El entrenador de voleibol

A mí en particular me gusta el voleibol, y fue el deporte que escogí en el último año de bachiller. Recién cumplí los 18, pero cuando hicieron el llamado en mi salón de los seleccionados se escuchó un “uuuu” de la gran mayoría como burla, ya que decían que eso era deporte para maricas. La verdad, al profesor lo tildaban de caco desde hacía varios años, pero siempre pensé que solo era por tener de qué hablar.

Antes de salir del salón escuché decir a un compañero que con razón yo tenía pinta de lindo. Todos rieron y yo continué como si nada. Otro dijo que con ese culazo no se podía esperar menos, pero al reunirme con mis compañeros de juego casi cambio de opinión. Había varios con pinta de amanerados y pensé en salirme de esa disciplina. Estando de pie paraban el culo como nenas y erguían el cuello como patos.

El profesor llegó y créanme que en su pantalón ajustado sobresalía casi por completo la forma y tamaño de su verga y hasta las bolas. Nos saludó y me di cuenta que varios de los que habían ya llevaban varios años entrenando con él. Nos hizo hacer ejercicio de calentamiento y cuando nos hizo tocar la punta de los pies estando de pie, pasó por detrás. Sentí su mirada y tuve nervios, pasó despacio revisando.

Continuamos los ejercicios hasta que nos hizo descalzar y tirarnos al suelo boca arriba. Nos hizo levantar las piernas hasta tocar nuestros hombros con las rodillas. A quienes no lo lográbamos, él apoyándose sobre nuestras piernas parecía hacer flexiones sobre nosotros, solo que su bulto se recostaba sobre nuestros culos. Cuando me tocó el turno sentí la presión de su bulto haciéndome sonrojar y sin poder rechazarlo.

Él se dio cuenta que yo estaba más pendiente de su entrepierna que del ejercicio, y al levantarse me puso su mano plenamente en medio de mis nalgas haciéndome estremecer y diciéndome que necesitaba abrir más los glúteos. “Sí, ábreme más”, le respondí nervioso. Continuó con otros chicos y cada vez que se montaba sobre ellos parecía estar haciendo otra cosa menos ejercicio.

Durante la clase me sentí muy incómodo ese día y hasta dudé de continuar, pero al llegar a casa continuaba sintiendo la mano del profesor en medio de mis nalgas, diciéndome que me hacía falta expandir mis glúteos. Nadie me había tocado con tanta confianza las partes íntimas. Él se había aprovechado del entrenamiento y mi ignorancia, ¿y cómo es que en la clase se presentaba con ese vergón empalmado a la vista de todos? Eso no debía ser normal.

Casi no puedo dormirme pensando en ese entrenamiento. Otro detalle fue ver a aquellos chicos amanerados parándole las nalgas mientras él estaba sobre ellos. Algo no estaba bien y algo también dentro de mí comenzaba a intrigarme de tal modo que me impulsaba a averiguar. Quería saber qué sucedía.

En la siguiente clase el profesor fue con pantaloneta ajustada e igualmente su enorme miembro se veía como empalmado. Nos puso a correr y algunos otros ejercicios que terminamos agotados. Entonces nos hizo recostar sobre el piso y cada uno nos hizo masajes: primero fueron las piernas y luego se empezó a montar sobre las espaldas de cada uno a la altura de la cadera. Los amanerados se movían como si los estuviese penetrando y él se movía como motivado por sus nalgas.

Al llegar a mí me di cuenta que su erección había aumentado, se notaba claramente. Estuve a punto de negarme pero no lo hice. Sentí su grueso paquete en mis glúteos y al masajearme la espalda se movía como si quisiera penetrarme. Sus gruesas manos se movían por mis hombros y bajaban por las axilas. Yo estaba pendiente en esos movimientos cuando al mismo tiempo sus manos me pellizcaron las tetillas. Me hizo estremecer y siguió por mi espalda como si nada, pero la cosquilla que me produjo en el pecho nunca la había sentido antes. “Hazlo de nuevo, sí”, murmuré.

Sus manos masajearon mi cintura y volvieron a subir por mis costillas. Yo tomé aire esperando que me volviese a pellizcar las tetillas. Nervioso esperé y sumido en mi propia experiencia deseé que lo hiciera. De un momento a otro casi por sorpresa lo volvió a hacer, esta vez se demoró un poco más y sentí como me las acariciaba y me las pellizcaba varias veces. Yo no hice nada para rechazarlo y él se dio cuenta que en vez de eso lo disfruté.

Lo miré y él sonriente se puso de pie. Yo quedé como si me hubieran violado en un solo instante, me sentí sin hombría con el deseo en mi pecho de ser otra vez manoseado. Después de aquella clase quedé más tocado a seguir que a renunciar. Igual que la otra noche estaba seguro de no poder dormir con facilidad.

Así fue. A partir de ese momento mis pensamientos se confabulaban con mis deseos e imaginaba al profesor encima de mí desnudo y tocando mis pechos. ¿Era cierto lo que decían los otros chicos? ¿Ese deporte era para maricas? No, el deporte no. En todo deporte se puede dar esta situación, pero ¿qué digo? ¿Acaso me volví o me estoy volviendo marica? No creo, ni puede ser. Para ello tienen que comerme el culo y no ha sido así.

  • ¿Comerme el culo? No, el profesor solo me ha tocado un poco, pero no para hacerme marica. Sí me restregó su polla por las nalgas pero no me la ha metido. Eso no va a pasar. ¿Rayos, o sí? ¡Hueputa, qué me pasa! Pienso en él sobre mí pellizcando mis tetillas. No puede gustarme la polla de otro hombre, pero ¿si él me dejara tocarla lo haría? Los cacos ponen a los pelaos a chupársela. ¡Qué hijueputas estoy diciendo!

Creo que estoy enfermo. Algo muy fuerte dentro de mí me ha dado la idea de no ponerme interior para la próxima clase. Ese maldito caco me está mariqueando y yo ya no soy el mismo.

La hora de la clase llega y los chicos se ven animados, parecen un grupo de maricas esperando turno para ser culeados. El profe llega pero acompañado de dos profesores más. Luego de saludar dice que van a jugar un partido y que necesitan a casi todo el equipo. A última hora solo quedamos dos alumnos con nuestro profe. Los demás se van con los dos profesores que lo acompañaban. Luego el profe nos dice que si queremos nos vamos a un gimnasio con él a ejercitarnos.

Al llegar al gimnasio me doy cuenta que es para hombres y que al interior existe una puerta con un letrero que dice “zona húmeda”. El dueño del lugar nos recibe y dice que solo está él y su secretario, pero que podemos seguir. Los tres entramos y nos cambiamos. El dueño del lugar habla con nuestro profe y luego le dice a mi compañero, uno de los amanerados, que vaya con él. Yo me quedé con el profe.

Mi profesor se quita su franela y queda solo en su pantaloneta. Por mi parte me quito los tenis y medias y hacemos varios ejercicios. Él recuerda que tengo que abrir más las piernas y me pone a abrir y cerrar las piernas. Cada vez que me pone sus manos me hace estremecer y pensar en cuando pellizcó mis tetillas. Pronto me hace recostar sobre un tapete con las piernas abiertas, pero no se me monta encima sino que me pone las manos en las nalgas dándose cuenta que no llevo interior. “Sí, tócame así”, le dije.

El profesor me hace sostenerme las piernas abiertas con mis rodillas pegadas a los hombros, mientras él con sus manos masajea mis nalgas. Yo no digo ni hago nada para evitarlo. Por el borde siento y veo que sus dedos pasan bajo la pantaloneta templada contra mi piel. Continúa tocándome y me gusta sentir sus manos. Poco a poco terminan sus dedos cosquilleándome por la entrada a mi culo. Yo me sonrojo y tiemblo de nervios.

Despacio juegan sus dedos por mi culo. Yo siento y veo lo que me hace. Él me mira y continúa hasta que se unta sus dedos con un aceite y vuelve a meterlos para continuar jugando con mi culo. No sé, pero lo que hace me emociona, me gusta hasta que siento un dedo entrar por mi recto. Lo siento resbalar hacia adentro con facilidad y pronto le sumó otro dedo. “Uy”, digo y siento esos dedos entrar y salir con gusto en mi culo. “Sí, mete más”, agregué.

Busco con la mirada al compañero y no lo veo. El profe para, me saca la pantaloneta dejándome desnudo, me separa las piernas y comienza a besarme y pasarme su lengua por mis nalgas, mientras me acaricia los muslos y entre las piernas. “Wao, no sé, pero me gusta mucho que me beses y me toques así. Sí, continúa”, le dije. Yo intento sostenerme en sus hombros y siento sus dedos entrar de nuevo por mi culo.

Yo reacciono y miro alrededor por si nos descubren. No veo a nadie y siento que mi profe se mete mi pene en la boca y me lo chupa. Me vuelve loco en segundos mientras me mete los dedos, me toca y me chupa mi falo. Luego se pone de pie, se desnuda y yo quedo idiotizado viendo su verga empalmada. Me pide que se la toque y no esperé para hacerlo. Sin miedo y más emocionado aún se la agarré y la masturbe. Tenía ganas hasta de besársela.

Wao, no podía creerlo. Tenía en mis manos la verga del profe, hermosa y divina, y la sentía de maravilla en mis manos. Me pidió que se la chupara y no me hice de rogar. Se la besé primero y luego me la metí en la boca. Él se dio cuenta cuánto y cómo me gustó chupársela. Tenía un rico sabor que quizás él se untaba y me volvía loco mirarlo a la cara y saber que era a un hombre, a un macho, que le chupaba eso tan rico.

Era maravilloso verlo inmenso de pie con las piernas abiertas y su vergón en mi boca. Y justo en ese momento se empezaron a sentir unos quejidos de uno de los cuartos. Sin duda era mi compañero siendo culeado por el dueño del lugar. Entonces mi profe tomó un aceite, me hizo poner de pie y me embadurnó el culo. Luego me hizo poner de perrito y me metió despacio su hermosa verga. “Sí, métemela toda”, gemí. Fue indescriptible después que la tuve adentro. Nunca imaginé experimentar tanta dicha.

El profe me penetraba sacándome gemidos de placer que nunca imaginé, y estamos así cuando de un cuarto salió el secretario del lugar llamándonos semidesnudo y empalmado. Mi profe fue conmigo y sobre una gran cama estaba mi compañero siendo penetrado por el dueño del lugar. El chico estaba con las piernas abiertas boca arriba y el hombre sobre él penetrándolo.

Mi profe subió a la cama boca arriba y yo luego sobre él penetrándome de inmediato. El secretario luego vino y me puso su verga en mi boca y se la mamé. Aquello era genial. Mi compañero gemía cada vez que le penetraban el culo como una nena y el dueño del lugar decía que así le gustaban las puticas. Me miraba a mí y me decía que era una mamacita rica. Yo lo miraba y veía su verga entrándole y saliéndole por el culo a mi compañero y me daba ganas de tenerla.

El mismo dueño del lugar se detuvo y fue hacia mí poniéndome su verga dentro de mi boca. El secretario fue a seguir dándole por el culo a mi compañero y después de un momento mi profe fue a que su otro alumno se la chupara. El dueño del sitio me penetró diciéndome que yo era su puto culo del día. “Sí, cógeme más fuerte”, le respondí. A medida que me culia me lamía y me besaba por el cuello y las orejas. Lo miré y aprovechó para besarme en la boca. La cerré pero él con su lengua logró abrírmela y no pude evitar corresponderle con mi lengua.

Me susurró que yo era una puta muy rica y que me quería volver a ver en otra ocasión. Su verga me encantaba, eso sí no puedo negarlo. Su forma de culiarme y de tratarme, porque dígase lo que se diga ya era toda una marica. Sentía mi culo abierto y el deseo de mi culo era tener puesta una verga. Después me sentaba en la cama y sentía mi culo tan ansioso como toda una nena.

Aquel día sentado en las piernas de mi profe y chupando trompa le di las gracias por haberme llevado a aquel lugar. Amo a mis cacos, amo sus vergas y amo a todos los que les gusta una pasadita de aceite por su culo.

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3 comentarios

  1. Que lindo relato hot. Me encantó la descripción de tus cambios hormonales. Adoro a los hombres que gozan disfrutando nuestra feminidad
    Besos

  2. Hola Lario.Yo tenía 18 años. El 53. Puedo contar esa primera vez. Escríbeme al Email que tengo en mi perfil de Roberta.

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