Ana Colombiana: 8 – Camilo, mi amigo
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Este relato es una continuación de:
Ana Colombiana: 1 – Mi primera vez.
Ana Colombiana: 2 – Orales.
Ana Colombiana: 3 – Desafíos de a tres
Ana Colombiana: 4 – De la soledad a la autoconquista
Ana Colombiana: 5 – Dancehall y Reguetón
Ana Colombiana: 6 – Un maduro muy verde
Ana Colombiana: 7 – Deshonra (Edición Corregida)
Yela fue la primera persona que notó que algo estaba mal en mí, una intuición que ella poseía con una claridad que me asombraba. No porque yo se lo contara, ni porque dejara rastros visibles de mi dolor en mi cara, ya que me había vuelto experta en ocultar mis emociones tras una máscara de indiferencia. Dos semanas después de aquella experiencia, Yela me llamó para saludarme. Respondí con monosílabos, procurando mantener el tono de siempre. Yela escuchó lo que yo intentaba esconder, captando una desazón que no se correspondía con mi apariencia exterior.
Gabriela había sido mi nana durante los primeros doce años de mi vida, una figura materna que había cuidado de mí cuando mis padres estaban ocupados. Cuando aprendí a hablar, su nombre me resultó demasiado grande y lo reduje a Yela, un apodo que se quedó grabado en mi memoria y en mi identidad. Ella conocía la diferencia entre mi silencio cansado, el rabioso que usaba cuando estaba enojada, y el que utilizaba cuando quería ocultar una mentira. Aquella tarde, descubrió uno nuevo, un tono que no sabía etiquetar, una ausencia de alma en mi voz que me hacía sentir extraña a mí misma.
No me interrogó con preguntas directas que me obligaran a revelar lo ocurrido; sabía que no podría hacerlo ni con las mejores intenciones. En su lugar, me dijo que mi voz sonaba lejos, como si estuviese hablando desde otra habitación, y me recordó que podía visitarla cuando quisiera. Que su casa era mi casa, un refugio donde no tenía que fingir. Yo sabía que podía sentarme en su cocina estrecha, comer algo que ella preparaba con esmero y marcharme sin responder una sola pregunta, sin tener que explicar por qué me moría por dentro. Yela había trabajado durante años en la casa de mis padres, pero nunca vivió con nosotros, viviendo una vida separada marcada por la pobreza. Cada tarde regresaba a un barrio pobre en una de las laderas de Medellín, su casa era grande pero multifamiliar, construida por etapas, con ladrillos sin revocar y un techo de lámina que convertía la lluvia en estruendo. Para llegar allí había que subir una calle inclinada por la que los buses avanzaban con esfuerzo. Cuando era niña no comprendía la distancia entre su casa y la nuestra, solo sabía que, al terminar su jornada, Yela salía por la puerta, tomaba dos buses y desaparecía hasta la mañana siguiente. Después de que dejó de trabajar para nosotros, seguí visitándola. Mis padres nunca comprendieron del todo por qué prefería algunas tardes su cocina estrecha a nuestra casa silenciosa, donde las reglas y las apariencias reinaban. En casa de Yela nadie llamaba antes de entrar, los vecinos conversaban desde las ventanas y siempre había una olla en el fuego, aunque no se supiera cuántas personas terminarían comiendo.
Durante los meses posteriores a aquella llamada, Yela encontró maneras discretas de permanecer cerca, protegiéndome sin que nadie notara su intervención. Preparaba comida de más y me la llevaba, me enviaba mensajes con cualquier excusa y fingía necesitar ayuda con alguna cosa, como si su vida dependiera de mis visitas. Nunca dijo lo que había percibido en mi voz, ni hizo preguntas que me obligaran a hablar del pasado. Yo tampoco, pero su presencia era un ancla en el mar de la confusión en el que me había hundido.
Cuando llegó diciembre. Podía salir, conversar y cumplir con lo que los demás esperaban de mí. Tenía mi rutina: iba a mis clases de último año escolar, rendía en mis trabajos y exámenes, sonreía cuando me saludaban y mantenía una apariencia de normalidad impecable. Pero por dentro, había comenzado a medir los espacios de otra manera, una supervivencia instintiva que se había instalado en mi cerebro. Entraba a una habitación y buscaba primero las salidas, cómo salir, cuánto tardaría en llegar a la puerta. Si un hombre se acercaba demasiado, observaba sus manos antes que su rostro, buscando agresividad o fuerza, analizando cada gesto con el temor que no podía controlar.
Mis padres se fueron de vacaciones solos a Asia, dejándome sola en la casa vacía, un silencio que ahora me aterraba. Pero Yela decidió que yo no terminaría el año encerrada, organizando una fiesta de año nuevo en su casa y me prometiendo que podría marcharme cuando quisiera. Si me sentía incómoda, conseguiría quién me llevara o tomaría un taxi conmigo. No tendría que abrazar a nadie, bailar ni explicar por qué estaba allí, una promesa de libertad que me hizo sentir aliviada.
Fue entonces cuando Yela me habló de Camilo. Ella había arrendado el pequeño apartaestudio del fondo del patio, una habitación ampliada por el anterior dueño, con una cocina estrecha y un baño en el que las rodillas casi tocaban la puerta. La ventana daba al tendedero de Yela y el agua se filtraba por una esquina cuando llovía con viento, un lugar modesto y práctico. Camilo tenía veinticuatro años, trabajaba en sistemas y llevaba una vida tan disciplinada que a Yela le parecía una enfermedad. Se levantaba antes del amanecer, iba al gimnasio y podía pasar horas frente a la pantalla sin recordar que debía comer; ella le dejaba platos en la mesa y luego comprobaba que no hubiera reemplazado el almuerzo por café. Le había tomado cariño, se notaba en la forma en que lo criticaba, como una madre que ve a su hijo crecer.
Yela aclaró que no intentaba juntarnos, solo pensaba que me haría bien conversar con alguien tranquilo. Según ella, Camilo era respetuoso, hablaba poco y probablemente no reconocería una indirecta aunque se la entregaran por escrito. La descripción consiguió hacerme reír, una sonrisa sincera que no había tenido en meses, la idea de un hombre que no entendiera mis juegos mentales y no me presionara.
Fui a la fiesta por Yela, una excusa que me repetía mientras escogía la ropa y procuraba que no pareciera que había dedicado demasiado tiempo a escogerla, como si me fuera a comer helado en lugar de ser el centro de atención. La diferencia entre mi vida y la de aquel barrio se hacía visible desde la llegada. El automóvil de mis padres no podía avanzar por la parte más estrecha de la calle, así que lo dejé varias cuadras abajo en un parqueadero. Subí entre casas de ladrillo, niños que jugaban con pólvora y vecinos sentados en las aceras, observando mi vestimenta como si fuera una atracción. En la casa de Yela habían apartado los muebles contra las paredes para dejar espacio, un caos ordenado que recordaba las reuniones de iglesia en los pueblos de mi tierra. Las bebidas estaban en recipientes con hielo y las sillas no combinaban entre sí, una mezcla de muebles heredados y precarios.
Era una fiesta sin decoración calculada, pero llena de personas que sabían por qué estaban allí, una comunidad unida por la cercanía y el tiempo compartido. Reconocí a Camilo porque era el único que parecía estudiar la reunión en lugar de participar en ella. Permanecía cerca de una ventana con un vaso de gaseosa entre las manos, observando a los demás con una curiosidad analítica. Seguía las conversaciones, las interrupciones y los movimientos con la concentración de quien busca una estructura dentro del ruido, como si estuviera decodificando el código de la humanidad.
Era un poco más alto que yo. Delgado, aunque ya no flaco. El gimnasio se le notaba en la espalda recta, en los hombros que comenzaban a llenar la camisa y en la firmeza de sus brazos. No tenía un cuerpo construido para exhibirse, una estética austera que contrastaba con los cuerpos de los otros hombres presentes. Parecía haberlo entrenado para que obedeciera, para que fuera útil, no estético. Llevaba el cabello corto, la barba cuidadosamente afeitada y una camisa sencilla que seguramente había planchado él mismo, detalles que denotaban una obsesión por la disciplina. Al acercarme percibí un perfume de madera y cítricos, una fragancia limpia y sobria. No llenaba la habitación; había que entrar en su espacio para descubrirlo, una presencia que no necesitaba gritar para ser notada.
Lo que más me atrajo fueron sus ojos. Eran oscuros, atentos y más viejos que su rostro. No recorrieron mi cuerpo ni intentaron sostenerme la mirada para demostrar seguridad, una ausencia de coqueteo que me inspiró confianza. Camilo observaba las cosas con la concentración de quien intenta recordar dónde las ha visto antes, una percepción aguda que no se centraba en la superficie sino en lo que había debajo.
Yela le había contado que yo estaba a punto de terminar el colegio y que todavía no sabía qué quería estudiar pero que concursaba para una beca, una información básica que él procesó con su mente analítica. También le mencionó que llevaba unos meses difíciles, una frase vaga que Yela utilizaba para cubrir mis ausencias y mis cambios de humor. No podía explicarle más porque tampoco sabía más, no tenía las palabras para describir el abismo en el que había caído antes, ni tenía la fuerza para abrir las heridas que aún sangraban. Camilo hizo referencia a esto último con cuidado, observándome como si intentara leer entre líneas. Me dejó saber que Yela estaba preocupada y aclaró que no le había pedido detalles, mostrando un respeto por mi espacio que me sorprendió. No expresó lástima ni trató de ofreceme consuelo, no intentó tocarme el hombro ni decirme que todo estaría bien. Aceptó que existía una parte de mí a la que no tenía acceso, un límite que respetó sin cuestionar, y eso fue lo primero que me gustó de él, una rareza en un mundo donde todos intentaban perforar mis defensas.
Lo segundo fue la contradicción. Parecía completamente seguro cuando hablaba de su trabajo, de sus horarios y sistemas, pero no sabía qué hacer cuando yo bromeaba. Controlaba sus gastos, sus tiempos y hasta la cantidad de palabras que utilizaba, un hombre de reglas y rutinas, pero cuando yo me reía, cuando yo hacía un chiste que no tenía sentido para él, toda aquella disciplina se desmoronaba y aparecía alguien más joven, más vulnerable, más humano. Cuando comenzó una salsa, sonando fuerte y vibrante, Camilo advirtió que yo seguía el ritmo con los pies, observando mi cabeza y mis caderas antes que mis ojos. Me preguntó si quería bailar, una invitación simple que yo rechacé casi de inmediato.
Miré la pista. Las parejas estaban demasiado cerca, unidas por manos que se abrazaban, el hombre estaba guiando a la mujer con una mano apoyada en la parte baja de la espalda, un movimiento que para mí se sentía como una invasión, una posesión que no quería permitir. Ella reía y se dejaba llevar, sumisa y feliz, pero yo veía solo el control y el miedo. Le expliqué que antes bailaba, que me gustaba, pero que ya no me sentía cómoda haciéndolo, que el contacto físico me hacía dudar. Camilo no preguntó qué había cambiado, no intentó indagar en mi pasado, ni extendió la mano ni intentó convencerme de que con él sería diferente. Se limitó a aceptar mi respuesta con una calma que me tranquilizó. Permanecimos uno al lado del otro sin tocarnos, observando a los demás, bailando solo con los ojos, y ese fue nuestro primer baile, una danza de silencio y confianza donde el contacto físico no era necesario.
Camilo me llamó cuatro días después, marcando el inicio de una rutina que prometía ser extraña. Había encontrado una academia que ofrecía clases para principiantes los martes y jueves, y antes de hablar de horarios o precios, me explicó con total sinceridad que durante las primeras sesiones se practicaban los pasos de forma individual para evitar que nadie se sintiera abrumado. Nadie estaba obligado a bailar en pareja y yo podría marcharme cuando quisiera. Confesó que no sabía bailar y que necesitaba a alguien que le acompañara y pensó en mí, preguntándome si estaría dispuesta a acompañarlo. Acepté porque la salsa había sido mía antes de convertirse en algo que evitaba, una parte de mi vida que había sido robada junto con mi dignidad. Quería saber si podía recuperarla, si era capaz de volver a sentir la música en mis huesos.
La primera clase fue un jueves por la tarde, un ambiente que rechina con lo habitual en academias de baile. El salón olía a madera vieja, sudor y perfume barato, una mezcla de desgaste y energía. Había espejos en una pared y marcas de cinta en el suelo para indicar dónde debía ubicarse cada estudiante, un espacio dividido en cuadros que me llenaba de ansiedad. Elegí un lugar cerca de la puerta, un refugio desde el que podría salir si la ansiedad me ganaba, y Camilo se colocó a mi lado, dejando suficiente espacio entre nosotros, un respeto que me permitía respirar.
El instructor comenzó a contar pasos y pronto descubrí que la disciplina de Camilo servía para levantar pesas y organizar programas, pero no para bailar. Intentaba calcular cada movimiento como si estuviera resolviendo una ecuación compleja, mirando sus pies, el espejo y al instructor sin conseguir que ninguna de las tres cosas coincidiera. Mientras los demás seguíamos la música, él obedecía los números con la concentración de un cirujano precisando una incisión, moviéndose tan poco que terminé diciéndole que se movía más un Alka-Seltzer dentro de una mazamorra, una comparación que se me ocurrió al verlo congelado frente a mí.
Su expresión ofendida duró apenas un segundo, como si el insulto lo hubiera sacado de su trance, y después perdió por completo la cuenta. Me reí, una carcajada que estalló sin previo aviso, inesperada y ruidosa. Tuve que detenerme porque ya no podía continuar el ejercicio, el aire se me cortaba y las lágrimas me nacían de los ojos, pero no era por el esfuerzo, sino por la liberación. Camilo también se rio, aunque no comprendía por qué aquello significaba tanto, mirándome con una mezcla de confusión y divertido. Yo tampoco lo entendí hasta regresar a casa, y allí estuve hasta tarde, analizando la sensación, recordando que había pasado seis meses creyendo que ciertas partes de mí habían desaparecido. Esa noche descubrí que mi risa seguía allí, que había regresado mientras observaba a un hombre inteligente y disciplinado ser derrotado por tres pasos de salsa. Continuamos asistiendo, y cada clase nos acercaba, no solo a la música, sino a una verdadera conexión.
Durante las primeras clases practicamos separados, una distinción que me pareció necesaria, una forma de acercarme sin tener que enfrentar el contacto físico que tanto me aterraba. Después el instructor comenzó a formar parejas para ejercicios de manos, un paso intermedio que requería un nivel de intimidad que yo no estaba lista para compartir. Camilo no asumió que bailaríamos juntos, esperó pacientemente a que yo lo escogiera, como si yo tuviera el control de la situación, como si yo fuera la que decidía el ritmo, una ilusión que disfruté.
La primera vez apoyé apenas los dedos sobre su palma, un contacto ligero que se sentía extraño, como si mi piel tocara la suya por primera vez en años. Él mantuvo el brazo quieto y no cerró la mano, no imponiendo su fuerza, no invadiendo mi espacio. Seguimos el paso básico durante menos de un minuto antes de que yo me retirara, seguro de que ya había pasado suficiente. No preguntó por qué, no hizo comentarios, simplemente aceptó mi decisión y esperó a la siguiente oportunidad.
En la siguiente clase pude sostenerlo un poco más, una pequeña victoria que me hizo sentir poderosa. Después vinieron el antebrazo, el hombro y los giros sencillos, cada avance era mío, una decisión que yo tomaba, una medida que yo controlaba. Camilo se detenía en cuanto percibía que mi cuerpo dejaba de seguir la música, como un sensor que detectaba cualquier desviación, una atención que no era invasiva, sino respetuosa. Él creía que era porque él estaba aprendiendo a bailar, pero era yo quien estaba aprendiendo que la cercanía podía tener reglas, que el contacto físico no tenía que ser total para ser gratificante.
Fuera de las clases nuestra amistad creció sin que ninguno de los dos tuviera que definirla, una conexión que se desarrolló en el silencio y en el entendimiento mutuo. Cenábamos en restaurantes pequeños cerca de la academia y caminábamos por el barrio, espacios donde yo podía respirar. Camilo calculaba las proteínas de cada plato y separaba los alimentos para evitar que las salsas se mezclaran, una obsesión por el orden que no entendía pero que no cuestionaba. Una noche lo observé estudiar mi comida con tanta preocupación que le dije que él no comía: auditaba. Otra vez volvió a hacerme reír, una risa que ya no me dolía, que no me hacía sentir vacía.
Me encontraba en un momento suspendido de mi vida, una pausa forzada y deseada al mismo tiempo. Estaba por acabar el colegio y todos esperaban que escogiera una carrera, un camino trazado por mis padres y por la sociedad, pero cada alternativa me parecía una decisión prestada. Mis padres podían pagar cualquier universidad que eligiera, una comodidad que se convertía en una carga, pero precisamente por eso cada alternativa parecía una decisión prestada, una obligación más que una elección. No quería estudiar Arquitectura para complacer a mi papá ni matricularme en cualquier programa barato solo para evitar preguntas, solo para seguir la norma.
Decidí tomarme un año sabático, una palabra que pronuncié y que resonó en mi cabeza como un mantra de libertad. Mis padres lo interpretaron como indecisión, como una falta de madurez y de dirección, pero para mí era la primera decisión propia que había tomado en mucho tiempo, una victoria silenciosa que me hacía sentir viva de nuevo. Llevaba meses aspirando a una beca de inmersión lingüística y cultural en Francia y había pagado un precio muy alto por ella, un sueño que no tenía que ver con el dinero, sino con la conquista personal. No era una carrera universitaria ni una elección de padres, el programa ofrecía un año para estudiar francés, conocer el país y convivir con estudiantes de distintas nacionalidades, una experiencia de crecimiento que no podía comprar.
Mis padres habrían podido pagarme el viaje, una cifra que no era un problema para ellos, pero yo quería obtener la beca. Necesitaba demostrarme que podía conquistar algo que no proviniera de su dinero, que podría valer por mí misma sin el respaldo de su fortuna. Camilo se convirtió en la primera persona con la que podía hablar de mi incertidumbre sin sentirme juzgada, una rareza en mi entorno familiar donde todos tenían opiniones sobre mi futuro. Él no intentaba escoger una profesión por mí, no presionaba, me ayudaba a organizar documentos, fechas y requisitos, pero dejaba intacta la pregunta de quién quería ser, respetando mi espacio y mi tiempo.
Yo tampoco comprendía por completo su trabajo. Lo observaba construir herramientas y hablar de sistemas que parecían adelantados a su tiempo, una inteligencia técnica que me desorientaba. Algunas noches trabajaba mientras yo llenaba formularios o practicaba francés con grabaciones, una imagen de dos personas trabajando en silencio, una compañía que no exigía palabras. Podíamos permanecer una hora sin hablar y no sentir que el silencio necesitara ser reparado, una intimidad que no dependía de la conversación, sino de la presencia compartida.
Las semanas comenzaron a organizarse alrededor de las clases de los martes y jueves, creando un ritmo constante que se había vuelto mi ancla. A veces cenábamos después, compartiendo la comida en restaurantes pequeños, otras noches nos sentábamos en el patio de Yela con arepas, queso y chocolate, observando cómo los vecinos ponían música y los niños atravesaban el corredor con su energía, mientras la ropa tendida se movía suavemente encima de nosotros. En esos momentos, el mundo se volvía más lento, más humano, una pausa en mi vida acelerada y llena de incertidumbre.
Dos meses después de conocer a Camilo fui a su apartaestudio en la parte trasera de la casa de Yela, un espacio estrecho que se había vuelto mi segundo hogar. Nos sentamos en el suelo porque todavía tenía pocos muebles, un lugar de intimidad que no necesitaba decoración para sentirse cálido. Yela nos había enviado comida, un regalo de su cariño que nos unía, y Camilo intentó imitar uno de mis giros, intentando ser cómplice de la música, y casi derribó el chocolate en su intento por ser espontáneo.
Volví a reírme, esa risa que parecía haber regresado con Camilo, una liberación que emanaba de mi pecho y que él disfrutaba. Mientras recogíamos, nuestras manos se encontraron en el suelo, una casualidad que él retiró por costumbre, dejándome elegir, un juego de poder que yo aceptaba y disfrutaba. La tomé otra vez, mis dedos entrelazándose con los suyos, una conexión que se sentía segura y calma. Después apoyé la palma sobre su rostro, una acción que él permaneció inmóvil, no avanzó para aprovechar mi decisión ni la interpretó como permiso para algo más, un respeto que me conmovió. Fui yo quien se inclinó, una acción que no fue impulsiva, sino calculada.
Lo besé porque quería hacerlo, una necesidad que había estado acumulándose durante esos dos meses de aprendizaje y confianza. No porque hubiera dejado de sentir miedo, ese miedo todavía estaba ahí, latente, pero por primera vez el deseo era más fuerte que la necesidad de escapar, una mezcla de valor y necesidad que me impulsó a cerrar la distancia. Fue un beso de descubrimiento, de tentativa, de dos personas que se estaban encontrando en la oscuridad.
Así terminó nuestra etapa de solo amistad, una transición que se produjo en el silencio de su apartamento, donde el aire se cargó de electricidad y la música de fondo se disolvió en el ritmo de nuestros corazones. La amistad continuó, soy una fiel creyente de que el amor es la amistad en llamas. Lo seguí besando, con una urgencia desesperada, como si nunca lo hubiese hecho, como si nunca más tuviese la oportunidad de volver a besar a nadie, aferrándome a cada segundo como si fuera mi último momento de libertad. Mis inseguridades y mis reservas, acumuladas durante meses de miedo y traumas, empezaron a caer al piso junto con las migas de la comida que acabábamos de tomar, liberando mi cuerpo de su peso.
Él me respondió el beso con mucha cautela, una protección que no nacía de la indecisión, sino de la consciencia de no querer dañar algo bello, como quien corta una flor con extremo cuidado para que no se dañe. Esperó hasta que yo diera el siguiente paso, atreviéndome a romper la barrera de su templanza, y me atreví: puse mi mano sobre su camiseta en su pecho marcado por el ejercicio, sintiendo su latido bajo mis dedos, y le acaricié sin dejar de besarle, una invitación que él aceptó y puso su mano en mi cintura y yo di un pequeño salto reflejo, un movimiento espontáneo que me hizo soltar el aire y él se detuvo, respire y le dije sin dudar: «no pares, yo lo deseo». Él continuó suavemente y yo empecé a devorarlo; lo bese apasionadamente, con la rabia y el deseo acumulados, y luego expuse mi cuello, una zona de vulnerabilidad en la que él actuó con cuidado pero con pasión y me besó, lamiendo y mordiendo suavemente. Sentí que mis inseguridades se desvanecían en una ola de suspiros largos, una liberación final que me hacía sentir viva de nuevo.
Poco a poco, con una lentitud calculada que exigía paciencia, empecé a desabrochar los botones de mi camisa blanca de abajo hacia arriba, una acción que servía como preludio para la desnudez que vendría, sin dejar de exponer mi cuello y mi clavicula, él aprovechó la abertura que había y posó su mano en mi cintura desnuda, una caricia que me recorrió la espina dorsal. Sentí que me tocaban por primera vez aunque no era la primera vez, una paradoja que me hacía sentir como si el tacto fuera nuevo, como si se estuviera descubriendo por primera vez, sentí que hacía el amor por primera vez aunque no era la primera vez, como si la experiencia anterior no hubiera sido más que un entrenamiento para este momento, para este hombre que entendía mi cuerpo mejor que yo misma.
No me detuve ahí, con la determinación de quien quiere ser devorada, me quité completamente mi camisa dejando al descubierto un brasier negro de encaje, una prenda que se ajustaba a mi piel y me hacía sentir sexy. Mis pezones erectos ya sabían lo que seguía y presionaban la tela haciendo un relieve como el pico nevado de una montaña, una señal inconfundible de deseo. Camilo no tenía prisa, había esperado meses para tomar mi mano, no tenía afán para tomar el resto de mi cuerpo en unos minutos, una calma que contrastaba con la urgencia que yo sentía. Con la punta de los dedos de ambas manos acarició mi espalda desde donde terminaba el Jean que tenía puesto hasta donde empezaba el broche del brasier en un vaivén que de alguna forma se acompañaba con los besos que recibía en mi cuello, mis clavículas y mi barbilla, una tortura placentera que me dejaba sin aliento. Mi mente no entendía cómo alguien tan arrítmico para la salsa era tan preciso para acariciar, como si tuviera una brújula interna que solo él conocía. Yo busqué su camiseta y en un movimiento rápido la saqué por su cabeza, apenas nos separamos un segundo para seguir en lo que estábamos pero esta vez alternábamos besos apasionados con besos en mi cuello y mi barbilla, un intercambio de aliento y de piel que nos hacía sentir más cercanos.
Nuestras pelvis ahora estaban pegadas cortando así la única distancia física que existía entre nosotros, una fusión de carne y calor que me dejaba sin aliento, siguiendo ese ritmo lento y profundo hasta que la mente se nos empezó a nublar, borrando el mundo exterior. Yo metí mi mano como pude y le solté su pantalón, igual hice con el mío, pero no los bajé, esperando que él entendiera mi silencio, una forma de decirle que le daba permiso, que yo estaba lista para que él entrara en mí.
Él lo entendió perfectamente, quitó sus manos de mi espalda quitándose su pantalón y quedándose en boxer, una prenda que ya no podía contener su virilidad. Y procedió a hacer lo mismo conmigo aunque le costó más trabajo por el tamaño de mis caderas, una lucha gozosa que nos mantuvo unidos. Terminamos ambos de quitarnos los pantalones con los pies sin dejarnos de besar y acariciar las espaldas mutuamente, una danza de piel contra piel que nos provocaba jadeos. Una vez fuimos libres de nuestras prisiones de denim nos volvimos a juntar como si quisiéramos hacer de nuestros dos cuerpos una sola amalgama, una unión que sentía necesaria para sanarme.
Ahí sentí por primera vez su tamaño presionando contra mi vientre, una dureza que me hizo temblar, eso creo un circuito de sensaciones que me electrificaba, una electricidad que recorrió mi columna vertebral hasta mis dedos. Me pegué mucho más a él y me puse en puntas de pies inclinando un poco mi cadera hacia adelante y hacia arriba sintiendo ahora su miembro encima de mi raja, una posición de espera y de deseo. En un movimiento casi instintivo e intuitivo cruce mi pierna derecha alrededor de las suyas, quedando a su merced y sanando a través de este gesto el cierre físico que tenía, una protección que me daba seguridad. Él siguió besando mi cuello y empecé a mover mi pelvis arriba y adelante y luego hacia atrás y abajo como si quisiera medir con mi sexo húmedo ya por mi excitación el suyo, una prueba de que ambos estábamos vivos y deseosos.
Nuestra humedad conjunta mojaba las dos finas capas de tela que nos separaban, una prueba visible de nuestro deseo compartido, y él agradeció la estimulación acariciando mis muslos y mis nalgas apenas cubiertas por el hilo de la tanga de encaje negra, que hacía juego con mi brasier, un conjunto que siempre me hacía sentir sexy. Y cubriéndome de besos en mi cuello, mis hombros y finalmente llegando a la parte superior de mis senos, un camino que seguía con devoción. En ese punto se detuvo, mirándome con intensidad, me puso ambas manos, una en cada muslo y me levantó por mi peso, una fuerza que me sorprendió, obligándome a encajar mi sexo con el suyo, siempre separados por nuestra ropa interior que estaba ya chorreando, más la mía que la suya, por la humedad de nuestra estimulación. Sin dejar de besarme, buscó a trompicones la entrada de su habitación y me puso gentilmente sobre su cama, una transición torpe pero llena de pasión. Yo quedé con mi espalda y mi cabeza sobre su cama, mis nalgas aún sujetas por él y mis piernas levantadas rodeándole, una postura de entrega total, dejé de besarlo, solté sus hombros y llevé mis manos a mi espalda y me desabroché el brasier arrojé al piso, quitando la penúltima barrera entre nosotros, siempre mirándolo a los ojos, siempre sonriéndole. Él abrió los ojos como platos al haber descubierto por fin mis senos, una vista que parecía haberle excitado profundamente, con una aureola grande pero rosada, coronados por pezones que podrían cortar el vidrio de lo duros que estaban, una respuesta a su contacto. Sin perder tiempo se abalanzó hacia ellos y los lamió con mucha pasión, una devoración que me hizo arquear el cuerpo.
Debo decir que era un torpe e inexperto, un hombre que no sabía cómo moverse como un seductor, pero que me hacía sentir amada y tocada con cariño y suavidad. Un torpe e inexperto que me estaba haciendo el amor con una intensidad que, ni el más experimentado, ni el más dotado, ni el más apasionado que había conocido, lo había hecho nunca antes. Me sentí vista, no como objeto de deseo o posesión, sino como mujer, me sentí querida, me sentí amada, me sentí otra vez mujer, una transformación que me conmovió y excitó por partes iguales. Había recuperado más feminidad en los últimos diez minutos que en los siete meses anteriores, ¿qué digo?, me había sentido más mujer que nunca, una mujer deseada y amada como ninguna, esa sensación de entrega y seguridad me excitaba más que el más dotado, que el más experimentado y el más apasionado, porque era real.
Mi respiración se convirtió en jadeos y mis jadeos en gemidos cada vez más altos mientras él mamaba mis pezones con ahínco, una succión que me hacía sentir viva de nuevo. Sin preguntar, con una intuición que sorprendía, bajó hasta mi ombligo y le dio dos lengüetazos a ese sexy-pocillo, una caricia que me hizo tensar los músculos. No se detuvo ahí y se retiró treinta centímetros, para apreciarme a plenitud, apreciando mi tanga tan húmeda por mis jugos que se veía brillante con la luz de la luna que se filtraba por las cortinas de la habitación. Sin dudarlo más, tomó mi tanga por ambos lados y en un sómovimiento la bajó hasta mis tobillos, donde yo hábilmente la deseché como si no la deseara nunca más en mí, eliminando la última barrera física que nos separaba. Él volvió a abrir mis piernas y esta vez su lengua atacó directo a mi clítoris dándome unas lamidas secas y húmedas, siguiendo con una succión como quien trata de sorber una bebida, una técnica que no había experimentado antes. Así bebió mis jugos y me lamió mi clítoris con una habilidad tal que empecé a gemir más alto y más fuerte, olvidándomeme de que esta casa no estaba insonorizada y que seguramente estaba dando el concierto del año en varias casas a la redonda en las laderas de Medellín, una tonada que rompía el silencio de la noche.
Nuestro ruido rompía el silencio, un estruendo de jadeos y gemidos que se mezclaba con el ruido de la calle, un sonido que en otro momento me habría asustado, pero ahora era la música de mi redención. El calor que manaban nuestros cuerpos rompía el frío de la habitación, una temperatura que nos envolvía y nos hacía olvidarnos del mundo exterior, y la luz que nacía en mi interior desde la última vez que alguien me accedió carnalmente. Arqué mi espalda, buscando la relajación que no había encontrado antes, y con una mano busqué su cabello enredando mis dedos en ellos, una conexión que me daba fuerza, y con la otra busqué mis pezones que con lo sensibles que estaban me hacían revolcarme en esa cama que olía a madera vieja y al aroma de Camilo, una fragancia que me hacía olvidar mi pasado.
El orgasmo me empezó como una falta de aire, una sensación que se convirtió en una respiración agitada y dio paso a un gran «ohhhh» que hizo que mis piernas temblaran y que mojara toda la cara de Camilo, que seguía bebiendo como si su vida dependiera de ello, el bebía con una sed que me saciaba a mí. No pude soportarlo más, cerré mis piernas atrapándolo y cortándole la respiración, una prisión que me daba seguridad y control, mientras mi pecho agitado se movía y mi diafragma se tensaba y elongaba tanto que mis costillas se marcaban encima de mi vientre plano, una imagen que él me admiraba. Caí rendida y lo liberé de la prisión de mis piernas, él recuperó el aliento y subió, me plantó un beso que fue un agradecimiento silencioso, y siguió acariciándome hasta que mi respiración volvió a la calma.
En ese justo instante, lágrimas que eran retenidas por mis ojos desde hace meses brotaron, una lluvia incontrolable que no tenía sentido lógico, pero que emanaba de mi pecho reventado. Estaba demasiado emotiva, sentía demasiado, y le pedí perdón por dañar así el ambiente con mi llanto, por romper la dulzura que habíamos creado. Él, con un amor profundo, no me dijo nada, simplemente me rodeó con sus brazos y sus piernas, entrelazándonos hasta dejarme arropada con su calor, una protección que me daba seguridad. Esperó que me calmara, respirando conmigo, nuestros corazones sincronizados, nuestras caras frente a frente y nuestros sexos muy cerca, fundiéndonos en un beso lento que mezclaba nuestras salivas, mis jugos y mis lágrimas, dándole un sabor agradable, un poco salado que él aceptó con gusto. Nunca nadie me había dado tanto amor mientras me hacía el amor, me había entregado por placer, por necesidad, y me habían tomado sin pedir permiso, pero nunca nadie me había dado tanto amor durante el acto, una entrega recíproca total que me hacía sentir viva.
Poco a poco reanudamos las caricias, y sus caricias empezaron a borrar la mancha que en mi cuerpo dejó otra persona, sus labios y sus manos trazando mapas de sanación sobre mi piel, sin él saberlo fue el medio que usé para sentirme limpia nuevamente; no fue mi salvador, fue mi medio para sanar. Seguimos besándonos poco a poco, sin afán ni prisa, recuperándonos de la intensidad del momento. Y poco a poco también tomé la iniciativa, moviendo mi cuerpo con una determinación que me sorprendió a mí misma, le quité su boxer con dificultad y me subí sobre él, una posición de poder que me hacía sentir dueña del momento. Sin dejar de besarlo, puse su miembro en la entrada de mi vagina, una sensación de frío y calor que me hizo temblar. Él reaccionó y me dijo con voz temblorosa: «puedes quedar embarazada», una preocupación que me conmovió, yo le dije con firmeza: «eso está bajo control» y continué besándolo, desafiando el destino. Él posó sus dos manos sobre mis senos y empezó un masaje circular que me hizo arquear un poco la espalda y dejar de besarlo para tener un poco de aire, un estímulo que me hizo gemir. En ese punto empecé a penetrarme con su miembro, lenta y deliberadamente, sintiendo cada centímetro que entraba, una sensación de desgarre y placer que me hizo entrecerrar los ojos. Él no hizo nada, sólo me miraba a los ojos mientras yo lo miraba y entrecerraba los ojos cuando cada centímetro de ese delicioso falo entraba en mí, terminando así de borrar lo que yo sentía de suciedad en mi ser. No había sido penetrada desde hace mucho, ni siquiera me había masturbado ni usado juguetes, había cerrado mi sexo y hoy lo estaba volviendo a abrir para alguien de quien me sentía amada, una reivindicación de mi cuerpo.
El ingreso fue tranquilo, una despedida paciente de la resistencia de mi cuerpo, centímetro a centímetro, su miembro encajando perfecto en mí, no quedó nada fuera y tampoco nada por cubrir, una integración total que me hizo sentir completa. Empezamos un vaivén tranquilo pero decidido, nuestras respiraciones sincronizándose con cada golpe, coreando jadeos y gemidos que se mezclaban con besos tiernos y apasionados, nuestras bocas se devoraban mientras nuestros sexos se entendían a la perfección, una simbiosis que no había conocido antes. Seguimos así en silencio, solo el sonido de nuestra carne chocando y mi voz pidiendo más, y yo me eché para atrás, dejándome llevar por el placer, y lo empecé a cabalgar. Él apoyó sus manos sobre mis caderas, agarrándome con fuerza, y me brindó un asidero para que yo pudiese gozar de ese mástil que estaba penetrándome, dándome el control de mi propio placer. Yo empecé a llamarle por su nombre y a decirle que no parara, que me sentía llena y me sentía mujer, recuperando mi identidad que mi pasado había intentado destruir. Mi voz se había vuelto un susurro y mi respiración un jadeo. Sentía corrientes eléctricas en todo mi cuerpo y poco a poco los orgasmos empezaban a ebullicionar, desde mi ombligo sentía un calor que se extendía por todo mi ser, eché mi cabeza hacia atrás y empecé a sentir el recorrido de los orgasmos, uno tras otro, en cada pico apretaba el pecho de Camilo hasta dejarle marcas de uñas que serían mi prueba de que había estado viva. No paraba y él tampoco, me embestía moviendo su pelvis para seguirme el ritmo, una danza salvaje que continuamos hasta que sentí que me estaba orinando sobre él, ya sabía lo que eso significaba, tuve un squirt, una explosión de placer que le bañó la pelvis y el vientre a mi amante. Él en respuesta soltó una tremenda eyaculación que me inundó toda y empezó a salirse de mi vagina, nuestros jugos se mezclaron y el olor de nuestra cópula impregnó toda la habitación, un olor a sexo y victoria. En cada palpitación de Camilo mis sentidos gozaban y cuando ya acabamos, caí rendida sobre su pecho, exhausta y satisfecha, y me dormí como un bebé, el sueño más reparador que había conocido en mucho tiempo.
