Esta putita primero me odia y ahora me pide que le rompa el culo

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La famosa Ada Beatriz, bueno era digamos del grupo de las inalcanzables de la facultad.

Morena de ojos grandes, cabello rizado y boca muy fina, me gustaba y varias veces traté de hablarle pero siempre me evitaba y me veía con desprecio.
Salí de la universidad y no volví a verla. Le mandé mensaje y solicitud en Facebook e Instagram y nunca respondió.
“A la verga con ella”, y no volví a buscarla.

Hace dos meses vi su CV en el escritorio de mi compañera de RR. HH., me detuve a leerlo con detenimiento para ver si era de la Ada Beatriz que yo conocía, recordaba sus apellidos y la foto confirmó su identidad.
“Pinche vieja mamona”, dije entre mí.
—¿La conoces o te gustó?—. Preguntó mi compañera.
—Iba conmigo en la facultad.
—La voy a entrevistar junto con otras dos.
—Mándala a la chingada.
—Déjame adivinar, le llegaste y te mandó a volar.
—No, era muy presumida y me caía mal.
—Sí claro jajajaja.
Una semana después la vi entrar en la oficina de mi jefe y al tercer día se incorporó a trabajar.
Le pregunté a mi jefe y me dijo que Beatriz solo estaría en mi sucursal para su capacitación y después la mandaría a la sucursal que está cerca del aeropuerto.

Nueve años después el karma la había puesto bajo mis órdenes.
Era más pequeña de lo que yo recordaba, apenas 1.60 metros. Su cabello rizado caía en desorden provocativo sobre sus hombros y la blusa formal parecía luchar una batalla perdida contra el volumen de sus tetas. Su falda corta ceñía sus anchas caderas y sus nalgas grandes y respingadas. Honestamente seguía gustándome pero recordaba perfectamente su desprecio así que decidí ignorarla y limitar el contacto a temas del trabajo.
Cada vez que ella se acercaba a mi escritorio con una sonrisa falsa o una pregunta sobre el trabajo yo respondía con monosílabos y mantenía mi profesionalismo.
Pero Beatriz era persistente. Empezó a traerme café, a dejar dulces en mi lugar, se acercaba a mi escritorio dejando que su pecho rozara mi brazo “accidentalmente” o se inclinaba para que yo pudiera percibir el aroma de su perfume y la vista deliciosa de su escote.
De repente, la mujer que me despreciaba se convirtió en la persona más amable de la oficina. Al principio mi orgullo me mantuvo distante; no soportaba que ahora quisiera jugar conmigo.
La barrera de mi hostilidad se erosionó con la constancia de su cercanía física y las miradas coquetas que me lanzaba por encima de su monitor.
Pero el deseo es una fuerza traicionera.
El punto de quiebre ocurrió una tarde, cuando nos quedamos solos en la oficina; tenía que mostrarle el sistema para que me ayudara a subir las facturas.
La tensión eléctrica que flotaba en el aire se materializó en un beso torpe, húmedo y desesperado en medio de la oficina completamente vacía.
Después de ese día, los besos se convirtieron en una rutina clandestina en el ascensor o en el estacionamiento, esto fue el combustible que encendió una hoguera que ya no podía apagar.
Fue un mes de roces furtivos, de manos viajando por debajo de la mesa, de miradas que prometían todo lo que no podían decir en voz alta.

Todo pasó un viernes.
Esa noche, después de una cena donde el aire estaba cargado de una tensión sexual insoportable, conduje hasta su departamento con el corazón golpeándome las costillas.
Mi teléfono vibraba una y otra vez, es Megan pensé inmediatamente, mientras la mano de Beatriz posaba firmemente sobre mi muslo, acariciando la tela del pantalón y aumentando la presión cada vez que nos deteníamos en un semáforo.
Hicimos una parada para comprar condones y lubricante. Me aparté un poco para hablar con Megan.
—Lo siento amor, me mandaron a producción y dejé el teléfono.
—OK cielo. Estoy con la Jacky, estuvimos hablando de ti, dice que te extraña.
—Yo también, ya quiero que hagamos cositas con ella.
—Ay sí qué rico.
Volteé a ver a Beatriz y también estaba hablando por teléfono.

Llegamos a su depa. Apenas cerramos la puerta la atmósfera cambió. Betty ya no era la empleada servicial ni la ex compañera esquiva; era una mujer hambrienta.
—Te deseo tanto desde que te vi—. Susurró mientras se despojaba de su vestido, dejándolo caer al suelo como una hoja muerta.
Me quedé sin aliento. Betty llevaba un conjunto de lencería negra de encaje, extremadamente pequeño. La tanga era apenas un hilo que se perdía entre sus duras nalgas y el bra apenas contenía sus tetas, que amenazaban con saltar en cualquier momento. Pero lo que terminó de desarmarme fue que llevaba unas zapatillas de tiras con tacón de aguja, negras y brillantes, que hacían que sus piernas se vieran infinitas y sus pies, esculpidos y delicados, destacaban deliciosamente.
—Híncate—. Ordenó ella esbozando una sonrisa maliciosa y sus ojos brillaban con una necesidad desesperada. Me sorprendió su tono, pero mi cuerpo respondió instintivamente.
Me puse de rodillas frente a ella. Betty extendió una pierna, apoyando su zapatilla sobre mi pecho, empujándome suavemente.
Deslizó su pie hacia abajo, recorriendo mi torso hasta que su tacón rozó la erección que ya deformaba mi pantalón.
—Ahora te voy a enseñar quién manda aquí, pero primero quiero que adores lo que más te gusta.
Betty se sentó en el borde del sofá y manteniendo la mirada fija en mis ojos, desató los cordones de sus zapatillas con movimientos lentos y deliberados.
Se deslizó una zapatilla, dejando al descubierto un pie pequeño, delicado, con los uñas pintadas de blanco. Luego la otra. El aroma a cuero y sudor se mezcló con el perfume de ella, creando una feromona embriagadora que me enloqueció.
Me tomó de la nuca y me obligó a acercarme.
—Lámeme, quiero sentir tu lengua en cada dedo—. Susurró.
Sabía que me había descubierto viendo sus pies en el trabajo y ahora mi fantasía se hacía realidad.
No necesité que me lo pidiera dos veces. Comencé a besar sus pies, succionando cada dedo con hambre, recorriendo su arco pronunciado con la lengua mientras ella soltaba gemidos profundos. Sus dedos se contrajeron y sentí cómo su excitación subía.
Con un movimiento fluido Betty se recostó y me guió hacia su entrepierna, pero no para que la penetrara, sino para que usara sus pies.
Levantó las piernas y, con una agilidad sorprendente, atrapó mi verga entre sus plantas. Empezó a deslizar sus pies hacia arriba y hacia abajo. La fricción de su piel suave y caliente contra mi verga era una sensación deliciosa.
—Mírame a los ojos mientras lo hago—. Me ordenó, arqueando la espalda y dejando que sus tetas se sacudieran.
—¿Te excita que tus pies me vuelvan loco?
—Cállate y disfruta, idiota—. Respondió apretando sus pies con más fuerza.
—Así, más duro—. Dije tomándola de los tobillos para guiar el ritmo hasta que sentí que iba a estallar.

El deseo se volvió insoportable. La puse de pie llevándola hacia la mesa del comedor.
La doblé sobre la superficie fría, saboreé sus nalgas, esas enormes y perfectas esferas de piel morena quedaron expuestas ante mí.
Lamí su conchita chorreante por sobre su tanga, Betty soltó un suspiro de alivio.
—Métela ya—. Imploró en voz baja.
Le di una fuerte nalgada, hice a un lado la tanga y entré en ella, estaba calientita y apretada, la tomé bruscamente de la cadera y aumenté el ritmo al tiempo que dedeaba su culito negro y apretado.
—Quiero darte por el culo, Beatriz. Quiero marcarte—. Gruñí en su oído.
—Hazlo ¡Rómpeme el culo, hazlo ya!—. Gritó entregándose totalmente a la sumisión del acto.
Le quité la tanga y se la metí en la boca, eché un chorro de lubricante en su culito y otro en mi verga tiesa y, con un empuje lento pero firme, entré en su estrecho canal anal.
Betty tensó el cuerpo y soltó un grito que resonó en toda la habitación, un sonido que mezclaba el dolor inicial con un placer abrumador.
La sensación era increíblemente ajustada; sentía que sus paredes internas me abrazaban con una fuerza sobrenatural.
Comencé a embestirla con furia. Sentí un calor asfixiante, gruesas gotas de sudor caían a través de mi rostro, Betty apretaba el culo increíble.
Aumenté la penetración con golpes profundos y rítmicos que hacían que sus nalgas temblaran con cada impacto. Ella empujaba hacia atrás, encontrando su ritmo, sus dedos rascaban la mesa buscando apoyo.
El sonido de sus nalgas golpeando contra mi pelvis llenó el departamento, mezclado con los jadeos guturales de ambos.
—¡Sigue, carajo! ¡Dame más fuerte! —chillaba ella, con la cabeza echada hacia atrás, perdiendo la razón—. ¡Soy tu puta, hazme lo que quieras!
Me volví loco. El resentimiento antiguo se transformó en una lujuria primitiva.
Admiré cómo su espalda se arqueaba, cómo su cabello rizado se pegaba al sudor de su cuello. El hecho de que fuera la mujer que me había rechazado años atrás, ahora pidiendo que la cogiera por el culo, añadía un toque de dulce venganza al acto.
El sexo anal era visceral y sucio. Sentía que estaba reclamando cada centímetro de su cuerpo, castigando y premiando a la mujer que una vez me ignoró.
—¡Me corro muñeca no aguanto!—. Dije con una calentura infernal.
—¡CÓRRETE AMOR DAME TU LECHITA!
Abrí sus nalgas y solté un chorro de leche hirviendo dentro de su culito apretado, volteó a verme con una cara de sumisión empapada en sudor y el rímel corrido en sus ojos.
“Maldita zorra, algún día tenías que pagármela”, dije en mi mente y le di una leve bofetada.
El orgasmo fue una explosión que nos dejó a ambos temblando y sudados, ella quedó jadeando sobre la mesa.

—Vamos a la ducha—. Ordené.
Caminamos hacia el cuarto de baño, ella tambaleándose ligeramente, yo con la erección aún firme y brillante.
Abrimos el agua caliente. El vapor empezó a llenar la habitación, empañando los espejos. Betty se puso bajo el chorro, el agua resbalaba por sus curvas, limpiando el sudor y la lubricación
—No me he saciado —me dijo, extendiendo una mano hacia mí y buscando mi boca con una sed desesperada—. Entra en mí otra vez.
La levanté y sus piernas se envolvieron alrededor de mi cintura, apretándome contra ella, mientras sus duras tetas se aplastaban contra mi pecho mojado.
La penetré por la vagina mientras el agua caía sobre nuestras espaldas. El sexo en la ducha era más fluido, más desesperado.
El agua actuaba como lubricante natural, permitiéndome entrar y salir con una velocidad frenética. Ella gemía sin parar, clavaba sus uñas en mi espalda, marcándome.
—Te odio por hacerme sentir esto —gemía ella—. Te odio tanto que quiero que me llenes por dentro.
—Yo también te odio, Beatriz —respondí, dándole una estocada profunda que la hizo arquearse y soltar un gemido agudo—. Por eso voy a hacer que no olvides este día por el resto de tu vida.
Continuamos así, entre el vapor y el ruido del agua, en una danza de sudor, jabón y deseo explícito.
Nos movimos con una sincronía animal, olvidé los años de su apatía e indiferencia y los reemplacé por una adicción física inmediata.
—¡Me estás acabando!—. Susurró ella entre gemidos, mientras sus piernas me aprisionaban con más fuerza.
—Te voy a llenar de leche—. Respondí aumentando la velocidad.
—¡Sí ahora quiero tu leche en mi cosita!
Con un rugido ahogado por el sonido del agua me corrí dentro de ella, mis piernas temblaban con la fuerza de la liberación.
Betty me siguió casi de inmediato, su cuerpo convulsionaba apretándose alrededor de mí, arrastrando su orgasmo hasta el último segundo.
Nos quedamos un momento bajo el agua, que ahora se enfriaba, abrazados, respirando pesadamente, el olor a sexo y jabón llenaban el pequeño espacio.

Salimos de la ducha, agotados, y nos tiramos en la cama. Beatriz se apoyó en mi pecho, todavía respirando agitadamente.
Cada roce, cada beso húmedo y cada palabra sucia que intercambiamos sellaba un pacto: en la oficina seguiríamos siendo jefe y empleada, pero allí, entre las sábanas o bajo el agua, ella sería mi sumisa y yo el dueño de cada uno de sus gemidos.
Me miró con esos ojos oscuros y una sonrisa maliciosa.
—Tengo una fantasía—. Susurró.
—¿Cuál nena?
—Quiero que me cojas sobre tu escritorio, con la misma energía que tuviste hoy.
—Sí, también vas a ser mi puta en el trabajo.
—Desde hoy soy tu puta cariño—. Me dijo al oído.

Me reí, sabiendo que mi vida laboral acababa de volverse infinitamente más interesante y peligrosa.

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AngelDangler
AngelDangler

Nobody fucks with the Angel.

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