo estuviera acomodándome, sabiendo perfectamente que él no apartaba la vista. Me gustaba.
Luego llegó la camarera con una bandeja de shots, velas y la típica música de cumpleaños. Me volvieron a cantar. Me obligaron a tomar tres tequilas seguidos. Dos se los invité a mi novio y a mi mejor amiga. El alcohol subió rápido. Empecé a sentirme más suelta, más caliente. Reía más fácil. Dejaba que los abrazos duraran un segundo de más.
Las horas pasaron. Todos estábamos un poco mareados. Los chicos se ponían cada vez más cariñosos. Me abrazaban por detrás, me hablaban al oído, me decían lo afortunado que era mi novio. Y de vez en cuando, cuando pensaban que nadie miraba, una mano rozaba mi culo o subía un poco más de lo necesario por mi cintura. No solo a mí. También a las otras chicas. El ambiente se había vuelto pesado, cargado.
Fue entonces cuando mi novio propuso seguir la fiesta en su departamento.
Éramos unas catorce personas. Compramos más alcohol en el camino. Subimos en dos ascensores pequeños y quedamos muy apretados. En el mío sentí claramente una mano que me rozó el culo, luego lo agarró con más intención. Solté un gemido bajito. Nadie dijo nada. Yo tampoco.
En el departamento pusieron la música fuerte. Seguimos bebiendo. Como era mi cumpleaños, todos se empeñaban en que tomara. Los chicos ya no disimulaban tanto. A la mínima oportunidad me tocaban las tetas o el culo. Yo estaba cada vez más mojada. Mi novio se acercaba de vez en cuando, me besaba con fuerza y luego volvía a la conversación como si nada.
En un momento dado el estómago me dio un vuelco. Me sentí mal. Fui al baño a vomitar. Entré con prisa y no eché el seguro.
Estaba apoyada en el lavamanos cuando sentí que alguien entraba. Unos brazos me rodearon por detrás y una mano empezó a acariciarme encima del short. Pensé que era mi novio. Cerré los ojos y me dejé llevar. La mano bajó, me agarró el culo con fuerza y luego se deslizó hacia adelante, rozándome entre las piernas.
De pronto me dio la vuelta.
No era mi novio.
Era el chico que me había estado mirando toda la noche.
Me sorprendí, pero no grité. Él, con un movimiento rápido, me bajó el cierre de los shorts y metió la mano hasta mi entrepierna. Sus dedos rozaron mi coño, que ya estaba empapado. Solté un suspiro. Me besó con desesperación mientras me decía al oído:
—Toda la noche estuve esperando para hacerte mía…
Me quité la chamarra casi sin darme cuenta. Me quedé solo con el top amarillo, los pezones marcados claramente. Él seguía frotándome el coño por encima de la tanga, metiendo los dedos un poco más cada vez. Yo estaba quieta, inmóvil, pero increíblemente caliente.
De pronto tocaron la puerta con fuerza.
Nos separamos rápido. Me subí los shorts como pude. La puerta se abrió y era una de mis amigas, que necesitaba entrar con urgencia. Salimos los dos intentando disimular. Yo ya no llevaba la chamarra, solo el top y los mini shorts.
Nadie pareció darse cuenta de nada.
La fiesta siguió hasta las cuatro o cinco de la mañana. Poco a poco todos se fueron. Cuando salieron los últimos, quedamos solos mi novio y yo en la sala, con la luz todavía encendida.
Nos sentamos en el sofá. Seguimos tomando entre besos y caricias. En poco tiempo estábamos desnudos. Nos masturbamos mutuamente un rato, mirándonos, hasta que él me subió encima.
Me puso de frente, mirándolo, y me hizo cabalgarlo con fuerza. Grité. Su polla se hundía hasta el fondo de un solo movimiento. El sofá estaba justo frente a la ventana y se veía el edificio de enfrente. Imaginé que en alguno de esos departamentos con la luz prendida había hombres mirándome, tocándose mientras mi novio me follaba. La idea me volvió loca. Empecé a gemir más fuerte y a pedirle que me diera más duro.
Él me hacía beber de la botella mientras me penetraba. El alcohol me caía por el pecho y él lo lamía con hambre, chupándome los pezones al mismo tiempo.
De pronto me puso en cuatro. Sin avisarme, sin preguntar, sintió mi culo y empezó a empujar. Grité de dolor. No me lo esperaba. Me follaba el culo con fuerza, profundo, y aunque dolía como el demonio, el placer y la excitación eran más fuertes. Me agarraba de las caderas y me empujaba contra él una y otra vez.
Estuvimos así un buen rato, cambiando de posiciones, empapados en alcohol y sudor, hasta que nos desplomamos en el sofá, completamente desnudos y agotados.
Desperté a la una de la tarde. Seguía mareada y el cuerpo me pesaba. Mi novio salía del baño, todavía desnudo. Se acercó y me besó. Yo, sin pensarlo, le agarré la polla y empecé a frotarla, mirándolo a los ojos. Él entendió.
Me volvió a follar ahí mismo, más despacio pero igual de profundo. Después nos duchamos juntos y me fui a casa.
Todavía hoy, cuando recuerdo esa noche, se me pone la piel de gallina.
