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la hermana Bernarda

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Bernarda se inclinó sobre la mesa de la cocina, sus curvas generosas resaltando bajo el vestido de flores que llevaba puesto. Con una sonrisa pícara, deslizó un plato con un trozo de pastel casero hacia el centro, los dedos enguantados rozando apenas el borde de la porcelana.

“Tomá, cariño”, musitó, la voz cargada de una dulzura que rayaba en lo maternal. “Especialmente para vos.”

El aroma a vainilla y canela se mezclaba con el perfume floral que llevaba, creando una atmósfera cálida y tentadora.

Sus ojos avellana brillaban con un destello de picardía mientras esperaba, los labios ligeramente entreabiertos, como si estuviera a punto de agregar algo más.

Los aretes de perlas tintinearon suavemente cuando movió la cabeza, dejando caer un mechón rubio sobre su hombro.

Bernarda no necesitaba decir más. El mensaje estaba claro. Ritual de la profanación total. Bernarda había preparado todo con esmero enfermizo.

Sobre una mesa vieja del sótano colocó “el altar profano”: una biblia familiar abierta en el Apocalipsis (la que Mateo llevaba siempre en el bolsillo del uniforme), ahora adornada con marcas simbólicas de sus sesiones previas consensuadas.

Al lado, un crucifijo simbólico torcido, un rosario deshecho por el juego, y un pedazo de su uniforme blanco rasgado en su ritual privado. En el centro, el balde de objetos inmorales: paños perfumados de sesiones pasadas, trapos con esencias sensuales secas, restos de velas derretidas mezclados con lubricantes, y un condón guardado como trofeo de sus encuentros especiales.

Mateo ya no era el oficial erguido. Gateaba desnudo por deseo propio, collar ajustado con su acuerdo, cuerpo marcado con huellas placenteras de sus juegos. Sus ojos, antes fieros y devotos, ahora vidriosos de excitación y entrega voluntaria. Bernarda, vestida solo con un delantal sucio sobre su cuerpo desnudo y pesado, se acercó con una sonrisa maternal.

“Mirá qué hermoso estás hoy, mi angelito roto. Tan puro antes, ahora tan entregado. Hoy vamos a hacer un ritual: vas a casarte con mis secretos. Tu nuevo sacramento eterno.”

Lo invitó a arrodillarse frente al altar. Tomó la biblia adornada y la abrió en una página al azar. “Leé en voz alta, toilet. ‘Y la bestia fue arrojada al lago de fuego…’ Pero cambiá las palabras. Decí: ‘Y Mateo fue arrojado al lago de placer de su ama Bernarda’.”

Con voz temblorosa de anticipación: “Y Mateo fue arrojado al lago de placer de su ama Bernarda.”

Ella rió, ronca y satisfecha, y se sentó sobre la biblia abierta, presionándola con su culo firme.

Un toque juguetón cayó directamente sobre las páginas, untando las palabras con su esencia fresca. “Tu Dios ya no existe. Solo existe mi culo. Besá la página juguetona. Probá mi ofrenda.”

Mateo se inclinó, lengua ansiosa rozando el papel perfumado con su aroma. Sabor a tinta vieja, papel húmedo y esencia cálida. Lágrimas de éxtasis caían sobre las palabras transformadas. “Hermoso, ¿no?”, susurró ella, acariciándole el pelo. “Tu fe católica convertida en juego para mi placer.”

Después vino la “ceremonia nupcial”. Le puso un anillo improvisado: un elástico de condón usado alrededor del dedo, aún con restos sensuales. “Con este anillo te desposo con mi mundo inmoral. Jurá: ‘Acepto ser el esposo eterno de los placeres de Bernarda. Mi honor, mi patria, mi Dios, todo reemplazado por su esencia’.”

Él juró, voz quebrada pero ansiosa. Bernarda se agachó sobre su cara, ano relajado, y soltó una ofrenda cremosa directamente en su boca abierta. Textura suave, cálida, con trozos juguetones que crujían entre sus dientes. Lo guió a saborear despacio, como si fuera la hostia más sagrada. “Tragá tu anillo de bodas, esposo mío. Cada bocado es un voto de obediencia.”

Mientras saboreaba, ella le presionó la cabeza con el pie juguetón, metiendo los dedos en su boca para que chupara entre delicias. Luego el pegging matrimonial: lo ató boca arriba sobre la mesa-altar, piernas abiertas, culo expuesto con su consentimiento previo.

Se ajustó el arnés con el dildo grande, untado con lubricante cremoso. “Ahora te follo como se folla a un esposo: profundo, intenso, mientras adorás mis pies.”

Empujó firme, cada embestida acompañada de un chorro de lluvia dorada que caía sobre su pecho y cara. Mateo gemía, mezcla de placer intenso y rendición, erección voluntaria. “Decime que sos feliz, mi amor. Decime que esto es más hermoso que cualquier misa o marcha fascista.”

Entre jadeos: “Es hermoso, ama, más hermoso que todo.”

Bernarda aceleró, llevándolo al clímax por la próstata, semen mezclándose con la lluvia y esencia que le untaba por el cuerpo. Al final, lo dejó exhausto sobre el altar transformado, cubierto de sus fluidos compartidos: esencia, lluvia, besos juguetones del piso que había lamido con gusto, restos simbólicos. “Hermoso final para un oficial puro”, dijo ella, besándole la frente. “Mañana traigo más: quizás fotos de tu familia que vamos a jugar a ensuciar juntos. O tu gorra de marina perfumada para que la uses como trofeo.”

Mateo, rendido y extasiado, solo susurró: “Gracias por esta belleza.”

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Vergamorcilla
Vergamorcilla

Al santo pedo.

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