El encanto de Alma
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Alma, una mujer de 50 años con unas tetas enormes y una figura que volvía locos a hombres y mujeres por igual, estaba disfrutando de una tranquila tarde en su casa. Vestía un top sin sostén, disfrutando de la libertad y la comodidad que le proporcionaba. De repente, alguien tocó la puerta. Alma, con una sonrisa pícara, abrió la puerta y se encontró con Sofi, una joven de 18 años que era la nieta de su vecina Blanca.
“Hola, cielo, ¿quién eres?” preguntó Alma, inclinándose ligeramente, lo que hizo que sus enormes pechos se asomaran aún más por el escote de su top.
“Soy Sofi, la nieta de Blanca, la vecina. ¿Podría esperar a mi abuela aquí?” respondió Sofi, con los ojos abiertos como platos al ver el top de Alma.
“Claro, Sofi, pasa, pasa,” dijo Alma, haciendo un gesto con la mano para que entrara. Sofi obedeció, pero no pudo evitar fijar su mirada en las tetas de Alma, que parecían a punto de salirse del top.
Alma se dio cuenta de la mirada de Sofi, pero no dijo nada. En cambio, le guiñó un ojo y le dijo: “Ven, vamos al jardín. Estaba tomando el sol.”
Las dos se dirigieron al jardín, donde Alma estaba tumbada en una hamaca, disfrutando del sol. Sofi, nerviosa, se sentó en una silla cercana.
“Tú, ¿cuántos años tienes?” preguntó Alma, con una voz suave y seductora.
“Mmm, tengo 18,” mintió Sofi, temerosa de que Alma se asustara con su verdadera edad.
Alma dudó un momento, pero decidió creerla. “Tienes un lindo cuerpo para tu edad, Sofi,” comentó, recorriendo con la mirada el cuerpo de la joven.
“Tú también, Alma. ¿Tú cuántos tienes?” preguntó Sofi, curiosa.
“Tengo 50. ¿Parezco?” respondió Alma, con una risa coqueta.
“Para nada. Estás impresionante para tu edad. Podrías ser mi mamá, ja, ja, ja,” dijo Sofi, riendo nerviosamente.
“Sí, sí, Sofi, pero no lo soy. Si quieres, lo puedo ser, ja, ja, ja,” respondió Alma, disfrutando del coqueteo.
Alma, en el fondo, disfrutaba provocando y coqueteando. Era bien puta, y había estado con muchas mujeres. Sofi, inocente y tímida, no podía dejar de mirar los pechos de Alma.
“No dejas de mirarme los pechos, Sofi, ja, ja, ja. ¿Tanto te atraen?” preguntó Alma, con una sonrisa maliciosa.
“Pasa que son enormes y parecen muy duros. ¿Quieres tocarlos? Mis amigas me los tocan, no hay problema,” dijo Alma, ofreciendo sus pechos a Sofi.
“Ahhh, me da vergüenza,” respondió Sofi, sonrojándose.
“No, no seas tímida. No seas, no seas. Bueno, como quieras,” dijo Alma, encogiéndose de hombros.
En ese momento, alguien tocó la puerta. Era la abuela de Sofi. Sofi se despidió de Alma, pero Alma aprovechó la ocasión para abrazarla y frotar sus tetas contra el cuerpo de Sofi. Sofi quedó encantada con el contacto.
“Cuídate, Sofi,” dijo Alma, dándole un beso tierno al lado de la boca y susurrándole al oído: “Cuando quieras, ya sabes dónde vivo.”
Sofi se fue, con las ganas de haber tocado los pechos de Alma aún latentes en su mente. Alma, por su parte, sonrió, sabiendo que había dejado una impresión duradera en la joven.
