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El día que la fotografié no llevaba puesto el vestido más provocativo, pero su mirada me dejaba conocer algo más de lo que realmente estábamos haciendo. Esa primera vez estuvimos acompañados de su mejor amiga, que contaba con un estudio fotográfico. Charlamos entre los tres, pero cada vez que Verónica hablaba su mirada intentaba hurgar en los rincones más profundos de la mía. Y lo evité, y lo evité, hasta que no pude más.
El segundo día de fotos ella me recibió en la parte baja del edificio. Debíamos subir unos 16 pisos y el ascensor estaba vacío de regreso. Apenas cerró la puerta, me comí su boca. Era pequeña, suave, y la más dulce que he probado hasta ahora. Tuve una enorme erección y no dudé en hacérsela sentir. Antes de abrir la puerta me mordió los labios y salió. Esta vez, su amiga no salió de la oficina que estaba al lado del estudio de fotografía, y estuvimos solos. En esas horas dejamos de lado la cámara y nos limitamos a conocer nuestros cuerpos. La besé hasta hincharnos los labios, y mis dedos recorrieron sus pezones y los labios mojados de su vagina, que saboree con gusto. Ella hizo lo mismo con mi pene. Me manoseó a su antojo y estuvo a punto de hacerme venir en sus manos, pero nos vimos interrumpidos por un ruido externo que no resultó ser nada importante.
Pero cortó la inspiración.
Ella me llevaba 4 años.
Trabajábamos juntos, y solíamos enviarnos mensajes candentes a cada segundo del
día. Como compañeros de trabajo nadie lo notaba, lo ocultábamos bien. Hasta que llegó el día que nos cansamos de ser solo dos tórtolos que se texteaban día y noche.
Ella tomó la iniciativa y, un día antes de mi cumpleaños, sorpresivamente reservo la habitación de un hotel. Eran las 8 de la mañana de un domingo. Tendríamos muchas horas a nuestra disposición.
Cuando nos dirigíamos hacia allí no comentamos nada. Solo sonreíamos.
Incluso subiendo el ascensor no tratamos de hacer nada más que agarrarnos las manos y guardar silencio.
La habitación estaba fría y con luces tenues perfectas para la ocasión. La cama era grande y las sabanas inmaculadas. Un espejo adornaba la parte de atrás de la cama. Verónica se quitó sus lentes y se sentó en la cama. Sus ojos marcados con delineador oscuro se centraron en mi, y los vi dilatarse. Se lamió los labios y abrió ligeramente sus piernas. En ese momento accedí a su invitación. La besé con desesperación, anhelaba comerme cada centímetro de su boca, y mientras lo hacía metía mi mano en sus senos y toqueteaba sus pezones endurecidos. Decidí quitarle la blusa, arrancarle el sostén y empujarla a la cama. Me comí sus senos, los mordí, y empecé a bajar lentamente por su vientre solo con mi lengua, saboreando la textura de su piel. Al quitarle el pantalón, noté cuán mojadas estaban sus pantaletas y me embriagué del olor de su sexo. La desnudé por completo y sus gemidos retumbaron en todo el cuarto. Sus fluidos tenían un sabor salado delicioso al paladar, y la suavidad de sus labios era irresistible. Los chupé, como quien lo hace al finalizar una deliciosa comida. Entonces, entre gemidos, me pidió que la hiciera suya. Y decidí jugar.
Le pasé mi glande caliente en sus labios de arriba a abajo sin penetrarla, y cuando no podía aguantar más la obligue a levantarse.
Le di una cachetada y la puse de rodillas. Sacudí mi pene en su cara y abrió la boca. Se quedó inmóvil, y empecé a follarme su cara. Entre y salí con fuerza y ella no me quitaba la vista. Me vine por primera vez en su boca y todo se lo tragó. La siguió mamando hasta mantenerla bien firme y la empuje hacia la cama, boca abajo. Allí le di un par de nalgadas y, automáticamente, se puso en cuatro para mi. Entonces, antes de seguir, decidí marcarla con mis manos. Una, dos, tres, cuatro y hasta cinco nalgadas muy fuertes, que la hicieron gemir. Después de allí la tomé del pelo y la follé como manda el reglamento. Quedamos de cara al espejo, y mientras la follaba ambos nos veíamos y sonreíamos. Después de un largo rato cambiamos de posición y me coloqué arriba de ella. Tenía sus piernas muy abiertas y entrando y saliendo le apretaba el cuello, y le decía que era mi puta. Saque mi pene antes de acabar y le llene el ombligo de leche. Con sus dedos tomo un poco y la comió. Después nos recostamos un rato. No dejaba de manosearla mientras hablábamos, porque me prendía demasiado. Largo rato después caminó hasta el baño, y yo la seguí. Espere en la puerta que terminara y sin dejarla salir, la senté, dejando mi verga dura frente a su boca otra vez. Y me la volvió a mamar entera. Allí tuvimos otro polvo más, y un largo rato después, tuvimos otro. Los dos, al salir, estábamos tan agotados como encantados.
Y aunque meses después salimos varias veces, lo nuestro no terminó de funcionar.
Todavía, cinco años después de lo nuestro, la deseo.
Ojalá la pudiera volver a encontrar.
