Los pies de mi ex Mireya
Duración estimada de lectura: 4 minutos
Visitas: 2,845
Mireya es una novia que tuve en la universidad, ambos mayores de 18 años. Ella estudiaba Derecho. Jamás la vi desarreglada, casi siempre llevaba falda o vestido, algunas veces jeans, combinados con flats, zapatillas abiertas, de plataforma o con correa. En todo el tiempo que estuvimos en la universidad no recuerdo haberla visto repitiendo un outfit, lo digo porque como me gustaba todos los días iba a buscarla.
Ese día fui a verla a su facultad. Recuerdo que iba vestida con unos jeans negros, una blusa blanca un poco holgada y en sus pies unas lindas zapatillas negras de punta abierta. Me dijo que no iba a tener sus últimas clases por lo que fuimos a pasear por la universidad. Después de caminar nos sentamos en un jardín apartado del resto de edificios.
Ella se acomodó pegada a mí y se quitó las zapatillas dejando al descubierto sus hermosos pies, pequeños, pálidos y con un poco de tierrita por las zapatillas abiertas. Esa escena me excitó bastante, quería tocar, oler y probar esos pies sucios.
Seguimos platicando mientras la acercaba a mí y ella se acomodaba en mi pecho. Subió sus piernas dobladas sobre las mías de modo que podía alcanzar sus pies con mis manos. Le acariciaba el cabello, su carita, sus brazos. Comencé a bajar hacia sus pies.
“Me haces cosquillas”, dijo con una risita coqueta.
Alcé su rostro y le di un beso en los labios. Ella me tomó del cuello y alargó el beso mientras yo seguía acariciando sus pies, que estaban un poco ásperos y con tierrita en las plantas.
Movido por la lujuria y asegurándome de que nadie nos viera, me senté frente a ella. Tomé su delicado pie y di pequeños besos en su empeine y aspiré levemente.
“¿Qué haces? Tengo los pies cochinos”, me interrumpió mientras ponía rígidas las piernas.
“No me importa”. Seguí acariciando y oliendo sus pies.
“Nooo, alguien nos va a ver”, dijo sonrojada mientras encogía las piernas y trataba de ponerse las zapatillas.
“No ha pasado nadie desde que estamos aquí, aparte estamos lejos y escondidos, dudo que alguien pase”, respondí mientras jalaba nuevamente sus pies hacia mí para besarlos. Ella me miró en señal de aprobación. Seguí besando desde el talón hasta los dedos. Mireya se resistió un poco por miedo a que pasara alguien, pero le dije que nadie iba a venir hacia donde estábamos.
Empecé a frotar sus plantas contra mi cara aspirando el delicioso aroma de su piel, impregnado por el olor a tierrita y a la plantilla de sus zapatillas. Luego lamí sus plantas con lujuria mientras ella me miraba risueña y se cubría el rostro con las manos.
Después de un rato se acomodó apoyándose en sus codos con la cabeza hacia atrás. Pude escuchar que su respiración era un poco acelerada acompañada de pequeños gemidos, esto me excitó aún más y continué adorando sus pies. De repente se incorporó y dijo:
“¡Ya! Alguien puede vernos. Mejor vamos a mi casa”. Se puso las zapatillas y se arregló la ropa.
Llegamos a su casa. Me dijo que no había nadie, que ese día le tocaba estar sola.
Nos sentamos en el sofá y seguimos besándonos. Comencé a acariciarla, sus piernas, su vientre plano, sus senos pequeños pero firmes, sus nalgas duritas.
“Espérame tantito”. Se levantó y fue a su habitación. Pasaron unos 10 minutos y me llamó desde adentro.
Mireya se puso un bonito body rojo de encaje que resaltaba su espectacular cuerpo bien formado. Estaba parada frente a un espejo grande pintándose los labios y acomodándose su lacio cabello castaño. La tomé de la cintura y la besé mientras ella me desvestía.
“¿Puedes ponerte esas?”, le dije señalando unas zapatillas plateadas de plataforma. Se las puso muy sensualmente y dio una media vuelta.
“¿Me veo bonita?”
“Hermosa”.
La acosté en la cama, con la luz apagada. Un aroma a fresa inundaba su habitación.
Cambiamos de posición. Mireya se subió en mí, se movía lentamente con los ojos cerrados, me acariciaba el rostro y gemía fuerte pero de una forma muy dulce. La traté con ternura, me perdí en su suave piel pálida y su calor femenino. No dejé que se quitara el body ni las zapatillas. Estuvimos haciendo el amor hasta la madrugada.
Al final le pedí sus zapatillas plateadas y su blusa blanca.
Fue una deliciosa primera vez y ese día nos hicimos novios.
