Mi Hijo y sus amigos en una increíble orgía

Soy una verdadera adicta al sexo, me llamo Lucía y tengo 40 años. A los 18 años me quedé embarazada, así que con 18 años estaba casada y con un bebé. Siempre fui una mujer alta y fuerte con un poderoso trasero y potentes muslos; me decían que estaba muy buena y yo me reía.

Empecé a tontear con Luis, dos años mayor que yo, así que, como digo, a los 18 casada y con un bebé. El parto fue muy complicado y el doctor nos dijo que no podía tener más hijos. Luis trabaja con su padre; tienen la representación de maquinaria agrícola en varias provincias, lo cual implica que viaja mucho.

Los dos somos muy ardientes; raro es el día que no tenemos sexo, y cuando vuelve de visitar algún cliente después de estar dos o tres días fuera, nos comportamos como verdaderas fieras. Como recién casados, a Luis le encanta que me acueste solo con el camisón, cosa que ya es costumbre en mí.

Visito muy a menudo a mis padres, sobre todo los fines de semana, bien los tres o yo sola con mi hijo cuando Luis está fuera. Allí tengo mi habitación; si no van mis hermanos, mi hijo Dani duerme en una de las habitaciones; si va alguno, en nuestra habitación.

Así pasaron los años, pero hace dos años me ocurrió algo precioso. Llegado el viernes, Luis estaba en otra provincia con unos clientes y no llegaba hasta el domingo, así que después de comer mi hijo y yo nos dirigimos al pueblo. Llegando a media tarde a casa de mis padres, me encontré que estaba mi hermana Rosa con su marido y su hija; nos alegramos mucho, pasaríamos el fin de semana muy animado.

Mi hijo con mi padre y cuñado estaban en el granero intentando poner un portón; mamá, mi hermana y yo en la cocina charlando, cuando sonó el teléfono. Mi madre lo cogió y al rato dice: “Anda, vuestro hermano está en camino con sus hijas para pasar el fin de semana”. Nos alegramos de nuevo; nos reuniríamos todos, lo pasaríamos de maravilla. Más tarde, estando yo con mamá en la cocina, me dice: “Cómo nos arreglaremos para dormir”. “No te preocupes mamá, Dani duerme en mi habitación”. “Hija, ya tiene 20 años”. “No pasa nada mamá, es un cielo”. “Bueno, tú sabrás”.

A última hora llegó mi hermano con su esposa e hijas, y después de cenar se nos hizo las 12, así que mi padre dijo que se iba a acostar para por la mañana intentar acabar el portón; ahora tenía mucha ayuda. Así que los hombres y las chicas se fueron a acostar, y nosotras nos quedamos charlando en la cocina. Después de un buen rato, decidimos acostarnos.

Me encaminé a mi habitación y entré sin dar la luz; me desvestí como de costumbre, me puse el camisón y me acosté de espaldas a mi hijo. Dormía como un angelito; después de un rato me dormí.

Por primera vez sentí la verga de mi hijo. No sé qué hora sería, pero me desperté; mi hijo estaba a mi espalda abrazado a mí, podía sentir su respiración en mi cabeza, seguía dormido; tenía un brazo bajo mi cabeza y el otro abrazándome por mi cintura, estaba pegado a mí, sentía su pene tieso como un palo a la altura de mi ano. No me moví ni un músculo; me estaba excitando, aquel pene tocando en mí, me empecé a poner húmeda. Dios, me estaba poniendo a cien. Me moví un poco pero seguía durmiendo.

Hice unos movimientos hasta que su pene estaba tocando mi vagina; él seguía durmiendo, yo estaba goteando, estaba sintiendo su pene en mi vagina. Hice un poco de presión y entró como un rayo. Al rato mi hijo empezó a bombear; yo no movía ni las pestañas, tuve un orgasmo sin moverme lo más mínimo. Aceleró el bombeo y se corrió como una bestia; podía sentir cómo el semen salía de mí y me empapaba los muslos. Seguí sin moverme; se le fue deshinchando, la sacó, se dio la vuelta y siguió durmiendo.

Me quedé dormida hasta que el sol me despertó a las 10 de la mañana; mi hijo ya no estaba. Me duché y bajé a la cocina donde mi madre, hermana y cuñada estaban con las cacerolas. “Hija, dormiste bien, vaya horas”. “Sí mamá, dormí de maravilla”.

Pasamos el día; yo no podía quitarme de la cabeza lo ocurrido. Mi hijo, los ratos que estuve con él, tan amable como siempre. Así que llegó la noche y de nuevo pasó lo mismo.

Después de comer nos dirigíamos a casa en la capital; mi hijo y yo hablamos de diversas cosas, riéndonos todo el camino. Cuando llegamos a casa ya estaba Luis.

Pasó la semana y el jueves me preguntó: “Mamá, vamos este fin de semana al pueblo”. “Te apetece ir”. “Sí, claro que sí”. “Luego preguntamos a papá”.

Ese fin de semana nos acompañó Luis, así que Dani durmió en la habitación de mi hermano. A la semana siguiente Luis dice que el miércoles y jueves se va a otra provincia a visitar unos clientes, así que el miércoles después de cenar me dice mi hijo: “Mamá, puedo dormir contigo”. “¿Por qué no hijo?”. “No está papá, para que no duermas sola”.

Yo me sonreí, y seguro que mi cara se me encendió, como la de mi hijo cuando le dije que sí. Los dos días ocurrió lo mismo que en el pueblo; mi hijo, creyéndome dormida, me folla. Desde entonces, siempre que Luis está de viaje, mi hijo duerme conmigo.

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