La Camarera de Cancun y el Estudiante – I, II, III (Final)

Duración estimada de lectura: 21 minutos

Visitas: 6,901

¡Hola! Este es mi primer relato, así que me disculpo de antemano por la escritura y los errores que pueda tener. Tengo tiempo leyendo relatos de este tipo y por fin pude animarme a escribir.

Esta historia está basada en una situación que viví hace unos años, trataré de mantener los hechos lo más parecido a la realidad. También, para guardar discreción no usaré los nombres reales.

La Camarera Caliente
Mi nombre es Pablo, de 1.88, tez morena, delgado y con un curioso interés por las mujeres maduras. Aburrido de mis días de estudio decidí descargar una app de citas random, para ver con qué me encontraba. Navegando por unas horas encontré a una mujer (digamos que su nombre es María), al ver su foto de perfil pude ver que era un blanca, de pelo negro, con un poco de relleno pero con un hermoso rostro y una mirada que invitaba a una conversación. Decidí escribirle:

Pablo: Hola! Muy buenas, te he visto la foto y me han dado ganas de hablar contigo. Tienes una cara muy mona y un hermoso rostro!

No respondió al instante, respondió unas horas después.

María: Hola! Muchas Gracias por el cumplido! ¿A que si? me lo dicen mucho en mi trabajo. En tu perfil no veo tu nombre real ¿Como te llamas?

Pablo: Me llamo Pablo ¿y tu como te llamas? por cierto, sé que no es asunto mío pero ¿hay alguna razón por la que estés en esta app?

María: Un gusto en conocerte Pablo yo me llamo María, y no, no me molesta la pregunta. Estoy aquí para pasar el rato y ver que encuentro de interesante. ¿y tú?

Pablo: Un gusto en conocerte María, la verdad estoy aquí por las mismas razones, estoy cansado de la rutina diaria, incluso de hablar con los mismos amigos, así que estoy aquí para desconectar un poco. Aunque la verdad ya me he encontrado con varios acosadores pero les he dado respuestas bastante graciosas.

María: Sii! es cierto, aquí hay muchos de esos, yo también me he encontrado con unos cuantos, a veces pienso que están bien necesitados para solamente venir a buscar sexo fácil en este tipo de lugares. Como si eso fuera a cambiar los deseos de una mujer, a veces los mando a la verga.

Pablo: jajaja que mala eres, solo quieren descargar, quien sabe ¿quizás les está por explotar? y tu los vas a mandar al hospital, pobrecitos.

Maria: Pues que se miren un porno y listo! jajajaja yo no estoy para mimar a nadie.

Pablo: Mírala, toda una mujer que se da a respetar ajajja. A todo esto ¿a tu edad del perfil (42 años) conoces la palabra porno? eso dice muchas cosas.

Maria: jajajaj por favor ¿por quien me tomas chamaco ? yo tambien fui adolescente y tuve mis polvos de vez en cuando. Además, no creo que la edad de tu perfil sea real ¿Cuantos años tienes?

Pablo: Ajá ¿o sea que si ves porno? ahora siento más pena por los que mandaste a volar jajajaja. ¿Mi edad? puedes adivinar, no negaré mi edad si lo haces.

María: No me parece justo, pero va, acepto el juego. Aunque nos acabamos de conocer, pero si, lo veo muuuyyyy de vez en cuando y solo cuando tengo tiempo, mi trabajo es agotador y casi no tengo tiempo para mi, así que hago… ya sabes… eso cuando estoy muy estresada y necesito liberar tensión.

Pablo: Osea que te masturbas, vamos, no hace falta tanto misterio, es normal en los humanos y no creo que sea la primera vez que hablas de esto con alguien.

María: Pues claro que no, pero es que nos acabamos de conocer… es más, ni siquiera nos conocemos, apenas sabemos nuestros nombres…

Pablo: Entonces solo tenemos que conocernos un poco más, cambiando de tema ¿A que te dedicas? ¿que es lo que más te gusta de tu trabajo?

María: Te explico, trabajo como Camarera en un hotel. El trabajo es agotador, ya que es en turno de la noche hasta la madrugada, a mi edad ya soy considerada vieja, así que no tuve otra opción. Lo interesante del trabajo es poder ver la satisfacción de las personas al ser bien atendidas, me gusta ver sus sonrisas luego del servicio, aunque no me gusta mucho el tener que lavar los platos antes de salir jajajaj. ¿A qué te dedicas tú?

Pablo: Soy estudiante de Ingeniería, la verdad no soy muy bueno en matemáticas, pero me gusta el hecho de poder resolver problemas e ideas maneras de ayudar a la humanidad.

María: Ooh, así que eres estudiante, eso está padre. Yo nunca tuve la oportunidad de estudiar. por cierto, ahora que sé eso, creo que podré adivinar más sobre tu edad… ¿Tienes 28?

Pablo: Nop, pero cerca. Tengo 25.

María: Wao… oye ¿y no te molesta estar hablando sobre sexualidad con alguien 17 años mayor que tú?

Pablo: Si eso fuera así no estaría hablando contigo, y no te quiero hablar de usted, ya que su hermoso rostro me parece el de una jovencita de 27, aunque yo tengo más gusto por las mujeres mayores.

María: Jajajaj que atrevido. Bueno, debo dejarte, tengo que prepararme para ir al trabajo.

Pablo: Tranquila, es más ¿podrías pasarme una foto con tu uniforme? me da curiosidad verte con él puesto.

María: Míralo, atrevido el niño… ya veremos si estoy de Humor, pero no prometo nada ¿ok? pero si lo hago, tendrás que enviarme una foto de tí tambien.

Pablo: Ya veremos, todo depende de tí. Esperaré tu foto bella.

María: Adiós lindo.

Fin de la Primera Parte

Espero no haberlos aburrido demasiado, esta es como la introducción a lo interesante. Me gustaría recibir consejos y criticas para poder escribir lo demás de la mejor manera posible y que puedan disfrutarlo.

PARTE II

Al día siguiente, la rutina habitual se vio interrumpida por la vibración de mi teléfono. Era ella. Al abrir el mensaje, la pantalla me devolvió una imagen que me hizo contener la respiración por un segundo: María me había mandado la foto con su uniforme de camarera.

Si en su perfil ya se veía atractiva, con el uniforme estaba simplemente ardiente. La prenda ajustada marcaba con precisión cada una de sus curvas. Su busto, mucho más realzado de lo normal, robaba la atención de entrada, pero lo que realmente me congeló la mirada fueron sus caderas anchas y el volumen de su trasero. Tenía ese cuerpo maduro, firme y carnoso que a mí me enloquecía. La sola visión de sus formas bajo esa tela me despertó un deseo primario, unas ganas brutales de tenerla de espaldas y meterle una buena nalgada.

No tardé en responderle, dejando de lado cualquier timidez. Le deshice el chat a halagos, detallándole lo increíble que se veía y lo mucho que me encendía su figura. Aprovechando el impacto visual, decidí tensar más la cuerda y meterme de lleno en su terreno:

—Te ves espectacular… Pero dime algo, ¿cómo haces para atender a los clientes vestida así? ¿Nunca te has puesto a pensar que más de uno te mira con unas ganas enormes de llevarte a una cama?

La respuesta no tardó en llegar, y con cada mensaje la conversación fue perdiendo el filtro de la cortesía para volverse completamente explícita. Viendo que el ambiente estaba hirviendo, le pregunté directamente, sin rodeos ni vergüenza, cuáles eran sus fetiches y qué posiciones la hacían perder el control.

María no se echó para atrás. Al contrario, respondió con una crudeza que terminó de encender la habitación:

—A mí me gusta el sexo rudo, Pablo. Nada de rodeos ni de ir despacio… Me encanta ponerme en cuatro y que me tomen con fuerza.

Me confesó que no solía masturbarse muy seguido por el cansancio del trabajo, pero que cuando lo hacía y lograba venirse, la intensidad era tal que soltaba verdaderos chorros de placer. Y para rematar, soltó una fantasía que me dejó la mente girando: le fascinaba la idea de ser cubierta por completo, ver cómo se venían sobre ella una y otra vez, ocho veces o más, hasta quedar totalmente bañada.

Escuchar a una mujer mayor hablar con semejante libertad y descaro disipó cualquier duda. Ya no se trataba solo de un coqueteo inocente en una app de citas; la tensión sexual entre los dos había cruzado un punto de no retorno.

A partir de ese día, algo cambió entre los dos. La conversación cotidiana dejó de ser la de dos extraños tanteando el terreno y se transformó en una rutina diaria llena de complicidad, casi como la de un par de adolescentes enredados en su primer romance. Los mensajes no paraban en todo el día. Apareció el «amor» en cada saludo, las promesas entre líneas y esa fantasía constante, cada vez más densa, de imaginarnos cara a cara.

Pronto, el simple texto se nos quedó corto. La curiosidad mutua y la tensión acumulada nos llevaron directamente al sexting. Las pantallas de nuestros teléfonos se convirtieron en el único puente para descargar todo lo que nos provocábamos a la distancia.

Las noches en las que ella no trabajaba, o los momentos en que yo lograba despejarme de los libros, se transformaron en sesiones de llamadas a oscuras. Escuchar su voz al otro lado de la línea le daba una dimensión completamente nueva a todo. Nos tocábamos mientras hablábamos, dictándonos al oído cada movimiento como si estuviéramos recostados en la misma cama.

—Quiero sentir cómo me me usas… dime qué me harías si estuviera ahí contigo —susurraba ella, con la respiración volviéndose cada vez más pesada.

Yo no me guardaba nada. Le detallaba paso a paso cada caricia, la forma en que recorrería con la lengua cada rincón de su piel, el ritmo con el que la iría buscando hasta comerla a besos, para después tomarla por las caderas y penetrarla sin prisa pero con la fuerza que ella misma me había pedido. Escuchar sus gemidos ahogados a través del altavoz, sentir cómo se desarmaba al otro lado del teléfono mientras se acariciaba pensando en mí, solo conseguía llevar la temperatura al límite.

Nos leíamos, nos escuchábamos y nos explorábamos a lo lejos, construyendo una tensión tan física y real que ambos sabíamos que la pantalla pronto nos quedaría pequeña. Era cuestión de tiempo para que las palabras se convirtieran en hechos.

Llegó un punto en que el deseo dejó de ser algo ocasional para convertirse en una verdadera obsesión mutua. Estábamos completamente locos el uno por el otro. La necesidad de vernos, de romper la distancia de alguna manera, nos llevó inevitablemente al siguiente paso: las videollamadas.

Ya no bastaba con escuchar su voz; ahora la cámara iluminaba la penumbra de nuestras habitaciones casi todas las noches. Verla en directo era una tortura deliciosa. Su cuerpo maduro, con esas curvas rellenas que me volvían loco, se desplegaba ante mis ojos sin censura. Tenía unos pechos firmes que me desquiciaban y unas caderas espectaculares que solo me hacían pensar en tenerla de espaldas. A través de la pantalla nos tocábamos una y otra vez, mirándonos fijamente a los ojos mientras el placer nos iba consumiendo a los dos al mismo tiempo.

La rutina diaria de ambos quedó impregnada de esa tensión constante. Entre mis estudios y sus turnos en el hotel, los mensajes no paraban de volar cargados de anticipación y hambre:

—¿Estás ansiosa por esta noche? —le tecleaba yo a mitad del día, imaginándomela ya sin ropa.

—Ansiosa no… excitada… Te necesito conmigo más de lo que crees… —respondía ella sin rodeos.

Parecía una mujer completamente hambrienta de sexo, desatada, sin el más mínimo pudor. Ya no había un solo día en que no me escribiera buscando desesperadamente que encendiéramos las cámaras para entregarnos a la rutina de provocarnos hasta el límite.

Cada noche, al verla acariciarse frente a la lente, viéndola gemir mientras su piel brillaba bajo la luz del teléfono, lo único que pasaba por mi cabeza era un pensamiento salvaje: la rabia de no poder atravesar la pantalla en ese mismo instante, agarrarla por las caderas y comérmela ahí mismo sin piedad.

PARTE III: La Culminación

Las semanas de videollamadas y mensajes a altas horas de la noche terminaron por desbordar la paciencia de ambos. La pantalla del teléfono ya no consolaba el hambre de tocar piel real; solo alimentaba una obsesión constante. La distancia entre mi ciudad y Quintana Roo parecía una barrera absurda para dos personas que se devoraban con las palabras todas las madrugadas. Por eso, tras ahorrar durante semanas sacrificando mis salidas de estudiante, compré un boleto de avión con destino a Cancún. Serían cuatro días en el caribe mexicano. Cuatro días donde las promesas hechas frente a la cámara se cobrarían en carne viva.

El vuelo se me hizo eterno. Aterricé un miércoles por la tarde bajo un calor sofocante que parecía presagiar la temperatura de lo que se venía. El plan trazado era claro: los primeros tres días exploraríamos la zona y tendríamos esa convivencia real que tanto nos debíamos, reservando la bomba de tiempo para el último tramo.

Las primeras jornadas fueron una tortura deliciosa. María aprovechó sus horas libres antes del turno nocturno para mostrarme su ciudad. Visitamos Playa Delfines y nos paseamos por el Mirador. Caminar a su lado bajo el sol caribeño, viendo cómo la brisa marina le pegaba al vestido playero y revelaba el contorno de sus caderas anchas, me mantenía en un estado de excitación latente. Rozarle la mano «por accidente» al caminar, sentir el calor de su piel de tez blanca y escuchar su risa en persona hacía que los 17 años de diferencia desaparecieran por completo.

—Estás muy callado… ¿En qué tanto piensas mirando el mar? —me preguntó la segunda tarde mientras tomábamos algo en una palapa cerca de la playa, rozando disimuladamente su muslo contra el mío por debajo de la mesa.

—En que el mar está bonito, María, pero llevo tres días imaginando lo que va a pasar cuando estemos a solas —le respondí al oído, clavándole la mirada sin un solo filtro.

María tragó saliva, sus ojos oscuros brillaron bajo el sol y una sonrisa llena de complicidad se dibujó en sus labios.

—Aguanta, chamaco… la espera hace que el banquete sea más sabroso —susurró, apretando su pierna contra la mía antes de marcharse a su turno en el hotel.

El punto de ebullición definitivo llegó la noche del viernes, nuestra última cita antes de mi regreso. Quedamos en vernos para salir a comer en un lugar tranquilo antes de que la noche avanzara. Cuando nos encontramos, verla llegar con su uniforme de camarera me dejó sin aliento. Llevaba un pantalón ceñido que abrazaba y realzaba sus caderas anchas con una precisión increíble, marcando cada curva de su trasero maduro al caminar. En la parte superior, vestía una camisa blanca de mangas largas cubierta por un saco negro muy ajustado que elevaba y acentuaba su busto prominente de forma sumamente provocativa. Lucía increíblemente sexy con esa mezcla de elegancia laboral y erotismo contenido.

Durante la comida, la tensión acumulada durante esos tres días de miradas y roces ya era insoportable. Apenas podíamos concentrarnos en lo que comíamos; nos dedicamos a devorarnos con los ojos, a tocarnos las manos por encima del mantel y a hablar en voz baja sobre lo bien que le sentaba ese uniforme. Mis ojos no podían despegarse del escote que armaba el saco ni de la curva de sus caderas en ese pantalón.

—Ya no aguanto más, Pablo… este uniforme me está sofocando y tú con esa mirada no me ayudas nada —dijo de pronto, dejando los cubiertos y mirándome con la respiración ligeramente alterada—. Vámonos ya.

Salimos del lugar directo a un taxi. Le di al chofer la dirección que ya tenía anotada: la Carretera Federal Cancún-Tulum, a la salida de la zona urbana, donde se ubicaba el Motel El Secreto. El trayecto en el asiento trasero fue un caos de caricias apresuradas; mis manos no dejaron de recorrer la tela de su pantalón ceñido, sintiendo la firmeza de sus muslos y caderas, mientras ella ahogaba sus gemidos mordiéndose el labio inferior y pasando sus dedos por mi cuello.

Entramos a la villa asignada. El aire acondicionado nos recibió con una brisa fría, pero la atmósfera se volvió sofocante en cuanto el cerrojo de la puerta principal giró. La habitación estaba iluminada con luces tenues de neón azul y rojo, contaba con un espejo amplio en el techo y una cama king size que dominaba el espacio.

No hubo tiempo para rodeos. Apenas la puerta quedó cerrada, la tomé de la cintura y la pegué contra la pared del pasillo de entrada. María soltó una pequeña carcajada que se transformó en un gemido ahogado cuando estrellé mis labios contra los suyos. El beso fue salvaje; nuestras lenguas se buscaron con la desesperación de cuatro días de contención física y semanas de fantasía digital.

—Dios, Pablo… verte durante éstos días y por fin tenerte así me estaba volviendo loca —murmuró entre besos, pasando sus manos por mis hombros y clavando sus uñas en mi espalda.

—Ese uniforme… me tenían al límite desde que te vi llegar… —le respondí, bajando la boca hasta su cuello mientras mis manos bajaban a moldear la redondez de sus glúteos a través de la tela ajustada—. Dígame algo, camarera… ¿este es el servicio especial para tus clientes favoritos?

María soltó una risita picante, metiéndose de lleno en el juego de rol sin dudarlo un segundo.

—Así es, joven… —susurró con voz agitada, mordiéndome suavemente el lóbulo de la oreja—. Mi trabajo es asegurarme de que el cliente quede completamente satisfecho antes de dejar la habitación. ¿Tiene alguna otra exigencia, señor?

—Sí… quiero que me atiendas sin que te quede nada puesto —dije, desabrochándole el saco negro.

Al retirarlo y tirarlo al suelo, desabroché los botones de su camisa blanca de mangas largas uno por uno, dejando al descubierto un sostén de encaje negro que apenas lograba contener sus pechos abultados. Besé cada centímetro de piel expuesta mientras me agachaba para desabrochar su pantalón ceñido. Lo deslicé hacia abajo junto con su lencería, dejándola al desnudo de la cintura para abajo. Su cuerpo maduro, real, con curvas carnosas y una piel suave de tez blanca, se desplegaba bajo la luz roja de la habitación.

Me quité la ropa a toda prisa, quedando totalmente desnudo ante ella. La mirada de María bajó de inmediato, deteniéndose en mi erección firme.

—Vaya… el cliente viene muy exigente hoy —dijo con una sonrisa maliciosa, tomando mi miembro con su mano tibia para darle un par de caricias lentas—. Déjeme atenderlo como se merece.

Nos dejamos caer sobre la cama. Me posicioné entre sus piernas y me hundí entre sus muslos carnosos para pasarle la lengua desde la base hasta el clítoris.

—¡Ah, Pablo! ¡Madre mía! —gritó María, aferrándose a las sábanas de la cama.

Le entregué un sexo oral implacable, alternando lametones largos con succiones firmes. María gemía en voz alta, decía malas palabras y movía las caderas al ritmo de mi boca hasta que se arqueó por completo, soltando un grito agudo mientras su sexo se contraía violentamente, derramando sobre mi boca una ola tibia de placer.

Con el rostro humedecido por su esencia, me incorporé sobre ella. Tenía los ojos entreabiertos y la respiración descontrolada.

—Ahora ven aquí y hazme tuya de verdad… atiende a tu camarera —pidió sin aliento.

Recordé perfectamente la fantasía que tanto habíamos repetido en las llamadas. La tomé por las caderas, la giré sobre la cama y la puse en cuatro patas. Su postura era imponente: caderas anchas elevadas, espalda curvada y glúteos prominentes esperándome. Levanté la mano y le asesté una nalgada firme en la nalga derecha. El sonido seco retumbó en las paredes de la habitación.

María soltó un gemido ruidoso y miró hacia atrás por encima del hombro:

—Eso es… castígame… si no hago bien su trabajo, Pablo. Dame duro, como me gusta.

Alineé mi miembro en su entrada extremadamente húmeda y me empujé hacia dentro de un solo viaje decidido. La estrechez y el calor de su interior nos sacaron un jadeo al unísono. Le agarré las caderas con fuerza y empecé a marcar un ritmo rápido, profundo y constante. Cada embestida hacía chocar mi pelvis contra su trasero en un aplauso de carne continuo. El espejo del techo devolvía la imagen de nosotros dos bajo la luz roja.

—¡Dios, qué bien se siente! —gritaba María, hundiéndose en la almohada pero empujando hacia atrás en cada embestida—. ¡Me estás desmontando entera!

Mientras la embestía con fuerza, la tomé suavemente del cabello para hacer que me mirara de reojo. Entre jadeo y jadeo, una pregunta que me quemaba por dentro terminó saliendo de mi boca:

—Dime una cosa, María… ¿Qué vas a hacer mañana cuando yo ya me haya ido en ese avión? ¿Qué vas a hacer cuando estés sola en tu casa o lavando platos en el hotel y te acuerdes de esto?

María soltó un gemido sordo, apretando sus paredes internas alrededor de mi miembro con más fuerza ante mi pregunta.

—Voy a estar… ah… voy a estar muriéndome de ganas de volver a tenerte… —respondió con la voz entrecortada, buscando mi mirada—. Me voy a acordar de cada nalgada… de cómo me estás tomando ahora… y me voy a masturbar en las noches pensando en este momento… Aahh…

—¿Vas a pensar en mí cada vez que te pongas ese uniforme? —insistí, dándole otra nalgada firme mientras aceleraba el ritmo.

— Ahh.. ¡Sí! ¡Cada vez que me ponga este uniforme voy a sentir cómo me usabas aquí! ¡Sigue, Pablo, no pares! —suplicó desatada.

Aumenté la fuerza de los impactos. Llevaba minutos embistiéndola sin piedad hasta que sentí el cosquilleo inconfundible en la base de mi vientre. Estaba a punto de llegar al límite.

—María… me voy a venir…

—¡Hazlo! ¡Cúbreme toda, atiéndeme como prometiste! —gritó ella, alcanzando su segundo orgasmo al mismo tiempo.

La saqué de golpe en el último segundo. Me posicioné justo detrás de ella, sobre sus glúteos elevados. La primera descarga brotó con una fuerza tremenda, impactando directo en la parte baja de su espalda. Le siguieron varios chorros más de semen espeso y caliente que cubrieron sus nalgas y muslos, dejando su piel blanca totalmente bañada.

Caí de espaldas sobre el colchón, respirando violentamente. María se dejó caer de lado y se arrastra por la cama hasta pegar su cuerpo al mío, acomodando su cabeza en mi pecho.

—Definitivamente… el servicio de este cliente ha sido excelente, Pablo —me dijo con una risita picante, besándome el hombro mientras trazaba círculos en mi pecho—. Mañana cuando te vayas… la camarera va a extrañar demasiado a su estudiante.

Sonreí, abrazándola por la cintura. La Camarera de Cancún y el Estudiante finalmente habían cerrado el libro de las palabras para escribir su historia en la piel.

👉 ¿Te gustó este relato? ¡Compártelo! ✨
Nymus
Nymus

Una persona con algunas cosas qué contar...

Artículos: 2

2 comentarios

  1. Muy buen relato amigo. Me gusto mucho y ya estoy ansioso de leer la tercera parte… críticas como tal no tengo ya que a lo que has relatado la historia se desarrolla excelente. 👍🏻 lo que pienso es que faltaría para el próximo relato, o que pueda servirte los detalles explícitos de la interacción, de cuando se vieron y todo, podria ayudarte mucho y hace volar la imaginación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *