Luego de veinte días sin sexo, Jaime me abrió el culo
La relación con Jaime fue hermosa desde el día que nos conocimos en el parque. Hubo tal coincidencia que nos entendíamos con solo mirarnos, con mucha química de aromas y piel. Su edad y contextura física me duplicaban. Fuimos a un club, practicamos natación juntos y luego en su casa me entregué a él por primera vez.
Continuamos con la rutina de hacer nada y luego tener un encuentro íntimo. El porte de su herramienta resultaba XXL. Pero era feliz estando en sus brazos. Hasta me daba placer recibir palmadas en el culo, propinadas por sus pesadas manos. A él le encantaba ver mis nalgas enrojecidas. Me creó el gusto de sentir sensación de hormigueo luego de sus fuertes palmadas.
Luego lamer su morena y gruesa verga, coronada por la cabeza morada sin prepucio. Era semejante a una ciruela que rezumaba néctar.
Durante dos meses nos encontramos dos días a la semana. Hasta que Jaime debió viajar al interior del país por razones laborales. Ambos nos extrañamos. Yo contaba los días para estar con él nuevamente. Fueron veinte días eternos.
A su regreso yo brincaba como una niña a punto de recibir un regalo. No pude ir a recibirlo al aeropuerto, pero apenas nos comunicamos, concertamos en ir al club. Dos horas más tarde nos encontramos. Yo ardía por besarlo y se lo dije.
Él me dijo al oído:
— Me van a estallar las bolas. Solamente por estar a tu lado empezó a despertar tu amigo.
Me reí y le respondí:
— Vamos a un hotel con hidro.
Y cambiamos nuestro destino, estando en la puerta del club.
Apenas traspasamos el umbral de la lujosa habitación nos devoramos las lenguas y nos dejamos caer sobre la cama. Luego comenzó a quitarme la ropa que era poca. Besó mi pequeño pene, giró mi cuerpo y, tras darme dos fuertes palmadas en las nalgas, lamió el ano y dijo:
— Lo veo tan bonito y cerrado. Pero estoy ansioso por abrirlo.
— Me calienta que digas palabras fuertes… porque sé que eres suave para hacerlo y rudo a la vez. Me encanta así —le respondí.
Nos devoramos en un rico 69. Él lamía mi pene, ano y perineo, mojando todo con su saliva. Yo me esforzaba por tragar la ciruela caliente que coronaba su verga morena y rezumaba néctar.
Tanta era la excitación que no percibí que se abría mi esfínter; Jaime ya me penetraba con dos dedos juntos. Para tomar aire, debía apartar su pene de la boca. La verga muy mojada y brillante saltó, arrastrando mi saliva que bajaba hasta las pelotas de Jaime.
Cuando él lo quiso, me azotó con su mano derecha el culo. Me quejé por el dolor mientras me hacía arrodillar sobre la cama. Jaime de pie en el piso me atrajo hacia su cuerpo. Su mano pesada nuevamente abofeteó mi culo.
— ¡Ay! Me dolió —dije.
No me respondió. Apoyó su verga en el orificio y empujó. Vi puntos de colores. Mi pene dejó escapar un chorrito de semen.
Jaime me acariciaba la espalda. La cabezota de su verga se mantenía en la entrada de mi ano, estirando los dos anillos.
— ¿Estás bien, Roberta? ¿Lo meto un poquito más?
— Estoy bien, dale —respondí, pero me dolía tanto estiramiento.
Jaime con leve movimiento profundizó la exploración. No sentí dolor. Sentí sensación de llenura total. Algo grande, caliente y palpitante se había apoderado de todas mis sensaciones. Mis sentidos estaban pendientes de sus movimientos.
Jaime sonriente y denotando satisfacción en el tono de su voz dijo:
— Te siento muy mía. Me voy a mover un poco para que disfrutes esta cogida, preciosa.
Se movió un poco, clavándose en mí los últimos centímetros de su verga. Entró y salió un poco, haciendo chasquear su pelvis mojada de transpiración. Los envites de su gruesa verga crecieron en velocidad. Golpe tras golpe de su pelvis en mis glúteos sonaban como aplausos. Doblegaron la resistencia de mis brazos. Gemía teniendo la cara apoyada en las sábanas.
Jaime resoplaba empujando. El ano me ardía aunque estaba bien mojado. Él me sometía a un mete y saca veloz. En minutos se puso tieso y con resoplar ronco atenuó mis nalgas. Su verga tenía contracciones, llenándome el culo de semen.
Luego se tumbó a mi lado. Yo de espaldas a él en posición de cuchara. Me latía el ano. Sentía mucho ardor. Llevé una mano hasta tocarlo. Estaba muy inflamado, como si tuviera labios.
Jaime advirtió la inquietud y me dijo:
— Vete a higienizar, amor, si te sientes molesta.
El espejo grande me devolvió la imagen del ano muy inflamado. Me preocupó. Para quitarme el ardor me duché con agua fría y apliqué mucha vaselina sólida. Pero se volvió líquida en contacto con la piel caliente y comenzó a bajar por mis piernas.
Regresé a la cama a estar entre sus brazos. Las sábanas olían a semen y a su transpiración de macho. Durmió una hora. Cuando despertó me dijo:
— Iré a ducharme, ¿quieres venir o estás con sueño?
Respondí que lo acompañaría. Me llevó tomándome de una mano.
Cuando ingresamos al baño me palmeó el culo. Abrazados debajo de la regadera, nos corrió agua tibia desde la cabeza a los pies, y la espuma del champú que derramamos sobre nosotros. Buscó mis labios para besarme y llenó mi boca con su lengua. Me abracé a su cintura y mantuve la cabeza levantada. Jaime me mordió las orejas y el cuello, provocando que se me pusiera la piel de gallina.
Él se rió y me abrazó tiernamente.
Nos alejamos dos pasos de la ducha. Me puse de rodillas y comencé a lamer sus bolas y el cilindro oscuro de su verga. A cada lengüetazo se levantó un poco y endureció. Jaime con sus manos apoyadas en mi cabeza acompañaba mis movimientos sin forzarme.
Cuando estuvo su pene totalmente levantado y engrosado, me cargó en sus brazos llevándome hasta la cama. Me acostó y giró mi cuerpo para exponerme boca abajo. Separó mis nalgas y hundió su cabeza para lamer el ano. Lo acarició con su lengua, dejando caer su saliva en el hoyuelo. Una mano suya debajo de mi vientre jugaba con el pequeño pene y huevos.
— ¿Quieres que te haga un rico pete? —pregunté.
— No, amor —respondió y agregó—: Quiero que se te ponga duro para clavarte y pajearte. Así terminamos los dos a la vez.
Rica idea la de Jaime, pero cuando apoyó su tremendo glande en mi ano dolorido, grité. Él aceleró el movimiento de paja sobre mi pene para ponerlo más duro y empujó con su pelvis. Grité nuevamente cuando la metió hasta la base. Entonces lloré. Mi ano era un anillo de fuego que ardía mucho.
— ¿Quieres cabalgar? —preguntó.
— Sí, papito, prefiero clavarme yo —le dije casi implorando.
Jaime acostado mirando el espejo del techo. Lo monté a horcajadas. Apoyé el inflamado ano en su glande y me senté muy despacio. Era mortificante sentarme ese grueso cilindro, pero lo besé como si lo disfrutara.
Cuando logré hacer entrar todo eso en mí, lo sentí apretando mi vejiga y me brotó un poco de pis. Él lo interpretó como un squirt y no contuvo más su semen.
Permanecimos en esa posición hasta que se ablandó su pene y comenzó a bajar el semen. La sensación de tener un tapón en el ano me duró 24 horas. Es lo que tardó en desinflamarse. Pero no se lo dije.
Roberta
¿Te gustó este relato? descubre más relatos para adultos en nuestra página principal.

Lo que te sucedió BB es normal. Una sección de sexo anal intenso provoca escozor e inflamacion del ano.
Más si tu novio porta herramienta de grueso calibre.
Puedes cambiar de novio. Estoy en la búsqueda de una nena menuda y hermosa.
Gracias Jos por leer mí relato. Amo mí novio. Es lo mejor que me pudo suceder para sentirme su mujer.
Besos.