Me volví el macho de mi joven hija¡¡
Sus gemidos eran largos, profundos, intensos. Sus esbeltos muslos temblaban con la piel blanca, suave, tercia erizada. El tono de voz que empleaba era el mismo dulce, suave, tierno que tan bien yo conocía. Su vientre planito subía y bajaba al ritmo de los espasmos de placer que la recorrían, y sus deditos suaves, tibios, delicados con esas uñas largas y afiladas se hundían nerviosos entre mis cabellos: por momentos hundiendo más mi cabeza, por momentos deteniéndome como si no fuera capaz de aguantar más esas oleadas de rico placer que la invadían.
Yo la miraba. Miraba ese cuerpo hermoso, delgadito, frágil, delicado, desnudo que tenía frente a mí, pensando en qué momento ella se había convertido no solo en esa preciosa mujercita, sino en qué momento ambos habíamos dejado de vernos en lo que éramos ella y yo. Porque era indudable que Anahí se sentía atraída hacia mí. Lo había notado hace tiempo: por cómo me miraba, por cómo suavizaba y mimaba su tono de voz al hablarme, por esos mensajes tan amorosos que nos enviábamos a diario, por cómo su cuerpo flaquito pero de curvas sensuales y perfectas se cimbraba, se estremecía cada que la tocaba, cada que la abrazaba estrechándola entre mis brazos.
Tenía a Anahí tumbada sobre su cama con las esbeltas, flaquitas y hermosas piernas abiertas, muy abiertas. Yo frotaba mi lengua ansiosa y experta sobre su clítoris sonrosado, lamía ese rico clítoris causándole espasmos de placer, esos quejidos, esos gemidos y jadeos tan intensos y profundos que salían de su garganta, mientras delicado pero insistente la dedaba de lo lindo: hundía un par de mis dedos muy dentro de aquella grutita tan húmeda y cada vez más jugosa, más lubricada. Qué rico sonido escapaba de aquella entrada que yo perforaba insistente con mis dedos, mientras no dejaba de frotar su clítoris, de chupar casi mordiendo esos labios delgados, delicados, bordeados de ensortijados, lustrosos, negros vellos hermosos. La dedaba bien rico y chupaba cubriendo casi en su totalidad ese pequeño y delicado triángulo de vellos preciosos. Todo en Anahí es hermoso, precioso, delicado.
Olía y aspiraba con deleite y lujuria esa rajita preciosa. Ya conocía su aroma tan perfecto, pues desde hacía unas semanas esperaba a que saliera de la ducha para tomar sus pantaletas, sus pequeñas y excitantes tanguitas recién usadas que aún guardaban su aroma impregnado, para olerlas, lamerlas mientras me masturbaba ansioso, obsesionado cada día más con Anahí. Con mi hija. Con mi propia hijita. Pues Anahí es mi querida hijita de 22 años.
Desde aquella fiesta familiar donde habíamos bebido un poco pero bailado mucho, pues ella en su inocencia había dicho que yo era su pareja de baile, donde vi que bajo ese hermoso vestido ajustado, corto, entallado a sus delicadas y sensuales curvas se escondía una mujer exquisita, donde debajo de aquella delgada tela que se ajustaba a unas redondas, pequeñas, firmes nalguitas, después de ver esas piernas esbeltas pero torneadas, desnudas pues no usó medias, esos pies pequeños y hermosos calzados con zapatillas de tiritas altísimas, ese precioso cuerpo moviéndose con tanta sensualidad, había quedado prendado de mi hija. Aunque al principio me remordía la conciencia por tener aquellos malos e insanos pensamientos sobre mi propia hija y solo me conformaba con oler, lamer, acariciar sus prendas íntimas, la verdad es que cada día me costaba más trabajo quitármela de la cabeza. Ella no ayudaba mucho con su sonrisa, sus palabras amorosas, abrazos frecuentes, atenciones hacia mí. Después de la maternidad, pues Anahí es madre ya, algo había cambiado en ella: había dejado de ser una chiquilla para convertirse en una mujer. Ahora que estaba conmigo, era ella la ama de casa, la dueña del hogar, y eso de pronto me excitaba.
Miraba a mi hija con sus bellos ojos cerrados, suspirando y quejándose. Miraba esa boquita pequeña de labios jugosos que tan rico saben besar y mejor todavía saben mamar la verga, pues ya antes de regresarle sus atenciones orales había descubierto que mi hija es realmente buena para el sexo oral. Me la había mamado tan rico la chamaca. Veía su boquita preciosa, esas pequeñas pero redondas tetitas cargadas de rica y dulce lechita que ya había saboreado minutos antes, el contorno de su silueta tan delicado pero tan sensual. Con más ganas lamía y chupaba aquella vagina preciosa que no debería ser para mí, que debería ser prohibida para mí y que sin embargo saboreaba con ansiedad, la dedaba estimulándola y llevándola al clímax.
Aunque ya tenía bien planeado cogérmela, aunque ya tenía claro que iba a cogerme a mi querida hija, ni siquiera me molesté en comprar condones. ¿Para qué? Ella tenía dispositivo desde que dio a luz, así que no había riesgo de preñarla si me venía dentro. Podía venirme dentro de mi hija cuantas veces quisiera sin riesgo de embarazarla. Y si llegara a suceder, sería algo realmente maravilloso y excitante que una hija quedara preñada de su propio padre. Me moría de ganas por eyacular, por inundar aquella hermosa vagina de mi semen, de mi leche, de mi esperma.
Dejé de comerme a Anahí y me acomodé entre sus esbeltas piernas. Anahí ahora me miraba con mirada dócil, sumisa, entregada: la mirada de una hembra en espera de su macho. Hincado entre sus muslos, alcé sus pies sujetando sus talones suaves, mirándola a los ojos y con la mirada diciéndole cuánto la deseaba, cuántas ganas tenía de ella. Lamí, besé y chupé sus pies, cada uno de sus deditos, talones, plantas mientras Anahí suspirando y mirándome ansiosa agarraba mi gruesa, larga y dura verga y la frotaba contra su vagina, contra esa panocha hambrienta y golosa, desesperada por sentir la virilidad erecta de su padre dentro de ella. Anahí quería coger. Anahí deseaba que me la cogiera.
Yo excitado chupaba sus pies, alargando el momento de la unión y con eso ponía más ansiosa a mi hijita. “Con razón te preñaron cabrona, si eres bien caliente putita”, pensé mientras veía a mi hija bien agarrada de mi gruesa macana tallándola, restregándola contra su rajita ardiente y tan mojada.
“Oumhhhh… Ohhhhhhh… Ahhhhhh… ¡Antonio! ¡Antonioooo! Oumhhhhh, qué rico me tocas mi amor. Oumhhhh, qué rico me haces todo mi amor. Aumhhhhhhhh… Siento tan rico todo lo que me haces papá. Ahhhhhh, te juro que nunca sentí todo esto mi amor… nunca. Ahhhhhhh… La tienes tan rica, tan enorme. Se siente tan dura y tan firme mi amor. Oumhhhhh, está tan gruesa papito lindo. Ya, ya, ya por favor métemela. Métemela ya por favor papá. Oumhhhhhhhh. Quiero sentirte, quiero tenerte ya dentro, muy dentro de mí. Ahhhhhhh… Desde que noté cómo me mirabas, desde que vi cómo mirabas mi cuerpo Antonio. Desde ese momento mi amor, me muero de ganas porque me hagas tuya, por ser tu mujer, tuya. Ahhhhhh, ya métemela por Dios papá, mira cómo estoy”.
Su voz era dulce y entre susurros ansiosos, excitados, tremendamente inocente y femenina a la vez. Pero era la súplica de una mujer, de una hembra en celo. Hice sus piernas esbeltas de lado y me tumbé sobre ella cuidadoso de no recargar todo mi peso. Mi cuerpo más corpulento, más grande cubrió el suyo delicado. Besé su boca; rodeó mi nuca con sus brazos besándome apasionada, ansiosa, hambrienta. Besando a mi hija en la boca, deslicé mis manos debajo de su cuerpo, debajo de su espalda hasta llegar a esas sabrosas nalguitas redondas, firmes, terzas. La hinchada cabeza que palpitaba, que goteaba abundante su líquido transparente humedecía y rozaba ya esos labios hinchados, inflamados de placer.
(Al día siguiente mientras caminábamos tomados de la mano paseando por el parque, ella con una falda cortita, entallada y cada que nos deteníamos a besarnos en la boca enamorados, ella me repetía en susurro cachondo: “Camino y siento todavía como si la tuvieras dentro. Siento todavía como si estuvieras dentro de mí papito. ¿Crees que camino como si dentro de mí aún estuviera tu rica verga mi amor? Porque yo sí lo siento”. Y entonces le pedía que se adelantara caminando, solo para verle de nuevo esas ricas nalgas que con tanto deseo me había comido la noche anterior. “Pues yo solo veo un hermoso y sabroso culo Anahí. Unas sabrosas nalgas que se mueven tan rico, unas caderas que se contonean bien sensuales mi amor. Solo veo un sabroso culo que ya quiero cogerme de nuevo”, y ella se sonrojaba pero no de pena, sino de placer sexual).
Alcanzé sus labios preciosos y con mis dedos delicadamente pero enardecido los jalé a los lados, los estiré abriendo la entrada hacia su gruta húmeda y cálida. Ella se quejó tan rico con esa acción, pues sabía bien que aquel tipo que la desquintó, que la preñó y la abandonó, que la desaprovechó como mujer, como persona, no era ni la mitad de bueno en la cama, ni tan experto como yo.
Estirando de manera obscena esos labios delicados hundí la hinchada cabeza lentamente y Anahí abrió su boca dejando escapar los sonidos más hermosos del mundo.
Empujé suave, amoroso, cariñoso, como para no lastimarla aunque sabía que Anahí era toda una mujer y aguantaba la verga, para eso estaba hecha mi hija. Empujé firme abriéndome paso dentro de ella; sus paredes vaginales me oprimían, me apretaban, me ceñían. Tan apretada y estrecha estaba mi flaquita. Qué rico boqueaba jalando aire, pujando y aguantando la gruesa y enorme verga de su padre que la penetraba despacio pero firme. Yo miraba orgulloso los gestos de placer de Anahí. Iba a demostrarle a mi querida hija lo que es un verdadero hombre. Iba a sacar a la hembra que existe en ella, disfrutar toda su inexperiencia antes de enseñarle bien cómo debe cogérsele.
Una vez que los 18 cm de gruesa y firme, caliente macana que palpitaban dentro de ella quedaron hasta el fondo, comencé a acariciar su cuerpo tembloroso mientras la besaba, mientras le repetía cuánto la amaba. Me quedé quieto un rato encima de mi hija con mi verga bien atascada dentro de ella, para que la sintiera, la disfrutara, la conociera y se acostumbrara. Sentía las pulsaciones, cómo apretaba y aflojaba sus paredes interiores mi hija temblando de placer y entonces sí: primero despacio y suave, haciéndole el amor a mi hija, comencé la penetración, ese rico mete saca que a ambos nos causaba tanto placer y gusto. Anahí me miraba maravillada, enamorada, con un brillo diferente en aquellos ojos color miel, mientras yo encima de ella me movía ya frenético.
Nos revolcamos en la cama toda la noche. Su cuerpo delicado, delgadito se prestaba de maravilla para acomodarla como quisiera. Me di gusto con mi chiquilla. Hice gala de mis conocimientos, de mi experiencia para llevarla una y otra vez al clímax. Yo estaba hambriento de ella; después de estas semanas deseándola con tanto afán y ya que finalmente la tenía para mí, aproveché para hacerle todo lo que me dio la gana.
No sé si sea cierto, pues hasta una mujer tan joven es experta en seducir a un hombre, pero según Anahí jamás había experimentado un orgasmo en el corto tiempo de relaciones que había tenido. Esa noche disfrutó varios por la manera en que me la cogía.
Mi sueño se había hecho realidad. Una y otra vez lo hicimos; yo eyaculé dentro de ella, descargué mi espeso y abundante semen dentro y cada que lo hacía le repetía al oído entre jadeos: “Ahhhhh hija, hijita linda, no sabes lo que daría porque hubiera sido yo. Porque hubiera sido mi semen el que te fecundara Anahí. Ahhhhhhhh, me sacas tan rico la leche con tus movimientos, con lo apretadita que estás mi amor. Te juro que me gustaría regresar el tiempo atrás y ser yo quien te embarazara. Oumhhhhh hijita, no sabes lo rico que se siente mi amor venirme dentro de ti”.
Y así fue como empezó esta relación de amor, de incesto. De amor entre un padre y su hija.
Ya les seguiré relatando más sucesos de nuestra vida sexual. De cómo orgulloso la vestía con ropa ajustada, entallada, corta; de cómo la hacía usar jeans bien apretados, faldas muy cortas, vestidos ajustados, zapatillas muy altas, botas a las rodillas; de cómo la vestía así para salir de paseo solo para presumir que andaba con una jovencita tan hermosa. De cómo la hacía esperarme al llegar del trabajo enfundada en sexy lencería o de plano desnuda, solo maquillada y en zapatillas altísimas.
¿Te gustó este relato? descubre más fantasías escritas con fuego en nuestra página principal.

No me gustaría tirarme a una hija pero si me gustó el padre que estuvo cogiendo a u hija lo único que no sé si le hizo fue cogerla por el culo que a mi me gusta mucho
Yo con mi hija
Como lo hicistes, yo quise hacerlo con mi h8ja la mayor, por haberle visto la.panochita cuando tenia 18 porque se quebro el pie. Es mi fantacia pero no lo logre
Yo quisiera hacerlo con alguna hijastra jeje
Que rico lléname de lechita por favor