La sangre siempre tira – I, II, III, IV, V
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Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Con 23 años, Ricardo (el Richard en su pueblo), bajó del micro y se mezcló entre los cientos de pasajeros que arribaban a la capital. Ese muchacho de 1,75 y unos 85 kg., de rostro duro, cabello castaño, era uno más en la gran urbe. No descollaba por físico, pero si por la cara de sorpresa ante algunas cosas que no era habituales en su pueblo natal.
Tenía en sus espaldas una historia compleja, pero aspiraba a dejar atrás algunos detalles que lo marcaban y afrontar un futuro promisorio.
Richard era hijo único de uno de los más famosos puesteros de estancia. Hasta sus 5 años, solo conocía la vida en el campo, rodeado de naturaleza que solo se modificaba cuando iban al pueblo de compras con sus padres o a alguna de las fiestas en la sociedad rural. Como aquel sábado…
Llegaron sobre las 10 de la mañana y fueron directo a la zona de ingreso de los animales que venían directo de la estancia de Jacinto Pérez (el jefe de su padre), ayudó a descargar algunas pequeñas cosas y se dedicó a corretear entre los corrales, los asadores que ya se iban preparando. Disfrutó de un día pleno, al anochecer Don Jacinto pidió al padre de Richard que lo dejara visitar a sus 3 hijas y se reunirían al día siguiente para el cierre de la exposición. Raúl consultó a su esposa, para luego acceder: ambos se despidieron del chico y montaron la camioneta para volver a la estancia.
Jacinto llevó al niño al tráiler donde jugaban las niñas y una hora más tarde, partieron a la inmensa casa del hombre. Cenaron todos juntos y cerca de las 22 horas, los niños fueron a descansar mientras Jacinto y su esposa compartía una copa en el living. Apenas una hora más tarde, se pudo observar el reflejo de las luces del móvil de la policía que se detenía frente a la vivienda, sonó el timbre y las voces agitadas del agente y Jacinto, que hablaban en la puerta de la casa.
Jacinto: ¿estás seguro de lo que decís?
Agente: si Don Jacinto, los encontró un peón que iba para la estancia
Jacinto: ¿cómo se lo digo a Richard? ¡¡Mariana!! Vení por favor
La mujer se acercó y vio el rostro desencajado de su esposo, luego recibió la noticia y no pudo contener el llanto.
La puerta se cerró y allí quedaron Jacinto y Mariana, petrificados, sin dar fe a lo que habían escuchado: en el camino vecinal que unía el pueblo con la estancia, había encontrado volcada la camioneta de los padres de Richard y los cuerpos de ambos a algunos metros de ella, ambos fallecidos.
Se tomaron unos minutos y no tuvieron más remedio que despertar al niño, para anoticiarlo de lo sucedido. Richard no salía de su asombro, quería salir corriendo del lugar e ir a buscar a sus padres, esperando que esa noticia fuese mentira y lo estuvieran esperando como siempre en la puerta de la casa.
Los días siguientes fueron los más duros y complicados para todos: el niño no paraba de llorar y reclamar a sus padres, mientras Don Jacinto y Mariana, hacían todos los trámites legales y trataban de comunicarse con familiares de los fallecidos. Así fue que se enteraron que las tías del niño ya no vivían en el país y sus abuelos maternos (los únicos vivos) se encontraban en un asilo.
Jacinto: Mariana, me siento culpable por lo sucedido, Ramón y su esposa no debían volverse a la estancia. Si se hubiesen quedado, estarían vivos.
Mariana: no te culpes, fue un accidente
Jacinto: ¿qué será de la vida de Richard? Está solo en el mundo…
Mariana: entregarlo a un hogar sería una locura…
Jacinto: pienso lo mismo. Mañana hablaré con el juez y pediré su guarda
Mariana: ¿adoptarlo? Las chicas estarán felices, pero ¿el querrá?
Jacinto: una vez que el juez me diga si podemos hacerlo, hablaremos con ellos.
Al día siguiente, abogado mediante, se iniciaron los trámites necesarios, se contactaron a las tías del niño y se les ofreció un buen trato para que accedieran a la situación legal. Las tres aceptaron, pero solicitaron que se les diese la oportunidad de visitarlo cuando estuviesen en el país. Así las cosas, pasó muy poco tiempo para que Richard se integrara a la familia de Don Jacinto y Mariana: hubo tratamientos con psicólogos y fuera aquel hijo varón que la pareja jamás logró tener.
Conforme pasaban los años, Richard, era un hijo más de la familia. Don Jacinto lo presentaba como tal y lo fue incluyendo en sus actividades, el muchacho estaba sumamente agradecido a sus padres adoptivos, pero había algo que lo inquietaba: sus hermanas.
Las tres niñas ya eran adolescentes y sus cuerpos empezaban a llamarle la atención. Al ser mayores que él, era blanco de las chanzas de los otros muchachos del pueblo, lo llamaban cuñado, le pedían que las llevara a reuniones con la intención de cortejarlas o algunas cosa más. Eso lo exasperaba, lo ponía loco de celos, más que nada porque las consideraba su propiedad. Para las jóvenes, Richard era motivo de peleas, pues las tres querían que las acompañara y las cuidase de los demás.
Cuando Richard cumplió 16 años, ya era un experto en el campo y mano derecha de Jacinto en muchas labores, había heredado las habilidades de su padre. Sabiendo esto, Jacinto lo inscribió en una escuela rural donde descollaba y participaba por una beca en un Instituto regional dedicado a las producciones agropecuarias.
En tanto, las relaciones con sus hermanas era cada vez más intensas, a tal punto de haber tenido algún escarceo a escondidas de la pareja.
A los 18, ya como becado, formaba parte de un grupo especializado en actividades que lo llevaban a trabajar directamente en producciones a campo. Fue entonces cuando Jacinto pidió reunirse a solas en su despacho, necesitaba hablar con él.
Jacinto: hijo, en mi último control médico me han descubierto algún problema de salud y tendré que radicarme un tiempo en la capital para tratarme
Richard: tranquilo papá, yo puedo hacerme cargo del trabajo. Ya retomaré los estudios cuando vuelvas
Jacinto: Voy a delegarte muchos trabajos y contarás con el apoyo de mi gente en la parte legal. Deberás cuidar a tus hermanas, Mariana viaja conmigo.
Richard: papá, Sonia está a punto de terminar sus estudios, puede ir con ustedes a estudiar allá. Solo quedaran Marta y Susy.
Jacinto: lo sé, y así será. Procura que ellas también estudien y se reciban
Unos días más tarde, el matrimonio y la mayor de las hijas partían, quedando solos los tres restantes. Tras organizarse, comenzaron esa nueva etapa, que traería el primero de los inconvenientes.
Marta, de 22 años, era la más díscola y requería control más estricto, Susy de 20 era la más centrada de todos y sería quien ocupase el lugar de su madre.
El primer fin de semana de los tres hermanos solos en la casa, Marta organizó una reunión con amigas y amigos, pese al pedido de Richard y Susy. Si bien todo fue bastante medido, Marta como anfitriona se excedió con el alcohol y la fiesta terminó antes de lo previsto.
El muchacho sentía una atracción especial por Marta y era quien más lo inquietaba. Susy ordenó la casa y se retiró a descansar, mientras Richard lidiaba con la joven ebria.
“Hermanito, sos muy lindo… y te quiero mucho…” le decía mientras él la llevaba a su cuarto, guiándola para que no se golpease. “Yo también te quiero Marta, pero no vuelvas a tomar así, vamos a tu cama” le decía mientras abría la puerta para llevarla hasta el lecho. Una vez allí, le quitó los zapatos, y la acomodó para que descansara. Encendió la pequeña luz de la mesa de noche, la tapó y se dispuso a irse. “Manito… quedate un ratito conmigo” le pidió antes que él saliese. Volvió sobre sus pasos, se sentó a su lado y acariciándole el rostro, se dispuso a esperar que se durmiese. “Si no fueses mi hermanito, te querría de novio” le murmuró mientras se giraba para dormirse.
En ese momento, volvieron a la mente de Richard los juegos de ambos en la pileta, las guerras de almohadas y las luchas que tenía con ella, donde más de una vez habían tenido roces un poco más allá de los aconsejables, casi se diría que eran picantes.
La joven murmuró algo inentendible y volvió a girar en la cama, cayendo hacia un lado la frazada que la cubría y dejando muy visible sus piernas y el nacimiento de sus nalgas, donde un trozo de tela mínimo se interponía entre ambas. Richard dudó en cubrirla o seguir observando aquel panorama, de manera instintiva, levantó su mano y acarició la piel suave y tibia. Su mente se nubló por completo y repitió el movimiento, pero haciendo que su dedo mayor recorriese el trozo de tela. Lo hizo una y otra vez, ante la falta de reacción de la ebria, levantó un poco más la breve pollera y dejó al descubierto esa cola tentadora.
Con la mente en blanco, se abandonó a sus instintos. Ya tocó descaradamente a Marta, hundiendo sus dedos en la raja, desplazando la tela hacia un costado y rozando la zona vaginal que se humedeció muy rápido. Segundos después, la estaba masturbando con toda la regla, metía el dedo hasta la segunda falange y lo retiraba para volver a ingresarlo.
Marta gimió y entreabrió las piernas para que el dedo pudiese entrar por completo. Al cabo de unos minutos, la mujer llegaba a un orgasmo intenso, tensando su cuerpo, para luego quedar completamente distendida, con la vagina latiendo y dejando caer flujos sobre las sábanas.
En ese momento volvió a Richard la cordura, quitó el dedo del interior de Marta, la cubrió y salió rápidamente de la habitación. Llegó a su cuarto, cerró la puerta y sin dudar un segundo se bajó los pantalones, para dedicarse una tremenda paja que lo aliviara. Cuando la leche brotó de su verga, se sintió satisfecho y se sentó en la cama, ¿qué había hecho? Se había aprovechado de la ebriedad de su hermana para masturbarla y luego hizo lo propio, como si de una mujer cualquiera se tratase, pero era su hermana… Le costó conciliar el sueño, ¿qué diría Marta al despertar? Era imposible que no se diese cuenta de lo sucedido ¿y si se lo contaba a Susy? O peor a sus padres… Al amanecer el sueño lo venció y se durmió sin quitarse las ropas sobre la cama.
La música que lo despertó era clara muestra que Susy ya estaba levantada. Se metió al baño, se duchó y ya cambiado de ropas bajó a la cocina. Susy estaba terminando de limpiar y ordenar el lugar. Usaba uno de sus típicos leggins negros, una remera oscura y meneaba el culo al ritmo de la música. Al oír pasos, se giró y lo vio allí parado, apoyado en el marco de la puerta.
Susy: hermanito, buenos días, parece que Marta no te dejó dormir…
Richard: hola Susy, la verdad es que tardó un poco en dormirse y se puso intensa…
Susy: lo sé, no es la primera vez que se pone así y borrachita es densa…
Richard: ¿vos? ¿Descansaste bien?
Susy: me costó un poco, pero pude dormir. Ya hablé con los viejos, mandaron saludos para todos
Dejó a un lado las cosas que estaba acomodando y se acercó a Richard para saludarlo. Le dio un beso casi en los labios y un chirlo en el culo “Dale, prepárate unos mates mientras llevo esto afuera” dijo y se encaminó a la salida. Susy siempre había sido la más demostrativa y tenía esas costumbres, por lo que no le extrañó el hecho.
Estaba preparando el agua, el mate y algo para picar cuando Marta entró a la cocina, envuelta en una bata de baño, con una toalla en la cabeza y rostro de dolor.
Marta: hola pibito, podés bajar un poco la música, se me parte la cabeza
Richard: buen día Martu, ¿mucha resaca?
Marta: un desfile de murgas en mi cabeza, ¿vos me llevaste a la cama?
Richard: ¿tan complicada estabas que no te acordas?
Marta: No es por eso… después hablamos…
Sacó una botella de agua de la heladera, y tomó una pastilla que traía en la mano. Le hizo un gesto y se volvió a la habitación.
Un escalofrío recorrió la espalda del joven, todo hacía suponer que su hermana no había estado tan inconsciente mientras él la masturbó o al menos eso creía. Estaba metido en esos pensamientos cuando Susy volvió de dejar las cosas de limpieza: “¡¡Eu!! Bajá a la tierra que se te hierve el agua” le dijo, sacándolo de sus pensamientos. “ya bajó la zombi y te hizo bajar la música, seguro que se tomó una pastilla para la resaca y se volvió a la cama. Hasta la tarde no va a aparecer, ja ja ja” mencionó mientras se sentaba a compartir los mates con su hermano.
Susy: es la primera vez que la ves borracha, tranquilo nene, no se acuerda nada de lo que pasó, segurísima.
Richard: ¿vos decís?
Susy: cuando salimos la última vez, pensó que alguien la había violado y se había deslizado por la baranda de una escalera y se había irritado toda
El muchacho suspiró y se relajó un poco, si su hermana no mentía, Marta no sabría nada de lo que había pasado en la noche.
Juntos, compartieron el termo de mates, hablando de la noche anterior, de la partida de Jacinto, Mariana y Sonia, la enfermedad del padre, de Sonia y sus aspiraciones de estudio y finalmente de ella.
En esta última parte, Susy le confesó que se sentía celosa de su hermana Marta, a quien consideraba la protegida de Richard y como él salía siempre en su defensa, ante todos y ante todo. “Cualquiera diría que estás enamorado de ella, si hasta se te van los ojos cuando anda medio livianita de ropas” mencionó con algo de fastidio.
Cuando el termo ya no tuvo más agua, Susy se puso de pie, tomó las cosas y las ordenó en la cocina, se acercó a él lo abrazó y le murmuró al oído: “te quiero mucho hermanito” para luego darle uno de esos besos a los que ya lo tenía acostumbrado, casi al borde de sus labios.
Susy: cuidá a la borrachita, que yo me voy a casa de Luciana (una de sus amigas). Si se hace tarde, me quedo allá a dormir y nos vemos mañana.
Salió de la cocina, meneado el culo, dejando a Richard con más dudas que certezas en su mente.
El muchacho aprovechó la tarde en soledad para enviarle un par de mensajes a Mariana y saber cómo estaba Jacinto. Luego se sentó en una de las sillas de patio y meditó sobre los dichos de Susy: sus actitudes con Marta, sus reacciones y la confesión de celos y los besos de ella. Por momentos se sintió feliz, pues sus hermanas lo apreciaban mucho y sentían por él un afecto especial. Así mismo, lo turbaba el hecho de que lo viesen más como hombre: había una línea muy fina que podía cruzarse si él volvía a actuar como lo hizo en la noche.
Al atardecer, un mensaje en su celular le advertía que Susy no volvería a la casa hasta el día siguiente, y consultaba por el estado de Marta. Recién allí reaccionó que no había vuelto a aparecer desde el mediodía, se puso de pie y caminó rumbo al cuarto de ella. Estaba a punto de llegar cuando pudo escuchar el ruido del agua de la ducha del baño que compartían las tres mujeres, era señal que ya estaba despierta y a punto de hacer su aparición.
Se ubicó en el sillón mayor del living. Encendió el televisor y se dispuso a observar una película. No habrían pasado unos 10 minutos cuando Marta, ubicada a sus espaldas, le dio un beso en la cabeza y lo abrazó, dejando su rostro sobre el hombro del muchacho.
Marta: buenas tardes manito, voy por un café ¿queres uno?
Richard: si gracias Martu, ¿cómo te sentís, mejor?
Marta: si mi vida, ya vengo y charlamos un ratito ¿sí? ¿Susy?
Richard: en casa de Luciana, se queda a dormir alla.
Desapareció nuevamente y volvió a los 5 minutos con una bandeja con las dos tazas humeantes, la dejó en la mesa, tomó una de ellas y se sentó al lado del muchacho. Bebió un par de sorbos, extendió su mano y se aferró a la de él.
“Manito, tengo que pedirte disculpas por cómo me comporté anoche. Me valí del alcohol para liberar un poco la angustia por el viaje de los viejos, pero se me excedí y di un pésimo espectáculo” inició su confesión, bebió algo más del café y retomó “Es la primera vez que me ves en esas condiciones y seguramente ya Susy te dijo lo que me pasó la última vez. Pero hay algo que me sorprende y quiero que seas muy honesto conmigo” dijo agachándose a dejar la taza en la mesa.
“No sé cómo empezar, pero bueno… ya me contaste que me llevaste a mi cama anoche, lo confirmé porque al despertarme estaba vestida, solo me faltaban los zapatos, si me hubiese llevado Susy, me habría quitado la ropa, siempre lo hace. Pero hay algo que necesito contarte y que seas capaz de guardarlo como un secreto, ¿puede ser?” dijo mientras buscaba la mirada del muchacho.
Richard: estamos solos y nadie más sabrá lo que hablemos, solo vos y yo.
Marta: ok., en medio de mi borrachera, soñé que me estaban tocando íntimamente, muy íntimamente. No sé por qué razón, te ví en ese sueño.
Richard: Martu, ¿tuviste una fantasía conmigo?
Marta: no te rías… no es la primera vez que me pasa. Pero hubo algo más
Richard: ¿cómo que algo más?
Marta: cuando me desperté, tenía mi cuerpo pegajoso y había manchas en mis sábanas. Me llevé las manos a la cara y no tenía olor a mi ¿me entendés?
Richard: creo que no…
Marta: si me hubiese masturbado, en mis dedos tendría el olor de mis jugos. En casa solo estábamos Susy, vos y yo. ¿La viste subir a Susy a mi cuarto?
Richard: ¿pensas que ella pudo haberte hecho algo?
El rostro de Marta se puso de un color rojo intenso y apretó fuerte la mano de él.
Marta: te pedí que no me mintieras y que esta charla quedaría solo entre nosotros. Fuiste vos, estoy segura.
Ahora era Richard el que estaba en medio de un problema, se mordió los labios, bajó la mirada, dando a entender que había sido descubierto.
Marta meneo la cabeza en forma afirmativa, seguía manteniendo la mano de él entre las suyas. Él esperaba un cachetazo o una reacción de furia por parte de ella, pero lejos de ello, recibió un abrazo apretado, firme, cálido hasta afectuoso podría decir. Entonces levantó su rostro con los ojos enrojecidos al borde de las lágrimas. Ella lo miró y acercándose mucho más, lo beso en los labios, suavemente, de manera delicada mientras sus manos lo acariciaban. “No sabés las veces que estuve tentada de darte este beso, hace un buen tiempo que me revolucionas la sangre, no sé si decir que es amor, pero siempre debi contenerme porque sería mal visto tener una relación así” murmuró para avanzar nuevamente sobre la boca de él y ahora sí depositarle un beso apasionado, entreabriendo sus labios y esperando la invasión de la lengua del muchacho. Ella daba rienda suelta a su locura contenida, mientras él apenas si hacia algo.
Marta: ¿no te gusto? ¿No te caliento como anoche?
Richard no respondió, se lanzó sobre ella. Virtualmente le arrancó la bata, se abalanzó sobre los pechos y comenzó a comerlos como si no hubiese mañana, sus manos inquietas buscaron abrir las piernas de Marta y eludiendo la fina tela de la tanga se metieron bruscamente en su interior. Rápidamente fueron dos dedos los que se hundieron en la profundidad de su ser. Inició un bombeo violento, que arrancó gemidos intensos por parte de la mujer, los movimientos salvajes de él la hicieron encenderse y clavarle sus uñas en la espalda fuertemente.
La reacción de la mujer hizo que el luchara desesperadamente por quitarse las ropas y liberar su verga que ya era incontenible. La naturaleza no le había dado la mejor de las armas, pero sabía muy bien cómo usarla.
Apenas se sintió liberado de prendas, llevó las piernas de Marta a sus hombros y sin mediar siquiera un beso, la penetró completamente. El grito de ella debió sentirse desde las afueras de la casa, cada embestida era correspondida por un gemido intenso que se fueron multiplicando con la aceleración de los movimientos de aquel hombre que la poseía bestialmente.
Minutos de furia que concluyeron con una última embestida que retuvo dentro de la ardiente cueva de Marta, descargando todo el semen contenido por el largo tiempo que no lo hacía dentro de una mujer. Ella intentó moverse un poco más para también llegar a su orgasmo, lo tomó por las caderas y la sacudió un par de veces hasta que un temblor brutal concluyó con una acabada como nunca antes, sintió como su cuerpo despedía chorros de flujo de manera abundante, empapando a su amante y el lugar por completo.
Como en toda tempestad, llegó el momento de la calma. Richard cayó sobre ella, ya sin fuerzas y la hembra lo abrazó con sus piernas para impedirle salir de su vagina palpitante e irritada. Así permanecieron por casi una hora, con el montándola, hasta que ella no resistió más el peso y girando, cayeron ambos al suelo.
Marta: guau… estoy muerta, mi cuerpo no resiste más. Hubiera preferido algo más delicado y dulce, pero este desenfreno me dejó mucho más que satisfecha, muy llena y mucho más mujer.
Richard: no sé por qué lo hice, no debió pasar, perdóname, no quise…
Ella le cubrió la boca con la mano sin que pudiese terminar con las disculpas y la justificación. “Manito, fue lo más hermoso que me pasó en mi vida, no lo arruines” murmuró mientras se ponía de pie y dejaba ver como escurría el semen por sus piernas. Lo detuvo con sus dedos y lo volvió a su interior, de manera morbosa.
Marta: andá a bañarte, te espero en la cocina para que hablemos, más tranquilos.
Desnuda como estaba, se fue caminando con sus ropas en la mano, rumbo al baño del primer piso. En tanto él observaba incrédulo como había huellas del momento en el sillón y el piso a su lado. Tomando su remera, frotó rápidamente el tapizado sin poder quitar las manchas, tan solo logró que las mismas se agrandaran. Si pudo eliminar las del suelo, huyó hacia el área de lavado para dejar allí sus ropas y luego caminar hasta el baño donde se metió bajo el agua caliente de la ducha, buscando eliminar restos de jugos propios y ajenos. Se sintió algo más relajado mientras el agua corría por su cuerpo, cerró el grifo, se secó y se colocó ropa limpia. Ordenó el lugar y fue hacia la cocina, a esperar a Marta.
Ella llegó con el cabello húmedo, enfundada en otra bata de baño. Corrió una silla y se sentó. Le hizo señas de que el hiciese lo mismo, frente a ella. Así lo hizo.
Marta: bien Manito. Seamos muy claros. No me arrepiento de lo hecho, es más, lo disfruté enormemente, lo deseaba. ¿Y vos?
Richard: siento que traicioné a la familia, reaccioné como un animal, no supe contenerme
Marta: ¿te gustó? ¿Querías hacerlo?
Richard: anoche, después de masturbarte, estuve a punto de meterme en tu cama y aprovecharme de tu borrachera
Marta: entonces, me tenías ganas… te caliento…
Richard: sí, me haces calentar mucho
Marta: muy bien, por algo se empieza. Si lo deseas, podremos hacerlo cuando quieras pero más delicadamente. Yo lo hago por amor, te quiero.
Richard: Susy puede darse cuenta y sería un problema grande.
Marta: eso me lo dejás a mí, yo buscaré el momento y te lo haré saber
La mujer se puso de pie, se acercó a él, lo abrazó y le dio un beso corto. “Ahora vamos a limpiar el desastre que hicimos, luego cenamos y nos vamos a ir a dormir a mi cuarto. Quiero enseñarte lo que me hace gozar más intensamente y no pienso desaprovechar la noche que tenemos a solas” le dijo mientras iba en busca de los materiales de limpieza. Una hora después ya habían solucionado la mancha del tapizado y el piso. Juntos prepararon una cena liviana que devoraron y al finalizar, tras asegurarse de cerrar puertas con trabas para impedir el ingreso de Susy si lo hacía antes de que despertaran, ella lo tomó de la mano y lo llevó a su habitación.
Ya en el lugar, encendió la luz de la mesa de noche y apagó la central. Lentamente, se fue despojando de sus ropas hasta quedar tan solo con el conjunto de ropa interior brevísimo de color blanco. Acto seguido, lo hizo aproximarse y repitió el proceso con él, que dejó sobre cuerpo el bóxer.
Marta: vení, sentate a mi lado
El obedeció y se ubicó casi rozando su cuerpo.
Marta: tengo los pechos muy sensibles, mis pezones se endurecen con facilidad cuando sienten el roce de la yema de los dedos o los labios. Probalo
Ella lo fue guiando y él hacia lo que ella pedía, primero pasó la punta de sus dedos por los pezones que rápidamente se pusieron tiesos, apuntando al frente, no dudó y aproximándose pasó la lengua apenas por la punta, los notó duros, apetecibles, abrió los labios y los mamó delicadamente. Ella llevó sus manos a la cabeza de su amante y lo hizo recorrer primero uno y luego el otro, lo liberó cuando él abrió por completo su boca y atrapó el pecho tanto como pudo, con una mano acariciaba el cabello de su hombre y con la otra bajaba lentamente por su vientre hasta toparse con el elástico de la braga, que desplazó hacia un lado y siguió el recorrido hasta acariciar su raja que ya evidenciaba humedad.
Él se apartó apenas y observó lo que su hembra estaba haciendo, bajó su mano y reemplazo la de ella, acariciándola de manera algo torpe pero más profundamente. La mujer se arqueó hacia atrás y le dejó campo libre para que trabajase tranquilo. Con frases cortas, le indicaba como seguir, intercalaba gemidos con instrucciones, hasta que no pudo resistir más y se entregó por completo, dejándose caer en la cama.
Él sin guía, decidió improvisar, se arrodilló y antes de abrir sus piernas, comenzó a bajar la braga hasta los tobillos y la retiró dejando a la vista la cueva perlada de jugos, abrió aquel cofre de placer y se aproximó lentamente, besando la parte interior de los muslos. Se detuvo a centímetros, para aspirar el aroma de la excitación y sacando la lengua de su boca, la ubicó entre los labios vaginales. Ese contacto arrancó la primer frase completa de la boca de Marta: “Si manito, cómeme despacito, haceme sentir tu lengüita…”, volvió a tomarlo por el cabello y lo fue haciendo recorrer cada milímetro de su interior.
Richard estaba ebrio de flujos, seguro que le daba a su hembra el placer que quería y disfrutaba, fue acelerando el uso de la lengua provocando contracciones de la mujer, gemidos cada vez más intensos y continuos, forzándolo a permanecer allí hasta casi hacerla explotar. “Subí manito, clavame la verga y haceme acabar como una puta, no me tortures más…”
Lo hizo, se acomodó y se la fue metiendo lentamente, hasta hacer tope con su cuerpo. Ya dentro, ella marcó el ritmo, lento al principio y cada vez más intenso cuando sentía que su orgasmo se acercaba. Le trabó el cuerpo con sus piernas para que no se saliese de su interior, pero que pudiese moverse lo necesario para llevarla al punto más alto de placer, que resultó en un orgasmo múltiple, su primero. Quedó tendida sin fuerzas, mientras su hombre concluía su faena con varios bombazos que la llenaron de leche por completo.
Apenas se mantuvo unos minutos sobre ella, y luego se retiró, acostándose a su lado. No tenían idea del tiempo que habían estado en plena sesión, pero fue demasiado para ambos, que se durmieron casi de inmediato.
Las primeras luces del amanecer hicieron que Richard se despertara, tomó sus ropas, cubrió a Marta con las sábanas y salió de la habitación. Pasó por la ducha, se higienizó, se vistió y bajó a la cocina, previo abrir los cerrojos de las puertas. Una hora después, Susy ingresaba a la casa.
Susy: hola hermanito, ¿qué tal la noche?
Richard: muy bien, casi perfecta
Susy: guau… ¡¡qué expresión!! Cualquiera diría que la tuviste muy movidita
Era evidente que Susy tenía un sexto sentido para ciertas cosas, él trató de disimular lo mejor posible. Ella rió y se acercó a besarlo como cada día, por primera vez, él fue quien la abrazó y se quedaron unos minutos así.
Susy: mmm… qué lindo abrazo… voy a tener que irme más seguido para que se repita
Se despegó de él y cuando se encaminaba a poner el agua a calentar para preparar unos mates, recibió un chirlo en el culo por parte de Richard…
Susy: eppaaa… ¿así me recibís? Si querés salgo y vuelvo a entrar…
Se rio de la ocurrencia y acercándose a ella por la espalda volvió a abrazarla. Le dejó un beso en el cuello y casi como al descuido le acarició los pechos al dejar de abrazarla.
Susy se giró y lo miró a los ojos: “si volvés a hacerlo, no respondo de mis actos hermanito, lo sabés muy bien” le dijo mientras vertía el agua en el termo.
Él entendió que habría una disputa en breve: Marta era excitante, pero la atracción que sentía por Susy era mucho mayor.
Mientras compartían los primeros mates, llegó Marta a la cocina. Vestía leggins ajustadísimos y una remera suelta, pantuflas y una toalla en su cabeza. Se acercó a su hermana, le dio un beso en la mejilla a modo de saludo y uno en la cabeza a Richard, para luego sentarse frente a ambos.
Marta: ¿qué planes hay para hoy?
Richard: voy a ir hasta el campo, quiero ver si está todo listo para el lunes
Susy: yo solo tengo que preparar un trabajo de la facultad, pero si querés te acompaño hermanito
Marta: ok, vayan tranquilos, los espero para el almuerzo, tipo dos de la tarde. Saluden a las vacas por mí.
Una hora más tarde, Susy y su hermano subían a la camioneta para ir hasta la estancia, mientras Marta revisaba la heladera en busca de víveres.
Ya en viaje, Susy disparó con munición gruesa a su hermano.
Susy: ¿es necesario que te pregunte en qué habitación dormiste anoche?
Richard: ¿qué decis?
Susy: las ojeras de Marta y tus cariños, son muestra elocuente. Quiero mi parte también. Estoy dispuesta a compartirte, si es que somos discretos.
Estaban llegando al campo, el bajó y abrió la tranquera, luego ingresó el vehículo y volvió a cerrar. Lejos de ir rumbo al puesto de carga, enfiló hacia la que fue su casa de la niñez. La misma ahora era el lugar donde hacía noche cuando debía supervisar algo temprano en la mañana. Detuvo la marcha, paró el motor y se encaminó a la casa. Susy lo siguió y apenas entraron, él la tomó por los hombros y la llevó al living, la sentó frente a él y apoyándose en sus codos hizo la pregunta que ella esperaba sin dudas.
Richard: ¿Me estás proponiendo ser algo más?
Susy: solo pido que me des el mismo trato que a ella: yo te amo, desde hace años, si hasta Mariana lo sabe porque se lo dije.
Richard: déjame poner mi cabeza en orden, han pasado cosas que nunca hubiera imaginado.
Susy: entiendo. Pasaste una noche muy movida, pero sabé que voy a seguir insistiendo, además ahora no es momento, quiero el mismo trato que ella
Ella se puso de pie y salió hacia la camioneta. Richard estaba en una encrucijada: la ardiente Marta o descubrir que tan fogosa era Susy.
Pero eso será contenido de la segunda parte de la historia.
Gracias Beto por confiar en mí para publicar tu historia.
Esperamos sus comentarios, y más que nada sus opiniones.
PARTE II
Richard observó a Susy a la distancia. Retumbaban en su cabeza las últimas frases de su hermana menor: “Quiero mi parte también. Estoy dispuesta a compartirte, si es que somos discretos: solo pido que me des el mismo trato que a ella: yo te amo, desde hace años, si hasta Mariana lo sabe porque se lo dije”
Ella lo esperaba de pie, junto a la camioneta. A través del vidrio del ventanal de la casa, esa figura breve y muy bien proporcionada, que solía ocultar con ropas casuales pero mostraba orgullosa en la casa con leggins ajustados, polleras cortas, cuando no había ojos indiscretos.
Richard estaba en una encrucijada: disfrutar de la ardiente Marta o descubrir que le esperaba con Susy.
Cerró la casa, subieron al vehículo y recorrieron los corrales donde los peones preparaban el embarque de ganado para el lunes.
Susy no podía quitar los ojos de Richard, lo veía dirigir tareas como si de un experto se tratara, escuchaba su voz de mando firme y añoraba que llegase el verano para verlo nuevamente en bañador y verificar el cambio de su cuerpo que tanto la excitaba.
Aún recordaba aquella tarde de charla con su madre, cuando tras varias preguntas respecto de él, le confesó que sentía algo más que afecto de hermanos: “Susy, él se ha criado con ustedes, desde pequeño y bien sabes que no es tu hermano. Además, ¿andá a decirle al corazón como debe actuar? Solo pido discreción y que te tomes el tiempo necesario hasta saber si tus sentimientos son seguros. Cuando así sea, hablaremos con tu padre.”
Lo vio regresar, acercarse a la camioneta y tras abrir la puerta, subirse para regresar al pueblo. Ella lo imitó, trataba de eludir su mirada y apenas cruzaron un par de frases durante el retorno.
Ya en la casa, Marta los esperaba con el almuerzo listo, notó algo extraño en ambos y prefirió romper la tensión con bromas, hasta quedar a solas con Richard, para consultarle sobre lo sucedido.
Richard: Susy está segura que anoche hubo algo entre nosotros
Marta: ¿dijiste que si?
Richard: no, pero está convencida.
Marta: ok, mañana buscaré la forma de hablar con ella, por lo pronto mantengamos distancia
Pasaron dos o tres días y todo se fue suavizando, volvieron los tratos típicos entre los tres, las muestras de afecto, las charlas prolongadas de sobremesa, hasta que recibieron una llamada de Mariana.
Los tres juntos la escucharon, se enteraron de las novedades sobre la salud de Jacinto (que no eran muy alentadoras) y el aviso de que pasarían unos días en el pueblo para completar trámites legales y propios de la convalecencia. Les pidió que organizaran ciertas actividades y comodidades en la casa: necesitaba que trasladaran la habitación matrimonial a la planta baja y para eso Richard debía liberar su dormitorio. El joven ofreció a mudarse al campo para brindarles comodidad e instalarse en el puesto, mientras permanecían en el pueblo. Mariana agradeció el hecho y tras algunas indicaciones finales cortó la comunicación.
Los tres se comprometieron en ordenar todo y ambas mujeres se ofrecieron a acompañar a Richard en la instalación. Para evitar inconvenientes, el propuso que se turnaran, aprovechando las habilidades de cada una para las tareas.
La primera en acompañarlo sería Susy, la mejor en cuanto a orden y limpieza, luego lo haría Marta que era más organizada en distribución y provisión de víveres necesarios. Lo que ninguna de ellas imaginaba era que el joven casi no estaría en el lugar, ya que debía cumplir con sus tareas habituales en el campo.
Dos días antes de la llegada de Jacinto y Mariana, Richard preparó un par de mudas de ropa en un bolso, sus elementos de higiene personal y fue con Susy de compras para limpiar y ordenar la casa del puesto. Tras completar esas tareas partieron al campo. Tan solo llegar, la mujer se dirigió al baño, se mudó de ropas por algo más cómodo para realizar la tarea. Cuando salió del lugar, vió a su hermano con el torso desnudo, moviendo algunos trastes y liberando espacios para que ella hiciese su trabajo: esa imagen movilizó algo en su interior, hizo que sus hormonas comenzaran a revolucionarse.
Susy: hermanito, ¿por dónde empiezo?
Richard: la cocina, es un desastre. Mientras organizo la habitación.
Susy: ¡¡listo!!
Tal su costumbre, puso música en el teléfono y comenzó con sus labores. Bailaba y se meneaba mientras lo hacía: “¿Cuánto hace que nadie limpia acá?” le preguntó a la distancia, “Sólo limpio lo indispensable: el baño, la mesa del comedor y algo de vajilla” respondió.
Tras dejar el bolso sobre una silla, él abrió la ventana de la habitación y una brisa fresca corrió por el lugar, generándole un escalofrío. Buscó ropa de cama en un ropero y se dispuso a preparar su lecho; en ese momento Susy ingresó a la habitación, buscando que él abriese un empaque que ella no podía: se quedó mirándolo, atraída por su imagen. Se acercó lentamente y le extendió el envase, él lo tomó y sin esfuerzo lo abrió de manera algo torpe, provocando que se derramara parte del contenido.
Susy: tontito, ¡¡mirá lo que hiciste!! Ahora tengo que venir acá a juntar todo
Diciéndole esto, lo empujó a la cama. Él sorprendido solo atinó a tirar un manotazo y la arrastró, cayendo uno sobre el otro. Se reían mientras iniciaban una lucha sobre la cama, hasta que ella quedó sobre él, a escasísimos centímetros sus rostros. Fue entonces que en un acto reflejo, Susy lo besó en los labios, sin decir nada, un beso corto y se despegó para observar su reacción. Richard respondió acercándola y repitiendo el beso, pero un poco más intenso, que Susy correspondió entreabriendo sus labios. Todo pudo haberse desmadrado, de no haber escuchado un ruido que se filtró por la ventana abierta, que los hizo despegarse rápidamente. Cada uno volvió a tareas, mientras se escuchaba un par de golpes en la puerta de acceso.
Uno de los ayudantes de Richard lo buscaba para que firmase un par de documentos para hacer la entrega de algunos animales al transporte. Lo hizo, se aseguró que el muchacho estaba ya lejos de la casa y volvió a la cocina donde Susy seguía limpiando, con el rostro enrojecido por el momento vivido.
Richard: a nada estuvo de descubrirnos…
Susy: debo ser más cuidadosa…
Richard: al menos hasta que se vayan a sus casas, no podemos descuidarnos
Susy: no va a volver a pasar, tranquilo…
La abrazó por la espalda y le dio un beso en la cabeza, mientras giraba para volver a la habitación le aplicó una nalgada que sonó bastante fuerte.
El resto de la mañana transcurrió sin más roces, solo dedicados a terminar las labores. Cuando los empleados salían rumbo a sus casas, pasaban a saludar, mientras Susy preparaba algo de comer y los clásicos mates que compartía con su hermano. A las 14 horas, habían quedado prácticamente solos, únicamente un empleado cerraba las puertas de los corrales y traía las llaves para luego partir.
Susy concluía con la limpieza del piso de la habitación y se dejaba caer en una silla para descansar mientras su hermano le extendía el mate. Estaba sudada, la remera empapada en transpiración a tal punto que dejaba traslucir el brassier azul que llevaba. Los leggins se habían vuelto más oscuros alrededor de la cintura por la humedad.
Susy: mamita, que mugre tenías acá. Voy a tener que darme una ducha o dentro de un rato voy a oler como los empleados que estuvieron al sol.
Richard: si trajiste ropas, no hay problemas. Las mias no creo que te queden
Susy: tengo las que me puse cuando salimos de casa y siempre llevo ropa interior de repuesto, una nunca sabe…
Se puso de pie y se encaminó al pequeño baño. Desde la cocina podía escucharse el agua caer. “Si querés, te enjabono la espalda” le dijo entre risas Richard.
“Más quisieras tontito. Mejor alcánzame el sobre de shampoo de mi cartera”. Él buscó en el interior y se sorprendió de todo lo que la mujer llevaba en ese bolso: billetera, pañuelos, un recipiente con broches para el cabello, los sobres de shampoo, un envase con crema, un envoltorio con ropa interior muy diminuta y una caja que parecía de medicamentos. Sorprendido por ésta última, la tomó en sus manos y leyó el rótulo del envase: comprimidos anticonceptivos, abrió la caja y observó que en el blíster faltaban varias pastillas. Susy estaba en tratamiento para evitar embarazos desde hacía algún tiempo. La guardó rápidamente y fue con el sachet en la mano para entregárselo, al llegar al baño, la vio a través del fino nylon que rodeaba la ducha. Estaba desnuda, y podía notar las curvas de su figura claramente, ella giró para reclamar lo pedido y los ojos de Richard la recorrieron por completo: pechos medianos, coronados por pezones y aureolas oscuras y la entrepierna libre de vellos (todo muy distinto a Marta). La mujer corrió la cortina y lo halló ahí parado, observándola de manera muy detenida.
Susy: ¿te gusta lo que ves? Cuando lo desees, será tuyo
Él le acercó el sachet con una mano y con la otra cerró el grifo. Se aproximó y pasando un brazo por detrás de las rodillas y el otro en el hombro, la cargó y la llevó a la habitación. La depositó en la cama, se sentó a su lado y la fue recorriendo suavemente con la yema de sus dedos, desde los labios bajando por el mentón y trazando un recorrido por los pechos, de manera circular hasta concluir en los pezones, que acarició con ternura.
Aplicó cada detalle que Marta le había indicado cuando tuvieron su tarde de pasión. Ambas hermanas tenían algo en común, disfrutaban de la delicadeza en el juego previo. Las excitaban las mismas caricias, pero la diferencia entre ambas era que Susy cerraba los ojos y entreabría sus labios cuando recibía caricias por sus zonas más sensibles.
Richard estaba disfrutando del cuerpo de aquella fémina, se sentía extasiado por las respuestas y deseaba avanzar más sobre ella. Lentamente, fue bajando sus dedos por el vientre, camino a la raja rosada y palpitante. Sin que él hiciese esfuerzo alguno, la mujer abrió lentamente las piernas, permitiéndole el acceso a los pliegues de su piel.
La humedad de Susy era mayúscula, hacía que los dedos de Richard resbalaran con facilidad por toda la raja y se abrieran paso entre los labios mayores, el clítoris de la joven era muy importante y resaltaba entre ellos.
En un esfuerzo, el repitió el recorrido de sus dedos con su lengua, buscando aquella zona tan caliente. El aroma era intenso, dulce y la consistencia de los jugos algo menos viscosa que los de Marta.
Se ubicó delicadamente entre las piernas y fue directo al centro, con la lengua como si de un ariete se tratara. Penetró en ese breve espacio una y otra vez, extrayendo aquel néctar.
Susy se aferraba fuertemente a las sábanas y le dejaba hacer, no había gemidos ni gritos, solo suspiros profundos, acompañados de contracciones. Él disfrutaba de eso, al no haber presión sobre su cabeza para mantenerlo en la zona, podía darse el tiempo de observar el rostro de la mujer disfrutando del momento, para luego volver al ataque sobre la zona erógena.
Notó como los flujos se hacían cada vez más profusos, pero no recibía invitación a penetrar en el cuerpo de la mujer, hasta que ella misma elevó las piernas, ubicando sus manos debajo de las nalgas para brindarle un acceso completo. Era la señal que esperaba, se acomodó y lentamente fue ingresando en la gruta del placer, una vez dentro en su totalidad, comenzó a moverse lentamente.
La vagina palpitaba y lo estrechaba en su interior, era un masaje muy erótico que lo motivaba a moverse con lentitud y profundidad. Hacía que cada estocada llegara a fondo hasta chocar su cuerpo con el de ella, se retiraba apenas y volvía a ingresar.
Cuando la mujer no resistió más, hizo un nudo con sus piernas en la espalda de él y lo retuvo mientras dejaba escapar chorros de flujos, como si se estuviese orinando: en ese momento dejó partir de su boca las únicas palabras que escucharía durante la acción “¡¡Si mi amor, lléname toda, te amo Richi!!” y luego de tensarse por completo, pareció desmayarse.
Richard se sentía completo, muy feliz, había disfrutado como jamás antes. No podía compararlo con lo hecho con Marta, era muy distinto y con una sonrisa en sus labios, se dejó caer sobre ella, para cubrirla de besos.
La presión de las piernas de ella fue desapareciendo, hasta dejarlas tendidas sobre el colchón, mudo testigo de aquel encuentro.
Pasaron varios minutos hasta que lentamente fueron recuperando las energías, ambos sudados, agotados pero muy felices.
Susy: amor, que lindo fue esto. ¿cómo no lo hicimos antes?
Richard: sos hermosa y que bien te moves, sos única.
Susy: ¿moverme? te hice el amor, no te cogí
Richard: perdón, no quise ofenderte
Susy: si hubiera querido cogerte, lo hubiese hecho. Quería hacer el amor
Ofuscada, se levantó de la cama, tomó sus ropas y se fue a darse una ducha rápida. Él quedó tendido en la cama sin comprender.
Ella salió del baño ya vestida y con una mirada furiosa, se dirigió a él.
Susy: vestite y nos vamos, ya pudriste todo. Dale
Rápidamente se vistió y cerró cada ventana, las trabó y se encaminó a la salida, ella lo esperaba afuera, con un gesto de enojo más que evidente. Tiró en la caja de la camioneta un bulto con cosas que debían llevar a la casa y se ubicó en el asiento del acompañante.
En silencio recorrieron los 500 metros que separaban el puesto de la salida. Él bajó a cerrar el portón de salida y tomó el camino de vuelta, el silencio podía cortarse con un cuchillo, la tensión era mucha. A mitad de camino no soportó la situación y le habló por primera vez.
Richard: no quise molestarte, simplemente me salió decirte eso
Susy: podés cogerte las veces que quieras a Marta, pero no a mi
Richard: no lo tomes tan literal, fue solo una expresión
Susy: una expresión de mierda
Evidentemente ella estaba muy ofendida, pero él sabía internamente que lo habían disfrutado de manera muy intensa.
Cuando las primeras sombras del atardecer aparecían, llegaron al pueblo. Antes de detenerse frente a la casa, hizo un último intento por mejorar el momento.
Richard: quiero que sepas que jamás había pasado un momento así
Susy: seguro, solo cogiste. Es la primera vez que te hacen el amor, tarado.
La furia de Susy era incontenible, se bajó prontamente al llegar a la casa, tomó las cosas de la caja de la camioneta, entró y fue directo al área de lavado. Dejó todo y después de una rápida pasa por la cocina, se fue a su cuarto. Marta la vió pasar como alma que lleva el diablo y no necesitó de explicación alguna. Sin mediar palabras, preparó la cena, la sirvió en una bandeja y la llevó al cuarto de su hermana. Unos 20 minutos más tarde bajó a la cocina y lo encontró a Richard sentado allí.
Marta: ay hermanito… cuánto te falta aprender del trato a las mujeres…
Richard: ¿vos también me vas a castigar?
Marta: para nada… ambas te amamos, pero conmigo lo tuyo es sexo, con ella no. No soy tan tonta
Richard se llevó las manos a la cara y sintió como se derrumbaba el castillo de naipes que había creado con sus hermanas. Marta se acercó a él, pasó una mano por la cabellera del muchacho y se quedó a su lado acompañándolo.
Marta: ¡¡vamos hombretón!! Comé algo que debes necesitar energías y ándate a dormir. Mañana será otro día.
Así lo hizo. A las 7 de la mañana, sonó el despertador, se levantó, preparó el mate (como siempre) y tras un breve desayuno partió rumbo al campo, dejando solas a las mujeres en la casa. Estuvo muy ocupado y casi ni tiempo tuvo de pensar en ellas, al atardecer, volvió y repitió la rutina del día anterior. Cena y descanso, no hubo contacto con Marta y Susy. El miércoles se quedó en el puesto y aprovechó la noche y el silencio para reflexionar.
Marta era la experiencia, podría decirse que el material de estudio y aprendizaje, mientras Susy sería donde aplicar lo que aprendía.
¿Por qué sentía que Marta aceptaba solo satisfacer sus necesidades con él sin expectativas de algo más? ¿podía una mujer aceptar que era la número dos y jamás sería la numero uno?
Susy se había confesado enamorada y lo había sostenido frente a su madre, sin reparos. ¿qué sucedería si alguien llegase a la vida de Richard y se lo robara?
Fue una noche larguísima, solo acortada por una llamada a Mariana, que le manifestaba que Jacinto estaba pasando por un pésimo momento de salud, las expectativas eran casi nulas, solo se aferraban a un milagro. Eso lo llevó a tomar una decisión: se instalaría en el puesto y no volvería a la casa a menos que fuera absolutamente necesario. Tomaría distancia de ambas mujeres y trataría de encontrar una solución a aquel problema.
Aquel viernes, previo al retorno del matrimonio, Marta vio estacionar uno de los camiones del campo frente a la casa: uno de los empleados llegó con una lista de cosas que Richard necesitaba en el puesto. Cargaron todo en él y partieron rumbo al campo, Marta intentó comunicarse con Richard, pero estaba muy ocupado trabajando a campo abierto. Le contó a Susy que iría al día siguiente a verlo y que ella esperara a sus padres en la casa.
El sábado a primera hora, Marta tomó uno de los vehículos de la casa y previo paso por el supermercado en busca de víveres, partió al campo. Llegó y notó que las puertas del puesto estaba abiertas, seguramente Richard ya estaba trabajando. Entró al lugar, encontró todo revuelto y desordenado. Dejó los víveres en la cocina y se dispuso a ordenar un poco el lugar.
Al mediodía, escuchó detenerse un motor, miró por la ventana y vio bajar a alguien muy parecido a su hermano: más flaco, barba desprolija, cabellos muy revueltos, ropa desalineada y apenas cruzó la puerta un hedor como si no se hubiese bañado en días.
Marta: buenos días señor, ¿ha visto usted a Ricardo?
Richard: ¡¡Martu!! ¿cómo estas? No te esperaba
Marta: se nota… antes de tocarme, andá a bañarte y afeitarte…
Richard: ya llegó la castradora…
Marta: por favor Richard, estás hecho un desastre, dale… te preparo algo mientras limpio un poco
El muchacho marchó al baño y encontró que ella ya había empezado a ordenar su descontrol. Se bañó y afeitó, se perfumó un poco y volvió a la cocina.
Marta: ahora sí, este es mi hermanito… Hola tesoro, ¿cómo estas? Casi 20 días sin verte ni saber de vos…
Se acercó a ella y la abrazó con fuerza, le dio un beso en la frente y permaneció aferrado a ella. “Si hermanito, yo también te extraño, aunque no soy la única” le dijo mientras retribuía el abrazo.
Como casi siempre, el mate fue el centro de aquel reencuentro. Él le contó todo lo que había hecho en esos días, sus charlas con Mariana por teléfono, lo ocupado que había estado y cómo necesitaba el volver a casa para verlas, pero que el compromiso asumido con Jacinto lo mantenía ahí.
Pasaron un buen rato juntos, hasta que ella le dijo que prepararía el almuerzo, que trajese un par de chorizos para una picada, y destapase unas cervezas para la espera. Richard fue en busca de todo y volvió rápidamente para compartir más tiempo con Marta, La miró mientras ella hablaba y preparaba el almuerzo, la vio resplandeciente, algo más rellenita, pero con esas curvas súper atractivas: estaba perdido en la visión de las caderas de Marta cuando ella se dio vuelta y lo encontró así. Inmediatamente se puso colorado y quitó la vista de la figura femenina.
Marta: ay hermanito… se más discreto para mirarme el culito
Richard: perdón Martu, ya había perdido la costumbre de ver mujeres tan lindas
Marta: ¿mirás las feas también, ahora?
Richard se tentó de risa y apenas si pudo decirle “lo único que veo de un tiempo a esta parte, son vacas y ovejas”. Ella también se tentó “Espero que no te desquites con ellas, ja ja ja”
Pasado el mediodía, los empleados fueron pasando y saludando mientras se retiraban, como siempre uno de ellos completaba el cierre de corrales y traía la llave al puesto. Ya solos en el lugar, se sentaron a almorzar.
Marta: podrías haber ido aunque sea un rato a la casa, a vermos
Richard: después de aquella tarde con Susy, necesitaba alejarme un poco
Marta: pero no te alejaste, desapareciste directamente
Richard: si lo sé, estuve mal.
Marta: mañana vienen los viejos, ¿vas a ir?
Richard: si, quiero verlo a Jacinto. Me contó Mariana que las cosas vienen complicadas
Marta: eso nos dijeron, pero no mucho más.
Richard: ¿te quedás hasta mañana?
Marta: me gustaría, pero debemos tener todo listo para cuando lleguen. Eso si, dame todo lo que haya que lavar que por lo que veo es bastante.
Terminaron de almorzar y fueron a preparar las cosas para que se llevara Marta a la casa. Cargaron algunas bolsas y fueron a dar un paseo por el lugar antes de que la mujer volviese al pueblo.
Richard: Martu, tengo algo que preguntarte, algo personal…
Marta: uff… como ese sábado por la tarde… dale, preguntá
Richard: tuvimos sexo tres veces, y nunca nos cuidamos…
Marta: manito, no soy Susy… Hace tiempo que me coloqué un dispositivo para impedir embarazos, se renueva cada 5 años. Te voy a confesar algo…
Richard: decime…
Marta: he tenido sexo desde los 17 años y me gusta más cuando no hay látex y soy muy despelotada con las pastillas. Necesitaba algo más práctico
Richard: ok, no me animaba a preguntarte y eso me tenía intrigado
Marta: te digo más, me lo cambié hace una semana…
Richard: lo tenes 0 km, ja ja ja
Marta: obvio, no voy a andar por el pueblo con un cartel luminoso que diga que lo llevo puesto. Todavía no fue estrenado este…
Ambos rieron de la humorada, y emprendieron el regreso al puesto. Cargaron las últimas cosas en el asiento trasero del vehículo, él se comprometió a llevar algunos embutidos para dejar en la casa y algunas verduras que cultivaban las familias de la zona. Fueron a la casa a tomar un último café juntos, antes del retorno de Marta y cuando se iban a despedir, se fundieron en un abrazo apretado, que ella aprovecho para dejarle un beso en los labios y él para acariciarle el culito. Se miraron y sin mediar palabras se empezaron a quitar las ropas, allí mismo. Las dejaron tiradas y siguieron con los besos y abrazos, él la alzó y ella cruzó las piernas en su cintura. “llévame a la cama, te extraño guachito” le dijo al oído. “voy a cogerte como tanto te gusta, mi putita” respondió el muchacho.
La llevó a la cama, pero fue él quien se tendió sobre el lecho y la invitó a que ella llevase la iniciativa.
Se sacó el brassier y dejando sus pechos libres se ubicó sobre él, colocó una pierna a cada lado y recostándose, lo besó mientras se frotaba firmemente sobre la verga que comenzaba a ponerse cada vez más dura. Él la tomó por las caderas y le facilitó los movimientos, ayudándola a sacudirse atrás y adelante. Ella corrió la tela de la braga ya mojada y retirándole el bóxer hacia abajo lo ubicó en la puerta de su vagina: con un movimiento certero, lo llevó a su interior, brotó un gemido agudo de su garganta, acompañando la penetración total. Minutos después, cabalgaba descontrolada y recibía nalgadas mientras se sacudía como posesa.
Minutos frenéticos que concluyeron con un gran orgasmo mutuo, ella fue disminuyendo sus movimientos y él notaba el palpitar de la vagina de ella, mientras escurría 20 días de abstinencia en su interior.
Marta apoyó las manos en el pecho del joven y se empezó a erguir, hasta quedar sentada sobre él, con la verga aún dentro de su cuerpo. Le dedicó una sonrisa de satisfacción.
Marta: ufff… cuánto extrañaba esto, no sabés la veces que me toque durante las noches pensando en vos. No encontraba la excusa para vernir, hasta que mandaste a buscar tus cosas
Richard: no debias buscarlas, solo vernir y ya.
Marta: las dos veces que lo mencioné, Susy quiso acompañarme y yo sabía que íbamos a terminar en la cama, no podía permitirle venir
Richard: ¿y hoy? ¿cómo lo hiciste?
Marta: tenía que entregar un par de trabajos y luego esperar a los viejos, eso colaboró.
Lentamente se fue bajando del cuerpo de él, buscó sus prendas y tras limpiarse un poco, se vistió pronta a irse.
Marta: si demoro más, seguramente llamará, quedé en volver a media tarde
Él la observó vestirse, era una mujer muy atractiva y seguramente encontraría a alguien que la mereciese y lo borrara de su mente. Mientras tanto, el seguiría gozando de ese privilegio que la vida le daba.
La acompañó a la puerta de entrada y tras despedirse de ella, volvió a la habitación, a recomponer todo y preparar aquello que le había pedido para el día siguiente.
Durante la cálida noche, se sentó al frente de la casa con una cerveza que le hizo compañía. Pensaba en Marta, en Susy y se planteaba seriamente tomar alguna determinación para con ellas. Esperaría ver la reacción de la menor al verlo el día siguiente.
El sábado despertó muy temprano, preparó lo que restaba y después de haber cargado todo en el vehículo, se puso en marcha rumbo al pueblo. Se detuvo en el lugar exacto donde una pequeña ermita recordaba a sus padres, en una charla íntima, les contó de su vida y les agradeció haber conocido a la familia de Jacinto, que ya consideraba como propia. Colocó un par de flores junto a la imagen de ambos y retomó el camino.
Al llegar a la casa, vio que aún estaban las ventanas cerradas, símbolo de que las mujeres dormían. Caminando, fue a la panadería de la esquina, compró pan recién horneado y algunas masas que eran debilidad de sus hermanas.
Tomando sus llaves, ingresó por la puerta de servicio, fue directo a la cocina y preparó el desayuno para los tres. Cuando estuvo todo listo, encendió el equipo de audio y le dio el volumen suficiente para que ambas mujeres despertaran. Escuchó el retumbar de una ligera carrera por el piso superior, como se transformaba en un descenso acelerado por las escaleras y simplemente esperó a ver quién era la primera en aparecer.
La puerta se abrió bruscamente y fue Susy quien, apenas vestida con una remera larga, apareció en el lugar. Al verlo de pie junto a la mesa, se lanzó hacia él y dando un pequeño brinco se colgó de su cuello.
Susy: ¡¡¡manito!!! Por fin te acordaste de la familia, ¡¡te extrañé muchito!!
Le llenaba el rostro de besos y lo apretaba a su cuerpo de manera intensa.
Richard: Hola hermosa, yo también extrañaba estos abrazos y besos…
Espió por sobre el hombro de ella, y al no ver a Marta, le dio un buen beso en los labios, invadiendo la boca de ella con su lengua, para que se estremeciera con el contacto. Apenas creyó oir algún ruido más, terminó el beso y tras una pequeña caricia a la cola de la joven, la bajó al suelo.
Richard: calma chiquita, que pueden vernos
Susy: ¡¡calma, las pelotas!! Necesito muchos mimos de mi manito…
Richard: ya habrá más, ¿desayunamos?
Susy: ¿qué trajiste de rico? Se siente un aroma a pancito caliente…
Richard: pan y algunas masas, recién hechas.
Marta ingresó a la cocina, los vio acomodando todo para desayunar y sabiendo que no había sido vista, decidió sorprenderlos.
Marta: ¡¡desgraciados!! ¿Pensaban comerse todo sin avisarme?
Richard: hola Martu, jamás te dejaríamos afuera, hay suficiente para las dos.
Ambas miraron a su hermano, había tirado una frase que pudo ser mal interpretada por cualquier persona. “¿Tenés suficiente para las dos? Mirá que atrevido el pibito, Susy!! Este no nos aguanta ni medio día, ja ja ja” se descargó Marta, Susy asintió con la cabeza pues no podía responder, ya que estaba comiendo, mientras Richard se puso rojo como un tomate.
Tras la humorada, se sentaron a desayunar y a esperar la llegada de los padres. Una vez terminado, Susy subió a vestirse adecuadamente, quedando solos Marta y Richard en la cocina.
Marta: que semanita te espera hermanito, andá preparándote.
Richard: acá en casa nada, además quiero saber cómo está papá y ayudar a Mariana con todo lo que necesite.
El muchacho sabía que tendría muchas tentaciones y provocaciones de ambas mujeres, pero debía mantenerse firme si no quería levantar sospechas ante el matrimonio.
Lo esperaba una semana muy compleja, pero eso formará parte de la tercer entrega.
PARTE III
Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Una vez terminado el desayuno, Susy subió a vestirse adecuadamente, quedando solos Marta y Richard en la cocina.
Marta: que semanita te espera hermanito, andá preparándote.
El muchacho sabía que tendría muchas tentaciones y provocaciones de ambas mujeres, pero debía mantenerse firme si no quería levantar sospechas ante el matrimonio.
Lo esperaba una semana muy compleja.
Richard: voy a esperar a los viejos, quiero saber cómo está papá y ayudar a Mariana con todo lo que necesite. Después me vuelvo al campo.
Marta: no es lo que más me gusta, pero creo que es lo mejor.
Pasadas unas tres horas, se detuvo una unidad de traslado de la cooperativa del pueblo y bajó Mariana, con gesto de cansancio y en silla de ruedas Jacinto. Se lo notaba algo desmejorado, probablemente producto del tratamiento.
El joven se acercó a recibirlos, mientras sus hermanas esperaban adentro.
Richard: ¿cómo andás viejo? Te estaba esperado para irnos a arrear las vacas
Jacinto: hola hijo, acá me ves, muy cansado, el viaje agota, pero mañana vamos seguro…
Luego se giró hacia Mariana y la abrazó con fuerza, le dio un par de besos y la tomó de las manos. A la mujer se le pusieron brillosos los ojos, pero haciendo un gran esfuerzo, evitó que alguna lágrima se escapara de ellos.
Juntos entraron a la casa y los besos y abrazos se multiplicaron entre padres e hijos. Susy preparó un desayuno para sus padres y Marta los atendió a cuerpo de reyes.
Concluida esa pequeña reunión, Richard acompañó a su padre a la habitación especialmente acondicionada para el matrimonio. Lo ayudó a recostarse y lo dejó descansar. Volvió a la cocina, donde Mariana estaba a punto de iniciar el informe de lo actuado y la enfermedad de Jacinto.
Mariana: chicos, la situación no es buena. Papá pidió venir dos semanas a casa a solucionar problemas de papeles y volveremos a la capital
Susy la miraba entre la niebla que producían las lágrimas en sus ojos, Marta pasaba continuamente sus manos por el cabello de manera nerviosa y Richard era quien se mantenía con más calma.
Mariana: Sonia nos está buscando un departamento allá, donde alojarnos para no molestarla a ella y su pareja.
Richard: ¿pareja? ¿Cómo que pareja?
Susy: si, eso…
Mariana se sonrió y miró a sus tres hijos. “Sí chicos, hace ya un año que está de novia con Roberto, el hijo de Benito, que está estudiando abogacía y muy cerca de recibirse. Cuando llegamos allá, nos contó todo y nos confirmó que vivían juntos desde hacía dos meses.”
Marta: ¿Benito, el abogado de papá?
Mariana: abogado y amigo de la infancia, ese mismo. La idea de ambos es volver como profesionales al pueblo y ejercer aquí, pero les falta al menos un año para eso.
Richard: Mariana, ¿qué papeles quiere arreglar papá?
La madre tomó la palabra por un buen rato y les explicó todo con detalle. Junto con Jacinto, habían decidido colocar a Richard al frente de la producción de la cabaña de cría de reproductores, arrendar el campo para la parte agrícola y que les proporcionara un ingreso seguro a las mujeres y finalmente analizar la posible venta de la casa y trasladarse a un par de departamentos: uno para las dos hijas y otro para el matrimonio.
Benito ya estaba al tanto de todo esto y había iniciado la parte legal, que firmarían en los próximos días. Necesitaban contar con la aprobación de ellos 3, ya que Sonia estaba de acuerdo y se lo había manifestado.
Mariana: chicos, tómense su tiempo. Hay al menos una semana para completar todo, antes que volvamos a la capital. Si me disculpan, voy a descansar.
Los dejó a los tres pensativos en la cocina. Si bien les daba la oportunidad de pensarlo, parecía ya todo decidido, típico de Jacinto.
Richard se puso de pie, buscó las llaves de la camioneta y comentó a sus hermanas que iría al campo hasta el día siguiente, temprano para estar con ellas y sus padres. Marta, asintió con la cabeza y se dispuso a despedir a su hermano. Susy estaba perpleja, sin reacción. Cuando pareció volver a la realidad, solo atinó a pedirle a su hermano que le permitiera acompañarlo.
Marta entendió prontamente la situación y tomando de la mano a su hermana, la ayudó a preparar un par de cosas en una mochila para que fuese con Richard.
Marta: vayan tranquilos, yo hablo con Mariana y los esperamos mañana para el almuerzo. Diré que ella fue para colaborar con el orden de la casa.
Se subieron a la camioneta y partieron rumbo al campo. Apenas salieron al camino vecinal, Susy rompió en llanto, descargando toda su angustia: Richard extendió una de sus manos, la acercó a él y acariciando su cabeza, le ofreció el espacio necesario para que, aferrándose a su pecho, llorara hasta calmarse un poco.
Se detuvo frente a la tranquera de ingreso, abrió y volvió al vehículo para recorrer esa breve distancia que los separaba de la cabaña. Volvió y cerró la tranquera, ayudó a su hermana a bajar, la acompañó a la habitación y le comentó que iría a dar las instrucciones de trabajo a los empleados y volvería para estar con ella.
Así lo hizo, una hora después, entró en la cabaña y se acercó a la habitación donde Susy se había dormido, aun mostrando signos de congoja con suspiros al respirar. La cubrió con una manta y salió al portal de la cabaña.
Una vez allí se sentó en un sillón que tenía y comenzó a reflexionar sobre lo que había escuchado de boca de Mariana, encendió un cigarrillo y trató de comprender las ideas del matrimonio. Así pasó casi por completo la tarde, cuando los empleados comenzaron a retirarse del lugar, sus saludos lo quitaron de aquellos pensamientos. Cuando pasó el último, que le entregó las llaves de los corrales, se puso de pie e ingresó a la casa.
Tomó su celular y encontró un par de mensajes de Marta, dándole tranquilidad pues ya había hablado con Mariana y le pedía que trajese algunos productos del campo para el almuerzo. Respondió los mensajes y fue a observar a Susy.
La muchacha había despertado, pero permanecía en silencio, en el lecho con los ojos enrojecidos. Se aproximó a ella, le dio un beso en la frente.
Richard: andá a darte una ducha que te despeje un poco, te espero en la cocina.
Susy: ¿estuviste fumando? ¿Desde cuándo lo hacés?
Richard: hace unos 6 meses, cuando me vine a instalar acá.
Susy: no abuses. Me ducho y voy, tengo algo de hambre.
La mujer entró al baño y tal su costumbre, dejó la puerta abierta. Al pasar, Richard la cerró, no quería tentarse, además no era el momento para algo más.
Cuando ella se sentó a la mesa, comieron algo liviano y bebieron un par de cervezas, el anochecer era templado y tras cenar, se fueron al alero a sentarse en el sillón más amplio. El encendió un cigarrillo y ella destapó otra lata de cerveza, casi como al descuido el pasó su brazo por los hombros de la mujer y comenzaron a charlar sobre lo vivido en la mañana.
La charla fue extensa, hasta pasada la medianoche. Cuando los bostezos ganaban el sonido de la noche, se pusieron de pie e ingresaron a la cabaña.
Susy se sentó en la cama y tras quitarse las ropas, se metió bajo las sábanas. Lo hizo sin mediar palabra, Richard la miró con algo de sorpresa, pero comprendió que la muchacha no quería estar sola y prefería su presencia a su lado. Fue a darse una ducha y volvió al lecho, corrió las sábanas y se metió dentro, casi pegado a la mujer. Ella sintió el contacto, se giró y colocó uno de sus brazos sobre el pecho de él, que le respondió pasando un brazo alrededor de su cuello y la atrajo aún más. Se abrazaron y en la oscuridad de la habitación se besaron tiernamente, a modo de despedida, luego durmieron.
Cuando las primeras luces del día comenzaron a filtrarse a través de las cortinas de la habitación, él despertó. Rápidamente se levantó y dejó las llaves de los corrales donde lo hacía habitualmente mientras se quedaba un rato más en el lecho, los empleados ya sabían dónde buscarlas y seguramente las tomarían para ir a cumplir con sus tareas.
Hubo un rumor fuera de la cabaña y luego volvió el silencio, Richard sabía que ya no volverían los empleados al lugar, al menos hasta que él saliese al alero.
Fue entonces que, más relajado, volvió a acomodarse junto a la mujer. Ella seguía durmiendo, pero el brazo que antes se posaba sobre el pecho, había caído algo más abajo, le rozaba el bulto que empezaba a crecer.
Acarició lentamente el cabello de Susy, que se acercó un poco más. Con un leve movimiento, él recorrió la espalda hasta donde sus brazos se lo permitían, erizándole la piel.
Susy: mmm… buenos días mimoso…
Richard: hola preciosa, ¿pudiste descansar?
Susy: bastante bien ¿vos?
Richard: también.
Ella lo miró y se acercó a darle un beso de buenos días, él la abrazó y prolongó el beso por un buen rato. Ella cruzó una pierna sobre el cuerpo de él y notó la erección que había provocado.
Susy: parece que el muchacho también se despertó…
Richard: ¿la cuevita ya está lista, o solo el muchacho?
Por toda respuesta, recibió al cuerpo de Susy sobre él, ya sin tanga y abriendo las piernas para que pudiese iniciar el juego de excitarla. La verga caliente luchaba por escapar del bóxer, para unirse al cuerpo de la mujer.
Tras una brevísima lucha, la única prenda que le quedaba llegó hasta sus talones y lo liberó. Ahora el roce era piel a piel, y pese a que no había suficiente humedad, se abrió paso lento pero firme entre los labios vaginales. Ella se quejó un poco por la penetración, pero se fue amoldando y dejándolo entrar más y más, cuando ya lo sintió completamente en su interior, se irguió apenas, para dejarle los pechos a disposición para que los acariciara y besara.
Los flujos de ella iban brotando y facilitaban el suave movimiento de entrada y salida. Por primera vez, Richard sintió como Susy gemía ante las estocadas que le propinaba, eso lo excitó a pleno, llevándolo a acelerar movimientos.
Susy estaba en las nubes, gozaba como pocas veces antes, sentía como palpitaba su vagina y sus pezones se endurecían hasta casi provocarle dolor, placentero pero dolor al fin.
Sintió como su orgasmo llegaba a pasos agigantados y tomó la decisión de cabalgarlo hasta explotar, pero quería sentir como él se derramaba en su interior, por lo que siguió con sus movimientos, aunque sus fuerzas se acababan. Cuando estaba a punto de abandonar la idea, sintió el palpitar de aquella verga en su interior y segundos después, los chorros explotaban en su cuerpo.
Recién en ese momento pudo relajarse y sentir como su físico flotaba sobre Richard.
Susy: qué hermoso despertar, me gustaría quedarme con vos aquí durante todo el día
Richard: No sería mala idea, pero no podemos, preciosa.
Susy: vas a prometerme algo formalmente ahora
Richard: decime, ¿qué queres que te prometa?
Susy: la próxima vez, me vas a comer toda antes de ponerla
Richard: tenés razón, hasta ahora no pude probar tus juguitos. Concedido.
La vió sonrojarse, antes de volver a hablar: “¿te animarías a estrenar mi colita?” le preguntó en voz muy baja. La miró extrañado por la pregunta, y antes de dar respuesta, lo pensó. “Deberíamos intentarlo juntos, no tengo experiencia anal” le respondió.
Ambos se quedaron unos segundos serios, y luego comenzaron a sonreír, tendrían algo en común: perderían la virginidad en ello.
Se levantaron de la cama, mientras Richard recomponía la cama, tras cambiar las sábanas, Susy se duchaba. Se cruzaron en la puerta del baño, se trenzaron en un intercambio de besos, hasta que ella lo empujó al interior y salió del recinto. “Bañate que es tarde, no queremos que nos reten por demorarnos” le dijo ella mientras buscaba las prendas para vestirse.
Una hora después, iban en busca de lo que Marta había pedido para el almuerzo, se subían al vehículo y partían rumbo al pueblo.
Eran casi las 11 de la mañana cuando llegaron a la casa familiar. Los recibió Mariana, mate en mano; le dio un beso a cada uno y un chirlo en la cola a Susy. “Espero que hayan tenido tiempo de charlar y pensar lo que hablamos ayer, Richard andá que te espera Jacinto en el patio, quiere hablar con vos” le dijo mientras extendía un mate a Susy.
Las mujeres quedaron en la cocina, hablando, mientras el muchacho fue en busca de Jacinto.
Richard: buenos días viejo, ¿cómo estás?
Jacinto: algo mejor, este aire fresco me revive.
Richard: dijo Mariana que querías hablarme.
El hombre le hizo un gesto para que se sentara a su lado, cosa que el muchacho hizo.
“Hijo, la mano viene brava, no soy tonto. Quiero que me prometas que vas a acompañar a las mujeres de la casa, siempre” comenzó Jacinto con sus dichos.
Luego le detalló todos sus planes para la familia y que sería su amigo Benito quien llevase adelante todo lo legal. Le aclaró que no pensaba dejarlo sin nada, todo lo contrario: quería que él se hiciera cargo de llevar adelante lo referido al campo. Dividiría aquella área productiva en dos: una destinada a la agricultura que sería arrendada para garantizar ingresos y una segunda parte a la reproducción ganadera que le cedería a su nombre.
El joven lo escuchaba atentamente y casi rompe en llanto cuando recibió esta confirmación. Ese hombre que lo había adoptado como si fuese hijo de sangre, le estaba donando una generosa porción de sus posesiones para asegurar su futuro.
Richard: papá, no tenés que hacer eso, pertenece a Mariana y las chicas
Jacinto: no hijo, si hoy es reconocida por sus sementales, es gracias a tu trabajo y tus ganas de superarte.
Lo abrazó fuertemente y le depositó un beso en la frente. Los ojos vidriosos de Jacinto, con mirada agradecida y una sonrisa inmensa en su rostro le daban la paz que había perdido hace casi 15 años atrás cuando fallecieron los padres del muchacho.
Entraron juntos a la casa, Mariana los vio y supo que Jacinto ya había cumplido con su promesa de darle al muchacho lo que tanto merecía. Los abrazó a ambos, consciente de que todo cambiaría desde esa mañana.
Los siguientes 15 días fueron frenéticos, entre trámites legales, contratación de personal para construir lo necesario en el campo, para adaptarlo. Jacinto acompañaba al muchacho siempre que podía para supervisar las labores, recorría junto a Richard el lugar y escuchaba las ideas del muchacho, se alegraba de verlo feliz y con muchos deseos de progreso.
La última noche del matrimonio en la casa, Richard hizo un asado para agasajarlos y compartir con sus hermanas. Al día siguiente, Mariana y Jacinto partieron tal como habían llegado, en una unidad de traslado.
Por cerca de un mes, Richard fue un extraño en la casa, pasaba sus días en el campo y solo bajaba al pueblo para firmar papeles en el estudio de Benito, visitar a Marta y Susy, para luego volverse a su lugar en el mundo.
Las relaciones con las hermanas se habían estancado un poco, pero cuando alguna de ellas se acercaba al campo, había algún que otro mimo subido de tono, pero no más que ello.
El otoño llegaba a la población, y con ello noticias poco alentadoras desde la capital. Jacinto no estaba respondiendo adecuadamente al tratamiento y la cruel enfermedad lo estaba doblegando. Marta y Susy alternaban en viajes para ver a su padre y madre y cada retorno era portador de malas noticias.
Apenas iniciado el invierno y tras un viaje de Marta, Richard recibió la noticia que Jacinto pedía verlo prontamente. Habló con el capataz de la cabaña, le dejó una serie de tareas asignadas y un viernes por la noche partió en micro hacia la capital. El sábado al amanecer, llegó a la ciudad.
Con 23 años, Ricardo (el Richard en su pueblo), bajó del micro y se mezcló entre los cientos de pasajeros que arribaban a la capital. Ese muchacho de 1,75 y unos 85 kg., de rostro duro, cabello castaño, era uno más en la gran urbe. Subió a un taxi, dio la dirección que le había apuntado Marta y llegó a la clínica donde estaba internado Jacinto.
Caminó por esos pasillos interminables hasta hallar a Mariana, que al verlo corrió a él y lo abrazó, dejando que las lágrimas brotaran de sus ojos.
Mariana: te está esperando, no se quiere ir sin verte
Richard: ¿qué decis Mariana? ¿Cómo que irse?
Mariana: si hijo, su cuerpo ya no resiste más. Te pido fortaleza, el que está en esa cama no es mi Jacinto.
Se separó de ella, dejó a un lado su mochila y entró a la habitación. Efectivamente, aquella persona que estaba en la cama solo tenía de Jacinto su rostro, el cuerpo fuerte y firme ya casi no existía. Tan pronto su padre lo vio, sus ojos se iluminaron, apenas pudo levantar la mano para invitarlo a su lado. Él se acercó y con suma delicadeza, la tomó.
Jacinto: hijo, gracias por venir. Tenía muchas ganas de verte.
Richard: hola viejito, yo te esperaba por la cabaña la semana próxima, para recorrer los corrales.
Jacinto esbozó una sonrisa “Va a ser difícil hijo, no me dejan salir de esta cárcel” le dijo y entrecerró los ojos.
Mariana los observaba desde la puerta de la habitación, cuando vio ese gesto en su esposo, se acercó al lecho y le hizo un gesto al muchacho. Él dejó la mano de su padre en el borde de la cama y se alejó junto a la mujer. “Se mantiene despierto unos segundos y cae en un sopor continuo por los calmantes” le dijo. Salieron al pasillo y le contó con lujo de detalles el estado del hombre. Era cuestión de tiempo que podían ser horas o días, hasta que su vida se apagara.
Él permaneció al lado de Jacinto, durante la madrugada, escuchó un sonido proveniente de uno de los monitores a los que Jacinto estaba conectado y se puso de pie rápidamente. Miró a su padre y notó que respiraba con mucha dificultad, corrió rumbo a la oficina de enfermería y avisó a la enfermera de turno. Ambos volvieron raudamente, la mujer verificó los medidores y girando hacia él le hizo un gesto negativo: aquel hombre que lo había recogido en su desgracia, acababa de partir.
Lloró amargamente, aferrado a la mano derecha de Jacinto, notó que alguien acariciaba sus cabellos: Mariana también había sido testigo del infausto momento.
Una vez más, Richard perdía a la figura paterna, su segunda vez.
Los 10 dias posteriores fueron difíciles de sobrellevar, casi nadie salía de la casa, excepto Richard, que concurría a diario a la finca para dar instrucciones y supervisar las labores. El día que Sonia y su pareja emprenderían el viaje de retorno a su hogar y estudios, Richard y Mariana fueron al campo.
Él le mostró las nuevas instalaciones y la llevó a la cabaña, para compartir unos mates antes de volver a la casa del pueblo.
Mariana: Richard, ahora sos el hombre de la casa. Espero puedas hacerte cargo de aquello que te pidió Jacinto. Confío en vos.
Richard: dalo por hecho Mariana, voy a honrar a mi padre.
La mujer lo abrazó muy fuerte y así se mantuvo por unos minutos. Ambos dejaron escapar lágrimas y ya repuestos volvieron al pueblo, a despedir a la pareja.
Se iniciaba una nueva etapa en la vida de Richard, que traería sorpresas y complicaciones que el muchacho debería afrontar.
PARTE IV
El invierno fue bastante cruel para la familia: la ausencia definitiva de Jacinto provocó distintas reacciones en las mujeres de la casa.
Mariana era un fantasma que deambulaba por la misma, casi siempre con ojos enrojecidos y sumida en una depresión que parecía avejentarla un año por día.
Marta, había retomado sus estudios y era la razón para seguir adelante. Ya pensaba en mudarse en busca de nuevos horizontes, sabía que Susy ganaba la pulseada por el hombre y creía que era hora de levantar vuelo.
Susy, esperaba ansiosa la bendición de su madre para confirmar su relación con Richard, pero sentía que el muchacho estaba más preocupado por el trabajo que por ella.
Richard dejaba horas y horas en la cabaña y el campo, buscando cumplir fielmente aquello que había prometido, asegurar el bienestar de las mujeres y dar calidad a sus planteles, como Jacinto había pedido.
La llegada de la primavera trajo buenas noticias al joven: dos de sus principales reproductores habían sido seleccionados para competir a nivel nacional en una exposición ganadera. Recorrió los escasos 15 kilómetros que separaban la cabaña del pueblo rápidamente, urgido de comunicar la novedad al resto de la familia. Llegó a la casa e irrumpió en la cocina, donde las mujeres desayunaban en su silencio habitual. Las tres se sobresaltaron y dieron un pequeño grito.
Richard: ¡¡metimos dos animales en la exposición nacional!!
Las jóvenes mucho no entendían de eso y menos aún la emoción del muchacho. Solamente Mariana comprendía la algarabía del joven, luego de tantos años inmersa en esos temas, por lo que se puso de pie y lo abrazó con intensidad: comprendía que el muchacho estaba encaminado a cumplir sus promesas.
Mariana: me alegro mucho hijo, te felicito
Marta: ¿tanto escándalo por dos toros que se van de viaje?
Richard: solo 30 animales de todo el país participan y si son premiados, su venta aseguraría un ingreso de dinero muy importante.
Susy: ¿tus toritos me van a comprar el departamento?
Richard, dependerá de los compradores, pero puede ser…
Recién en ese momento, las dos jóvenes comprendieron la felicidad del muchacho. La ausencia de él en la casa empezaba a dar frutos, pese al enojo de las hermanas, que preferían tenerlo más cerca con ellas que recluido en el campo.
Richard contó que visitaría a Benito (el abogado familiar) para averiguar sobre el avance de los trámites sucesorios y volvería al campo, pues había prometido un agasajo a sus empleados por el éxito conseguido.
Susy: pibito, ¿y nosotras? ¿Cuándo vamos a recibir algún festejito?
Richard: el domingo las espero en la cabaña y me encargaré de cocinarles un buen asado.
La semana transcurrió entre trámites, exámenes y negocios. Ya el viernes, Marta aprovechó que Mariana se reuniría con amigas y que Susy tenía que presentar ponencias de estudios, para llegarse a la cabaña a ver a Richard.
No hacía falta ser muy lúcida para saber que el muchacho no habría puesto mayor interés en asear la cabaña, por lo que fue con toda la intención de dejarla presentable antes de la visita del domingo.
Llegó y lo encontró recién levantado, tomando sus clásicos mates, antes de dedicarse a sus labores.
Marta: ¡¡buenos días manito!! Vengo a ordenar este bodrio, antes que venga Mariana. Si lo encuentra así, va a querer poner a alguien que haga la limpieza, que no es tu fuerte.
Richard: ¡hola Martu! Gracias por venir, estoy muy tapado de trabajo, me vendrá muy bien una mano.
Se acercó a la mujer, la abrazó y le dio un beso mucho más que amistoso.
Marta: aflojá manito, vengo a limpiar la casa, no a lustrar la herramienta
Richard: bueno che, no se puede ser mimoso…
Marta: dale mimoso, pásame un mate y ándate a laburar, que tengo bastante por hacer.
La mujer vio la casa, los muebles, las ropas desparramadas por todos lados y sintió un olor bastante fuerte: olía a hombre y eso la podía calentar.
“Cuando vuelvas para almorzar, hablaremos un poco de este lugar y algunas cositas muy necesarias” le dijo mientras lo empujaba hacia la salida.
Richard se fue y Marta se dispuso a comenzar con el aseo. Se quitó las ropas que traía y se colocó algo más cómodo para trabajar: leggins y una remera bastante gastada. Levantó ropas, las metió en una bolsa para llevarlas a lavar, abrió ventanas e hizo correr aire fresco para cambiar el aroma. Entró al baño y encontró medias, calzado y ropa interior en un rincón. Algo traicionó su subconsciente, levantó un bóxer y lo llevó a su rostro. Olía a él y tenía algunas manchas endurecidas amarillentas: “¿quién habrá sido la inspiradora de esta paja?” pensó mientras llevaba todo a la bolsa. El resto de la mañana pasó rápido, tanto trabajo la había hecho sudar, sentía claramente cómo se adhería la remera a su piel y la tela de los leggins se volvía calurosa y pegajosa.
Sobre las 13, se puso a preparar un almuerzo rápido, con algunos víveres que había traído de la casa: una buena ensalada y unas milanesas. Cuando el muchacho llegó, la mesa estaba lista y el aroma de la comida recién hecha brotaba desde la cocina al patio.
Richard: Martu, ya vine. Me comería una vaca…
Ella apareció desde la cocina con un par de fuentes con los alimentos y los dispuso en la mesa. Volvió a la cocina y trajo unas latas de cerveza bien frías que guardaba en la heladera de campaña. Él se acercó a ella, y con un beso en el cuello agradeció los alimentos que había preparado.
Marta: otra vez el manolarga… Tenés que comer las milanesas, no mi cuello
Richard: ¡qué arisca estás!
Marta: para nada, primero el almuerzo y después el postre…
Se rieron de la humorada y se sentaron a compartir la mesa. Mientras lo hacían, ella le indicó algunas necesidades elementales que debía atender.
Marta: nenito, necesitas una cama cómoda donde descansar, una heladera que enfríe y no como ésta que parece calentar, quizá un televisor para no aburrirte en las noches y para no vivir en la prehistoria: internet.
Richard: estoy bien así Martu, ¿para qué más?
Marta: una cama, porque no podés traer a una mujer a una tan pequeña. Si no montan, no entran. Heladera: no hay nada frío en esta casa, ni agua. Un tele para no aburrirte estando solo e internet para que puedas contactarnos a nosotras, a tus clientes, a Benito. Seguro que hasta tus empleados tienen todo eso, sos un patrón pobre o miserable…
Richard: ¿estás segura?
Marta: obvio, después de comer lo llamamos a Benito y le pedimos que pida todo eso en la Cooperativa. Plata tenés de sobra, disfrutala.
Él dudaba un poco y ella dio en el clavo justo con su siguiente comentario: “cuando venga Mariana el domingo, va a preguntar dónde dormimos Susy y yo las veces que vinimos a verte ¿qué le vas a decir?”. Richard comprendió que ella tenía razón y accedió. Terminaron el almuerzo, llamaron a su apoderado y le pidieron las cosas, a las que él accedió. Solo había un problema, la entrega de todo, Marta confirmó que ella pasaría a buscar el tv, pero necesitaba la cama y el colchón al día siguiente, la heladera podría esperar hasta el lunes. La gente del servicio de cable e internet vendría el sábado por la tarde y dejarían todo listo.
Marta: solucionado pibito, ahora vamos a traer tu cama acá al living y la transformaremos en un sillón, cuando tengas visitas, podrá usarla sin problemas.
Pusieron mano a la obra, generaron el espacio y luego movieron la pesada cama al lugar preparado. Una vez allí, ella dispuso las ropas de cama y dejó todo acomodado. “Hoy vas a dormir acá, mañana traigo un juego de sabanas y acolchado para la nueva cama y un acolchado para ésta, ¿ok?”.
Él asintió con la cabeza y se sentó en el lecho. Tomó de la mano a Marta y la atrajo hacia él, que cayó sobre su cuerpo.
Ambos sabían que lo que sucedería era inexorable, se deseaban y se necesitaban. Él pasó sus manos debajo de la remera y acarició la espalda de la mujer, que se estremeció al sentir sus dedos. De más está decir que la entrepierna de Marta estaba húmeda y caliente, urgida de ser mimada, acariciada.
Ella se giró y quedó de espaldas a la pared a milímetros del rostro del muchacho. “Manito, quiero que sepas algo: hoy será nuestra última vez, espero que sepas disfrutar cada segundo que pasemos juntos, no habrá otra oportunidad. Me voy a la capital con Sonia, terminaré mi carrera y quizá vuelva al pueblo. Conmigo gozas, pero no me amas, me querés mucho, pero no más que eso y lo sé” le dijo antes de apropiarse de su boca y darle un beso intenso y profundo.
Richard quedó perplejo, pero no podía desaprovechar esa última oportunidad. Tomando la remera la desplazó por la cabeza y la dejó con los pechos al aire, duros como nunca, estaba por empezar a quitarle los leggins cuando recordó que las ventanas y puertas aún estaban abiertas. Rápidamente se puso de pie y recorrió cada una de las aberturas y las cerró perfectamente. Volvió a la cama, pero antes de recostarse junto a Marta se desnudó por completo, ya sin prendas, corrió las sábanas y la dejó totalmente al descubierto: solamente una tanga mínima de color rojo cubría la raja, y la tela dejaba observar que ya había humedad: el centro tenía un color mucho más oscuro.
Se aproximó y comenzó a acariciarle el cuerpo, tal y como ella le había enseñado, la piel de la mujer se erizaba y de sus labios brotaban suaves gemidos ante cada recorrido.
Comenzó a besarle el rostro y fue bajando milímetro a milímetro, deteniéndose en los pechos y los coronó mamando los pezones, mordisqueándolos.
Sin saber si lo que hacía era correcto, fue bajando por el vientre, hasta toparse con el elástico de la tanga. Dudó unos segundos y pasó su lengua por encima de la tela, dibujando la raja plena de fragancia a hembra en celo. La miró a los ojos y ella le dio el visto bueno para que siguiera avanzando, le retiró la tanga y al fin la dejó absolutamente desnuda. Retomó el pasar la lengua por la raja y por primera vez en su vida, estaba comiéndose a una mujer. Ella lo tomó por los cabellos y lo guio en búsqueda del clítoris que ya comenzaba a asomar, acomodó sus dedos abriéndole los labios vaginales y metió su lengua en el interior de Marta. El suspiro que ella emitió y la fuerza con que lo aprisionó, le daba la pauta que el trabajo era el correcto.
Lentamente, Marta fue elevando sus piernas, para que pudiese besar y lamer cada centímetro de su cuerpo: el sabor salado del sudor se mezclaba con los jugos que brotaban de su vagina. Richard estaba extasiado, quiso recorrer totalmente la raja y se topó con el esfínter anal de Marta, prieto y misterioso.
Marta: bajá juguitos de mi conchita y mojalo, si se hidrata, se abrirá un poco y podrás meter tu dedo
Richard seguía las instrucciones de su guía y comenzaba a descubrir nuevas sensaciones. Sus dedos toscos y callosos eran ásperos para aquel hoyuelo.
“Comemela un poquito más, así tendrás mas jugos para dilatarme el culo” le murmuró mientras se arqueaba para darle mayor espacio de trabajo, pero no era suficiente. Lo detuvo y rápidamente se giró en la cama, se ubicó en posición perrito, abriendo las piernas, empinando el culo hacia arriba, dándole un panorama perfecto de la concha brillante y ardiente, su culito libre para que pudiese seguir con su trabajo. En un acto reflejo, el bajó su cara y pasó la lengua por aquel orificio arrugado y marrón, dejó caer algo de saliva en el centro y volvió a poner el dedo en la misma puerta. Un movimiento de ella y desapareció la primer falange, con un gemido más intenso que los anteriores.
“Por lo que más quieras, méteme la verga en la concha y deja el dedo quieto, yo me encargo de todo” le dijo en medio de un quejido mezcla de placer y dolor.
Como siempre, él obedeció y dejó que la verga caliente se hundiese en la mujer, que con dos o tres movimientos acompasados, terminó por llevarse el dedo por completo dentro de su culo.
“Cogeme, despacito, sin sacar el dedo, pero échame saliva para que pueda moverlo” pidió casi al borde de las lágrimas.
Richard lo hizo, ella hundía la cara en la almohada para ahogar sus gritos de placer y él aguantaba lo más que podía. Quería quitar el dedo y moverse dentro de ella, llevándola a lo más alto del placer, hasta que no resistió más.
Bruscamente retiró el dedo, vio el culo enrojecido y dilatado, pero estaba decidido a llenarle la cueva de semen caliente, habían pasado 15 días de su última vez y los huevos le rebalsaban de leche.
Cuando el dedo abandonó el cuerpo de Marta, la velocidad de ambos fue intensa, pese a no tener movimientos acompasados, llegaron a un orgasmo común que dejó sin fuerzas a ambos. Él cayó sobre ella y la aplastó violentamente, la dejó ensartada, de piernas abiertas y chorreando.
Unos minutos después, se acomodaron en la cama, para poder descansar.
Marta: creí que podía entregarte mi culo, pero no pude, me encanta como me deja la concha tu verga.
Richard: Martu, me niego a aceptar que no habrá otra vez
Marta: manito, vos sabes que Susy es tu mujer. A mí me cuesta aceptarlo pero es así, no lo hagas más difícil.
Se abrazaron y se quedaron tendidos en la cama un buen rato, hasta que el sol parecía esconderse en el horizonte.
Marta: me tengo que ir, mañana vengo con Susy a ordenar lo que falta.
Richard la besó una vez más, agradeciéndole sus clases y sin demasiadas ganas, la dejó partir.
La noche fue muy larga para el muchacho, le costó conciliar el sueño, pero entendió que Marta tendría sus razones para tomar esa decisión. Al amanecer, se despertó a la espera de la llegada de sus hermanas. Abrió puertas y ventanas para ventilar la cabaña, a lo lejos vio venir una camioneta de la Cooperativa. Abrió la tranquera y facilitó el acceso al lugar.
Un par de empleados bajaron la cama, el colchón y la heladera. Llevaron el mueble y el colchón a la habitación y ubicaron la heladera en la cocina, le recomendaron no enchufarla hasta el mediodía. Luego se fueron y lo dejaron con esas tres nuevas adquisiciones, liberó de las envolturas el colchón y lo ubicó sobre la cama; también retiró el embalaje de la heladera y se puso a leer las instrucciones de instalación.
Revisaba cada uno de los compartimientos, cuando las mujeres llegaron.
Susy: ¡¡Hermanito!! Vení a descargar el tv, nosotras solas no podemos
Richard: hola Susy, ¿cómo estás?
Susy: dormida… los sábados no me levanto antes de las 13 y lo sabés…
Marta descargaba un par de bolsas con ropa lavada y las nuevas sábanas para la cama principal. Susy entró a la habitación y se dejó caer en el lecho. “Olorcito a nuevo, pero durísima, manito…” le dijo mientras se sentaba. Según había leído, era ideal para personas que tenían su peso, algo rígido pero lo mejor para él.
No permanecieron mucho tiempo, solo lo suficiente para ordenar un poco, dejar las provisiones para el día siguiente. Antes de partir, Marta se acercó a él y le hizo un pedido especial: “Mariana está bastante bajoneada, fíjate que podés hacer para levantarle el ánimo, ¿sí?” él asintió y le sugirió que trajesen algunas prendas para que se quedase un par de días en la cabaña, de ese modo, la sacaría de la casona del pueblo y quizá el aire del campo la reanimase. Marta estuvo de acuerdo y le aseguró que así lo haría. Partieron y lo dejaron solo esperando al personal del servicio de cable e internet, que llegó apenas pasado el mediodía. Un par de horas después, ya habían dejado todo conectado y listo para el uso. Tras la firma de los documentos de instalación se retiraron.
El domingo, se levantó muy temprano, acompañado de sus inseparables mates, se dedicó a preparar todo para recibir a las tres mujeres de la familia.
Organizó el almuerzo, buscó los cortes de carne que más les agradaban, la parrilla y ubicó sillas y una mesa improvisada para disfrutar de un día que amaneció cálido. Cerca de las 10 de la mañana, llegaron las invitadas.
Fue al encuentro de Mariana y tomándola de la mano la llevó a recorrer el lugar, mostrándole las comodidades de las que disfrutaba diariamente.
Mariana: lo tenés hermoso al lugar Richard, solo te haría falta una mujer que te lo mantenga, porque con tu trabajo, no te sobrará tiempo.
Marta, que escuchaba la charla a la distancia, se sonrió y pensó: mamá querida, si supieras lo que era esto hace un par de días…
Susy buscó rápidamente donde conectar su equipo de música y colocar algo que amenizara la juntada. Vio el mate sobre la mesada, le cambió la yerba y con termo en mano se ubicó en la mesa para desayunar.
Susy: ¡¡manito!! Apurá el fuego que venimos con hambre…
El muchacho rio y volvió junto a Mariana al patio, mientras las mujeres disfrutaban del mate, el inició el asado encendiendo las brasas y salando los cortes de carne.
Richard: Mariana ¿qué planes tenés para esta semana?
Mariana: no mucho hijo, las tareas de la casa, visitar a Benito por papeles y poco más ¿por qué preguntas?
Richard: quédate un par de días acá, los muchachos están enfocados en el traslado de los animales a la rural y no tendré mucho trabajo. Te voy a llevar a recorrer las nuevas instalaciones y visitar a los empleados, ¿querés?
Mariana: ay nenito, no sé si soy buena compañía, además no vine preparada
Al escuchar eso, Marta se puso de pie, fue al baúl del auto y retiró un bolso pequeño, lo trajo y se lo entregó a su madre.
Marta: pero nosotros si te preparamos todo, te quedás con el individuo este hasta el miércoles por lo menos…
Mariana: nena, ¿cómo te atreviste a preparar todo sin avisarme?
Susy: si lo hacía ibas a decir que no, entonces lo hicimos a escondidas
Richard: no tenés excusa válida.
Se aproximó a la mesa donde estaban las mujeres y abrazó a la jefa de familia, le dio un beso y lo mismo hizo con sus hermanas. Almorzaron entre risas, historias, recuerdos, alguna que otra lágrima cuando era Jacinto motivo de las charlas. Cuando el sol comenzaba a desaparecer en el horizonte, Marta y Susy se despidieron de los dos y emprendieron el regreso.
La noche cálida, invitaba a permanecer bajo el alero, compartiendo un trago. Richard entendió que era el momento de averiguar cosas de su pasado, de la familia y sobre todo cómo se sentía Mariana.
Ella era una mujer de 50 y pocos, que siempre solía vestir impecable, cabellos cortados tipo melena, entrecano, maquillaje delicado, pero hoy la veía algo descuidada, a cara lavada, enfundada en un conjunto deportivo bastante descolorido, los cabellos más grises que lo habitual… Sin duda había algún síntoma de dejadez.
Richard: Mariana, contame un poco de tu matrimonio y cómo tomaron la decisión de adoptarme.
La mujer se acodó a la mesa y con la voz algo apagada comenzó a relatarle su historia.
Conoció a Jacinto en la adolescencia, siendo ella casi una niña. Ella provenía de una familia de bajos recursos, que solía cumplir algunos trabajos en el campo de la familia de su esposo. Ella lo admiraba y soñaba con algún día llegar a ser su amiga, pero las diferencias sociales la ponían muy lejos de aquello.
Durante la época de estudios secundarios, él dos años mayor, concurrían a la misma escuela, solían compartir actos escolares y poco a poco le fue prestando más atención, ya que la mujer era de las más bellas del poblado.
Fue en una fiesta patronal, que coincidieron, él la invitó a bailar por primera vez y desde ese mismo momento comenzó la relación que los llevaría al matrimonio. Durante los primeros años de noviazgo, ambas familias recelaban entre ellas: la de ella pensando en que sería un entretenimiento y la de él que se aprovecharía de la posición social y económica de ellos.
Hubo varios intentos de distanciarlos, pero lo que sentían era más fuerte. Fue así que cuando Jacinto cumplió la mayoría de edad, se presentó en casa de Mariana y pidió formalmente su mano (tal la costumbre del lugar).
Un año y medio después, se casaron. Jacinto se dedicó de lleno a la producción agropecuaria, negocio familiar (era hijo único), abandonando estudios. Dos años más tarde, nació Sonia, la hija mayor de la familia y eso terminó de afianzarlos.
La misma enfermedad que le costó la vida a Jacinto, se llevó a su padre, por lo que pasó a ser la cabeza de la familia, quedando a cargo de su madre, su esposa, su hija y en breve a la segunda, Marta.
Antes del nacimiento de Susy, falleció la madre de Jacinto, generándole algunos trastornos económicos, que fueron salvados por la aparición de Benito. Amigos desde la infancia, le ayudó a evitar penurias económicas con su conocimiento de leyes y recomendándole personal idóneo para la explotación. Así llegaron los padres de Richard al campo, por recomendación expresa.
Tan buena era la labor que desempeñaban Ramón y su esposa, que Jacinto les tomó un afecto especial. Cada tanto, las palabras de Mariana se quebraban por la emoción, hizo un breve silencio y retomó el relato, justo en la fatídica noche del fallecimiento de la pareja.
“Mi esposo no quería que tus padres volvieran al campo, les ofreció quedarse en la casa junto con vos, pero ellos insistían en que debían regresar por algunas tareas que los esperaban en la mañana, antes de volver a la exposición. Al menos aceptaron que te quedarás con nosotros” apuró un trago más de su vaso, como tomando impulso para completar la historia.
“Cuando nos avisaron lo que les había sucedido, Jacinto no paraba de culparse, por no haber insistido más. Pero era cuestión del destino. Esa misma noche me dijo que se haría cargo tuyo, porque así lo sentía” remató.
Luego explicó los trámites infinitos que debieron afrontar para que las tías del muchacho aceptaran ceder su tutela y cómo Jacinto notó que tenía las mismas habilidades de su padre.
Por eso decidió darle todas las herramientas para que se formara como empleado, pero también como persona. “No se equivocó, tenía una mirada especial para esas cosas, y aquí estás, siendo el sostén de un grupo de mujeres, sos el hijo varón que no tuvimos”.
Él se levantó de su silla y se sentó a su lado, le pasó un brazo por sobre el hombro y la abrazó. La mujer se sintió reconfortada y a la vez mucho más tranquila, pues había dejado salir buena parte de la carga que llevaba dentro. Concluyeron sus tragos y entrando a la casa, fueron a descansar.
Él se ubicó en la pequeña cama que habían dejado en el living y le cedió su nuevo lecho a ella. En el transcurso de la noche, la sintió sollozar, hasta que al fin el silencio se hizo dueño del lugar.
Al alba, el muchacho se levantó y preparó el desayuno colocándolo en una bandeja, unos minutos después ingresó al cuarto donde Mariana permanecía acostada.
Richard: buenos días dormilona, ¿desayunaría conmigo?
Ella se movió un poco y tiró de las sábanas para cubrirse, le dedicó una sonrisa y le pidió que la esperara en la cocina, no estaba presentable para desayunar allí.
Él se retiró de lugar y la esperó en la cocina. Minutos después, ella entraba enfundada en un jogging gris, el pelo recogido en una cola y sin nada de maquillajes.
Mariana: ¿dónde vas a llevarme?
Richard: vamos a pasar por los nuevos cuadros de crianza y visitaremos a los empleados en su cuarto de descanso. Se juntan entre las 10 y las 11 a tomar unos mates y por ahí ligamos algún embutido de los que ellos hacen
Mariana: excelente plan. A la tarde, quiero que me lleves al monte del fondo, por donde pasa el arroyo, ¿si?
Richard: echo.
Cumplieron con el plan de la mañana, cuando llegaron al comedor de los empleados, éstos se pusieron rápidamente de pie y se acercaron a saludarla, no la veían desde el fallecimiento de su marido. Hubo muestras de afecto por parte de los más antiguos y respeto por parte de los más nuevos.
Cuando se sentó con ellos a comer y compartir una taza de café, Richard vio con que admiración la observaban los empleados, era casi una más. Sabía de las tareas que se realizaban y preguntó por las esposas y parejas de cada uno. “Mariana, ¿seguimos la recorrida? Los muchachos tiene que seguir con sus labores” le dijo. Estaban a punto de partir cuando Rolando, el más viejo de los empleados, se acercó y les entregó un paquete: “Para que lo disfrute patrona” dijo mientras se lo dejaba. Mariana agradeció y volvieron a la recorrida.
La mujer estaba maravillada del progreso de las instalaciones y lo bien que se sentían los empleados, casi podría decirse que Richard era una más de ellos y no el jefe.
Volvieron a la casa y almorzaron, aprovechando el regalo de los muchachos del galpón: chorizos secos, jamón y otros embutidos.
Mariana: me cambio de ropas y me llevás al montecito
Richard: ¿sin siesta?
Mariana: si, quiero recorrer ese lugar y quizá hasta darme un baño en el arroyo
Mientras la mujer se alistaba, Richard preparó la camioneta y colocó un par de sillas plegables para sentarse en el lugar al que iban.
Cuando Mariana salió de la casa, llevaba una remera de Susy y un short de lycra negra, más un toallón al hombro. Era la primera vez en años que Richard la veía con esas ropas y se sorprendió del físico que tenía la mujer, no la imaginaba así. Subieron al vehículo y recorriendo el camino algo agreste al principio y luego poblado de árboles, llegaron al recodo que Mariana quería visitar.
Era muy similar a una pequeña playa, donde predominaba el verde y a escasa distancia el remanso de un arroyo de aguas calmas y cristalinas. Ella bajó rápidamente y se encaminó hasta la orilla, aspiró profundamente y se llenó los pulmones de aire fresco y puro, ya casi no recordaba lo que se sentía cuando hacía eso. La mente se llenó de recuerdos, tardes de verano con sus hijas, picnics en familia, siestas tendida en sobre una manta en el suave pasto del lugar. Richard la observaba y podía notar la felicidad en su rostro, vio cómo se descalzaba y se aproximaba lentamente al agua, notó el escalofrío cuando sus pies quedaron cubiertas por el líquido elemento.
Estuvo unos minutos así, inmóvil, disfrutando la sensación, hasta que pareció volver a la realidad. Se giró y haciendo gestos con la mano lo invitó a acompañarla, él dejó las sillas tiradas, al igual que la mochila con el equipo de mate y algunos sándwiches, y se acercó. Se quitó el calzado e ingresó al agua, junto a ella.
Mariana lo tomó por la cintura y se aferró a él, su rostro estaba radiante, una sonrisa dibujada en él lo demostraba, no habló para nada, simplemente se apretó el abrazo para que él le correspondiese. Richard recordó una de las frases que ella repetía cuando los traía al remanso y no dudó en usarla.
Richard: todavía no podés meterte al agua, tenés que esperar la digestión
Mariana lo miró y estalló en una carcajada: “¿te acordás? Era la excusa justa para que jugaran un rato antes de meterse al arroyo. Una pavada gigante, pero que siempre me dio resultado” le dijo mientras lo empujaba hacia afuera.
Volvieron al rellano, extendieron una manta y armaron las sillas, para sentarse a reposar un rato.
Por primera vez, Mariana lo vio encender un cigarrillo, dar un par de pitadas y dejar salir la bocanada de humo, como si se desinflara. “Nenito, ¿desde cuándo fumás?” le consultó. “Cuando papá viajó por primera vez por su enfermedad, me costaba mucho dormir y algo me llevó a hacerlo, es una manera de aplacar el ánimo o como ahora, disfrutar un buen momento” respondió el muchacho. Ella tomó el atado de cigarrillos, miró la marca y el tipo de tabaco, tomó uno y lo llevó a su boca, para luego encenderlo.
Richard: ¿y vos, desde cuando lo hacés?
Mariana: Después que nació Susy, pero soy fumadora social, en algunas reuniones o en ocasiones especiales, muy particulares.
Richard: no me aclares mucho más, porque voy a sospechar cosas raras
Mariana: no tenés nada que sospechar, te lo confirmo.
Richard: mirala vos a la Marianita…
Mariana: ha pasado muchísimo tiempo de esas circunstancias, solo me queda la parte social.
El muchacho comprendió los dichos, pero no quiso ahondar en el tema, preparó el mate y compartieron una ronda. Al terminarla, Mariana se puso de pie, se quitó la remera dejando ver que había tomado un brassier de Marta y se encaminó al agua nuevamente, esta vez ingresó decidida y se zambulló en el remanso. Segundos después, emergió y llamó al muchacho para que la acompañara. Él se quitó la ropa y casi a la carrera se llegó a la orilla, ella lo recibió salpicándolo antes de que pudiese meterse. El agua estaba algo fría, pero entendió que si no entraba rápido, no lo haría.
Estando ambos en el agua, jugaron, se salpicaron, se abrazaron varias veces y disfrutaron por un rato del lugar, cuando sintieron que el frío los superaba, salieron y fueron a cubrirse rápidamente. Mariana temblaba y Richard buscaba quedar al sol para que lo calentase. “Esto es una locura, el agua todavía no tiene buena temperatura, recién la tendrá en un mes, aproximadamente” le mencionó ella. Él asintió. La cubrió con dos toallones y la frotó para que su cuerpo comenzara a tomar calor.
Tras comer algo, decidieron volver, pues Mariana no recuperaba temperatura. Al llegar a la casa, ella ingresó rápidamente directo a la ducha, para que el agua caliente la ayudara a vencer el frío.
Regresó cambiada con el jogging gris y una campera, la temperatura había hecho mella en su cuerpo. “Nenito, creo que voy a meterme a la cama, tengo demasiado frío” le dijo. “¿Miramos tele juntos? ¿me harías un lugar en mi cama?” le respondió. “Como cuando se enfermaban y eran chicos, yo me acostaba con ustedes hasta que se dormían…” aceptó la propuesta.
Ella se fue al cuarto, mientras el joven ordenaba lo que habían traído de vuelta. Un rato más tarde y ya con ella acostada, pidió permiso, y pasó al cuarto de baño a darse una ducha. Cuando salió, llevaba puesto un short y una remera, que utilizaba normalmente para dormir. Ella abrió desplegó las sábanas y le hizo un espacio a su lado. La mujer tenía el cuerpo frío y no era necesario tocarla para sentirlo, él se aproximó un poco y con el calor de su cuerpo intentó brindarle temperatura.
En un momento dado, la sintió respirar más tranquila y de manera acompasada: se había dormido. Minutos después, él también cayó rendido.
¿Cuándo pasó? ¿En qué momento? Lo cierto es que Richard despertó abrazado a Mariana, en posición cucharita, con su brazo derecho apoyado sobre los pechos de la mujer. Obviamente se habían movido dormidos hasta ubicarse así y la proximidad de los cuerpos había generado el calor que inconscientemente los motivó a esa ubicación en el lecho.
Él sentía la piel suave y tibia de las nalgas femeninas afirmada a su entrepierna que amenazaba con dejar ir su miembro entre ellas. El camisón de Mariana se había levantado hasta la cintura y la tela de la tanga era lo que separaba el short de él de un contacto directo.
Sorprendido, trató de quitarse de allí, lentamente para no despertarla. Al desplazar las sábanas para salir de la cama, la mujer se movió apenas, sintiendo el frío que venía del exterior del lecho. Tembló y giró hacia el lugar desde donde provenía el aire fresco, y lo vio de pie, de espaldas a ella, tratando de vestirse en silencio. Entre las sábanas, acomodó el camisón.
Mariana: hijo, no te escapes. Vení y sentate a mi lado.
El muchacho se giró, con el rostro rojo de vergüenza, sin atreverse a mirarla. Se ubicó a un lado, tratando de disimular la erección que tenía.
Mariana lo observó con una sonrisa, y extendió su mano para tocarle la pierna más cercana a su cuerpo. “No hay nada que esconder, simplemente nos acostamos juntos, nos dimos calor, no hubo nada que reprocharse” comenzó la charla de la mujer, mientras el muchacho no emitía palabra alguna, solo atinó a tomar la mano de la mujer. “Con toda confianza, debo decirte que hacía años que no descansaba así, abrazada por alguien y me sentí muy contenida y mimada. No te sientas mal” remató.
Richard: Mariana, no sé qué decirte, no me di cuenta, lo hice dormido, discúlpame.
Mariana: tranquilo, es más esto me da pie para contarte lo que faltó hablar anoche y de paso, pedirte algo muy especial, y muy importante.
Richard estaba ansioso por escucharla, aunque temeroso de las posibles confesiones. Hacía apenas segundos, había estado rozando las nalgas de la mujer y ello le provocó una erección, inconsciente pero que claramente le marcaba que las mujeres de la familia producían en él un efecto especial.
Ella podía notar la tensión del muchacho, pero era necesario hablar claramente con él.
Las confesiones de Mariana pondrán en claro muchas cosas que el muchacho desconocía.
PARTE V
Tras aquella siesta en la cama compartida, esos roces y la excitación que ambos habían demostrado, la mujer necesita hablar claramente con él y explicarle su situación y sus vivencias.
Mariana se sentó en la cama, apoyada en el respaldo, tomó una manta que había a un lado y se cubrió un poco, para que la transparencia de sus prendas no fuera motivo de perturbación del joven.
“La enfermedad de Jacinto no era algo reciente, ya tenía algunos antecedentes familiares: su padre falleció por el mismo motivo. Jacinto se controlaba regularmente, pero tuvo una complicación a partir de una enfermedad que se contagió en los corrales: ambos cuadros se potenciaban” empezó a describirle la mujer. “Desde hace ya unos 10 años, el médico le indicó que esa enfermedad (la contraída en los corrales) podía transferirse por contacto íntimo, por lo que en un principio motivó que nuestras relaciones se mantuvieran con protección. Imagínate que a los 40 años, la pareja sigue queriendo tener sexo y eso nos pareció lo más adecuado” dijo de manera algo más tímida.
“Él me pidió que me hiciera estudios para verificar que no me había contagiado, lo hice y los resultados fueron negativo: ambos respiramos aliviados. El punto más complicado, vinieron 5 años después, cuando las reacciones típicas del hombre ya no eran las mismas. Todo le costaba mucho y además le producía dolor” aseguró.
El muchacho escuchaba detenidamente y comenzaba a imaginar que él también debía hacerse los controles de aquellas enfermedades.
“De allí en más, optamos por dormir en camas separadas, por eso te conté que hacía años que no dormía abrazada por alguien y no debías sentirte mal por ello” concluyó.
El joven agradeció la confesión y abrazó a Mariana, que acarició la cabellera del muchacho.
Mariana: ahora, mis pedidos.
Richard: te escucho
Mariana: lo primero y principal: hacete controles médicos, sé que la enfermedad de los corrales tomada a tiempo, es curable y creo que ya hay vacunas para prevenirla. Vas a la sala médica del pueblo y te van a asesorar.
Richard: el miércoles, cuando te lleve a la casa, voy y averiguo.
Mariana: muy bien. Lo segundo, y espero no lo tomes a mal, me gustaría que esta noche me acompañes en la cama otra vez. Me hicieron sentir muy bien tus abrazos y el calorcito, lo extrañaba mucho.
Richard: mmm… no sé si deba.
Mariana: te lo estoy pidiendo yo y nadie tiene por qué saberlo, ¿qué puede pasar que no haya pasado hoy?
El muchacho dudaba bastante, se puso de pie y se encaminó hacia la cocina: “lo pienso y después te digo. Voy a preparar la cena” le dijo mientras desaparecía de la habitación.
La cena fue tranquila, miraron una película en la tv, el clima típico de primavera se sentía: calor en el día y frío por las noches. Cuando terminó el film, Mariana se fue a la habitación dispuesta a acostarse y combatirlo, mientras Richard se calzó una campera y salió a fumar un cigarrillo bajo el alero. Pensaba en el pedido de la mujer de compartir la cama, por momentos sentía que no era extraño y en otros no creía que fuera correcto.
Terminó el cigarrillo e ingresó a la casa, la habitación estaba a oscuras por lo que supuso que ella dormía pero necesariamente debía atravesarla para poder usar el baño. Trató de pasar sin hacer ruidos y luego de cerrar la puerta del sanitario, encendió la luz. Mudó sus ropas y salió para ir a acostarse. “Hijo, ¿no vas a venir?” escucho la voz de Mariana, tragó saliva y accedió al pedido: “ya voy”. Segundos después, se acomodaba bajo las sábanas. A diferencia de la tarde, él se puso de espaldas a la mujer y fue ella la que lo abrazó para darse calor y recibir el cariño que deseaba.
Rato después, ambos dormían.
En medio de la noche, estaban pegados uno a otro. Ahora la mujer lo abrazaba ya que él optó por darle la espalda y evitar roces que pudiesen llevar a algo más.
En sus sueños, la escuchó murmurar y eso lo despertó. Ella mantenía una charla en sueños con alguien y eso intrigó al muchacho que se mantuvo despierto escuchando.
“Ay amor, cuánto hacía que no dormíamos juntos. Ya extrañaba tu calor” mencionó he hizo un breve silencio. “Claro que te entiendo, pero sigo siendo una mujer que necesita más atención. Sabes que te soy fiel pese a todo y lo seguiré siendo” otra pausa, casi interminable, hasta que volvió a hablar, con un tono un poco más angustiado. “¿me estás hablando seriamente o es otra de tus bromas pesadas? ¿Cómo se te ocurre pensar algo así?”. Le pareció notar que ella se alejaba un poco y decidió formar parte de la charla, con voz suave, cómo buscando averiguar qué era lo que sucedía en el sueño.
Richard: ¿te parece extraño? Creo que sería una buena idea…
Mariana: es una locura, jamás me pasaría por la cabeza algo así
Richard: amor, ¿por qué dudas tanto?
Mariana: las chicas, nosotros… te imagina un rechazo, ¿cómo quedaría yo?
Richard: pensás demasiado, tenés que ser más decidida
Mariana: una cosa es ser decidida y otra muy distinta es acostarme con él.
En este punto, Richard estaba decidido a saber cuál era la propuesta que Jacinto le hacía en sueños a Mariana, quería saber más. ¿Quién era la persona con la que le proponía tener sexo? Pensó en Benito, pues eran amigos desde la juventud y hombre de su confianza absoluta, pero ¿y si no lo era? Fue por más.
Richard: Seguramente será muy discreto, sabrá entenderlo
Mariana: estás loco, totalmente. Él es muy joven y lo hemos criado como el hijo que nunca tuvimos. Además sabes que Susy lo ama, como hombre.
Al escuchar esas palabras, quedó petrificado. Si se trataba de una fantasía o un sueño de la mujer, sería fácil de evitar, pero si la charla realmente había existido lo ponía en un contexto complicado y complejo. Jacinto la había instigado a entregarse para satisfacer sus necesidades sexuales.
Decididamente se apartó de la mujer y dejó de hablarle, no quería saber mucho más pero ella volvió a hablar: “No te enojes, prometo pensarlo, pero no estoy de acuerdo con esto. Si algo llegara a suceder, será solo físico, sin involucrarnos en nada más”. Dicho esto se giró, dándole la espalda y ya no volvió a hablar.
La cabeza de Richard estaba a punto de explotar: sus hermanastras se peleaban por él y ambas eran sus amantes (quizá sabiendo las dos que habían visitado la cama del joven) y ahora esto. Apenas sintió que Mariana dormía profundamente se levantó y fue a fumar otro cigarrillo afuera.
El frío era intenso, pero necesitaba enfriar su mente y razonar coherentemente. No pudo pegar un ojo en toda la noche, tan solo unos minutos recostado en el sillón del comedor.
Cuando amaneció, escuchó ruidos en la habitación. Rápidamente se puso de pie y preparó el desayuno, mientras Mariana ingresaba a la cocina. Se aproximó a él y lo saludo afectuosamente, cubría su camisón con una bata abrigada.
Mariana: ¿una mala noche? Me dejaste sola en la cama…
Richard: una pesadilla que me dejó sin dormir…
Mariana: en cambio yo tuve un sueño algo complicado pero lindo, soñé con Jacinto y recordé algunas de las charlas que tuvimos en los últimos tiempos.
Ella le acababa de confirmar que la charla había existido, al igual que la propuesta y hasta quizá la habría analizado. Compartieron el desayuno y el partió a los corrales a trabajar y alejarse un poco, buscando evitar permanecer mucho tiempo en la casa.
Volvió pasadas las 13 horas, cansado, transpirado y con muchas ganas de ducharse. Ella lo esperaba con el almuerzo listo, ya vestía su típico jogging gris y una remera. Al saludarlo, notó que la ducha era más que necesaria para el muchacho “Andá a bañarte, que te espero para comer” le dijo mientras el muchacho iba al baño.
Almorzaron intercambiando pocas palabras, el joven estaba extraño y Mariana se dio cuenta.
Mariana: ¿qué pasa Richard? Estas muy callado
Richard: tengo una duda ¿sos sonámbula? ¿solés hablar dormida?
Mariana se puso roja como un tomate, entendió rápidamente lo que estaba sucediendo. Bajó el bocado de comida con un trago de bebida, dejó los cubiertos en la mesa y lo miró fijamente.
Mariana: hablé en mis sueños ¿cierto?
Él asintió con la cabeza por toda respuesta. Ella se pasó la mano por la frente, luego alisó sus cabellos y tras un suspiro prolongado decidió hablar claramente con él.
“La charla que escuchaste anoche se repitió varias veces con Jacinto. Cuando recién fue diagnosticado, podía mantener relaciones con protección adecuada, pero con el avance de la enfermedad perdió la capacidad de mantener erecciones. Lógicamente, eso provocó un distanciamiento entre ambos, pero jamás dejé de amarlo” dijo mientras volvía a servirse bebida.
“Me ofreció separarnos en buenos términos, pues sabía de mis necesidades y prefería eso a una infidelidad. Me negué y llegamos a acuerdos, donde de algún modo lograba quitarme la ansiedad, pero no es lo mismo” bebió de la copa y continuó “Una noche, después de un encuentro, se le ocurrió lo que anoche escuchaste. Lo discutimos mucho y él no comprendía mi negativa rotunda, hasta que no tuve más remedio que contarle lo que Susy me había confesado, tratando de que así se quitara esa idea. Pero sucedió lo contrario: aprovechó que Sonia se fue a estudiar a la capital, para enviar a Susy con ella y que la convenciese de imitarla, pero no lo logró, volvió mucho más interesada que antes y creo que con más experiencia sexual” dijo deteniendo unos minutos su explicación. Tomó uno de los cigarrillos del muchacho, lo encendió y le dio una pitada intensa.
“En su último año de vida, insistía continuamente en que tras su muerte, tratara de rehacer mi vida con alguien y recuperara ese tiempo perdido: es más, le juré en su lecho de muerte que lo haría, pero no quiero ni deseo hacerlo. Así son las cosas, con 54 años, sigo sintiendo deseos, necesidades, pero no me interesa buscar a otra persona, él fue todo para mí. Espero lo comprendas” remató para dejarse caer sobre el respaldo de la silla.
Richard escuchó todo en absoluto silencio, le costaba articular palabra alguna, pensaba en cada frase que la mujer había expresado, meditaba la respuesta que debía dar a tal confesión, hasta que al fin rompió el silencio.
“Ayer por la tarde, cuando volvimos del arroyo y nos acostamos juntos, dormido quedé pegado a vos y me desperté abrazado a tus pechos y apoyándote directamente. Sentí que lo estaba traicionando a Jacinto, por acostarme y excitarme con su mujer, pero ahora entiendo que fue una reacción. ¿la provocaste?” consultó.
Ella se acomodó en la silla y con una mirada mezcla de culpa y resignación, respondió “Si, necesitaba sentirme mujer deseada y saber tu reacción”
Richard: no sé cómo debo actuar Mariana, tenes en claro lo que sucede con las chicas.
Mariana: no quiero imaginarme lo que sucedería si Susy supiera lo que acabo de contarte de mi pareja y confesarte de mí. Lo tuyo con Marta, ya es pasado y lo sé, me preocupa Susy.
Ella se puso de pie, recogió todo de la mesa y tras lavar la vajilla se fue a la habitación. Richard salió a fumar y vio pasar a los empleados rumbo a sus casas: varios de ellos terminarían el día bebiendo en el bar cercano, otros en la cama con sus mujeres y él allí bajo el alero con la dura lucha de sus pensamientos.
El sol comenzaba a despedirse del día cuando ingresó a la casa nuevamente, la habitación estaba en penumbras y la cocina apenas iluminada por el atardecer. Cerró la puerta, se sentó en el sillón, se quitó el calzado y luego el jean. A tientas, pasó al baño, ya dentro encendió la luz y antes de cerrar la puerta volteó a mirar la cama. Bajo las sábanas, Mariana descansaba plácidamente, como si haber contado todo la hubiera liberado de una presión que llevaba dentro. Lavó sus dientes, sus manos y se refrescó el rostro. Apagó la luz mientras abría la puerta, pero en vez de ir al sillón cama del comedor, rodeó la cama y abriendo las sábanas, ingresó en ella.
Se ubicó detrás de la mujer unos minutos hasta que su cuerpo recuperó algo de temperatura, ya más tibio se pegó a ella y dejó que su manos fuesen directo a abrazarla y posarse sobre los pechos. Ella se acomodó un poco para brindarle el espacio suficiente para que se apoderara de ellos y se replegó sobre su vientre. Ella sintió la tela suave del bóxer en sus nalgas y supo que había llegado el momento que tantas veces había eludido. Suspiró y tomó una de las manos de su acompañante para llevarla directamente a su entrepierna cálida. Con dos dedos corrió la tela de la tanga y los dejó posarse directamente sobre los labios de su vagina. El primer paso estaba dado, solo faltaba saber qué tanto sucedería de allí en más.
Esos dedos intrusos se movieron de manera delicada, recorriendo por completo la zona que empezó a humedecerse rápidamente. “Solo te pido que seas delicado, lleva tiempo sin recibir visitas” le dijo mientras luchaba por bajarle el bóxer para que el contacto fuera directo.
El quitó la mano de la vagina de ella y completó la tarea, mientras ella hacía lo propio con su tanga y camisón. Ya desnudos, volvieron a la posición inicial con el agregado del miembro del muchacho que se empezó a colar entre sus piernas, desde atrás.
Ella apenas levanto unos centímetros una pierna y le facilitó el roce directo de su cueva con el miembro. Aquel primer contacto la estremeció, la hizo gemir profundamente y ansió sentirlo dentro. Se encorvó un poco más y notó como el visitante se abría paso entre los pliegues apretados, para invadir su interior muy lentamente. “Ya no podía esperar más, necesitaba tener un miembro dentro de mí, extrañaba esto” dijo Mariana apretándose contra el cuerpo de él.
“Voy a saciarte esa necesidad y trataré de que quedes muy satisfecha, solo te pido que me dejes hacer sin pensar, sin detenerme, sin importar lo que haga” le respondió el al oído.
Una mano oprimía el pezón duro y excitado al máximo, la otra jugaba con la raja apenas cubierta por vellos cortos y el miembro se instalaba más y más adentro del cuerpo veterano. “Quiero que dejes salir a la hembra caliente que hay en vos, nada de formalidad, pedí lo que quieras como te brote” le murmuró mientras seguía torturando el cuerpo de la mujer.
“Una noche, solo una noche pero tan completa como puedas darme” gimió Mariana mientras apretaba la mano de Richard contra su entrepierna.
Mientras apretaba tiernamente el pezón, hizo un último movimiento para penetrar completamente en la mujer, haciendo que sus cuerpos quedaran completamente unidos. Él podía sentir lo apretado de esa vagina experimentada, que por mucho tiempo había permanecido en descanso, era una sensación similar a la que había obtenido de la juventud de Susy. Permanecieron inmóviles, amoldándose, tan solo la mano que acariciaba la raja tenía leves vaivenes para mantener el brotar de fluidos que la humedecían. Poco a poco, ella fue encendiéndose, favorecida por el roce y deseaba iniciar los movimientos, quería que esa penetración fuese dilatándola y así evitar dolor.
Tomó la iniciativa, moviéndose adelante y atrás, dejando casi la mitad dentro para luego volver a sentirla por completo en su interior. “Tranquila, que tiempo sobra…” le dijo él. “Por favor, movete que quiero sentir más placer, esta noche quiero gozar y acabar varias veces” rogó la mujer.
Richard: cambiemos la posición entonces, ¿qué preferís?
Mariana: a cuatro, para sentirte bien adentro y poder jugar con mi clítoris mientras la metés a fondo.
Richard: así quiero que hables, sin formalidad
Mariana se la sacó de adentro, retiró las sábanas que los cubrían, fue acomodándose en el centro de la cama, apoyó sus codos en el colchón, empinó sus caderas, abrió un poco las piernas y se dispuso a recibirlo.
Mariana: no me hagas desear demasiado, ya quiero que me ensartes con tu verga hasta re tus huevos choquen con mi culo…
Richard: así te quiero oir, no quiero la delicadeza de Mariana, prefiero una puta que me enloquezca y no me deje pensar en lo que hacemos…
Mariana: voy a ser la mejor puta que te hayas cogido en toda tu vida, ¡¡pero clavame ya!!
Sin dudarlo, dejó caer algo de saliva en la verga y enfilándola a la concha abierta, la dejó ir a fondo. El primer rebote de cuerpos entregó un sonido inconfundible, ella lo acompaño con un aullido agudo que retumbó en la casa. De haber estado en el pueblo, habría sido comentario de los vecinos.
Las sacudidas eran intensas, los movimientos desacompasados provocaban ruidos secos y penetraciones profundas, los gemidos de ambos eran notorios y no se detenían. Ella necesitaba más flujos en su concha y dirigió una de sus manos al clítoris para estimularlo, inflamarlo y hacer que chorreara.
Cinco minutos de violenta actividad los llevaron al primer orgasmo: el llenó de leche el interior de la mujer segundos antes de que ella acabara en medio de un grito intenso. La concha le latía desenfrenada, mientras recibía los últimos disparos de leche en su interior; hizo un movimiento hacia atrás y lo atrapó en su interior, sin dejarlo caer sobre su cuerpo, prolongando el orgasmo por un par de minutos más.
Rendida por el primer encuentro, se dejó caer sobre el lecho: era su primer polvo en 8 años y se sentía muy feliz, casi hasta las lágrimas. Él se separó apenas y se recostó a su lado, sin hablar. Extendió su mano y palpó el culo de la mujer, el nacimiento de sus piernas y el líquido que salía de ella rumbo a la cama, entendió que ella lo había disfrutado y supuso que allí quedaría todo.
Unos 20 minutos después, la mujer se puso de pie, abrió la puerta del baño, encendió la luz y corriendo la cortina de la ducha, se ubicó bajo el chorro de agua, quitándose los restos de la confrontación. En ningún momento se preocupó por cubrirse: era la primera vez que Richard podría verla absolutamente desnuda y deseaba que lo hiciera. Salió de la ducha, se secó de frente a él, arrojó el toallón a un costado y se acercó al lecho.
El muchacho vio los pechos algo caídos, pero de buen tamaño, el cuidado que ella le brindaba a su entrepierna: vellos prolijamente cortados, pero no depilados que le cubrían un triángulo grisáceo, piernas firmes, vientre bastante plano y al girar para acostarse, un culito bastante bien formado, con los rastros típicos de la edad, quizá algo caído. Era una mujer muy deseable y lo sería mucho más si decidía brindarle algo se atención, al menos eso pensó el joven.
Con el resplandor de la luz del baño, Mariana vio las manchas en la cama: “Deberíamos cambiar las sábanas ¿cierto?” le preguntó al muchacho. “Hay otro juego en el armario, pero no más” respondió. “Guau… debemos solucionar eso, al menos otro juego deberías tener por cualquier eventualidad” dijo Mariana mientras se volvía al baño a buscar el toallón y con él en mano, limpió un poco el centro del lecho, quitando rastros de las corridas de ambos.
Hecho esto, volvió a acostarse desnuda al lado de él, se puso de lado y cruzó un brazo sobre el pecho del muchacho. “¿En qué pensas?” le consultó y recibió como respuesta una caricia directa a su culo. “Parece que te gustó mi culito” murmuró sonriendo. “Es muy interesante para tu edad, deberías ponerte un poco más en forma y serías una MILF súper deseable para cualquiera.
La mujer lo miró algo sorprendida, esperaba algo más cariñoso, no tan frío quizá hasta cariñoso, pero comprendió que él había tomado muy seriamente lo que habían hablado: solo sexo, sin involucrarse en algo más.
Mariana: ¿soy lo que creías que podría ser?
Richard: mucho más, tu abstinencia te vuelve muy necesitada y eso ayuda.
La situación era incómoda para ambos, ella deseaba más acción pero era muy consciente de su físico y edad. Él mientras tanto, no quería que aquello se volviese natural, había respondido al deseo y pretendía seguir manteniendo algo de distancia entre ambos.
Mariana: me prometiste una noche intensa ¿te estás arrepintiendo?
Richard: me cuesta verte como mujer, te observo y veo a la esposa de Jacinto
Mariana: vos lo dijiste, esta noche quiero ser la puta que podes pagar en cualquier burdel, esa que deseabas y no podías tener.
Lentamente fue abandonando una posición pasiva y fue subiéndose a su cuerpo, le hizo cerrar las piernas y abrió las de ella, ubicando su raja sobre la verga que lentamente recuperaba tamaño. Se frotó despacio, buscando que sus jugos comenzaran a brotar, para poder lubricar y retomar acción.
Él la tomó por las caderas y la fue guiando con tranquilidad, hacía que formara círculos a su alrededor y los labios vaginales se fuesen abriendo. Ella se afirmó en sus hombros para no perder el contacto, dejando que sus pechos colgaran a escasos centímetros de su boca. Richard trataba de llegar a ellos pero no lo lograba, solo podía rozarlos cuando ella ascendía.
La temperatura subía minuto a minuto, la verga iba creciendo al igual que la humedad de la concha experimentada. La tomó por sorpresa en una de las subidas y la atrajo hasta tenerla hasta su boca y la lengua se hizo dueña de aquella cueva ardiente.
Marina: ahhhhhh… esa lengua… cómemela, chupala… me encanta…
Él se aferró a las caderas de ella y la atrajo para que no pudiera escapar de aquel momento: abría los labios vaginales con la lengua y mordisqueaba el clítoris que inflamado sobresalía entre ellos.
Mariana se afirmó a la pared y se movía al ritmo de los lengüetazos, con un concierto de gemidos y aullidos. “Jamás me la habían comido así, no dejes de hacerlo, llévame al cielo que quiero acabar con tu lengua…” pidió entre suspiros.
Varias veces estuvo al borde de ahogarse con los líquidos que la mujer destilaba, tragaba cuanto podía, pero eran demasiados. La sintió tensarse y se preparó para el embate final: le abrió bien los labios y metió la lengua tanto como le fue posible dentro de la vagina, como premio recibió chorros y chorros de flujo que produjo el orgasmo femenino.
“¡¡¡Dios!!! No doy más… me vengo como nunca en mi vida…” dijo antes de dejar caer su cuerpo sobre la cabeza del joven. Le palpitaba cada músculo de su vagina, le temblaban las piernas y su corazón parecía explotar.
Cuando el muchacho se sacudió bajo su cuerpo, ella se quitó rápidamente, lo estaba ahogando con su peso: “Perdón hijo, no puedo controlar mi cuerpo, perdón…” dijo mientras lo liberaba.
Richard respiró profundo, recuperando oxígeno en sus pulmones, cuando fue recomponiéndose, apenas si pudo coordinar un par de palabras: “casi me matás Mariana” le dijo “Vos me matas de placer, jamás había acabado así, mi primera vez chorreando de esta manera”.
Se quedaron un buen rato recuperándose, ni la juventud de él ni la abstinencia de ella habían soportado tanto.
Mariana: te debo un polvo que te deje como lo hiciste conmigo
Richard: si me recupero, quizá podamos hacerlo
Mariana rio de buena gana, la veterana había doblegado a la vitalidad del joven. Éste se durmió pronto, mientras ella recuperaba su compostura a su lado: lo observaba y se arrepentía de no haberle hecho caso a su difunto esposo tiempo antes, quizá ello hubiese colaborado no solo con sus necesidades sino también con evitar el enamoramiento de Susy.
Una vez más, se levantó de la cama. Fue rumbo a la cocina y tomó uno de los cigarrillos del muchacho, lo encendió y le dio un par de caladas, tal y como lo hacía después de cada vez que mantenía relaciones con el difunto, eso la ayudaba a relajarse. Encendió una luz y observó su cuerpo: los pechos marcados por la presión de las manos del muchacho, los pezones con rastros de sus dientes y su vagina enrojecida de tanto haber sido mamada. Deslizó una de sus manos hacia ese lugar y abrió levemente los labios, su clítoris también tenía rastros de las succiones y las piernas manchadas de flujo eran mudos testigos de tanto placer recibido. Se sintió feliz, satisfecha, aunque preocupada por el futuro de todos, después de todo lo acontecido.
“Marianita, es solo una noche, disfrutala al máximo, no pierdas la oportunidad” se decía a si misma. Terminó el cigarrillo, pasó directamente al baño y se metió bajo el chorro de agua caliente, que le devolvió el relax que necesitaba. Se secó y se acercó a la cama que era un desastre: mojada, sucia y con rastros por donde uno observase. Tomó la decisión de descansar en la pequeña cama del comedor, para no despertar al muchacho y acomodarla. Se durmió plácidamente, agotada por tanta acción.
El muchacho despertó al amanecer, como cada día. Se sentía agotado, pegajoso, tenía el sabor a la mujer en su boca y hasta su cabello mostraba rastros del encuentro. Observó a su lado y no vio a la mujer, se puso de pie, caminó hasta el comedor y la vio durmiendo en aquella pequeña cama. Se duchó, se vistió apenas con un bóxer y una remera, retiró las sabanas de la cama de la habitación, las hizo un bollo y la colocó con el resto de la ropa sucia.
Entró a la cocina preparó su típico mate matutino y tras los dos primeros, se le ocurrió una locura más: despertar a la mujer sentándose a su lado, con la verga parada, apuntando a su rostro. No habría tiempo para una nueva sesión de sexo completo, pero ¿por qué no una mamada de ella? ¿Se animaría? No perdía nada con intentarlo…
Dejó el termo y el mate sobre la mesa, se masajeo un poco y logró elevar un poco su miembro y quitándose el bóxer, se aproximó a la cama, hasta sentarse a su lado.
La presión en el colchón hizo que la mujer despertara, se giró y encontró a escasos centímetros de su cara una verga que apuntaba a su rostro. Se sobresaltó un poco al verla, ya que todo había ocurrido en la oscuridad la noche anterior, recién pudo notar el tamaño de aquello que la había dejado al borde de desfallecer: un miembro algo grueso, no muy grande, pero suficiente para calmar su ansiedad. Retiró las manos de bajo las sábanas y lo acarició con delicadeza, desde la cabeza al tronco, provocando que tomase más tamaño y se pusiese al rojo vivo. Dejó caer algo de saliva en una de sus manos y la esparció por toda la extensión. Recién en ese momento cruzó miradas con el joven y no necesitó de palabras para saber lo que él quería.
Lentamente se aproximó y depositó un par de besos en ella, luego abrió sus labios y con calma la fue metiendo dentro de su boca, la llenó de saliva para luego comenzar a moverla dentro y fuera, dando chupones sonoros. El joven no resistió demasiado a mantenerse inactivo, llevó una de sus manos a los cabellos de la mujer y la hizo tomar ritmo de mamada.
El sabor de la verga y el líquido que esta empezaba a desprender no eran lo que más le agradaba a Mariana, pero no por eso dejó de hacer su trabajo. Notó cuando el cuerpo del muchacho se comenzaba a tensar anunciando la llegada de la explosión, apenas pudo retirarla de su boca y segundos después su cara era regada con chorros de leche caliente, espesa que no pudo ni supo atrapar. Ese era el punto final a la noche de sexo que había pedido.
Él la miró, así, cubierta de leche y no pudo menos que intentar meterle nuevamente la verga en la boca. Ella se rehusó, pero cumplió con lo que le restaba, darle un orgasmo a él.
Ambos se pusieron de pie, ella para ir a asearse y él para terminar su desayuno antes de ir a trabajar. Cuando ella volvió a la cocina, él ya se había ido.
Lavó como pudo las ropas y las tendió en un alambre para que se secaran, no era conveniente llevarlas sucias a la casa del pueblo, pondrían en evidencia lo sucedido. Luego preparó el almuerzo y se sentó bajo el alero a esperar que el muchacho volviera.
Cuando vio que llegaba, ingresó a la casa y lo esperó dentro. Él ingresó y ella le pidió que se sentara para hablar un momento.
Mariana: quiero agradecerte lo bien que me trataste anoche y cómo te comportaste conmigo, cumpliendo con mi falta de afecto.
Richard: también lo disfruté y quiero que sepas que lo hice con placer.
Mariana: lo sé, quiero que sepas que me arrepiento de no haberlo intentado mucho tiempo antes.
Richard: entiendo, pero no era correcto
Mariana: seguramente. ¿Quedaste con deseos de algo más?
Richard: siempre que se tienen relaciones queda algo por hacer, pero eso sucede con el tiempo, todos notamos que algo faltó y que hubiese sido bueno probar.
Mariana: opino lo mismo
Richard: ¿entonces?
Mariana: lo veremos con el tiempo, quizá haya otra oportunidad y suceda
Richard: tenes razón.
Ella se puso de pie, avanzó hacia él y lo abrazó de manera apretada. Un gesto que supo retribuir sin excederse. Luego almorzaron juntos, hablando de distintas cosas sin volver a tocar el tema.
La tarde se volvió inestable y la noche se volvió incómoda, pues una tormenta amenazaba a descargar una buena cantidad de agua, que comenzó a caer cerca de la medianoche. Cada uno ocupaba una cama, nada de compartir, hasta que una serie de truenos y relámpagos hizo que ambos se sobresaltaran. La mujer dio un grito tras un rayo que pareció caer muy cerca, haciendo temblar la cabaña, él se levantó rápidamente y fue a su encuentro. La halló acurrucada, sentada en el borde de la cama, temblando.
Se acercó, la abrazó y trató de calmarla, la hizo acostarse nuevamente, la tapó y se tendió a su lado encima de las sábanas. Así quedaron un buen rato, hasta que el frío lo hizo temblar al joven que notando que Mariana ya dormía nuevamente, se fue a su lecho.
Despertar y observar por la ventana de la entrada, le dio la pauta que era un día perdido en el campo, la lluvia continuaba y el acceso era un lodazal.
Tomó su teléfono y avisó al personal que no viniese a trabajar, luego a Marta y Susy, para que supieran que estaban bien pero que no podrían salir por el momento, quizá al día siguiente.
Mariana se despertó y se vistió, luego fue a la cocina y se juntó con el joven.
“Anoche creí que te quedarías conmigo y quizá fuese el momento de experimentar lo que había quedado pendiente” le dijo ella. Richard sonrió y le recordó que se habían comprometido en que solo habría una noche de sexo, que estuvo tentado de aprovechar el momento, pero entendió que debía cumplir su palabra de hombre.
Ella agradeció la sinceridad y se lamentó de no haberlo tentado un poco más, pero comprendió el momento. Transcurrieron el día hablando del futuro, de la familia y que quizá en breve podrían cumplir con aquello que habían prometido a Jacinto.
Al día siguiente y con muchas precauciones, pudieron volver al pueblo. Las chicas los recibieron de manera afectuosa: Marta comunicó que ya tenía todo listo para emigrar a la capital y continuar sus estudios; Susy la acompañaría hasta finalizar el año, buscando la forma de encausar sus estudios.
Ambos se sorprendieron por las novedades, pero sabían que era parte del crecimiento familiar. Richard llamó a Benito y aceleró los trámites de la venta de la casa y la compra del departamento para Mariana, que hiciese las inversiones suficientes para asegurar el futuro de las hermanas y el arrendamiento del campo.
Se estaban cumpliendo una a una las promesas realizadas a su mentor. Richard se estableció en la cabaña, y se fue transformando en un experimentado productor. Una a dos veces al mes venía al pueblo a visitar a Mariana y cada tanto la llevaba a pasar un par de días junto a él a la cabaña.
A lo largo del tiempo, las tres hermanas formalizaron parejas, lejos quedó aquel tiempo donde se disputaban a Richard.
Como quedaron solos en el pueblo, Mariana y Richard compartían bastantes tiempos juntos y llegaron a cumplir con aquellas situaciones sexuales que les habían quedado por experimentar, pero eso será motivo de alguna otra historia.
Todo eso será otra parte de esta historia, que esperamos los mantenga atrapados.
Gracias Beto por confiar en mí para publicar tu historia.
Esperamos sus comentarios, y más que nada sus opiniones.
Saludos
