Pase de solo espiar a mucho más
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Pase de solo espiar a mucho más.
Esto es de cuando me fui a otra ciudad a estudiar en la universidad.
En ese momento tenía 18 años me fui a casa de un familiar de mi mamá, pariente lejano que no yo conocía me fui por la aventura y para salir de mi casa.
Bueno al sitio que llegue era una ciudad portuaria, tenía varias playas y eso me animó más .
Llegué a la casa y pues una casa normal humilde la familia muy buena conmigo, Ami me dieron una pieza que tenían en la parte trasera de la casa, era solo una pieza tenía su baño y una sola habitación pero el baño de la habitación estaba separado con una cortina casi invisible.
A todo esto pasaron como 3 meses y todo estaba bien tranquilo en la pieza, en la casa, pero un día llegó una nueva inquilina, una señora ya casi de los 40 o más la verdad nunca supe que edad tenía, ella llegó a la casa ya que era prima de la dueña de la casa y está se vino porque quería trabajar aquí en la ciudad y después conseguir algo mejor, la señora de la casa muy amable la recibió y le dió lugar en mi pieza.
Ella era una mujer alta, rellenita no tenía los senos muy grandes pero si un gran culo, un trasero bien pronunciado la verdad que cuando llegó fue lo primero que ví .
Llegó y se instalo en la pieza, colocaron otra cama, yo estaba a una punta de la pared que daba cerca del baño y ella en el otro extremo cerca de la puerta.
Los días pasaron y yo poco a poco me iba fijando más en ella y sobre todo en ese culote que tenía, por las noches me hacía el dormido para cuando ella llegaba a acostarse se cambiaba ahí mismo en su cama y yo con los ojos entre abierto la espiaba.
Siempre usaba shorts cortos, que hacía que se le marcaran los muslos y esas grandes piernas yo cada vez me fijaba más no podía dejar de mirarla, pase de mirar a ahora oler su ropa interior, cuando yo me quedaba solo en la pieza buscaba entre su ropa y sacaba su ropa interior, le gustaba usar hilos muy diminutos, pues se veían pequeños y ella era una mujer de grandes proporciónes.
Paso como un mes y ella comenzó a salir de fiesta casi todos los fines de semana, llegaba de madrugada borracha haciendo ruido por toda la pieza pero como era ya muy tarde Ami el sueño me dominaba y ya ni cuidado le ponía.
Ella salió un sábado y yo sabía que iba a llegar ebria como siempre, así que me prepare, me dormí temprano y coloqué una alarma en mi teléfono como a las 3 am ya que esa es casi siempre su hora de llegada, se llegó la hora mi teléfono sonó y me desperté de inmediato, mire a su cama y no estába así que me levanté fui al baño y me lave la cara para que se me pasará el sueño, mientras me lavaba la cara escucho ruidos por fuera, me incorpore rápido y me acosté de una forma que quedaba mirando a la cama de ella.
Ella llegó, ya pasada de tragos, haciendo ruidos como siempre, encendió su lámpara de noche lo que era ideal para mí ya que así veia con claridad todo lo que hacía, esa noche traía puesto un pantalón ajustado pero muy ajustado que se notaba perfectamente la silueta de sus piernas y culo, una blusa con escote algo pronunciado dejando ver un poco sus pechos, no tan grande pero si paraditos.
Se sentó en la cama y se comenzó a quitar la blusa, poco a poco pude ver cómo su torso quedaba completamente desnudo, sus pechos paradito y sus pezones firmes, ahora se recuesta en la cama y se desabotonada el pantalón entre intentos de persona ebria logro desabotonarla con algo de esfuerzo, comienza a bajarlo y puedo ver cómo todo eso va quedado solo en hilo en frente de mi, bueno a mi vista desde lo oscuro. Lo baja casi por completo pero no le sale de sus pies, comienza a forcejear torpemente y en eso escucho un fuerte golpe, se callo de la cama dando un gran golpe, yo me levanté de inmediato y fui a ayudarla, me acerque a ella y ella intentaba pararse, pero sin lograrlo pues estaba totalmente ebria y con los pantalones atorados que no se los podía quitar.
Le ofrecí mi ayuda, ella solo tendió la mañana y dijo, — Ayúdame– mi pijama está en mi closet, era un clóset pequeño y por supuesto yo ya sabía dónde estaba su pijama, primero la ayude y la tumbe en la cama ella estiró los pies y haciendo seña de que la ayude a quitar sus pantalones.
Yo no podía dejar de verla, ver cómo sus senos firmes y redondos, sus piernas grandes y ver ese triángulo de tela que tapa todo lo que tiene ahí entre las piernas, ya forcejeamos un poco y logré quitar sus pantalones por completo, cuando la miro para decirle dónde lo colocaba me doy cuenta que ya está dormida, tendida en la cama solo con esa pequeña prenda que la cubre.
A ella también le gustó.
Me acerqué a su rostro haciéndole señas y llamándola por su nombre. Le moví los hombros suavemente. Ella murmuró algo y entreabrió los ojos, aún somnolienta. Sonrió al verme y me pasó una mano por el brazo.
—¿Qué haces? —preguntó con voz ronca, pero sin molestia.
—Estaba viendo si estabas bien —respondí, acariciando su mejilla.
Ella se estiró, me miró a los ojos y con una sonrisa pícara me jaló hacia sí. Me besó con calma, y yo respondí al beso. Sus manos comenzaron a recorrer mi espalda, y sentí que ella estaba despierta y dispuesta.
—¿Segura? —le pregunté, deteniéndome un momento.
—Sí, sigue —dijo ella, clara y firme, mientras me desabotonaba la camisa.
Yo comencé a besar su cuello, bajando despacio hacia su pecho. Ella arqueó la espalda, disfrutando cada caricia. Con calma, deslicé mi mano hacia su muslo y luego hacia su entrepierna, acariciando por encima de la tela. Ella abrió un poco más las piernas, invitándome a seguir.
—¿Me dejas? —pregunté, con la mano ya sobre su ropa interior.
—Sí, quiero que lo hagas —respondió sin dudar, mirándome fijamente.
Corrí su ropa interior a un lado y mis dedos encontraron su humedad. Ella suspiró y movió sus caderas al ritmo de mis caricias. Introduje dos dedos lentamente, y ella me apretó la mano, pero no para detenerme, sino para guiarme.
Bajé mi cara hasta su sexo y comencé a lamerla con calma, siguiendo sus reacciones. Ella se retorcía de placer, pero estaba completamente consciente, diciéndome con gemidos que siguiera. Su mano se enredó en mi cabello, apretando cuando yo acertaba.
—Quiero que me penetres —dijo ella, mirándome con deseo.
Nos movimos juntos. Ella se puso de lado, ofreciéndome su espalda y sus caderas, y yo me coloqué detrás de ella. Antes de entrar, le pregunté una vez más:
—¿Segura?
—Sí, dame duro —respondió ella con una sonrisa.
Entré despacio al principio, y ella empujó sus caderas hacia atrás, pidiendo más. El ritmo fue aumentando, pero siempre con ella participando, moviéndose conmigo, diciéndome cuánto le gustaba. Sus nalgas chocaban contra mí, y yo agarraba sus caderas con firmeza, pero siempre atento a sus gestos y palabras.
Cuando estuve cerca del clímax, le dije:
—Me voy a venir.
—Hazlo —respondió ella, sin dudar.
Me salí justo a tiempo y terminé sobre sus nalgas. Ella se rió, satisfecha, y me jaló para abrazarme. Nos quedamos un momento en silencio, pegados el uno al otro.
—¿Estás bien? —le pregunté, acariciando su cabello.
—Muy bien —dijo ella, besándome—. ¿Y tú?
—Perfecto —respondí, abrazándola.
Nos dormimos abrazados, sin teléfonos, sin grabaciones, sin nada que ella no hubiera aceptado. Esa noche fue el inicio de algo más entre nosotros, pero siempre con respeto y con su consentimiento claro en cada paso.
