Mi esposa cachonda no duerme sin sentir la verga por el culo

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Mi esposa es una diosa con cara de ángel y un culo que parece esculpido por el mismísimo demonio. Esa mujer tiene unas nalgas redondas, firmes, que rebotan a placer cuando camina, y un ojete rosadito que me vuelve loco cada vez que lo veo. Pero lo mejor de todo es que es una pendeja de aquellas: no hay noche que pase sin que ella me mire con esos ojos suplicantes, pidiéndome que le dé su ración de verga antes de dormir. Y yo, como buen esposo, jamás le niego lo que tanto necesita.

Cuando se pone así de caliente, ella solita se voltea en la cama, se levanta esas nalgas perfectas y se abre el culo con las dos manos, mostrándome ese culo que me llama como un imán. “Métemela, mi amor, despacito”, me ruega con esa vocecita que me derrite. Yo me paro detrás de ella, agarro mi verga gruesa y dura, y la froto contra su esfínter hasta que siento que está lista. Luego, con paciencia de santo, empiezo a empujar suavecito, centímetro a centímetro, hasta que la cabeza corona y siento cómo su culo me aprieta rico.

Ella gime, se retuerce, pero no me pide que pare; al contrario, me suplica más. “Sigue, amor, lléname el culo completo”, dice mientras empuja su culo hacia atrás para recibirme mejor. Yo sigo metiéndole hasta el fondo, hasta que mi pinga entera desaparece dentro de ese ojete caliente, y siento cómo su esfínter se acostumbra a mi grosor. Entonces empiezo a moverme, primero lento, después más rápido, mientras ella se corre una y otra vez gritando mi nombre.

Cuando ya llevamos un buen rato, ella me pide más duro, más profundo, y yo se la doy como a ella le gusta: hasta el fondo, hasta donde ya no cabe, hasta que siento que voy a reventar. “Correte mi culo, papi, dame todo”, me grita, y yo termino adentro, llenándole ese culito con mi leche caliente, dejándole la corona bien abierta y contenta. Ella se queda temblando, con el culo ensanchado, y yo me recuesto a su lado, satisfecho de haber cumplido mi deber de esposo.

Al final, ella se duerme con una sonrisa en la cara, con mi polla aún adentro de su culito, y yo la abrazo sintiendo cómo su cuerpo se relaja. Esa mujer es mi perdición, mi cachera consentida, y no hay noche que no disfrutemos así. Porque una esposa así no se encuentra todos los días, y yo sé que soy el hombre más afortunado del mundo por tenerla a ella, con su culo perfecto y ese ojete que siempre está listo para mí.

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Juan Felipe
Juan Felipe
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