Confecciones de una viuda presentación (Efrén)
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Hola a todos, mi nombre es Guadalupe, actualmente tengo 31 años de edad, soy viuda y madre de dos niñas. Aquí comenzaré a relatar mi vida.
Soy de tez morena, complexión mediana, mido 1.52 de estatura. Aunque por mi maternidad mi físico no está en su lugar al cien por ciento, tengo mis atributos bastante atractivos, resaltando mis caderas y mis glúteos.
Enviudé ya hace casi seis años. La verdad es que mi difunto marido y yo tuvimos buenos y malos momentos. Después del nacimiento de mi segunda hija tuvimos muchos problemas, pues él comenzó a tomar mucho, a salir y en ocasiones no llegaba a dormir hasta en tres noches seguidas.
Una de tantas ocasiones en que llegaba tomado se puso agresivo, tomó su teléfono y se puso a mensajear. El sueño lo venció y aproveché para revisar su teléfono. Ahí descubrí que me era infiel. El corazón se me rompió, lloré toda la noche. No sé qué me dolía más, los golpes o la traición.
Al otro día él salió muy temprano dizque a trabajar, pero ya yo había descubierto su plan con su amante. En lugar de hacer un escándalo decidí devolverle la moneda. Abrí mi Facebook y busqué a un exnovio, y obvio era a quien más le pesaba y tenía que valer la pena.
Lo encontré por algunos amigos en común. Efrén, puta, este tipo sí que sabe cómo ser atractivo. Le envié mensaje, un simple “Hola”. Me respondió un par de días después, chateamos por un rato y quedamos de vernos ese fin de semana. Aproveché que mi marido se iba de fiesta y seguramente no llegaría, y si lo hacía sería muy noche. Planeamos el lugar y la hora.
—Medio día, ¿dónde siempre? —pregunté.
—Por supuesto, vístete delicioso, para mí —respondió, y pude imaginar una sonrisa maliciosa.
Llegó el día, me duché y me arreglé con un conjunto de encaje color azul. El brasier levantaba mis senos y adornaba el borde con los pezones casi asomándose. Un cachetero con el borde de encaje que delineaba mi trasero y adornaba perfectamente en medio de mis nalgas. Un vestido color negro que hice parecer una simple blusa para no soltar sospechas, ya que mi suegra cuidaría de mis hijas. Me puse un suéter sport y unos tenis, guardé mis zapatillas en mi bolso y salí con rumbo a mi cita.
En el camino empecé a imaginar qué pasaría cuando mirara a Efrén. Hacía ya más de siete años que no nos veíamos. Recordé su porte, su aroma, su presencia siempre tan fuerte, como todo un hombre de trabajo y vida, y esa mirada que me hacía temblar. Comencé a ponerme nerviosa, mis piernas temblaban y un escalofrío recorrió mi columna y la piel se me erizó en cuanto miré mi destino a tan solo unos metros.
En cuanto bajé del taxi caminé nerviosa mirando a todos lados para percatarme de que ningún conocido me viera entrar a esa plaza. De pronto lo vi de frente a mí. Uff, el tipo estaba tal cual lo recordaba, con un pantalón color beige y una camisa rayada blanco y azul. En cuanto cruzamos miradas quedé hipnotizada de nuevo.
—Hola —me saludó—. ¿Cómo estás?
—Bien, pero tengo que ir al baño a cambiarme —respondí con nerviosismo.
Salí del baño sin suéter ni mayas y con zapatillas en lugar de los tenis. Sabía que me veía bien, pues sentí las miradas de los hombres a mi alrededor.
—¿Nos vamos? —me ordenó estirando la mano, y eso me encantó. Fuimos al estacionamiento donde estaba su carro, un sedán bastante elegante. En cuanto entré, ese perfume que siempre usa me embriagó. En cuanto él subió al auto se abalanzó a besarme apasionado. Así estuvimos unos minutos.
—Vámonos de aquí —dijo.
Yo no dije nada, estaba embelesada con él.
Llegamos a un hotel barato, sin mucho chiste ni lujo, y la verdad es que no lo necesitábamos, solo la cama y nosotros. En cuanto entramos al cuarto me jaló hacia él. Sentí su fuerza y su calor mientras rodeaba su cuello con mis brazos. Él no se daba abasto tocando mis pechos y mis nalgas, intercalando entre ellos. Nos tiramos en la cama, él encima de mí acariciando mis piernas, apretándolas como si quisiera moldearlas a su gusto. Sentía como mi cachetero se humedecía, un calorcito muy rico en mi vagina como hacía mucho no sentía. De pronto sentí sus dedos entrando entre la tela de mis bragas y mi vientre, haciendo la tela a un lado. Suspiré mientras él besaba mi cuello y, sin previo aviso, me penetró de un solo tajo.
—Ahhhhh —mi gemido fue fuerte y entrecortado—. No mames, qué rica —exclamé con voz grave.
Él lo metía lento pero profundo, y eso me calentaba. El sentirme deseada, mujer, me olvidé de mi marido y mi familia por completo. Efrén se incorporó, estaba ahí frente a mí con el pantalón abierto, su verga dentro de mí, su camisa abierta y ese torso muy bien marcado y delicioso. Uff, un verdadero dios a punto de darme una cogida que hacía mucho me hacía falta.
Tomó una de mis piernas y la recargó en su pecho, y la otra la tomó con su mano derecha, y comenzó a bombear más duro. Antes de que perdiera yo el control, bajé los tirantes de mi vestido y bajé las copas de mi brasier liberando mis senos. Efrén comenzó a moverse más rápido, eso provocó más ruido, entre nuestros cuerpos chocando con un plas plas plas y mis gemidos ya fuertes y descontrolados.
—¡Ahhh, ahhh, ahhh…! —no me importaba si alguien me escuchaba.
Comencé a sentir mi primer orgasmo, largo y delicioso. Mi cuerpo empezó a convulsionarse, yo estaba fuera de este mundo, y a Efrén poco le importó, al contrario, aceleró su faena. Por impulso arqué mi cadera y lo empujé como pude con mis piernas, quedando en posición fetal, apretando mi cuerpo que no paraba de tener espasmos por mi orgasmo. Solo podía escucharlo deshacerse de su ropa. Estaba débil y vulnerable a su merced, sabía lo que venía.
Él se acercó y me cubrió con su cuerpo, me besaba y acariciaba tiernamente, pero mi subconsciente me decía que tenía que prepararme para lo que venía. Sentí sus dedos abrirse paso en mi cachetero, que para ese momento estaba ya hecho un desastre, hecho rollo en mis extremidades y lleno de mis jugos y mi sudor. Fue deslizando mi prenda interior para deshacerse de ella, y así, en esa posición en la que me encontraba, con mi vestido enrollado en mi cintura acompañado de mi brasier, levantó mi pierna y comenzó a entrar en mí, pero ahora delicadamente y despacio. Jaló mi rostro y me besó. Con mi brazo le rodeé la cara y él se empezó a mover lento y profundo. Mi vagina se volvió a calentar y a mojar, yo estaba en el paraíso. Así estuvimos unos diez minutos.
—Ven, ponte en cuatro, como una perrita obediente —me dio un azote en mi nalga y yo obedecí—. Uff, mira nada más qué delicioso culo tienes —sentí su dedo acariciar mi ano—. La próxima entraré aquí.
Giré la cabeza para mirarlo y, mordiéndome mi labio inferior, solo atiné a decir:
—Mmmjuum.
Mi piel se erizó y un escalofrío recorrió mi espalda. Coloqué mis senos pegados al colchón y paré mis nalgas lo más que pude al sentir su verga acomodándose en mi entrada.
—Huummm —sentir cómo entró abriéndose espacio en las paredes de mi matriz, sentí sus venas y los bordes de su glande acoplarse con los pliegues de mis entrañas. Sus manos se aferraron a mis nalgas y solté un gemido—. Hahjjjj —tan fuerte que hizo que él comenzara a cogerme con fuerza y delirio—. Ahhh, ahhh, ahhh, ahhh.
Mis gemidos no paraban y retumbaban en todo el cuarto. Mi segundo orgasmo llegó, pero este fue más intenso y largo, de menos a más. Efrén no paraba de cogerme y cada vez lo sentía más intenso. De pronto lo escuché bufar como una bestia.
—¡Huugggfffff…! —y mi orgasmo llegó al clímax—. Ahhhhggggg —sentí su venida inundar mi matriz.
Como pude me zafé y caminé desorientada al baño a tratar de sacar toda su leche, no podía permitirme quedar embarazada de nuevo, mi pequeña apenas tenía unos meses de nacida. Me quité mi ropa y me metí a la regadera, me limpié, ordené mi ropa y cabello. Él continuaba en la cama acostado mirando al techo.
—Me tengo que ir —exclamé.
Tomé mi celular para pedir un taxi y vi bastantes mensajes y llamadas de mi mamá y mi suegra preguntando si tardaría. Mientras mi taxi llegaba me tiré en la cama boca abajo en su regazo, tomé su verga que había perdido su firmeza y comencé a chuparla para quitar el resto de mis jugos y su semen. Cuando se empezó a recuperar, mi taxi llegó. Salí mirándolo con malicia y burla, como si de un juego se tratara.
—Te llamo —le dije de despedida, acompañada de un beso a la distancia.
Todo el camino a mi casa recordando el encuentro. Ya por la noche, como era de esperarse, mi marido no llegó, pero poco me importó después de mi tarde con Efrén.

Guau, muy rico relato, esperaremos cona nsias otra anecdota como esta!