El cumpleaños de mi hermana: Le regalé su primera vez
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Mi hermanita está por cumplir 19 años, y desde hace días que venía pensando qué debería regalarle, pero nunca me terminaba de decidir, hasta que decidí hablar con ella para hacerle unas preguntas y descubrir discretamente cuál podría ser el mejor regalo para ella.
Soy Fernanda, y tengo 20 años. Vivo con mis padres (quienes no son importantes en esta historia) y mi hermana Sofía, que está por cumplir 19 años. Ella es muy inocente y siempre fuimos muy unidas.
Yo tengo un cuerpo mediano, con unas tetas redondas y firmes. Sofi, por otra parte, es más chiquita, también con tetas firmes pero más chicas que las mías. Ella siempre me pareció más linda que yo. Es de esas que llaman “petite”.
El problema era que su cumpleaños era el día siguiente, y yo no sabía qué regalarle.
El lunes a la mañana me desperté para salir a recorrer la ciudad para ver si encontraba algo para Sofi. Me lavé los dientes y empecé a prepararme, pero justo cuando estaba por agarrar las llaves, escuché que Sofi estaba llorando en su habitación. Entré sin golpear, como siempre. Ella estaba en su cama sentada, sollozando con la cara tapada entre las manos.
—¿Qué pasó, Sofi? ¿Estás bien?
—¿Eh? No, nada, no te preocupes —dijo sobresaltada, intentando disimular.
—Dale Sofi, no me gusta verte así, ya sabés que me podés decir lo que sea.
—Es que… estoy harta Fer. Estoy harta de ser tan tímida y no poder estar con nadie porque me da vergüenza. Quiero un novio, pero ni siquiera di mi primer beso. Doy lástima, ¿quién sigue siendo virgen a los 19?
—¡Ay, no exageres, Sofi! Sabés que sos una chica hermosa, tomate las cosas con calma. No hace falta que salgas a seducir a nadie, con conocer gente ya se te van a abrir esas oportunidades. Te juro que yo me sentía igual.
—Pero vos tuviste tu primer novio a los 18, yo tengo casi 19 y ni siquiera sé lo que es besar, y tampoco sé cómo se siente…
—¿Coger?
Sofi asintió, sin mirarme.
—Vamos a hacer una cosa, ¿qué te parece si te ayudo?
—¿Y cómo me vas a ayudar?
—Vos confiá en mí. Mañana es tu cumple y quiero que salgamos a hacer algo, ¿qué te parece si vamos a comer al restaurante nuevo que abrió cerca de casa?
Ella se limpió las lágrimas y me abrazó.
—Gracias, Fer. Siempre me hacés sentir mejor.
—Bueno Sofi, tengo que salir. Nos vemos después. ¡Y cambiá esa cara, che!
—Pará, no me dijiste cómo me vas a ayudar.
—Y no te pienso decir, eso será sorpresa para mañana.
Salí a la calle muy emocionada. Por fin se me había ocurrido qué regalarle.
Al día siguiente celebramos el cumpleaños de Sofi con un asado que hizo mi papá para el mediodía. Estaba todo muy rico y ella me miraba cada tanto, ansiosa por la noche. Yo le devolvía la sonrisa con picardía.
«Hoy nos vamos a divertir mucho, hermanita», pensé.
A las nueve de la noche nos estábamos preparando para salir. Yo me puse un vestido negro bastante revelador. Ella optó por uno blanco, algo más discreto, pero que le quedaba hermoso.
—Estás preciosa, Sofi, te queda re bien ese vestido.
—¿Sí? ¿No se me pega mucho?
—Justamente por eso te queda tan bien, tenés que estar orgullosa del cuerpo que tenés.
Se puso colorada.
—Vamos, que se hace tarde.
La cena estuvo riquísima. Yo me pedí un plato de ravioles con crema y ella, como siempre, unas milanesas con papas.
—¿Nunca te cansás de pedir siempre milanesas?
—Jamás, las milanesas son lo mejor que inventó el ser humano —dijo mientras se comía la última papa, satisfecha.
—Bueno, me alegro de que te gusten tanto. ¿Querés que pida la cuenta? ¿O vas a querer algo de postre?
—Me encantaría pero no puedo más.
Volvimos a casa. Nos lavamos los dientes y nos estábamos por ir a dormir cuando la detuve.
—Ni se te ocurra irte a dormir todavía, tengo un regalo para vos.
—¿En serio? ¡Ay, qué emoción! ¿Qué es?
—Es una sorpresa, tonta, pero enseguida vas a saber. Vos andá yendo a tu habitación que ya te lo llevo.
Cuando entré, ella se estaba cambiando, completamente desnuda, de espaldas a la puerta. Sofi se sonrojó un poco, pero no intentó taparse. Ya nos habíamos visto desnudas un montón de veces.
—Te diría que ni te vistas, para lo que te estoy por dar no vas a necesitar ropa.
Ella me miró intrigada y se sentó tímidamente en su cama.
—Primero te quiero preguntar algo, Sofi. Me decís que sos virgen, pero supongo que vos ya te hacés la paja, ¿no?
Ella me miró ruborizada.
—Dale, che, somos hermanas, me podés decir esas cosas.
—Es que… nunca lo hice…
—Dale Sofi, no te creo.
—…
—¿Me estás jodiendo? ¿Nunca te pajeaste?
—¡Ay Fer! Es que me da vergüenza.
—Ay hermanita, menos mal que me tenés a mí, porque esto que te voy a dar te va a gustar mucho.
Saqué de una bolsa una caja envuelta en papel de regalo y se la di.
—¿Qué es?
—Abrilo y mirá.
Sofi rompió la envoltura y abrió la caja. Se quedó paralizada.
—¿Esto es…?
—Un dildo.
—¡Ay Fer! Qué vergüenza, ¿cómo me vas a dar algo así? Además es enorme.
No pude evitar reírme.
—Es de tamaño normal, sonsa. De hecho, pedí uno relativamente chico.
—Pero… pero yo no sé cómo se usa esto, ni siquiera sé si voy a poder…
—Bah, no digas boludeces, mirá si no vas a poder. Además, si te da vergüenza, ¿por qué no te muestro yo cómo se hace?
Ella bajó la mirada y se quedó callada unos segundos.
—¿Vos tenés uno de estos?
—Bueno, no. Pensaba que podríamos compartirlo. ¿Qué te parece?
—Ay no sé, Fer, ¿las hermanas comparten dildos?
—No sé lo que hagan las demás, pero nosotras no somos las demás. ¿No querés compartir tus cosas con tu querida hermana mayor?
—Eh… no sé, es que…
—¡Excelente! Entonces arrancamos.
Empecé a desvestirme mientras Sofi me miraba. Primero me subí la remera, dejando a la vista un top ajustado donde se me marcaban los pezones. Después me desabroché el top y mis tetas quedaron libres. Ella me miró con una mezcla entre timidez y curiosidad mientras yo me bajaba los shorts ajustados junto con la bombacha.
—Listo, ahora estamos iguales.
Me senté a su lado sin pedir permiso. Abrí las piernas, de forma que mi muslo derecho quedó sobre los de ella.
—Primero te conviene estar bien húmeda.
Me llevé los dedos a la boca, los llené bien de saliva y después los llevé hasta mi concha. Acaricié la zona unos segundos, pellizqué un poco el clítoris, y después agarré el dildo. Para sorpresa de mi hermanita, me lo llevé a la boca y empecé a chuparlo con entusiasmo. Como yo ya tenía experiencia con estas cosas, no me costó metérmelo completo. Ella se quedó sentada, sin apartar la vista de mi boca, impresionada mientras yo llenaba el dildo con mi baba, hasta que después de unos segundos me pareció que ya había sido suficiente.
—Bueno… llegó la parte divertida —dije sonriendo.
Lentamente, empecé a frotar el dildo por mi concha, recorriendo todo el largo. Cuando sentía que se estaba impacientando, empecé a introducírmelo muy lentamente. La verdad es que estaba disfrutando mucho el momento. Normalmente no me tomaría tanto tiempo para masturbarme, pero me gustaba mucho su mirada, su curiosidad; y había algo muy adictivo en alargar el momento y jugar con su paciencia.
Cuando por fin agarré ritmo, no pude evitar emitir un gemido bajo. Lo saqué de mi interior y me lo volví a llevar a la boca, donde lo saboreé como si fuera un caramelo, para volver a introducírmelo, esta vez sin preámbulos. Mi hermana se mordía el labio sin poder apartar la vista, podía ver el deseo en sus ojos. Había mucho deseo, deseo por probar lo que yo estaba experimentando, y yo me iba a asegurar de que se cumpla ese deseo.
Pude sentir el orgasmo formándose en mi interior. Me puse muy tensa y no pude evitar soltar un gemido mientras me venía intensamente. El hecho de que estuviera mi hermana menor mirándome me estaba volviendo loca, y me hizo mojar las sábanas de la cama de mi hermana. El chorro que salió de mi interior fue muy abundante.
—¡Ay, Fer! Mojaste todo.
Pero su mirada no era de enojo, más bien parecía divertirle la situación.
—No te preocupes, hermanita. Cuando terminemos te ayudo a limpiar todo —respondí entre risas.
—Ahora lo importante es que te toca a vos. Pero primero tenemos que “limpiar” muy bien a nuestro amigo, ¿no te parece?
Me llevé el dildo a la boca, pero esta vez no me lo metí completo. Empecé a pasarle la lengua por alrededor mientras nos mirábamos a los ojos.
Después de divertirme unos segundos, se lo pasé satisfecha.
—Tu turno, Sofi.
Ella lo tomó y me miró, nerviosa. Se quedó unos segundos en silencio.
—¿Está todo bien?
Ella se puso colorada.
—Es que me da mucha vergüenza esto, y yo no tengo la experiencia que tenés vos.
—Si querés privacidad me puedo ir, así tenés algo de espacio y-
—¡No! No te vayas, no es eso lo que me molesta. Quiero estar con vos. Quiero que me ayudes vos. No solo que me muestres, quiero… quiero…
—¿Querés que te lo meta yo? —pregunté, sin poder disimular la emoción.
Un silencio llenó la habitación. Su cara mostraba duda, se mordía el labio inferior y su mirada iba de mis ojos al dildo, del dildo a mis ojos.
Finalmente, respiró hondo y respondió:
—Sí, quiero que lo hagas vos.
Continuará…
