La Cofradía: El Secreto de las Sombras
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La Cofradía
San Vicente de la Barquera. Pequeño, húmedo, con el olor a salitre y a redes mojadas siempre presente. Las casas de piedra se agolpaban alrededor de la ría y, más arriba, la iglesia de Santa María de los Ángeles dominaba el caserío. Allí, en un local anexo a la sacristía, tenía su sede la Cofradía de la Vera Cruz, una de esas hermandades de hombres mayores que organizaban procesiones, limosnas y, de vez en cuando, algún proyecto de restauración para justificarse.
Ángel y María llevaban juntos casi cuatro años. Él, 23 años, 1,83 m, 84 kilos de mecánico de taller. Cuerpo atlético de quien carga motores y cambia ruedas todo el día, pero sin abdominales marcados porque le gustaba demasiado la cerveza, las tapas y las noches largas. Pelo castaño corto, manos grandes y siempre un poco manchadas de grasa. Ella, también 23, 1,68 m, 56 kilos. Pechos de 95 que se movían con cada paso, cintura estrecha y un culo redondo y firme que llenaba cualquier vaquero. Morena de piel bronceada por el verano cántabro, pelo corto a la altura de la mandíbula, labios carnosos y una forma de mirar que ya había metido a Ángel en más de un problema.
El padre de María, don Antonio, era hermano mayor de la cofradía. Un hombre de 68 años, barriga prominente, gafas gruesas y voz de quien ha pasado media vida gritando órdenes en las procesiones. Un día de septiembre, mientras cenaban en el salón de su casa con vistas a la ría, le dijo a su hija:
—Tienes que echarme una mano en la oficina. Estamos digitalizando los archivos de la cofradía y nadie de los que estamos sabe ni abrir un Excel. Te pago bien. Y así dejas de pasar tanto tiempo en bares.
María aceptó. No por el dinero —aunque nunca sobraba—, sino porque le hacía gracia la idea de pasar las tardes entre viejos.
La primera semana todo fue normal. La oficina olía a humedad, a papel viejo y a colonia barata. Había cinco o seis cofrades fijos: don Antonio, el tesorero Manolo (72 años, 110 kilos, manos gordas y siempre sudorosas), el secretario Pepe (65, flaco y con mirada de lobo), y un par más que entraban y salían. Todos pasados de los sesenta. Todos con panza. Todos con ojos que se le clavaban a María cada vez que se inclinaba a coger un archivo del cajón bajo o cuando se sentaba y la falda se le subía un poco.
Ella lo notaba. Y le gustaba.
Ángel lo notaba también. A veces iba a recogerla al acabar el turno. Se quedaba en la puerta, apoyado en el marco, y veía cómo los viejos se demoraban en despedirse, cómo Manolo le ponía la mano en la espalda baja “para guiarla” hacia la puerta, cómo Pepe le preguntaba por el novio con una sonrisa que no era inocente.
—Son unos verdes de mierda —le decía Ángel por las noches, mientras se la follaba contra la pared del piso que compartían cerca del puerto—. Te miran como si quisieran comerte.
María se reía, le mordía el cuello y le contestaba:
—Déjalos. Son viejos. Qué van a hacer.
Pero a Ángel no le hacía gracia. Sobre todo porque conocía a su novia. Cuando María bebía, cambiaba. Se volvía más ruidosa, más táctil, más puta. Bailaba pegada a cualquiera, dejaba que le tocaran la cintura, se reía con esa risa abierta de quien sabe que está provocando. Ángel siempre había confiado en que nunca iba más allá… pero la confianza empezaba a agrietarse.
Una tarde de viernes, a mediados de mes, la cofradía organizó una cena de hermandad en el comedor de la planta baja. Había vino de la tierra, sidra, empanadas y mucho ruido. María había ido directamente desde la oficina. Llevaba una falda negra corta, casi una minifalda, y una blusa blanca de escote generoso que dejaba ver el arranque de sus pechos. Sin sujetador, porque el calor de septiembre aún apretaba.
La cena de hermandad se había alargado más de la cuenta. El comedor de la cofradía olía a sidra derramada, a empanada fría y a colonia barata de hombre mayor. María llevaba ya tres vasos de tinto y la risa fácil. La minifalda negra se le había subido casi hasta la ingle cada vez que se sentaba, y la blusa blanca, sin sujetador, dejaba ver el contorno de sus pezones cada vez que se inclinaba.
Ángel llegó cuando ya solo quedaban los de siempre: don Antonio, Manolo el tesorero, Pepe el secretario y un par más que entraban y salían. María estaba de pie junto a la mesa de los mayores, con una copa en la mano y la otra apoyada en el hombro de Manolo. Cuando vio a su novio, sonrió con esa sonrisa borracha y peligrosa que él conocía demasiado bien.
—Llegas tarde —le dijo, acercándose y dándole un beso húmedo en la boca—. Estos señores me estaban contando que en la oficina de arriba tienen unas cuerdas de las procesiones… de las buenas. Y me han retado.
Ángel frunció el ceño.
—¿Retado a qué?
María se mordió el labio inferior, mirándolo a los ojos con desafío.
—A que no me atrevo a dejarme atar y vendar. Solo un ratito. Como un juego. Tú miras. O participas. Como quieras.
Había bebido lo suficiente para que la idea le pareciera excitante en lugar de peligrosa. Ángel sintió el nudo en el estómago… y la polla despertando dentro del pantalón. Quiso negarse. Quiso llevársela a casa. Pero la forma en que ella le miraba, con las pupilas dilatadas y la respiración agitada, le venció.
Subieron todos a la oficina del primer piso. La lámpara de mesa era la única luz. María se quitó la blusa ella misma, dejando los pechos pesados y firmes al aire. Luego la falda y las bragas. Se subió desnuda encima del gran escritorio de madera, se arrodilló un momento y después se tumbó de espaldas, abriendo las piernas sin vergüenza.
—Atadme —dijo, con voz ronca—. Y vendadme los ojos. Quiero sentirlo todo sin ver.
Manolo y Pepe se movieron rápido. Sacaron cuerdas gruesas de cáñamo, las mismas que usaban para las andas de la procesión. Le ataron las muñecas a la espalda, apretando lo justo para que no pudiera soltarse. Después le abrieron más las piernas y le sujetaron cada tobillo a una pata del escritorio, dejándola completamente expuesta: el coño depilado, rosado, ya brillante de excitación, los pechos subiendo y bajando con cada respiración. Por último le colocaron un pañuelo negro sobre los ojos y lo anudaron detrás de la cabeza.
María soltó un gemido bajo.
—Joder… se siente intenso.
Ángel estaba de pie junto a la puerta, con el corazón latiéndole en la garganta. Quiso acercarse, tocarla, recordarle que él estaba allí. Dio un paso… y algo duro le golpeó en la nuca.
Todo se volvió negro.
Cuando recuperó el conocimiento, la cabeza le latía. Estaba sentado en una silla de madera, las muñecas atadas a los reposabrazos, los tobillos sujetos a las patas. Una bola de tela le llenaba la boca, sujetada con otra cuerda detrás de la cabeza. Solo podía emitir sonidos ahogados. Frente a él, a apenas dos metros, estaba María exactamente como la había dejado: desnuda, atada, vendada, las piernas abiertas en una postura obscena.
Y ya no estaba sola.
Manolo, con la camisa abierta y la panza cayéndole sobre el cinturón, se había colocado entre sus muslos. Tenía la cara gruesa y colorada a escasos centímetros del coño de María. Sacó la lengua y dio una lametada larga, lenta, desde la entrada hasta el clítoris. María arqueó la espalda y soltó un gemido largo.
—Ahhh… sí… así…
Pepe estaba a un lado, acariciándole un pecho con una mano gruesa, pellizcándole el pezón hasta dejarlo duro y rosado. Don Antonio, el padre, se había quitado ya el pantalón. Su polla gruesa, venosa, ligeramente curvada, sobresalía de un nido de vello canoso. Se acercó a la cabeza de su hija y le rozó los labios con la punta.
María, ciega, abrió la boca sin dudar.
—Mmmh… dame…
Don Antonio empujó despacio. La polla de su padre desapareció entre los labios de María centímetro a centímetro. Ella chupó con ganas, humedeciéndola, moviendo la cabeza todo lo que las ataduras le permitían. No sabía quién era. Solo sentía el grosor, el sabor a hombre mayor, la mano grande que le sujetaba el pelo corto.
Ángel forcejeó contra las cuerdas. Los sonidos que salían de su garganta eran de rabia y de algo más oscuro. Manolo levantó la vista un segundo, lo miró directamente a los ojos y sonrió con los dientes amarillos.
—Tranquilo, chaval. Solo mira. Tu novia lo está pidiendo.
Volvió a bajar la cabeza y esta vez no se limitó a lamer. Abrió las piernas de María todavía más con las manos gordas y empujó dos dedos gruesos dentro de ella mientras chupaba el clítoris. María se retorció, gimiendo alrededor de la polla de su padre.
—Más… metedme algo más gordo… por favor…
Manolo se incorporó, se bajó los pantalones y sacó una polla corta pero muy gruesa, ya dura. Se colocó entre las piernas abiertas de María y, sin más preámbulos, empujó. El glande abrió los labios hinchados y desapareció dentro con un sonido húmedo. María gritó de placer contra la polla que la llenaba la boca.
Ángel no podía apartar la vista. Veía cómo la polla de Manolo entraba y salía del coño de su novia, cómo los pechos de María rebotaban con cada embestida, cómo don Antonio le sujetaba la cabeza para follarle la boca con más fuerza. Pepe se había subido al escritorio y le frotaba la segunda polla contra la mejilla, esperando su turno.
María, completamente entregada al juego que ella misma había aceptado, gemía sin parar.
—Más fuerte… usadme… no paréis…
Don Antonio se retiró de su boca con un hilo de saliva. Se movió hacia el otro lado del escritorio, se colocó entre las piernas de su hija —justo detrás de Manolo, que se apartó un segundo— y alineó su propia polla gruesa con la entrada brillante. María no podía verlo. Solo sintió el cambio de grosor, la forma distinta, el calor.
—Este es más grande… joder…
Y empujó.
Ángel, atado e impotente, vio cómo el padre de su novia se hundía hasta las bolas dentro de ella. Vio la expresión de placer absoluto en el rostro de don Antonio. Vio cómo María arqueaba la espalda y gemía más alto, sin saber que quien la estaba follando con embestidas profundas y posesivas era su propio padre.
La noche en la oficina de la cofradía apenas empezaba.
Don Antonio embistió las últimas veces con fuerza, los muslos anchos chocando contra el culo de María. Ella gemía sin control, las cuerdas marcándole las muñecas y los tobillos, el pañuelo negro todavía cubriéndole los ojos. De pronto el padre se tensó, soltó un gruñido profundo y se corrió dentro de su hija. Las embestidas se volvieron cortas y bruscas mientras vaciaba los huevos, llenándola hasta que el semen empezó a salir por los lados, resbalando hacia el culo y cayendo sobre la madera del escritorio.
María tembló, el orgasmo aún recorríéndole el cuerpo.
—Caliente… estáis llenándome…
Don Antonio se retiró despacio. Su polla gruesa, aún semidura y brillante de semen y de los jugos de María, colgaba pesada. Se limpió con la mano y se giró hacia Ángel, que seguía atado a la silla, amordazado, con los ojos abiertos de par en par y la polla dura como una piedra dentro de los pantalones.
El padre se acercó hasta quedar justo delante de él. Le miró desde arriba, la barriga sudada, la respiración aún agitada.
—Has visto cómo se comporta tu novia cuando de verdad se suelta —dijo con voz calmada, casi paternal—. Le gusta. Lo pide. Y nosotros sabemos dárselo.
Se agachó un poco, le quitó la mordaza a Ángel con un tirón y le miró a los ojos.
—Ahora escucha bien, chaval. Si quieres entrar en la cofradía… de verdad, no como invitado… tienes que participar. No basta con mirar. Aquí todos aportamos. Todos usamos. Y todos compartimos.
Manolo, todavía con la polla dura y brillante de haber estado dentro de María momentos antes, soltó una risa baja.
—El novio tiene que demostrar que merece quedarse —añadió—. O se une… o se va y deja a la muchacha con nosotros el tiempo que haga falta.
María, todavía ciega y atada, giró la cabeza hacia donde oía las voces.
—Ángel…? ¿Estás ahí…? No te vayas… quiero más… necesito más…
Don Antonio le acarició el pelo corto a su hija con una mano gruesa, casi con ternura, mientras miraba a Ángel.
—Tú decides. Te desatamos y te unes. O te quedas atado mirando cómo se la follan el resto de la noche… y mañana… y el día siguiente. Porque ella ya ha aceptado el juego. Y nosotros no vamos a parar.
Ángel tragó saliva. La polla le latía dolorosamente. Miró el cuerpo de María: los pechos marcados por las manos de los viejos, el coño abierto y goteando semen de su propio padre, las piernas temblando todavía. Ella no sabía quién la había llenado. Solo sabía que quería continuar.
Don Antonio esperaba, la mano todavía en el pelo de su hija.
—¿Qué va a ser, Ángel? ¿Entras en la cofradía… o solo miras?
Mientras Ángel todavía respiraba agitado, con la decisión atrapada en la garganta, Manolo no esperó. Se colocó de nuevo entre las piernas abiertas de María, alineó su polla gruesa y empujó de un solo golpe hasta el fondo. El sonido húmedo de la entrada llenó la oficina. María arqueó la espalda y soltó un gemido largo, las cuerdas tensándose en sus tobillos.
—Ahhh… sí… más profundo…
Al mismo tiempo Pepe se subió al escritorio por el lado de la cabeza, le agarró el pelo corto y le metió su polla en la boca. María la aceptó sin dudar, abriendo los labios y chupando con ganas, la saliva resbalándole por la comisura mientras Manolo la embestía con ritmo pesado y constante. El escritorio crujía. Los pechos de María rebotaban con cada embestida. El semen de don Antonio seguía saliendo de su coño cada vez que Manolo entraba hasta las bolas.
Ángel miraba todo, la polla doliéndole dentro de los pantalones. Don Antonio seguía de pie a su lado, esperando.
—Decide —repitió el padre, con voz baja—. O te unes… o te quedas atado mirando cómo se la acaban.
María, ciega y entregada, gimió alrededor de la polla de Pepe:
—Quiero más… llenadme… no paréis…
Ángel tragó saliva. Asintió una sola vez, brusco.
Don Antonio sonrió y le cortó las cuerdas de las muñecas y los tobillos con un cutter que sacó del cajón. Ángel se levantó de la silla con las piernas algo entumecidas. Se quitó la camiseta de un tirón, luego el pantalón y los calzoncillos. Su polla saltó libre, dura, venosa, más larga que las de los viejos aunque menos gruesa que la de Manolo.
Se acercó al escritorio. Manolo se apartó un segundo, dejando el coño de María abierto, rojo, goteando una mezcla de semen y de sus propios fluidos. Ángel se colocó entre sus muslos, le agarró las caderas con las manos grandes de mecánico y empujó.
Entró de un golpe. María gritó de placer contra la polla de Pepe.
—¡Joder…! Esa es más larga… sí… fóllame…
Ángel embistió con fuerza, recuperando el ritmo que Manolo había dejado. Cada embestida hacía que el semen del padre saliera a borbotones alrededor de su polla. Pepe seguía follándole la boca, sujetándole la cabeza. Manolo se había colocado al otro lado y le frotaba su polla gruesa contra la mejilla libre de María, esperando turno otra vez.
Don Antonio observaba, todavía con la polla semidura, y murmuró:
—Bienvenido a la cofradía, chaval.
Ángel no contestó. Solo follaba a su novia con embestidas profundas y posesivas, mirando cómo los otros dos la usaban al mismo tiempo. María, completamente entregada al juego que ella misma había aceptado, gemía sin parar, el cuerpo temblando entre las cuerdas, el coño apretando la polla de su novio mientras la boca y la cara eran usadas por los viejos.
La oficina de la cofradía olía a sexo, a sudor y a sidra. Y la noche todavía era larga.
Manolo fue el primero en hablar, con la voz ronca:
—Dale la vuelta. Quiero ese culo.
Ángel se retiró un momento. Entre los tres la giraron con cuidado sobre el escritorio. Las cuerdas de los tobillos se aflojaron lo justo para poder colocarle de rodillas, el pecho apoyado en la madera, el culo en alto y las manos todavía atadas a la espalda. El pañuelo negro seguía cubriéndole los ojos. María jadeaba, el coño goteando una mezcla espesa de semen y de sus propios fluidos.
—Sí… usadme el culo también… quiero sentiros a todos…
Manolo escupió sobre el agujero rosado y apretado, lo abrió con los pulgares gordos y empujó su polla gruesa. María soltó un grito ahogado cuando el glande abrió el esfínter y se hundió centímetro a centímetro hasta que las bolas le golpearon los labios del coño.
—Tan estrecho… joder, qué culo…
Empezó a embestir con ritmo pesado. Pepe se colocó delante y le metió otra vez la polla en la boca. Ángel, todavía duro, se situó al lado y le frotó la suya contra la mejilla libre, esperando. Don Antonio observaba un momento y después se acercó, apartando a Pepe con un gesto.
—Ahora yo.
Le puso la polla gruesa, todavía con restos de su propio semen anterior, contra los labios de su hija. María la reconoció por el grosor y la abrió sin dudar. Don Antonio le sujetó el pelo corto y empezó a follarle la boca con embestidas profundas mientras Manolo le reventaba el culo.
Ángel no esperó más. Cuando Manolo se retiró un segundo, jadeando, se colocó detrás de María y empujó su polla más larga dentro del mismo agujero dilatado. El culo de María cedió y lo aceptó hasta el fondo. Ella gimió alrededor de la polla de su padre.
—Más… llenadme el culo también…
Se turnaron. Manolo, Ángel, otra vez Manolo. Cada uno dejaba el agujero más abierto y brillante. Pepe se masturbaba mirando, esperando su turno en la boca o en el culo. Al final todos estaban al límite.
Manolo fue el primero en correrse en el culo de María, empujando hasta las bolas y gruñendo mientras vaciaba los huevos. Se retiró y Ángel entró de inmediato, follándola fuerte y profundo hasta que también se corrió, llenándola con chorros calientes que se mezclaban con los del tesorero. Pepe no esperó: la puso de lado lo suficiente para meterse en el coño todavía abierto y se corrió dentro a los pocos empujones, apretándole los pechos con las manos gordas.
Solo quedaba don Antonio.
Seguía follándole la boca, cada vez más rápido, las bolas golpeándole la barbilla. María chupaba con ganas, la saliva y el precum resbalándole por la barbilla. Cuando sintió que el padre estaba a punto, don Antonio le agarró el pelo con más fuerza, le hundió la polla hasta la garganta… y de un tirón le quitó el pañuelo negro de los ojos.
María parpadeó, deslumbrada por la luz de la lámpara. Lo primero que vio fue el vientre peludo y la cara de su propio padre, contorsionada de placer, mirándola fijamente mientras se corría en su boca. Los chorros calientes le llenaron la lengua y la garganta. Ella se quedó inmóvil un segundo, los ojos abiertos de par en par, reconociéndolo.
Don Antonio no retiró la polla. Siguió empujando despacio, vaciándose del todo, mientras le acariciaba la mejilla con el pulgar.
—Traga, hija —murmuró—. Traga todo.
María, todavía atada, con el culo y el coño desbordando semen de tres hombres y la boca llena de su padre, tragué. Un hilo blanco le resbaló por la comisura. Sus ojos, ahora sin venda, se encontraron con los de Ángel, que la miraba desde detrás, todavía con la polla brillante de haberla follado.
El silencio en la oficina solo se rompía por la respiración agitada de todos.
Don Antonio se retiró por fin, la polla blanda y húmeda.
—Ahora ya lo sabes todo —dijo, mirando a su hija y después a Ángel—. Bienvenidos a la cofradía.
Cuando terminaron, el silencio en la oficina era denso, solo roto por la respiración todavía agitada de todos. Manolo fue el primero en recoger su ropa. Pepe y don Antonio también. Ángel se limpió como pudo con un pañuelo de papel y se vistió en silencio. María, todavía temblando, fue desatada con cuidado. Se incorporó en el escritorio, el semen de varios hombres resbalándole por los muslos y el culo. Se limpió a medias, se puso la ropa sin mirar a nadie a los ojos y bajó las escaleras junto a Ángel.
En la puerta, don Antonio le entregó un papel doblado.
—Mañana por la mañana vas a esta dirección. Es una farmacia de confianza. Pides la pastilla del día después. Que no quede ninguna duda.
María asintió, aún aturdida, y guardó el papel en el bolsillo de la falda.
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La tarde siguiente el cielo sobre San Vicente de la Barquera estaba gris y el viento traía olor a marea baja. Ángel y María entraron en el salón de la cofradía. La mesa grande de madera estaba ocupada por diez hombres. Todos mayores de sesenta, todos con panza, todos con la misma mirada pesada. En la pared del fondo un televisor de plasma reproducía, en silencio, el vídeo de la noche anterior: María atada sobre el escritorio, vendada, siendo usada por varios de ellos, y Ángel uniéndose al final.
María, ya completamente sobria, se quedó pálida. Bajó la mirada, las mejillas ardiéndole de vergüenza. Ángel apretó la mandíbula, pero no apartó la vista de la pantalla.
Don Antonio, sentado a la cabecera, apagó el televisor con el mando.
—Ya lo habéis visto. No hay secretos aquí dentro.
Se levantó y se subió la manga de la camisa. En el hombro izquierdo tenía una marca circular quemada a fuego: el emblema de la Vera Cruz, pequeño pero profundo. Uno a uno, los demás miembros de la mesa mostraron la suya. Algunos en el hombro, otros en el pecho, uno incluso en el interior del antebrazo. Todas iguales.
—Esta es la marca de cofrade —explicó don Antonio—. No se borra. No se discute. Quien la lleva pertenece a la mesa. Y la mesa decide.
Se dirigió primero a Ángel.
—Tú cediste a tu chica. Participaste. Eso te da derecho a entrar directamente en la mesa. Con voz y voto. Como uno más.
Después miró a María, que seguía con la cabeza baja.
—Tú, al ser mujer, no sientas plaza. Pero puedes pertenecer. Aceptas las reglas de la mesa y obedeces lo que se te pida. Sin excepciones.
Hubo un silencio largo. María levantó la vista, miró a Ángel. Él, después de unos segundos, asintió. Ella también.
—Aceptamos —dijo Ángel, con voz ronca.
Don Antonio hizo un gesto. Dos cofrades trajeron un pequeño brasero portátil y un hierro con el emblema al rojo vivo. El olor a metal caliente llenó el salón.
Primero fue Ángel. Se quitó la camiseta. Manolo le sujetó el hombro izquierdo. El hierro se apoyó contra la piel. Un siseo, olor a carne quemada, y Ángel apretó los dientes sin gritar. La marca quedó profunda, roja, humeante.
Después le tocó a María. Le hicieron bajar los pantalones y las bragas. Se recostó en el borde de la mesa, las piernas abiertas. El hierro se acercó al pubis, muy abajo, casi en el inicio de los labios. Cuando el metal tocó la piel sensible ella soltó un grito ahogado y las lágrimas le saltaron a los ojos. El dolor fue blanco, intenso. La marca quedó allí, pequeña pero clara, justo encima de donde empezaba el coño.
Mientras ella temblaba, todavía con la ropa baja, don Antonio leyó las reglas en voz alta, mirándola fijamente:
—Primero: siempre depilada. Completamente. Sin excepción.
—Segundo: te cuidas. Haces deporte. No engordas. Si el cuerpo cambia a peor, hay castigo.
—Tercero: estás disponible cuando la mesa lo pida. Día o noche.
—Cuarto: tomas anticonceptivos de forma continua. Los días de menstruación eres libre, pero debes notificarlo con antelación.
—Quinto: lo que ocurre dentro de la cofradía, se queda dentro de la cofradía.
María, con la marca todavía ardiéndole y las mejillas húmedas, asintió.
—Lo acepto.
Ángel, con el hombro palpitándole, también.
Don Antonio guardó el hierro.
—Entonces ya sois de la mesa. Bienvenidos.
Los diez hombres los miraron en silencio. Algunos sonreían. Otros solo observaban el cuerpo todavía expuesto de María y la marca fresca en su pubis.
Fuera, la ría de San Vicente seguía subiendo con la marea. Dentro, la cofradía acababa de sumar dos miembros más.
Rituales de la Cofradía de la Vera Cruz
(versión interna, solo para miembros de la mesa)
La cofradía tenía dos caras. Hacia fuera era una hermandad religiosa más de las muchas que existen en Cantabria: procesiones, limosnas, restauración de pasos, misas de difuntos. Hacia dentro, una vez cerradas las puertas del salón del primer piso, funcionaba con reglas propias y rituales que nadie de fuera debía conocer.
1. La Marca
El ritual de entrada.
Todo nuevo miembro (hombre o mujer) debía recibir el emblema de la Vera Cruz quemado a fuego en la piel.
• Los hombres lo llevaban en el hombro izquierdo o en el pecho.
• Las mujeres lo llevaban en el pubis, lo más abajo posible, casi tocando el inicio de los labios.
El hierro se calentaba en un brasero pequeño que siempre estaba guardado en un armario cerrado. El olor a carne quemada y el grito (o el silencio forzado) formaban parte del rito. La marca no se discutía ni se ocultaba entre cofrades.
2. La Entrega
Cuando una mujer era aceptada (como María), el primer acto oficial era la Entrega.
Se la ataba o se la dejaba libre según el momento, pero siempre se la usaba delante de toda la mesa.
Todos los presentes podían tocar, chupar o follar. El semen debía quedar dentro o sobre ella.
Al terminar, se la dejaba un rato expuesta para que los miembros la miraran y comprobaran que había sido “recibida”.
Ángel, al haber cedido a su novia, había saltado este paso como receptor y pasado directamente a miembro de pleno derecho.
3. La Disponibilidad
María (y cualquier otra mujer que pudiera entrar en el futuro) tenía obligación de estar disponible.
• Un mensaje de WhatsApp al grupo privado bastaba.
• Debía presentarse en la oficina o en el salón en el plazo máximo de una hora.
• Si estaba menstruando, debía avisar con antelación y quedaba libre esos días.
• Fuera de la menstruación, no había excusa. Ni trabajo, ni cansancio, ni que Ángel estuviera presente.
4. El Cuidado del Cuerpo
Regla estricta para ella:
• Siempre depilada a cuchilla o cera, sin excepción.
• Obligación de hacer deporte al menos cuatro días a la semana.
• Peso controlado. Si subía más de dos kilos respecto al día de la marca, había castigo (normalmente uso más duro o privación de orgasmo durante varias sesiones).
• Anticonceptivos diarios. La pastilla del día después solo se usaba en emergencias.
5. Las Sesiones de Mesa
Una vez al mes, o cuando el Hermano Mayor lo decidía, se convocaba Sesión de Mesa.
Los diez miembros se sentaban alrededor de la gran mesa de madera. María debía estar presente, normalmente desnuda o en ropa mínima, junto a las demás mujeres
Se revisaban cuentas reales de la cofradía (para mantener la fachada) y, después, se decidía el uso de las mujeres.
Podía ser:
• Uso individual por turnos.
• Uso simultáneo (boca, coño y culo a la vez).
• Castigo si había incumplido alguna regla.
• “Ofrecimiento” a algún cofrade de otra hermandad amiga (raro, pero ocurría).
6. El Silencio
Todo lo que ocurría dentro quedaba dentro.
Hablar fuera, enseñar la marca a alguien no iniciado o grabar sin permiso de la mesa se consideraba traición.
La consecuencia no se especificaba en voz alta, pero todos entendían que era grave.
7. La Procesión Interna
Una vez al año, la noche anterior a la procesión pública de Semana Santa, se celebraba un rito privado.
Las mujeres eran vestidas solo con el manto negro de la cofradía y la marca visible.
Los miembros las usaban uno tras otro en el salón, delante del paso de la Vera Cruz.
Al terminar, se las limpiaba, se las vestía con ropa normal y salían todos juntos a la procesión real como si nada hubiera pasado.
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Esos eran los rituales que María y Ángel acababan de aceptar.
La marca en el pubis de ella todavía ardía.
La del hombro de él también.
Y la mesa ya estaba mirándolos, esperando la primera orden.
Una semana después
El salón de la cofradía olía a madera vieja y a café recién hecho. La mesa grande estaba ocupada por los diez hombres de siempre. Ángel y María llegaron puntuales. Él con el hombro todavía sensible bajo la camiseta; ella con la marca del pubis ardiéndole cada vez que rozaba la tela de las bragas.
Don Antonio no perdió tiempo.
—Hoy os presentamos al resto.
Se abrió la puerta del fondo y entraron seis mujeres. Ángel y María se quedaron quietos.
Todas eran jóvenes. Demasiado jóvenes para el entorno de panzas, canas y manos gordas que las rodeaba.
La mayor no llegaba a los treinta. Se llamaba Laura, 29 años, hija de Manolo el tesorero. Rubia oscura, pechos grandes y naturales, caderas anchas y un culo redondo que se marcaba bajo la falda ajustada. Miraba a María con una media sonrisa cansada, como quien ya había pasado por todo esto años atrás.
A su lado iba Cristina, 26, sobrina de Pepe. Morena, delgada, pechos medianos y firmes, pelo largo recogido en una coleta. Llevaba un vestido corto y se notaba que no llevaba sujetador. Cuando se movía, los pezones se dibujaban con claridad.
Sara, 24, hija de uno de los cofrades más callados, el de las gafas gruesas. Pelirroja natural, pecas en el pecho, cintura estrecha y un culo alto y firme. Tenía la mirada más desafiante del grupo.
Elena, 22, hija de otro miembro. Castaña clara, pechos abundantes que casi se salían de la blusa escotada, labios gruesos y una forma de caminar que hacía que todos los ojos se le clavaran en el culo.
Nuria, 21, sobrina de don Antonio. Morena de piel clara, cuerpo atlético, pechos pequeños y un pubis que se adivinaba completamente depilado bajo la falda. Llevaba la marca igual que María: muy abajo, casi invisible si no se sabía dónde mirar.
Y la más joven: Lucía. Apenas 19 años. Nieta de un cofrade que casi no hablaba. Rubia platino, cara de niña todavía, pero cuerpo de mujer: pechos firmes de 90, cintura fina y un culo redondo que se movía con cada paso. Iba vestida con un jersey corto que dejaba ver el ombligo y un pantalón de tiro bajo. Cuando se acercó a la mesa, Ángel pudo ver el borde de la marca en su pubis, igual que la de María.
Las seis se colocaron de pie detrás de los asientos de los hombres, en silencio. Ninguna parecía sorprendida de ver a María. Algunas incluso le sonrieron con cierta complicidad amarga.
Don Antonio golpeó la mesa con los nudillos.
—Estas son las otras. Todas familia de algún miembro de la mesa. Todas marcadas. Todas bajo las mismas reglas que tú, María.
Laura, la mayor, habló por primera vez. Su voz era calmada, casi resignada.
—Bienvenida. Al principio duele más la vergüenza que la marca. Después… te acostumbras. O aprendes a que te guste.
Cristina añadió, mirando a Ángel:
—Y usted, Angel, ya es de la mesa. Eso significa que también puede usar a cualquiera de nosotras cuando se decida. Igual que ellos pueden usar a la suya.
María notó un escalofrío. Miró a Lucía, la de 19 años, que bajó la vista un segundo y después la sostuvo sin pestañear. Había algo en esa mirada que no era de niña.
Don Antonio continuó:
—Hoy no hay uso. Solo presentación. Pero a partir de ahora las siete estáis disponibles para la mesa. Las reglas son las mismas para todas: depiladas, cuerpo cuidado, anticonceptivos, disponibilidad total excepto menstruación. Y silencio absoluto.
Sara, la pelirroja, soltó una risa corta.
—Y cuando alguna se porta mal… el castigo también es compartido. A veces nos usan a todas juntas para que la culpable vea lo que provoca.
Ángel tragué saliva. María apretó los muslos. La marca del pubis le latía como si todavía estuviera caliente.
Las seis mujeres las observaban. Algunas con curiosidad, otras con una especie de hermandad oscura. Lucía, la más joven, se pasó la lengua por el labio inferior sin darse cuenta.
Don Antonio se recostó en la silla.
—Ya os conocéis. La próxima vez que se convoque sesión de mesa… vendréis todas.
El silencio que siguió fue pesado.
Fuera, la ría de San Vicente seguía subiendo.
Dentro, la cofradía acababa de mostrar su otra cara: no solo una mujer joven.
Don Antonio dejó que el silencio se alargara unos segundos más y después añadió, mirando directamente a María:
—Se me olvidaba una regla importante. A partir de ahora, cada vez que se convoque mesa, vosotras venís solo en tanga. Nada más. Ni sujetador, ni falda, ni vestido. Solo la tanga. Queremos veros. Queremos comprobar que mantenéis el cuerpo como se os exige. Y queremos teneros listas.
Laura, la mayor, asintió con naturalidad, como quien lleva años cumpliendo esa norma. Lucía, la de 19, bajó un segundo la vista hacia su propio pantalón de tiro bajo y después volvió a mirar al frente sin cambiar de expresión.
Don Antonio se dirigió entonces a los hombres que aún no habían tocado a María.
—Hoy no es sesión completa. Pero hay tres hermanos que todavía no la han estrenado. Es de justicia que lo hagan.
Señaló a tres cofrades que estaban sentados al fondo de la mesa:
• Ramón, 67 años, el más corpulento de todos, casi 120 kilos, manos enormes y una mirada pesada.
• Vicente, 64, más bajo y rechoncho, siempre con las gafas empañadas.
• Andrés, 71, el más viejo de los tres, delgado, calvo, con dedos largos y nudosos.
María sintió un nudo en el estómago. Ángel, a su lado, apretó la mandíbula pero no dijo nada. Ya había aceptado las reglas.
—María —ordenó don Antonio—. Quítate la ropa. Deja solo la tanga. Y súbete a la mesa.
Ella dudó un segundo. Después, con las mejillas ardiendo, se quitó la camiseta, el sujetador, el pantalón y los zapatos. Se quedó solo con una tanga negra, fina, que apenas cubría nada. La marca del pubis se veía con claridad justo encima de la tela. Los pechos le temblaron al respirar. El culo, redondo y firme, quedó completamente expuesto.
Se subió a la gran mesa de madera. Los diez hombres y las otras seis mujeres la miraban en silencio.
—Tanga abajo —dijo Manolo.
María se la bajó hasta los muslos y después se la quitó del todo. Se arrodilló en el centro de la mesa, las rodillas abiertas, el coño depilado y la marca todavía rosada a la vista de todos.
Ramón fue el primero en levantarse. Se bajó el pantalón y los calzoncillos. Su polla era gruesa, no demasiado larga, pero muy ancha, y ya estaba semi-dura. Se subió a la mesa con dificultad por el peso, se colocó detrás de ella y le abrió los glúteos con las manos enormes.
—Culo o coño, da igual —gruñó—. Hoy estreno.
Escupió en su mano, se untó y empujó. El glande grueso abrió el coño de María de golpe. Ella soltó un gemido ahogado al sentirse completamente llena. Ramón empezó a embestir con fuerza, la panza golpeándole el culo en cada movimiento. Los pechos de María rebotaban. Ángel miraba sin apartar la vista.
Cuando Ramón se acercó al orgasmo, se retiró, la puso boca arriba y se corrió dentro de ella con varios chorros espesos, sujetándole las caderas con fuerza.
Vicente no esperó. Se subió, le abrió las piernas y entró en el mismo coño todavía lleno del semen del anterior. Era más corto pero embestía rápido, casi nervioso, mientras le manoseaba los pechos con manos sudorosas. María gemía, los ojos semi-cerrados, agarrándose al borde de la mesa. Vicente duró poco. Se corrió también dentro, añadiendo más calor al que ya tenía.
Quedaba Andrés. El más viejo se acercó despacio, se bajó los pantalones y mostró una polla delgada pero todavía funcional. Se colocó entre las piernas de María, le acarició el clítoris un momento con el dedo nudoso y después empujó. Entró con facilidad gracias a los fluidos anteriores. Folló despacio, profundo, mirándola a la cara todo el tiempo.
—Así se estrena a una nueva —murmuró.
Cuando se corrió, lo hizo también dentro, con un gemido ronco y tembloroso. Se quedó un momento hundido hasta el fondo antes de retirarse.
María quedó tumbada en la mesa, las piernas abiertas, el coño rojo y desbordando el semen de los tres hombres que no la habían tocado hasta ese día. La tanga negra estaba tirada a un lado. Las otras seis mujeres la observaban en silencio. Algunas con empatía, otras con una excitación contenida que no ocultaban del todo.
Don Antonio se limpió la garganta.
—Ya está. Los tres la han estrenado. A partir de ahora, cualquiera de la mesa puede usarla cuando se decida. Igual que al resto.
Miró a María, todavía expuesta.
—Ponte la tanga. Y quédate así el resto de la reunión. Que se vea bien la marca.
Ella obedeció. Se puso la tanga negra, que de inmediato se humedeció con el semen que seguía saliendo de ella. Se sentó al borde de la mesa, las piernas juntas, los pechos desnudos, mientras los hombres retomaban la conversación de la cofradía como si acabaran de hablar del tiempo.
Ángel no dijo una palabra.
Pero su polla estaba dura dentro del pantalón.
Y María, con la cara ardiendo de vergüenza y el cuerpo todavía sensible, notó que las otras seis mujeres la miraban de reojo… y que ninguna parecía sorprendida.
Habían pasado por lo mismo.
Y seguirían pasando.
Don Antonio hizo un gesto con la mano.
—Las mujeres, lleváosla a la sala de atrás. Que se aseé y que os conozcáis. Nosotros seguimos con los asuntos de la cofradía.
Laura, la mayor, se levantó sin decir nada. Las otras cinco la siguieron. María, todavía solo en tanga y con el semen de los tres hombres resbalándole por los muslos, bajó de la mesa. Ángel la miró un segundo; ella apartó la vista.
La sala de atrás era pequeña, con un sofá viejo, una ducha directa en un rincón y una mesa baja. Laura cerró la puerta con llave.
—Primera norma entre nosotras —dijo con voz calmada—. Cuando una sale de la mesa llena, las demás la limpiamos. Con la boca. Así se hace desde hace años.
María no tuvo tiempo de responder. Laura la hizo tumbarse en el sofá, le bajó la tanga y le abrió las piernas. Sin más preámbulos, bajó la cabeza y pasó la lengua por su coño, recogiendo el semen espeso que todavía salía de ella. Cristina se arrodilló al otro lado y lamió el interior de un muslo, subiendo hasta los labios. Sara se colocó detrás, le abrió los glúteos y pasó la lengua por el culo, limpiando lo que había resbalado hasta allí.
Elena y Nuria se turnaron en los pechos, chupando los pezones ya sensibles. Lucía, la más joven, se quedó un momento mirando y después se acercó también, tímida al principio, y pasó la lengua por el clítoris de María mientras Laura seguía lamiendo más abajo.
María se arqueó. El contraste entre las lenguas jóvenes, suaves y hábiles, y lo que acababa de vivir con los viejos fue demasiado. Empezó a gemir sin control. Las seis mujeres no se detuvieron. Se turnaban, se empujaban suavemente para llegar mejor, lamiendo, chupando, metiendo la lengua dentro de ella para sacar hasta la última gota. El sonido húmedo llenaba la sala.
Cuando Laura se concentró en el clítoris y Cristina le metió dos dedos mientras Lucía le chupaba un pezón, María se corrió. Fue un orgasmo largo, tembloroso, que le hizo cerrar los ojos con fuerza y soltar un grito ahogado. Las piernas le temblaban. Las otras mujeres siguieron lamiéndola suavemente hasta que el temblor cesó.
Laura se incorporó, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—Así se hace. Ahora ya estás limpia por fuera… y un poco por dentro.
La ayudaron a levantarse. La llevaron a la ducha. El agua caliente cayó sobre el cuerpo de María mientras las otras la enjabonaban con manos prácticas: Laura le lavaba el pelo, Cristina y Sara le pasaban la esponja por los pechos y el vientre, Nuria y Elena le limpiaban entre las piernas con cuidado, y Lucía le enjuagaba la espalda. No había prisa. Hablaban en voz baja mientras lo hacían.
—Al principio te sientes sucia —dijo Cristina—. Después entiendes que esto también es parte del trato.
—A mí me costó más —admitió Sara—. Sobre todo cuando me tocó con mi tío.
Lucía, la de 19 años, habló por primera vez, con voz suave:
—Yo solo llevo ocho meses. Todavía se me hace raro… pero ya no lloro.
María las miró a todas. Seis caras jóvenes, seis cuerpos marcados igual que el suyo. Ninguna parecía odiar lo que vivía. Algunas incluso sonreían con cierta complicidad.
La secaron, le ayudaron a ponerse la ropa y le dieron un espejo pequeño para que se mirara. La marca del pubis seguía allí, rosada, inconfundible.
Cuando volvieron al salón, los hombres ya estaban terminando. Ángel la esperaba de pie. No se dijeron nada. Salieron juntos a la calle.
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En el piso, cerca del puerto, el sexo ya no fue el mismo.
Ángel la besó con ganas, la desnudó, la tumbó en la cama. Entró en ella con fuerza, como si quisiera borrar lo que había visto. María respondió, rodeándole la espalda con las piernas, pero algo se había roto. Cada vez que él empujaba, ella recordaba el peso de Ramón, la prisa de Vicente, los dedos nudosos de Andrés… y, sobre todo, la polla de su propio padre llenándole la boca mientras le quitaba la venda.
Ángel también recordaba. La imagen de don Antonio corriendo dentro de la boca de María, mirándola a los ojos, no se le iba de la cabeza. Folló más fuerte, casi con rabia, pero cuando él se corrió, ella todavía estaba a medias. Se quedó quieta debajo de él, respirando agitada, sin llegar al orgasmo.
Ángel se retiró, se tumbó a su lado y miró al techo.
—Ya no es igual —dijo en voz baja.
María no contestó. Solo se giró de espaldas, la marca del pubis ardiéndole todavía un poco, y cerró los ojos.
Fuera, la ría de San Vicente subía con la marea nocturna.
Dentro, los dos sabían que la cofradía ya se había metido entre ellos… y que no iba a salir.
Dos días después, María fue a casa de sus padres. Ángel se había quedado en el taller; no quería pisar aquella casa por el momento. Don Antonio no estaba. Solo su madre, Carmen, 48 años, morena como ella, cuerpo todavía firme, pechos pesados y una forma de mirar que María nunca había sabido interpretar del todo.
Estaban en la cocina, el café humeando entre las dos. Carmen no dio rodeos.
—Ya lo sé todo —dijo con voz tranquila—. Tu padre me lo contó la misma noche. Y he visto la marca.
María se quedó helada, la taza a medio camino de la boca.
—¿Y… no te importa?
Carmen la miró fijamente unos segundos. Después, sin decir nada, se levantó, se levantó un poco la falda del vestido y se bajó un lateral de las bragas. Allí, en el pubis, exactamente en el mismo sitio que su hija, estaba la marca de la Vera Cruz. Más vieja, más clara, pero inconfundible.
María abrió la boca. No salió ningún sonido.
Carmen se tapó y se volvió a sentar.
—Me la hicieron a los veinte años. La misma noche en que tu padre pidió entrar en la mesa.
María tragó saliva.
—¿Quién…?
—Tu abuelo y tu bisabuelo —contestó Carmen sin pestañear—. Me ataron en la misma mesa de la oficina. Me vendaron los ojos al principio. Primero me usó tu bisabuelo. Después tu abuelo. Los dos se corrieron dentro de mí. Y lo hicieron delante de tu padre… que entonces solo era mi novio y estaba atado a una silla, igual que Ángel el otro día.
El silencio en la cocina fue absoluto. Solo se oía el reloj de la pared.
Carmen siguió, la voz calmada, casi cansada:
—Cuando me quitaron la venda, vi la cara de mi propio padre corriendo en mi boca. Y vi a tu padre, todavía joven, mirándome mientras se masturbaba. Esa misma noche me marcaron. Y acepté las reglas. Igual que las has aceptado tú.
María notó que le temblaban las manos.
—¿Y nunca… te arrepentiste?
Carmen sonrió con una tristeza antigua.
—Al principio sí. Después aprendí a vivir con ello. Tu padre subió rápido en la cofradía precisamente porque cedió. Igual que ha subido Ángel. Y yo… yo cumplí. Durante años. Hasta que cumplí los cuarenta y la mesa me dejó en paz, más o menos. Ahora solo me llaman de vez en cuando.
Se inclinó hacia adelante y le tocó la mano a su hija.
—No te juzgo, María. No puedo. Yo pasé por lo mismo. Y mi madre también, aunque ella ya no vive para contarlo. Es el precio que pagamos las mujeres de esta familia para que los hombres tengan su sitio en la mesa.
María bajó la mirada. La marca bajo su propia ropa le ardía como si acabaran de hacérsela.
Carmen se levantó, le acarició el pelo corto con una ternura extraña y añadió en voz baja:
—Solo te pido una cosa. Cuando te llamen, ve. No hagas que tu padre o tu novio tengan que avergonzarse delante de los demás. Y si algún día tienes una hija… ya sabrás lo que puede esperar.
Se quedó de pie junto a la ventana, mirando la ría de San Vicente que se veía a lo lejos.
María no dijo nada.
Solo notó que el peso de la cofradía ya no era solo suyo.
Era de tres generaciones.
Y acababa de heredarlo por completo.
El día festivo se acercaba. En San Vicente de la Barquera la cofradía de la Vera Cruz se preparaba como cada año: limpiar los pasos, revisar las andas, planchar los hábitos negros, comprobar las cuerdas y los cirios. Durante el día todo era normal. Los diez hombres de la mesa trabajaban junto a algunos hermanos de menor rango. Las siete mujeres (María, Laura, Cristina, Sara, Elena, Nuria y Lucía) ayudaban también, siempre vestidas con ropa discreta, aunque debajo solo llevaban la tanga obligatoria.
Cuando el sol se puso y las puertas del edificio se cerraron con llave, la fachada religiosa desapareció.
El salón del primer piso se transformó. Los bancos se apartaron. En el centro se colocaron tres cruces de madera robusta, lo bastante altas para atar a una mujer de pie con los brazos abiertos. El olor a incienso se mezcló con el de la cera y el sudor anticipado.
Don Antonio reunió a todos.
—Ritual interno. Noche de desenfreno. Todos participan. Las más nuevas y las más jóvenes, además del uso, reciben el azote. Cinco por cada cofrade. Sin excepción.
Las siete mujeres se quitaron la ropa hasta quedar solo en tanga. Después, incluso esa última prenda cayó al suelo. Se quedaron desnudas, las marcas del pubis visibles bajo la luz cálida de los focos.
Primero ataron a las tres más jóvenes y a las dos que menos tiempo llevaban en la cofradía: Lucía (19), Nuria (21), Elena (22), María (23) y Sara (24). Las subieron a las cruces. Muñecas atadas a los brazos horizontales, tobillos sujetos a la base, cuerpos completamente expuestos. Los pechos al aire, el coño depilado a la vista, el culo accesible.
Los diez cofrades se repartieron. Cada uno cogió una disciplina de cuerda gruesa, de las mismas que se usaban en las procesiones antiguas.
Empezaron.
El primer azote de Ramón cayó sobre el culo de Lucía. El chasquido resonó en el salón. La joven de 19 años soltó un grito agudo y se tensó contra las cuerdas. Detrás vino el de Vicente sobre Nuria. Después Andrés sobre Elena. Manolo sobre María. Pepe sobre Sara. Y así, uno tras otro, los diez hombres fueron pasando por cada una de las cinco crucificadas.
Cinco azotes por cofrade. Cincuenta en total para cada una.
Las nalgas se fueron poniendo rojas, después amoratadas. Algunas marcas se abrían levemente. Los gritos se mezclaban con gemidos. Lucía lloraba abiertamente al principio; al final solo gemía, la cara húmeda de lágrimas y saliva. María apretaba los dientes, pero cada latigazo le arrancaba un sonido gutural. El calor del dolor se le extendía entre las piernas hasta convertirse en una excitación confusa y vergonzante.
Mientras las azotaban, los cofrades que esperaban turno se masturbaban o usaban a las dos mujeres que no estaban en las cruces: Laura y Cristina. Las tenían de rodillas, follándoles la boca, o dobladas sobre los bancos, entrando en ellas sin ceremonia.
Cuando los cincuenta azotes se completaron en cada una, las bajaron de las cruces. Los cuerpos temblaban. Los culos ardiendo. Algunas apenas se tenían en pie.
Entonces empezó la orgía propiamente dicha.
No hubo turnos ordenados. Fue un desenfreno colectivo.
María fue tumbada en el suelo sobre un manto negro. Ramón la penetró primero por el coño mientras Pepe le metía la polla en la boca. Cuando Ramón se corrió dentro, Manolo la puso a cuatro patas y le abrió el culo todavía sensible por los azotes. Ángel, con la polla dura y la mirada oscura, la folló después por el mismo agujero, sujetándole las caderas con fuerza. Don Antonio esperó a que su hija estuviera de rodillas otra vez y se corrió en su cara, obligándola a tragar parte del semen.
Lucía, la más joven, fue usada por tres hombres a la vez: uno en la boca, otro en el coño y el tercero esperando el culo. Gritaba cada vez que la embestían, pero no pedía que pararan. Nuria y Elena estaban una encima de la otra, en tijera forzada, mientras dos cofrades las follaban por detrás y otros les obligaban a besarse y a lamerse los pechos. Sara fue atada de nuevo, esta vez de pies y manos, y pasaron por ella uno detrás de otro, corriéndose todos dentro o sobre su cuerpo marcado y azotado.
Laura y Cristina, las más veteranas, dirigían a ratos, sujetando a las más nuevas, abriéndoles las piernas, guiando las pollas dentro de ellas. Otras veces eran ellas las que acababan de rodillas o de espaldas, recibiendo embestidas pesadas.
El suelo del salón se fue llenando de sudor, saliva y semen. El aire olía a sexo, a cuero y a la cera de los cirios que seguían ardiendo. Los gemidos, los golpes de carne contra carne y los gritos de las más jóvenes llenaban el espacio durante horas.
Ángel participó. Folló a María varias veces. También penetró a Nuria y, al final, a Lucía, mientras la joven de 19 años lo miraba con los ojos vidriosos y la boca abierta. Cada vez que se corría dentro de alguna de ellas, la imagen de don Antonio follando a su hija se le superponía en la mente.
Cuando por fin el ritmo bajó, las siete mujeres estaban cubiertas de semen, los cuerpos marcados por los azotes y por las manos gordas de los cofrades. Algunas lloraban en silencio. Otras simplemente respiraban, exhaustas, con las piernas abiertas y la mirada perdida.
Don Antonio, todavía con la polla húmeda, miró el reloj.
—Suficiente. Mañana hay procesión pública. Limpiadlas. Que nadie note nada.
Las mujeres se ayudaron unas a otras a levantarse. Laura, a pesar del cansancio, organizó el aseo improvisado. Otra vez las lenguas y las manos de las propias compañeras limpiaron lo que los hombres habían dejado.
Fuera, San Vicente de la Barquera dormía.
Dentro, el ritual interno de la Vera Cruz había terminado…
hasta el año siguiente.
Ángel no esperó a que lo llamaran. Dos días después del ritual interno, envió un mensaje al grupo privado de la mesa:
«Solicito a Nuria. Esta tarde. Oficina.»
La respuesta de don Antonio llegó en menos de un minuto:
«Concedido. 18:00. Ella estará lista.»
Nuria tenía 21 años. Ángel la conocía desde el colegio. Hija de una familia con más dinero y más apellido que la suya. Siempre había ido un curso por delante, siempre con las amigas perfectas, siempre mirándolo por encima del hombro cuando se cruzaban en los pasillos o en la plaza. Él era el hijo del mecánico. Ella, la sobrina de don Antonio, de las que no saludaban si no les convenía. Nunca le había dirigido la palabra más allá de lo estrictamente necesario, y siempre con ese tono de superioridad que a Ángel le hervía la sangre.
Ahora las tornas habían cambiado.
A las seis de la tarde Nuria entró en la oficina de la cofradía. Solo llevaba la tanga negra reglamentaria. Nada más. Los pechos pequeños y firmes al aire, el vientre plano, la marca del pubis perfectamente visible. El pelo moreno le caía suelto sobre los hombros. Cuando vio a Ángel solo en la habitación, se le endureció la expresión.
—Supongo que has pedido tú —dijo, con ese mismo tono de desprecio que él recordaba de los pasillos del instituto.
Ángel cerró la puerta con llave y se quedó mirándola.
—Sí. Yo.
Se acercó despacio. Ella no retrocedió, pero apretó la mandíbula.
—Siempre me mirabas como si fuera basura —dijo él, rodeándola—. Como si no mereciera ni que me dirigieras la palabra. Ahora estás aquí, desnuda, porque yo lo he pedido. Y vas a hacer exactamente lo que yo quiera.
Nuria sostuvo la mirada, desafiante, pero no contestó. Ángel le bajó la tanga de un tirón y la hizo apartar las piernas. Le pasó dos dedos por el coño y notó que, a pesar de la cara de odio, ya estaba húmeda.
—Mírate —murmuró—. Hasta el cuerpo te delata.
La empujó hacia el escritorio, la misma mesa donde habían marcado a María y donde la habían usado tantas veces. La tumbó de espaldas, le abrió las piernas con las manos y se bajó los pantalones. Su polla saltó dura. Sin más preámbulos, empujó dentro de ella de un solo golpe.
Nuria soltó un gemido ahogado, mitad dolor, mitad algo más. Ángel no fue suave. Embestía con fuerza, profundo, mirándola a los ojos todo el tiempo.
—¿Todavía me miras por encima del hombro? —le preguntó entre embestidas—. ¿Todavía soy el hijo del mecánico que no merecía tu atención?
Ella apretó los labios, pero cada embestida le arrancaba un sonido. Ángel le sujetó las muñecas contra la madera, le mordió un pezón y aceleró el ritmo. El escritorio crujía. Nuria acabó gimiendo más alto, las piernas rodeándole la cintura a pesar de ella misma.
Cuando él sintió que se acercaba, se retiró, la giró bruscamente y la puso a cuatro patas. Le abrió los glúteos y empujó otra vez, esta vez más hondo. Una mano le agarró el pelo, la otra le apretaba la cadera.
—Vas a correrte conmigo dentro —ordenó—. Quiero sentirlo.
Nuria negó con la cabeza, pero el cuerpo la traicionó. Cuando Ángel le rozó el clítoris con los dedos mientras la follaba sin piedad, se tensó de golpe y se corrió, apretándolo con fuerza, soltando un gemido largo y roto. Ángel no esperó más: se hundió hasta el fondo y se vació dentro de ella, chorro tras chorro, gruñendo contra su nuca.
Se quedó un momento quieto, todavía dentro, respirando agitado. Después se retiró y la dejó allí, a cuatro patas sobre el escritorio, el semen empezando a resbalarle por los muslos.
Nuria no se movió de inmediato. Cuando por fin se giró, la cara ya no tenía el mismo desprecio de antes. Solo una mezcla de rabia, vergüenza… y algo que no quería admitir.
Ángel se subió los pantalones y la miró desde arriba.
—La próxima vez que me veas por la calle —dijo con voz calmada—, acuérdate de esto. Ahora yo decido cuándo y cómo.
Salió de la oficina sin mirar atrás.
Nuria se quedó sola, desnuda, con el semen de Ángel todavía caliente dentro de ella y la marca del pubis ardiéndole como si la acabaran de hacer.
Por primera vez en años, el hijo del mecánico le había dejado claro quién mandaba.
Aires de Venganza
La solicitud llegó al grupo de la mesa un martes por la mañana:
«Solicitamos a María. Esta tarde. Oficina grande. Ramón, Vicente y Andrés. Uso simultáneo y prolongado. Exigimos que don Antonio esté presente durante todo el tiempo.»
Don Antonio contestó en menos de cinco minutos:
«Negado. Buscad otra.»
La respuesta de la mesa fue inmediata y firme. Manolo, como tesorero y voz de consenso, escribió:
«La mesa ha votado. La solicitud se concede. Don Antonio asistirá. María se presentará a las 17:00. Solo tanga. Sin excepciones.»
Ángel leyó los mensajes en el taller y apretó el teléfono hasta que le dolieron los nudillos. María, cuando se lo contó, solo asintió. Ya conocía las reglas. Había aceptado.
A las cinco de la tarde la oficina grande estaba preparada. Habían apartado los escritorios y colocado un colchón ancho en el centro, cubierto con una sábana negra. Ramón, Vicente y Andrés esperaban ya sin camisa. Los tres habían tomado Viagra horas antes; las pollas se les marcaban duras y pesadas dentro de los pantalones.
María entró solo en tanga, como se le había ordenado. Don Antonio llegó dos minutos después. La cara la tenía blanca de rabia contenida.
—Esto es una venganza de mierda —escupió—. Por un puto proyecto de restauración que voté en contra.
Ramón sonrió, mostrando los dientes amarillos.
—La mesa manda, Antonio. Tú lo sabes mejor que nadie. Hoy tu hija nos compensa. Y tú te vas a quedar mirando.
Le señalaron una silla pegada a la pared. Don Antonio se sentó. Los puños le temblaban sobre las rodillas.
María se quitó la tanga sin que se lo pidieran. Se subió al colchón. Los tres hombres se la repartieron de inmediato.
Ramón se tumbró de espaldas y la hizo montarle. Su polla gruesa abrió el coño de María de un empujón. Vicente se colocó detrás y, después de escupir y forzar con los dedos, empujó su polla más corta pero dura dentro del culo. Andrés se arrodilló delante y le llenó la boca.
Empezaron a moverse al mismo tiempo.
Durante las primeras horas no hubo descanso. Cuando uno se cansaba de una posición, cambiaban. La follaban en cruz, en pila, de lado, de pie contra la pared. Se turnaban los agujeros sin parar. Cada vez que uno se corría, apenas se retiraba un momento, se recuperaba gracias a la pastilla y volvía a entrar. El semen se acumulaba dentro de María, salía por los lados, le resbalaba por los muslos y por la barbilla. La obligaban a tragar, a mantener las piernas abiertas, a pedir más aunque la voz ya le saliera rota.
Don Antonio no apartó la vista ni un segundo. Veía cómo le abrían el culo a su hija una y otra vez, cómo le llenaban la boca hasta hacerla atragantarse, cómo le marcaban los pechos con los dedos gordos y las uñas. Veía la cara de María: al principio de resignación, después de dolor, después de un cansancio profundo que ya no podía disimular.
Pasaron tres horas. Cuatro. Cinco.
María ya no gemía. Solo soltaba sonidos ahogados cada vez que la penetraban. El cuerpo le temblaba sin control. El coño y el culo estaban rojos, hinchados, desbordando una mezcla espesa de semen. La cara la tenía manchada. El pelo corto pegado de sudor y saliva. En un momento dado se le aflojaron las piernas y tuvo que ser sostenida por los tres hombres a la vez mientras seguían usándola.
Solo cuando el reloj marcó las diez de la noche Ramón se retiró por última vez, jadeando.
—Suficiente. Ya está pagado el voto.
Los tres se vistieron en silencio, satisfechos, y salieron. La puerta se cerró detrás de ellos.
Don Antonio se levantó de la silla como si tuviera cien años. Se acercó al colchón. María estaba tumbada de lado, las piernas semiabiertas, el semen saliéndole todavía. Intentó incorporar el cuerpo y no pudo.
Por primera vez en muchos años, a don Antonio se le quebraron los ojos. Lágrimas gordas le rodaron por la cara mientras le limpiaba la boca con un pañuelo, mientras le separaba el pelo de la frente, mientras le susurraba con voz rota:
—Perdóname… perdóname, hija…
La levantó en brazos con cuidado, como cuando era pequeña, y la llevó a la sala de atrás. Allí la aseó él mismo, con agua tibia y toallas limpias, quitándole el semen de entre las piernas, del culo, de la cara. María apenas reaccionaba. Solo lloraba en silencio, agotada, maltrecha, el cuerpo marcado por horas de uso intenso.
Cuando terminó de limpiarla, la envolvió en una bata y se sentó a su lado en el sofá, todavía con las lágrimas cayéndole.
—La mesa manda —repitió en voz baja, como si intentara convencerse—. La mesa siempre manda.
María no contestó.
Solo apoyó la cabeza en el pecho de su padre y cerró los ojos, exhausta.
Fuera, la noche de San Vicente seguía su curso.
Dentro, por primera vez, el Hermano Mayor había llorado de rabia e impotencia delante de su propia hija.
María apareció en casa de sus padres a media mañana. Carmen no estaba. Solo don Antonio, sentado en el salón con vistas a la ría, una taza de café frío entre las manos. Tenía ojeras profundas y la mirada de quien no había dormido bien desde la noche anterior.
Ella se sentó frente a él sin quitarse el abrigo.
—No te preocupes por lo de ayer —dijo en voz baja, pero clara.
Don Antonio levantó la cabeza. Quiso hablar, pero ella levantó una mano.
—Escúchame. Por primera vez en mis veintitrés años me siento… completa. Me encanta. Me gusta que me usen. Que me abran, que me llenen, que me dejen hecha un desastre. Descubrí algo que no sabía que tenía: me gusta doler, me gusta que me manden, me gusta sentir que no controlo nada. El lado sumiso y masoquista que siempre estuvo ahí y que solo la cofradía ha sabido sacar.
Se inclinó un poco hacia adelante. La voz le salió más suave, casi confesional.
—Cuando Ramón, Vicente y Andrés me tenían entre los tres y tú mirabas… no solo aguanté. Disfruté. Aunque el cuerpo me doliera y la cabeza me diera vueltas. Cada vez que uno se corría dentro y el siguiente entraba sin esperar, algo se me encendía más abajo. Y cuando tú me limpiaste después, con las manos temblando, casi me corre otra vez de la vergüenza y del placer mezclados.
Don Antonio la miró en silencio largo. Al final solo asintió una vez, muy despacio, como quien acepta una verdad que preferiría no haber oído.
—La mesa manda —repitió, pero esta vez sin amargura—. Y tú… tú ya eres de la mesa de verdad.
María se levantó, le rozó el hombro con los dedos y se fue. En la puerta se detuvo un segundo.
—No hace falta que pidas perdón otra vez. Yo estoy bien.
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Esa misma tarde el grupo privado de la mesa vibró en el móvil de Ángel mientras terminaba de cambiar el aceite de un coche en el taller.
«Sesión improvisada. Oficina grande. 19:00. Gangbang. Una sola. Se elige al azar entre las disponibles.»
Cinco minutos después llegó el segundo mensaje, firmado por Manolo:
«Salió Lucía. Ángel organiza y participa. Los demás que quieran se apuntan. Ella estará lista.»
Ángel limpió las manos con un trapo grasiento y contestó solo una palabra:
«Recibido.»
A las siete menos cuarto Lucía entró en la oficina grande. Solo llevaba la tanga negra reglamentaria. Diecinueve años, cuerpo firme, pechos altos, la marca del pubis perfectamente visible bajo la tela fina. El pelo rubio platino le caía suelto. Cuando vio a Ángel solo al principio, apretó la mandíbula, pero no dijo nada. Ya sabía cómo funcionaba esto.
Ángel cerró la puerta con llave y se apoyó en el escritorio.
—Hoy te toca a ti. Yo elijo cómo empieza.
Ella se quitó la tanga sin que se lo pidieran y se subió a la mesa ancha que habían preparado en el centro. Se arrodilló, las rodillas abiertas, el coño depilado y la marca rosada a la vista. Ángel se acercó, le pasó dos dedos por entre los labios y notó que ya estaba húmeda.
—Buena chica —murmuró.
Se bajó los pantalones. Su polla saltó dura. La agarró de la nuca y se la metió en la boca de un empujón. Lucía abrió la garganta y lo aceptó hasta el fondo, los ojos llorosos pero sin apartar la mirada. Ángel folló su boca con calma al principio, después más fuerte, sujetándole el pelo rubio. Cuando oyó pasos en el pasillo, se retiró y la dejó jadeando.
Entraron uno tras otro: Manolo, Pepe, Ramón, Vicente y dos más que se habían apuntado. Seis en total, contándole a él. Las pollas se fueron sacando sin prisas. Lucía se quedó en el centro de la mesa, a cuatro patas, esperando.
Ángel fue el primero en entrarla por detrás. La abrió de un golpe y empezó a embestir con fuerza, las manos agarrándole las caderas. Manolo se colocó delante y le llenó la boca otra vez. Ramón se subió a la mesa y le frotó su polla gruesa contra la mejilla libre. Cuando Ángel se corrió dentro, no se retiró del todo: se quedó un momento hondo, dejándola llena, y después cedió el sitio a Pepe.
El ritmo se volvió constante. La follaban por turnos y a veces de dos en dos: una polla en el coño, otra en la boca, después culo y boca, después las tres a la vez cuando la pusieron de lado. Lucía gemía, jadeaba, a veces soltaba pequeños gritos cuando alguno entraba demasiado fuerte o demasiado hondo. El semen se le iba acumulando, le resbalaba por los muslos, le manchaba la cara y el pelo. Ángel la usó tres veces: dos por el coño y una por el culo, cada vez más posesivo, como si quisiera marcar territorio delante de los demás.
Cuando el último se vació sobre sus pechos, Lucía quedó tumbada de espaldas en la mesa, las piernas abiertas, el cuerpo temblando, el coño y el culo desbordando una mezcla espesa. La marca del pubis brillaba entre el semen.
Ángel se limpió con un pañuelo, se subió los pantalones y miró a los otros.
—Ya está. La limpiáis vosotras o la dejáis así hasta que se recupere. Yo me voy.
Salió de la oficina sin mirar atrás. En el pasillo se detuvo un segundo, escuchó los pasos de las otras mujeres que venían a recogerla, y después bajó las escaleras.
Ángel y María
Ángel llegó al piso cerca del puerto pasadas las diez. Olió a sexo y a sudor ajeno todavía en la ropa. Abrió la puerta y se encontró con la luz de la lámpara de la mesita de noche encendida.
María estaba en la cama. Completamente desnuda. Sentada sobre los talones, las rodillas abiertas, las manos apoyadas en los muslos. La marca del pubis se veía con claridad bajo la luz cálida. El pelo corto le caía un poco desordenado sobre la frente. No sonrió. Solo lo miró.
—Ya lo sé —dijo en voz baja—. Te tocó Lucía.
Ángel cerró la puerta con el pie y se quitó la chaqueta sin prisas. Ella no se movió.
—Me lo han contado. Y me lo imaginaba. Quiero que me lo cuentes tú. Todo. Mientras me usas.
Se levantó de la cama, se acercó y se arrodilló delante de él. Le desabrochó el cinturón con dedos firmes, le bajó la cremallera y sacó la polla todavía medio dura, con el olor de la otra chica todavía impregnado. La lamió despacio, de la base a la punta, sin apartar los ojos de los de él.
—Cuéntame cómo se la follaste —pidió contra la piel—. Cómo le abriste la boca. Cómo le entraste por detrás. Si gritó. Si se corrió. Si la llenaste.
Ángel le agarró el pelo corto y le empujó la cabeza hacia adelante. Ella abrió la garganta y lo tomó entero de un golpe. Él empezó a hablar mientras la usaba la boca:
—La puse de rodillas en la mesa. Primero le follé la cara. Hasta que le saltaron las lágrimas. Después la giré y la abrí de un empujón. Estaba ya mojada. La follé fuerte. Manolo le llenó la boca al mismo tiempo. Cuando me corrí dentro, no me retiré del todo… la dejé llena y le pasé el turno a Pepe.
María gimió alrededor de su polla. La saliva le resbalaba por la barbilla. Ángel la levantó de un tirón, la empujó contra la cama y le abrió las piernas de golpe. Entró en ella sin avisarla. Estaba empapada.
—Así —gruñó contra su cuello—. Exactamente igual que a ella. Fuerte. Hondo.
Empezó a embestir con el mismo ritmo pesado que había usado con Lucía. María rodeó su cintura con las piernas y le clavó las uñas en la espalda.
—Más… cuéntame más —jadeó—. Dime si le abriste el culo. Dime si le corriste dentro otra vez.
—Se lo abrí. Estaba apretada. Gritó cuando el glande pasó. La follé hasta que se le aflojaron las piernas. Después me corrí otra vez dentro, más profundo. Y cuando terminé, la dejé ahí, con el semen saliéndole por los dos agujeros, mientras los demás seguían.
María se arqueó. El orgasmo le llegó rápido, violento, apretándolo con fuerza. Ángel no paró. La sujetó de las caderas y siguió embistiendo, más rápido, más profundo, hasta que se vació dentro de ella con un gruñido bajo. Se quedó hundido un momento, respirando agitado, sintiendo cómo el semen se le escapaba alrededor de la polla.
María le acarició la nuca con dedos temblorosos.
—Otra vez —susurró—. Quiero que me lo cuentes otra vez. Y que me uses el culo esta vez. Como a ella.
Ángel se retiró despacio. La miró: la cara sonrojada, los pechos subiendo y bajando, el coño abierto y goteando. La marca del pubis brillaba entre sus propios fluidos y los de él.
Sin decir nada, la giró a cuatro patas. Le abrió los glúteos con las manos grandes de mecánico, escupió sobre el agujero y empujó. María soltó un gemido largo, mitad dolor, mitad necesidad. Él entró hasta el fondo y empezó a moverse con fuerza, mientras le hablaba otra vez al oído, con voz ronca, describiéndole cada detalle de lo que le había hecho a Lucía.
Don Antonio y María
El mensaje llegó al grupo de la mesa a las once y media de la noche, mientras Ángel todavía estaba dentro de María por segunda vez.
«Solicito a María. Privado. Solo yo. Oficina grande. Mañana a las 18:00. Sin el resto de la mesa presente.»
Firmado: Don Antonio.
Hubo un silencio de varios minutos en el chat. Después Manolo contestó:
«La mesa vota. Tres minutos.»
Los mensajes empezaron a caer uno tras otro. A favor. A favor. A favor. Solo dos se abstuvieron. Ninguno votó en contra.
Manolo cerró la votación:
«Concedido. Don Antonio, tienes la oficina grande de 18:00 a 20:00. María se presentará sola. Solo tanga. La puerta se cierra con llave. Nadie interrumpe.»
Ángel leyó los mensajes con la polla todavía semidura dentro de su novia. María, boca abajo en la cama, giró la cabeza y miró la pantalla del móvil que él le mostraba.
—Mañana a las seis —dijo ella con voz calmada—. Con mi padre. Solo.
No sonaba asustada. Sonaba… lista.
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Al día siguiente, a las seis en punto, María entró en la oficina grande. Solo llevaba la tanga negra. Nada más. Los pechos al aire, la marca del pubis visible, el cuerpo todavía marcado por las manos de Ángel de la noche anterior.
Don Antonio la esperaba de pie junto a la mesa. Había apartado los escritorios. Solo quedaba el colchón ancho cubierto con una sábana negra y una silla contra la pared. La lámpara de mesa era la única luz.
Cerró la puerta con llave detrás de ella. El clic sonó demasiado fuerte en el silencio.
—Quítate la tanga —dijo con voz baja.
María obedeció. Se la bajó por los muslos y la dejó caer al suelo. Se quedó desnuda delante de su padre. Él la miró largo rato: los pechos, la cintura, el coño depilado, la marca todavía rosada.
—Ayer me dijiste que te sientes completa —murmuró—. Que te gusta. Que descubriste ese lado.
Se acercó. Le tocó la mejilla con los dedos gruesos, casi con ternura. Después le bajó la mano hasta un pecho y le apretó el pezón con fuerza, hasta que ella soltó un pequeño gemido.
—Hoy no hay mesa. No hay votos. No hay venganza. Solo tú y yo. Voy a usarte como quiera. Y tú vas a pedírmelo.
María sostuvo la mirada.
—Úsame, padre.
Don Antonio la empujó hacia el colchón. La tumbó de espaldas, le abrió las piernas con las rodillas y se bajó los pantalones. Su polla gruesa, venosa, ya estaba dura. Se colocó entre sus muslos y empujó de un solo golpe hasta el fondo.
María arqueó la espalda y soltó un gemido largo. Él no fue suave. Empezó a embestir con fuerza, profundo, los muslos anchos chocando contra el culo de su hija, la panza rozándole el vientre. Le sujetó las muñecas contra el colchón y la miró a los ojos todo el tiempo.
—Di que te gusta —ordenó entre embestidas—. Di que te gusta que tu padre te folle.
—Me gusta… —jadeó ella—. Me gusta que me folles… que me llenes… que me uses…
Él aceleró. La polla entraba y salía con sonido húmedo. María gemía sin control, las piernas rodeándole la cintura. Cuando sintió que se acercaba, don Antonio se retiró de golpe, la giró a cuatro patas y le abrió el culo con los pulgares.
—Ahora aquí.
Escupió, se untó y empujó. El glande abrió el esfínter con dificultad. María gritó, mitad dolor, mitad placer, y empujó hacia atrás para tomarlo entero. Él se hundió hasta las bolas y empezó a embestir con ritmo pesado, sujetándole las caderas con fuerza.
—Eres mía antes que de la mesa —gruñó contra su espalda—. Antes que de Ángel. Antes que de cualquiera.
María solo podía gemir. El culo le ardía, el coño le chorreaba, y cada embestida de su padre le arrancaba sonidos cada vez más rotos. Cuando él se tensó y se corrió dentro, profundo, llenándola con chorros calientes, ella se corrió también, apretándolo con fuerza, el cuerpo temblando.
Don Antonio se quedó un momento hundido, respirando agitado. Después se retiró despacio. El semen le resbaló a María por el muslo. Él la giró otra vez, se colocó a la altura de su cara y le pasó la polla todavía sucia por los labios.
—Límpiame.
Ella abrió la boca y lo lamió con cuidado, limpiando su propio sabor y el de él. Don Antonio le acarició el pelo corto mientras lo hacía.
—Buena chica —murmuró—. Mi buena chica.
Cuando terminó, se sentó en el borde del colchón y la atrajo hacia su pecho. María apoyó la cabeza en el hombro de su padre, el cuerpo todavía sensible, el culo y el coño llenos.
Durante un rato no hablaron. Solo se oía la respiración de los dos y, muy lejos, el sonido de la ría.
Al final don Antonio habló, con voz más baja:
—La mesa no tiene por qué saber cómo fue esto. Solo que te usé. Que cumpliste.
María asintió contra su pecho.
—Cumplí —susurró—. Y me gustó.
Las Nuevas
El mensaje llegó al grupo de la mesa a media mañana, sin previo aviso.
«Solicitud de entrada. Dos nuevas. Nietas de Ramón. Claudia, 23 años. Valeria, 21 años. Ambas disponibles de inmediato. El abuelo cede y pide que se las marque y se las estrene hoy mismo.»
Firmado: Ramón.
Hubo un silencio de casi un minuto. Después Manolo escribió:
«La mesa vota.»
Los mensajes cayeron rápidos. A favor. A favor. A favor. Nadie se opuso. Ni siquiera don Antonio.
Manolo cerró:
«Concedido. Esta tarde, 17:00. Salón grande. Marca y entrega. Todas las mujeres presentes. Ángel organiza el orden de uso.»
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A las cinco de la tarde el salón olía a madera vieja y a metal caliente. El brasero ya estaba encendido. Las siete mujeres de siempre estaban alineadas contra la pared, solo en tanga. María entre ellas, la mirada fija en la puerta.
Entraron las dos nuevas.
Claudia, 23 años. Morena, pechos pesados y naturales, caderas anchas, culo redondo y firme. Miraba a todos con una mezcla de nervios y desafío.
Valeria, 21. Más delgada, pechos firmes de 90, cintura estrecha, el mismo pelo moreno largo. La cara más joven, los ojos más abiertos. Se notaba en la forma de cruzar los brazos que nunca había estado así delante de tantos hombres.
Ramón las empujó suavemente hacia el centro.
—Son mías de sangre. Hoy pasan a ser de la mesa.
Don Antonio señaló el brasero.
—Primero la marca.
Claudia fue la primera. Le hicieron bajar la tanga y recostarse en el borde de la mesa. El hierro al rojo vivo se apoyó justo encima del inicio de los labios. El siseo, el olor a carne quemada y el grito ahogado de ella llenaron el salón. La marca quedó profunda, roja, humeante.
Valeria temblaba cuando le tocó. Apenas gritó, pero las lágrimas le saltaron al instante. La misma marca, en el mismo sitio.
Cuando las dos estuvieron marcadas, Ángel dio un paso al frente. La mesa le había dado el mando.
—Valeria primero —dijo con voz calmada—. Es virgen. Yo abro.
La joven de 21 años fue tumbada en el centro de la gran mesa de madera. Le abrieron las piernas. El coño depilado, rosado, intacto. Ángel se bajó los pantalones, se colocó entre sus muslos y empujó despacio. El glande abrió los labios y encontró resistencia. Valeria soltó un quejido agudo. Él siguió, centímetro a centímetro, hasta que el himen cedió con un pequeño desgarro. Ella gritó. Él se hundió hasta el fondo y se quedó quieto un segundo, dejándola sentir el llenado completo.
—Ya no eres virgen —murmuró.
Empezó a moverse. Despacio al principio, después con más fuerza. Valeria lloraba y gemía a la vez, las uñas clavadas en la madera. Cuando Ángel se corrió dentro, profundo, se retiró y cedió el sitio.
Don Antonio no esperó. Se colocó entre las piernas de la chica, todavía abierta y sangrando un poco, y empujó su polla gruesa de un golpe. Valeria volvió a gritar. Él la folló con embestidas pesadas, mirando a Ramón todo el tiempo.
—Tu nieta ya es de la mesa —gruñó mientras se vaciaba dentro de ella.
Ramón sonrió. La polla se le marcaba dura dentro del pantalón.
—Cuando terminéis, me toca a mí.
La bacanal se descontroló en menos de media hora.
Claudia fue abierta por Manolo y Pepe al mismo tiempo: uno en el coño, otro en la boca. Después la pusieron a cuatro patas y le estrenaron el culo. Valeria, todavía temblando, fue pasada de uno a otro sin descanso. Boca, coño, culo. Semen acumulándose dentro y fuera. Ramón esperó su turno con paciencia de depredador. Cuando por fin se colocó entre las piernas de su nieta menor, la miró a los ojos y empujó hasta las bolas.
—Así se estrena a la sangre propia —dijo mientras la embestía.
Ángel dirigía. Indicaba posiciones, cambiaba a las chicas de sitio, decidía quién entraba dónde. Folló a Claudia dos veces y a Valeria otras tres. Don Antonio se turnó con las dos. Los demás no se quedaron atrás. El salón se llenó de gemidos, de golpes de carne, de olor a sexo y a la marca todavía fresca.
Pasaron las horas.
María, de pie contra la pared junto a las otras, miraba sin apartar la vista. La tanga se le había empapado. Cada vez que veía a Ángel hundirse en Valeria o a su propio padre correrse dentro de Claudia, sentía un calor denso entre las piernas. No había tocado a nadie. Solo observaba.
Cuando por fin el ritmo bajó, las dos nuevas estaban tumbadas en la mesa, las piernas abiertas, el cuerpo cubierto de semen, las marcas del pubis brillando entre la mezcla espesa. Valeria lloraba en silencio. Claudia respiraba agitada, los ojos vidriosos.
Laura se acercó para empezar la limpieza de siempre. María la detuvo con una mano.
—Yo —dijo con voz ronca—. Mi primera vez.
Se acercó a la mesa. Se arrodilló entre las piernas de Valeria. Bajó la cabeza y pasó la lengua por el coño abierto y desbordante de la chica de 21 años. El sabor era intenso: semen de varios hombres, un poco de sangre, los fluidos de ella. María lamió despacio, profunda, recogiendo todo. Después se movió a Claudia y repitió el gesto: lengua dentro, limpiando, chupando, tragando.
Las otras mujeres la miraban en silencio. Ángel, todavía con la polla brillante, observaba a su novia con una mezcla de orgullo y hambre nueva.
Cuando María terminó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se levantó. Las dos nuevas seguían temblando, pero ya estaban limpias por fuera.
Don Antonio miró a su hija y asintió una sola vez.
—Bienvenida de verdad a la mesa, María.
Fuera, la tarde caía sobre San Vicente de la Barquera.
Dentro, la cofradía acababa de sumar dos miembros más… y María había dado su primer paso como limpiadora.
La redada
La noche de la redada cayó un jueves de noviembre. El salón del primer piso olía a sidra, a cera y a anticipación. La mesa estaba completa: los diez hombres, Ángel incluido, y las nueve mujeres alineadas contra la pared, solo en tanga. Claudia y Valeria, las nuevas, todavía con las marcas frescas. María entre ellas, la mirada baja. Cristina, la de 26 años, un poco apartada, como siempre.
Don Antonio golpeó la mesa con los nudillos.
—Sesión ordinaria. Revisamos cuentas y después uso. Hoy toca a las dos nuevas otra vez. Y a María.
Ángel ya se estaba levantando cuando se oyeron los primeros golpes en la puerta de abajo. Fuertes. Secos. Oficiales.
—¡Policía Judicial! ¡Abran!
El silencio que siguió fue absoluto. Manolo soltó la copa. Ramón maldijo entre dientes. Don Antonio se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
No dio tiempo a nada más.
La puerta del salón saltó con un segundo golpe. Entraron de golpe: chalecos antibala, armas cortas en posición, linternas cegadoras. Seis agentes del grupo de delitos contra la libertad sexual y trata. Detrás, más uniformados cerrando todas las salidas.
—¡Nadie se mueva! ¡Manos donde se puedan ver!
Los hombres de la mesa quedaron paralizados. Las mujeres tampoco se movieron. Solo Cristina dio un paso al frente. Se cubrió con una toalla y levantó la voz con una claridad que nadie le había oído nunca:
—Soy Cristina Vargas, agente infiltrada del Cuerpo Nacional de Policía. Llevo catorce meses dentro. Tengo grabaciones, testimonios y pruebas documentales de abusos sexuales reiterados, coacciones, lesiones y organización criminal. Todos los presentes están detenidos.
El silencio se rompió en gritos, maldiciones y el sonido de las esposas.
Ángel fue el primero en reaccionar. Intentó llegar a María, pero dos agentes lo derribaron contra la mesa y le torcieron los brazos a la espalda. Don Antonio no gritó. Solo miró a su hija con una expresión vacía mientras le colocaban las esposas. Ramón forcejeó y recibió un golpe seco en las costillas. Manolo lloraba.
Las mujeres fueron separadas de inmediato. Las llevaron a otra habitación para identificación y asistencia. María iba en silencio, la marca del pubis todavía visible bajo la luz de los focos policiales. Cuando pasó junto a Cristina, esta le sostuvo la mirada un segundo. No había odio. Solo cansancio.
—Lo siento —susurró Cristina—. No había otra forma.
Fuera, las sirenas llenaban la calle estrecha de San Vicente de la Barquera. Vecinos asomaban a las ventanas. El olor a salitre se mezclaba con el de la gasolina de los furgones.
Uno a uno, los hombres de la mesa fueron subidos a los vehículos. Ángel iba con la cabeza gacha, la camiseta rasgada. Don Antonio, el último, se detuvo un instante en el umbral y miró hacia la ría oscura. No dijo nada.
En menos de una hora el edificio de la Cofradía de la Vera Cruz quedó vacío y precintado. Las cruces de madera, el brasero, las cuerdas de cáñamo y el hierro de la marca fueron sellados como pruebas.
La hermandad que durante generaciones había escondido su otra cara detrás de procesiones y limosnas había terminado.
Y San Vicente de la Barquera, por primera vez en mucho tiempo, respiró sin el peso de aquel secreto.
La investigación se alargó casi nueve meses. Declaraciones, peritajes, visionado de las grabaciones que Cristina había conseguido. Al final, ninguna de las mujeres quiso firmar denuncia por abuso. Los vídeos mostraban aceptación explícita, reglas pactadas, marcas recibidas sin resistencia visible. El fiscal archivó el caso por falta de indicios de delito. No hubo juicios. No hubo condenas.
Pero el daño ya estaba hecho.
La Cofradía de la Vera Cruz quedó clausurada de forma definitiva. El obispado les declaró no gratos y prohibió cualquier uso del nombre o de los símbolos. El edificio se precintó y más tarde se destinó a un centro cultural municipal. Los rumores corrieron por San Vicente de la Barquera como la marea: miradas largas en la plaza, silencios en los bares, vecinos que cruzaban de acera. Uno a uno, todos los que habían pertenecido a la mesa fueron abandonando el pueblo. Algunos a Santander, otros más lejos. Nadie se quedó.
Ángel y María se fueron juntos a Madrid en un coche cargado con lo mínimo. Alquilaron un piso pequeño en Usera. Durante unos meses intentaron reconstruir algo parecido a una vida normal. Él estudiaba para las oposiciones a Policía Nacional. Ella trabajaba en una cafetería cerca de Atocha. El sexo entre ellos seguía siendo intenso, pero ya no era el mismo: faltaba el peso de la mesa, el olor a madera vieja, la mirada de los otros. Un día, sin gritos ni reproches, simplemente dejaron de intentarlo. Se separaron en silencio.
Ángel aprobó las oposiciones al segundo intento. Pidió destino lejos, cuanto más lejos mejor. Acabó en una comisaría de provincia, lejos de Cantabria y de cualquier recuerdo de rías y cofradías.
María se quedó en Madrid. Durante un tiempo deambuló. Hasta que una noche entró en un club BDSM del barrio de Malasaña. Allí encontró lo que la mesa le había despertado y que ya no podía apagar: cuerdas, dolor medido, entrega total, la sensación de ser usada sin preguntar. Empezó como visitante. Después como regular. Más tarde como una de las que se ofrecían a sesiones largas y duras. Nunca habló de San Vicente. Nunca explicó la marca que llevaba en el pubis. Simplemente la dejó a la vista y dejó que los demás sacaran sus propias conclusiones.
La Cofradía había muerto.
San Vicente de la Barquera recuperó su silencio de pueblo costero.
Y las historias de aquellos que una vez llevaron la marca se fueron diluyendo, como la marea cuando baja.
Pero eso, como se suele decir, es otra historia.
