La tortura de saberse un donnadie

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Desde el primer día de casados fantaseaba con la infidelidad de Belén, mi esposa. Mis otras novias me habían sido infieles o me habían dejado y no podía creer la suerte que tuve al conocer a una hembra tan segura de si misma, que al caminar pareciera desfilar, con sus 172 cm y 63 kg , menease el trasero hipnotizando pollas y, porqué no, muchos coños. De siempre le había gustado vestirse con la ventana abierta, sabiendo que el vecindario cuenta con 10 letras de 12 plantas: mucho moscón para tan apetitoso pastel.

Mi mujer estaba al corriente de mis deseos y mostraba cierta indiferencia en el día a día, exceptuando esos días en que… Nunca pude sacarle a quién le gustaba excitar pero ella siempre soñaba con uno, gemía, se retorcía de gusto al notar que me molestaba que no me lo dijese, se carcajeaba!!

Con 23 tuvimos a la nena, Valeria, y trece años más tarde, sin saberlo con certeza debido a las vicisitudes pasadas en el matrimonio, era un cornudo en potencia. Tan sólo coincidíamos en algún evento de la niña como cumpleaños o fiestas del cole y, esporádicamente, alguna película en el cine. Se mantenía en forma yendo al gym 3 veces por semana, con unos shorts ajustados que quitaban el hipo. Colores de todo tipo no faltaban: fucsia, morado, amarillo, discretos, vaya!
Hace cosa de un año, tras la cena, viendo la tele, me dice: -Estás un poco fofo, ¿por qué no te apuntas al gimnasio conmigo? Son 20 euros más y la nena ya puede hacer sola los deberes.

Me quedé perplejo. Pensativo. Mosqueado, más bien. ¿Cuál era su plan? Nunca quería hacer nada conmigo y ahora…
-Si quieres, una hora o así, vale. Que yo madrugo, eh?
-Ok, el día 1 vamos juntos y te hago la pulsera de entrada. Ya verás qué bien «te lo pasas».

Sería…nos lo pasamos, no? Total, que llegó el día y era más famosa que una actriz americana: besos de chicas, de tíos, del monitor, ya no sabía qué pensar. Por supuesto, no me presentó. La condición era que, en caso de que nos preguntasen, no nos conocíamos de nada. Olía a chamusquina desde el principio. Pero he de reconocer que tenía su morbo.

Siempre había el que la quitaba o la ponía pesos en la barra, el que la prestaba el cinturón para los riñones, el que la ofrecía Gatorade…y lo compartía. Era como filmar con una cámara indiscreta a mi mujer, pero en vivo. Una noche, desvistiéndose al espejo, dejando caer la ropa, decidió ponerme a prueba. No había pasado ni una semana desde que empezamos en el club deportivo.

¿Te has fijado cómo Saúl me come con la mirada? Se pone detrás cuando hago sentadilla y finjo que no puedo más con las ultimas repeticiones para que se me acerque a ayudarme. Confiesa, sé que se te pone dura, ¿a que sí?

-Podría ser…no me he fijado mucho, la verdad. Decía eso para fastidiarla. -Lo que sí me he dado cuenta es que el que da la clase de aerobic, que parece gay, te soba más de la cuenta. El tal Willians, ¿no?
-Mira que eres bobo, si es del otro barrio. Ese es inocente.
-Yaaaaaaa, y yo me chupo el dedo. Tiene buen paquete el Saúl, en eso sí que me he fijado. ¿Tú no?
-Claro. Lo he sentido. Aprovecha a pegarse a mí cuando a mí me apetece. ¿Es que no te excita ver a tu esposa poniendo el rabo duro a un musculitos tan sexy?
Tumbado en la cama, mientras hablábamos, me había sacado el pene y había comenzado a masturbarme para demostrarle que esa conversación me….ponía fuera de mí. El tío estaba cachas, rubito, unos 25 años, muy creído, algo parecido a un chuloputas, pero con un paquete espectacular. Podría jurar que 6 ó 7 cm más grande que el mío. Ya llevaba fantaseando cada noche con ellos dos teniendo sexo en nuestra cama y yo lamiéndole la polla antes de que la penetrase, como un sumiso. -Pues, la verdad,…mucho. Me gustaría que te le trajeses aquí, a nuestra cama, y te diese por el culo delante de mí, mientras me la casco.
-Uhmmmmmm, mi cornudito. ¿Te gustaría ver a tu esposa a 4 patas, taladrada por un jovencito al que le mamase el semen de su verga después de haberme violado analmente? ¡Qué patético! Te salvas que la niña está en casa, que si noooooo.
-Así que te gusta. eh, ramera?

Se me echó encima, como en otros tiempos, tragándose mi verga como un putón, y jugueteando con el índice en mi ano. Apenas duré 3 minutos y me vine en sus manos. Era más de lo que un hombre podía soportar. Belén no me contestó. Frustrada, se fue a lavar las manos y, al volver a meterse en la cama, de espaldas, me dijo: -Habrá que hacer una copia de las llaves de casa.

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