Me obligaron a cabalgar un stripper
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Llegué a la casa de Fiorella con una mezcla de nervios y emoción. Habíamos sido amigas desde la universidad y, aunque yo siempre había sido la más reservada del grupo, no podía faltar en mi propia despedida de soltera. Martín, mi novio desde hace tres años, se había quedado en casa, deseándome que me divirtiera. Yo me sentía un poco insegura con mi cuerpo; a mis 30 años, mis 72 kilos se distribuían en curvas que a veces me hacían sentir demasiado expuesta, aunque mis pechos de 90 y mis caderas de 98 solían atraer miradas.
La fiesta estaba en su punto máximo. Había unas 16 mujeres, todas bebiendo, riendo y gritando. El ambiente estaba cargado de perfume, alcohol y una energía eléctrica. Entonces, entró él.
El stripper era un espécimen humano impresionante, pero nada me preparó para lo que vi unos minutos después. Mientras el grupo se amontonaba, mis ojos se abrieron de par en par al ver que la madre de Fiorella, una mujer que siempre se había mostrado formal, estaba de rodillas frente al hombre. Con una avidez sorprendente, tenía la enorme verga del stripper completamente metida en su boca, succionando con ganas mientras el hombre gemía. Me horroricé. El choque visual de ver a la madre de mi amiga entregada a ese acto tan explícito me dejó paralizada y con el estómago revuelto.
Aterrada y abrumada por la intensidad de la escena, retrocedí lentamente, tratando de pasar desapercibida. Mi único objetivo era llegar a la cocina, esconderme allí y recuperar el aliento, lejos de aquella exhibición de lujuria. Pero no tuve suerte.
—¡Miren a Stephanie! ¡Se quiere escapar! —gritó una de las chicas, señalándome.
De repente, me vi rodeada. Las mujeres, impulsadas por el alcohol y la euforia, empezaron a presionarme. «¡Es tu noche!», «¡Suéltate!», «¡Solo es un juego!». Sus voces se volvieron un eco insistente que me acorraló. Antes de que pudiera reaccionar, me estaban empujando hacia el centro de la sala, justo donde el stripper, ya libre de la madre de Fio, me esperaba con una sonrisa depredadora.
Bajo la presión del grupo, mis manos temblaban mientras me desvestía. Me sentía vulnerable, mis curvas expuestas ante dieciséis pares de ojos y la mirada intensa del hombre. Cuando quedé completamente desnuda, el aire frío de la sala contrastaba con el calor que empezaba a subir por mi cuerpo.
Entonces, lo vi. Su polla estaba erecta, apuntando directamente hacia mí. Era la cosa más grande que había visto en mi vida: unos 25 centímetros de carne dura, gruesa y palpitante, con venas marcadas que recorrían todo el tronco. Me quedé sin aliento. Martín nunca había tenido algo así.
El stripper no perdió tiempo. Me tomó por la cintura, levantándome ligeramente y obligándome a abrir las piernas. Sin previo aviso y sin usar condón, empujó su enorme cabeza contra mi entrada húmeda y entró de un solo golpe seco y profundo.
—¡Ahhh! —el grito escapó de mi garganta antes de que pudiera controlarlo.
El impacto fue devastador. La magnitud de su grosor estiró mis paredes vaginales al límite, llenándome por completo, llegando hasta lo más profundo de mi útero. La sensación fue tan intensa, tan abrumadora, que mi cuerpo reaccionó instantáneamente. No hubo preámbulos; el simple hecho de sentir esos 25 centímetros reclamando mi interior me provocó un orgasmo violento y súbito. Mis músculos vaginales se contrajeron espasmódicamente alrededor de su polla, y sentí una descarga eléctrica que me recorrió la columna, dejándome sin aire.
El stripper empezó a moverse, embistiendo con fuerza y ritmo. Cada estocada era como un mazo de placer y dolor que me hacía jadear. Las chicas gritaban a nuestro alrededor, animándolo, mientras yo me perdía en la sensación de estar siendo completamente invadida. El roce de su piel contra la mía y la presión constante de su verga gruesa me tenían en un estado de trance.
Sentía que me partía en dos, pero no podía pedirle que se detuviera. El placer era demasiado primitivo. De repente, sentí que él llegaba a su límite. Sus embestidas se volvieron más rápidas, más desesperadas.
—Me voy a correr… —gruñó él en mi oído.
En ese instante, sentí una explosión caliente inundando mi interior. El stripper soltó una descarga masiva de semen, llenándome profundamente. La sensación del líquido caliente disparándose contra mi cuello uterino fue el detonante final. Un segundo orgasmo, más largo y profundo que el primero, me sacudió por completo, dejándome temblando y con la mente en blanco.
Cuando finalmente se retiró, me dejó caer suavemente sobre el suelo de la sala. Intenté ponerme de pie, pero mis piernas estaban como gelatina; temblaban violentamente, incapaces de sostener mi peso. Me sentía vacía y, al mismo tiempo, demasiado llena.
Entonces, la realidad me golpeó. La angustia me invadió de golpe. No había usado condón. El semen de un extraño estaba ahora dentro de mí, y la imagen de Martín apareció en mi mente, llenándome de una culpa asfixiante. El horror de lo que acababa de pasar, sumado al miedo a un posible embarazo o enfermedad, me hizo entrar en pánico.
Sin mirar a nadie, gateando y apoyándome en los muebles con las piernas aún temblorosas, logré desplazarme hacia el pasillo. Corrí desesperadamente hacia la habitación de Fiorella, el único lugar donde sabía que podría encontrar refugio. Cerré la puerta con llave, me vestí con manos torpes y me encogí en un rincón del cuarto, abrazando mis rodillas y llorando en silencio, esperando que la fiesta terminara y que todos se fueran para poder escapar de aquel lugar y borrar el recuerdo de aquella verga colosal que me había dejado marcada.
