Después de la muerte de mi marido (Rogelio)
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Seguí viéndome con Efrén durante unos meses, hasta que él hizo su vida con su novia y se mudaron a otra ciudad, a veinte horas de la mía.
Mi vida dio un vuelco inesperado en 2020, cuando la pandemia estaba llegando a su fin. Mi marido y yo tuvimos un accidente en nuestro auto, caímos en un barranco casi al llegar a casa. Mi marido murió y yo fui a parar al hospital con múltiples lesiones. La más grave fue un golpe muy fuerte en el vientre. Sin saberlo, estaba embarazada. Ese golpe hizo que mi bebé se desprendiera y lo perdí, al igual que mi matriz. El golpe fue devastador. Perdí a mi marido y a mi bebé.
El luto y la depresión me jugaron en contra por casi dos años. Mis exsuegros me quitaron la casa y el patrimonio de mis hijas. Eso causó que volviera a casa con mi madre y su marido, Rogelio, un hombre de 58 años, alto, de 1.80, tosco, con una barriga grande que le complicaba la movilidad y lo hacía sofocarse por la más mínima acción que hiciera.
Por los tratamientos que llevaba, mi economía comenzó a complicarse, así que tuve que abandonar mi tratamiento. La doctora me explicó que, debido a la pérdida de mi matriz, sufriría algún desorden hormonal. No le tomé mucha importancia, pues no le entendí y no lo consideraba algo complicado. Eso creí, pues al poco tiempo de suspender mi tratamiento llegó el problema: mi apetito sexual comenzó a aparecer con una intensidad importante, sin caer en la ninfomanía, pero aun así era bastante fuerte.
Mi duelo aún lo seguía conservando, eso me tranquilizaba un poco. En momentos pensaba mucho en Efrén, en que si él anduviera en la misma ciudad mi problema estaría resuelto, pero para mí desgracia eso no era así.
Para recuperar mi economía y poder darles a mis hijas algo de comodidad, comencé a trabajar vendiendo comida, ropa, etc. Me levantaba temprano y todo el tiempo estaba de arriba para abajo, de un lado al otro. Mi problema se minimizaba un poco y, poco a poco, fui poniéndome en forma. Lo podía notar en mi ropa, cada vez me veía mejor. La vida con mi mamá y su marido Rogelio era de lo más cómoda. Ella me dio tres habitaciones: una como dormitorio para mis hijas y para mí, una como cocina y comedor, y la tercera la usaba de sala. Nadie se metía con nosotras ni nosotras nos metíamos con nadie, cada quien a su asunto.
Un viernes por la noche, después de terminar con mi día, me dispuse a descansar. Me metí a bañar y, cuando salí, miré a Rogelio llegar con mis dos hermanos y un cartón de cerveza de tamaño familiar. Se notaba que habían estado tomando, pues ya los tres estaban mareados.
Hermana, hermana, ven, tómate una cerveza conmigo, exclamó uno de mis hermanos.
No, wey, mañana tengo trabajo y además ve cómo ya vienes. Mejor váyanse a dormir, ya es tarde y sus mujeres los estarán esperando.
No, carnala, ya, solo nos acabamos lo que traemos y nos vamos, dijo mi otro hermano.
Sentí una mirada pesada, era la de Rogelio. Mi bata de baño estaba corta y mis piernas estaban al descubierto. Me puse nerviosa y me fui a mi cuarto.
Solo no hagan ruido, porque van a despertar a mi mamá y a mis hijas, y a mí no me van a dejar dormir, les advertí.
Ya entrada la noche, la música me despertó. Me asomé por la ventana y vi a mis dos hermanos ya bastante borrados. Quise salir a verlos, pero recordé a Rogelio. Me asomé de nuevo, pero no lo vi por ningún lado. Me puse un calzón y una sudadera, pues siempre suelo dormir con solo una camiseta larga sin nada debajo.
Antes de salir eché otro vistazo, pero ni sus luces de Rogelio. Tomé a mis hermanos uno por uno y los metí a mi sala para que se recostaran en los sillones. Después de acomodarlos, fui por unas mantas para cubrirlos, que no pasaran frío. Cuando estaba por salir de mi sala, escuché a Rogelio.
¿Se durmieron? Ni aguantan nada, dijo.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Mis piernas me empezaron a fallar y no pude exclamar ni un solo ruido. Quedé paralizada. Por la música no pude escuchar cuándo ni por dónde llegó.
¿Apoco te asusté?, me dijo mientras me acorralaba en la puerta. Era enorme, tosco, con voz gruesa y ese aroma a sudor rancio, cigarro y cerveza. Comencé a temblar.
No tengas miedo, mejor vamos a divertirnos tú y yo un poco, aprovechando que todos duermen.
El pánico se apoderó de mí. Rogelio me tomó de la mano y me jaló a donde estaban tomando con mis hermanos.
Ven, Lupe, tómate un vasito conmigo.
Se sentó en una silla, destapó una cerveza y me la ofreció.
Pero mi mamá va a salir y se va a molestar porque estoy contigo aquí, dije, queriendo librar la situación, pero él fue más hábil.
Sí, tienes razón, ¿por qué mejor no me invitas a pasar a tu sala y ahí nos la echamos?
Sin decir más, se puso de pie y entró a donde dormían mis hermanos. No tuve más remedio que seguirlo.
Ya en la sala, nos sentamos uno frente al otro, con mis hermanos a un lado durmiendo. Creí que estaría bien y a salvo, pero sentía su mirada en mis piernas, tan descarada. Traté de beber la cerveza rápido para que se fuera.
Oye, mija, ¿tendrás un poco de lumbre para mi cigarro?
Me puse de pie y me dirigí a un mueble donde estaba un encendedor. Cuando di la vuelta para dárselo, él ya estaba frente a mí.
Ay, mijita, estás bien chula, eres toda una mujer. Lamento mucho lo de tu esposo y que te quitaran tu órgano de mujer, pero eso no te debió quitar lo hembra, y estoy seguro de que eres una muy buena hembra.
Se me fue encima. Yo estaba paralizada. Me abrazó y me apretó contra su cuerpo. Como pude, luché y me lo quité de encima.
¿A dónde vas, preciosa, si yo sé que ya necesitas un hombre de verdad, con todo este tiempo que ya llevas sola?
Me sujetó del brazo y me volvió a tratar de besar, pero esta vez me tomó de las nalgas. Las apretó, las estrujó y, por alguna extraña razón, las estimuló. Por inercia me safé, pero no dije nada. Él sonrió mientras me miraba.
Jajaja, mira nomás esa mirada, sabía que ya necesitas verga. Ven acá, mamasita.
Me volvió a tomar, pero esta vez no puse resistencia y correspondí a su beso. Estaba muy excitada. Solo volteaba a ver a mis hermanos para saber que estaban bien y que no se despertaran. De pronto sentí su mano dentro de mi ropa interior y sus dedos tratando de hurgar en mi sexo, que para entonces ya estaba mojado.
Mira nada más, si ya estás queriendo pito, y yo te lo voy a dar.
Me arrinconó contra la pared, levantó mi suéter y comenzó a chupar mis pechos y mis pezones duros. Hacía círculos con la lengua y los chupaba para estirar mi pezoncito.
Pinche Lupe, qué rica estás, pinches chichotas, me voy a alimentar como un becerro.
Y seguía en su faena. Tomaba mi boca para mí hacer ruido y sentía que me ordeñaría en cualquier momento. Tomó una de mis piernas y me hizo posar mi pie sobre una pequeña silla donde una de mis hijas hacía tarea de la escuela, quedando yo con las rodillas separadas. Sus dedos se ocuparon de mi vagina, la cual estaba más que mojada.
Mira nomás, sabía que eres aún toda una hembra, te mojas como una verdadera puta.
Clavó dos dedos dentro de mi vagina fácilmente.
Ahhh, solté un gemido que ahogué de inmediato con mi mano.
Cállate, cabrona, o nos van a escuchar.
Puso su mano libre en mi boca para callarme, mientras aceleraba el movimiento de su otra mano en mi vagina y con su boca chupaba mis pechos. Yo estaba como loca, urgida de verga.
No mames, hace mucho no como así de rico, me decía mientras llevaba sus dedos llenos de mis jugos a su boca.
Con una de mis manos lo tomé de la nuca y lo jalé para besarlo y probar un poco de mi propio néctar. Con la otra busqué su verga por encima del pantalón, pero fallé, así que le abrí el pantalón y lo empecé a masturbar. Poco a poco se fue despertando. Me acerqué al oído de Rogelio y le dije en voz baja:
Más te vale que aproveches y lo hagas bien, porque será la primera y última vez que te lo permitiré.
Me alejé, mirándolo a los ojos. Me cercioré de que mis hermanos durmieran. Me quité el suéter y mi calzón, y subí al mueble donde estaba el encendedor. Abrí las piernas y con mi mano derecha separé mis labios para ofrecerle mi hambrienta vagina. Rogelio se pasó la lengua por los labios, como saboreando su presa. Dio unos pasos y de repente paró en seco. Lo miré y bajé la mirada. Su verga estaba flácida, no había poder que la hiciera despertar.
Perdón, mamasita, es que cuando tomo mucho no se me para. Perdóname, te prometo que mañana sí te la meto y te hago hasta gritar.
Lo miré, me incorporé y lo corrí de mi sala. No le quedó más remedio que irse a casa con mi madre.
Me quedé unos momentos asimilando lo que estuve a punto de hacer y corrí a mi cuarto a dormir y tratar de olvidar el momento.
Continuará.
