Visitando a la mamá de mi mejor amigo

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Me llamo Marcos, esta historia es de hace unos años, tenía veintisiete años y un cuerpo que me había costado años de gimnasio. Javier y yo éramos amigos desde la secundaria, y en todos esos años había pasado por la casa de sus papás cientos de veces. Elena, su madre era toda una fantasía para un adolescente, cientos de veces me imaginé follandomela, gimiendo mi nombre.

Estaba relajado en casa de mis padres, pasando las vacaciones cuando recibo un mensaje de Javier : «Oye tuve que irme a la ciudad, si regresas pronto pasa por casa de mis padres y recoge unos papeles que me dejé, mi madre debe estar allá.»

Contesté «sí, claro» sin pensarlo.

Hacía años que no visitaba a su familia y si no recordaba mal su madre estaba de infarto, quizás los años le hayan pasado factura. Llegué a la casa de la familia de Javier sobre las siete de la tarde. Vi la camioneta de Andrés, el padre de Javier, estacionada en la cochera. Toqué el timbre. No contestó nadie. Toqué otra vez. Nada. Empujé la puerta lateral, la que siempre quedaba sin llave, y entré.

La casa olía a cebolla y a aceite. Un radio viejo sonaba bajito en la cocina. Caminé por el pasillo y la vi de espaldas, frente a la estufa. Llevaba un short de mezclilla corto y una camiseta clara que se le subía cada vez que estiraba el brazo. El pelo suelto sobre la espalda. Olía a cocina y a perfume de flores.

—¿Doña Elena? —dije, más suave de lo que pretendía.

Se giró. Se sobresaltó apenas, se llevó una mano al pecho y después se rio.

—Ay, Marcos. Me asustaste. ¿Qué haces por aquí?

—Javier me pidió que recogiera unos papeles que se dejó.

—Ah, sí. Los dejó en el estudio. —Bajó la estufa y se secó las manos—. Siéntate, ¿quieres algo? Tengo agua de limón.

—Sí, gracias.

Me senté en la isla de la cocina. Ella me sirvió un vaso y me lo puso enfrente, inclinándose un poco para alcanzármelo. Le vi el escote sin querer. Esas tetas grandes que cuelgan un poco y que la camiseta no alcanzaba a tapar del todo. Levanté la vista rápido, pero no lo bastante rápido como para que ella no lo notara.

—Gracias —dije.

—¿Y qué tal todo? ¿Cómo va el trabajo? —Se apoyó en la barra, a un metro de mí.

—Bien, bien. Lo normal.

—Javier me dijo que andas entrenando mucho y no mentía con lo de que estabas muy cambiado, estas buenísimo.

Me reí. —Gracias.

Ella me miró de arriba abajo, sin disimular, se le dibujó una sonrisa morbosa.

—Se ve que sí —dijo.

Levanté las cejas y sonreí de medio lado.

—¿Y usted cómo está, doña Elena? La veo… distinta.

—¿Distinta cómo?

—No sé. —Dejé el vaso—. Se ve mucho más sexy ahora que hace unos años.

Ella no bajó la vista. Se le puso una sonrisa pequeña en la boca.

—Sexy a los cuarenta y nueve, con esta panza y estas canas. Estás exagerando.

—No exagero nada. Está muy guapa hoy, me ha hecho fijarme en cosas que no me había fijado antes. Respondí mirándole las tetas.

—¿Qué cosas?

—Esos lindos ojos verdes, por ejemplo. —La miré fijo—. Y esas dos tampoco están nada mal.

Bajé la vista al escote. Ella bajó la vista también y ahí se dio cuenta de lo que yo estaba viendo. Se le habían puesto los pezones duros, marcándose claros bajo la tela fina de la camiseta. Dos puntos que no había forma de disimular. Me quedé mirándolos un segundo de más, y luego le levanté los ojos.

Los dos nos quedamos callados.

—¿Te puedo preguntar algo? —dijo ella, bajando la voz.

—Sí, con toda confianza.

Se acercó un paso. Ya estábamos casi pecho a pecho.

—¿Serías capaz de acostarte con una mujer algo mayor que tú?

No lo pensé ni dos segundos.

—Claro que sí. Eso no se niega. Le respondí con una sonrisa torcida.

Ella se rio, corto, con la boca cerrada, mirándome la boca.

—¿Y si esa mujer fuera yo?

Se me puso dura ahí mismo, sin aviso, tan fuerte que sentí el pantalón apretado. Ella lo notó. Bajó la vista sin pudor, se quedó mirando mi bulto, y después me subió los ojos a la cara.

—¿Habla en serio? —dije.

—En serio.

Me bajé del banco. Ella no retrocedió. Nos quedamos así, a un palmo, respirando el uno del otro. Le puse una mano en la cadera, encima del short. Se dejó. Le subí la mano por el costado, por encima de la camiseta, hasta el lado de la teta. No llegué más lejos. Ella tampoco me detuvo.

—¿Y ahora? —pregunté, con la voz ronca.

No contestó con palabras. Me bajó la mano a la pretina, me desabrochó el pantalón con dedos lentos, se metió la mano por dentro de los bóxers y me sacó la polla. Ya estaba duro, grueso, caliente. Me lo apretó en la palma, me lo pasó por los dedos, comenzó a pajearme  lentamente y después se agachó despacio, sin dejar de mirarme a los ojos, doblando las rodillas.

—¿No está Andrés en casa? —dije, con la respiración cortada.

—Para nada, tomó mi auto para ir al trabajo. Respondió

Se llevó la polla a la boca. Primero la punta, apenas, con los labios apretados. Después más, hasta la mitad, y después más, hasta que se le llenó la boca. Me puso una mano en la base para no atragantarse. Cerré los ojos y me agarré a la barra. Le puse la otra mano en el pelo, sin apretar. Ella subía y bajaba con calma, se notaba que tenía experiencia, con la lengua plana por debajo, y cada tanto me soltaba, me lamía de arriba abajo, y volvía a metérsela. El radio seguía sonando. La casa estaba sola.

Le metí la mano por debajo de la camiseta y le agarré una teta. Grande, pesada, tibia, con el pezón duro entre los dedos. Se lo apreté. Ella soltó un gemido con la boca llena, sin dejar de chupar, y el sonido me vibró en todo el cuerpo.

—Ven —dijo, levantándose, con los labios brillantes y el pelo revuelto—. No seguiremos aquí.

Me agarró de la mano y me llevó por el pasillo. La casa estaba a media luz. Entramos a la habitación que compartía con su esposo. La cama tendida, las cobijas lisas. Se bajó el short y las pantaletas de un tirón. Se quitó la camiseta por la cabeza. Se quedó desnuda, de pie, frente a mí.

Los cuarenta y nueve años se le veían en la barriga suave que le colgaba un poco sobre la cadera, en las estrías viejas de los costados, en las tetas grandes ya no tan firmes pero todavía llenas, en las nalgas más bien estrechas, que no llenaban la mano. La miré entera y no me importó nada de eso, más bien me calentaba. Me quité la camiseta, me bajé los pantalones, y ella me jaló a la cama.

—¿Cómo quieres? —pregunté.

—Yo arriba.

Me acosté boca arriba. Ella se subió encima, se puso a horcajadas,  agarró mi polla, la colocó en la entrada de su coño y bajó despacio. Estaba tan mojada que entró por completo sin problema. Se quedó quieta un segundo, sentía su coño apretando mi polla, con las manos en mi pecho, y después empezó a moverse. Usando las caderas para adelante y para atrás. Después subiendo y bajando, hasta encontrar el ritmo. Le agarré las nalgas con las dos manos, la azotaba y también ayudaba a moverse. Las tetas le rebotaban con cada bajada. La barriga le temblaba. Se inclinó hacia adelante poniendome las tetas en la cara, le chupaba y mordisqueaba los pezones arrancandole gemidos, mientras ella se movía sola encima, con las manos apoyadas en la cabecera.

—Oh si papi…. ah…. sigue… no pares… soy tu puta….—Gimió.

—No pienso parar, puta.

Subimos el ritmo. La cama empezó a rechinar. Ella jadeaba con la boca abierta, muy cerca de mi cara, y yo le levantaba la cadera para encontrarla cada vez que bajaba.

—Te gusta… follarme….. la mamá… de tu mejor amigo…

—Cállate y muévete puta…

—Ahh… si… soy tu puta…. úsame….. soy tuya….

Después de eso la puse boca abajo en el borde de la cama, con las piernas colgando, y la cogí de pie por detrás, agarrándole la cadera con las dos manos. Elena se agarró a las sábanas mientras empujaba con la cadera, viendo cómo le entraba y le salía, cómo la espalda se le arqueaba. Le jalé el pelo con la mano, suave, y ella soltó un gemido largo.

—Más fuerte…. papi…. —pidió.

No necesitó pedirlo dos veces. Así seguimos hasta que se corrió, me dijo que quería hacer algo más arriesgado y caminamos por la casa hasta la cocina.

—¿No nos van a ver los vecinos?

—Eso solo me pondría más cachonda—dijo—. Además Andrés es un cornudo, no le importará.

En la cocina se apoyó en la mesa con las dos manos, inclinada, y me le puse detrás y la cogí otra vez, viendo la sartén apagada y el radio todavía encendido. Después se sentó en el banco alto de la isla, con las piernas abiertas, y yo me paré enfrente y ella me lo chupó otra vez, con calma, mirándome a los ojos hasta que me corrí en su boca.

—Mmmmmm… me encanta tu leche caliente… papi…

—Eres una buena puta Elena.

—Vamos al baño a limpiarnos.

Salió caminando desnuda hacia allá, en el baño la volví a coger contra la puerta, con ella de espaldas al espejo y una pierna levantada.

—Mmm…. papi… no me vas a dar descanso verdad….

—Te gusta que no te lo dé, eres una puta.

Nos volvimos a correr esta vez al mismo tiempo, nos bañamos y regresamos al cuarto. Nos acostamos y estuvimos hablando un rato, los dos sudados, tirados sobre las sábanas revueltas.

—¿Y Javier? —dije, en un momento, con la voz baja.

Se quedó callada unos segundos.

—Javier no tiene por qué saber nada. Ni Andrés tampoco. Esto es entre tú y yo.

—¿Y quieres algo más? —pregunté, sin especificar.

Me miró de lado. Sabía exactamente a qué me refería.

—Tú no sabes nada de mi vida, Marcos. Yo no te pregunto por la tuya. —Me pasó una mano por el pecho—. ¿O sí quieres preguntarme?

—No.

—Entonces no hablemos.

Estuvimos casi cuatro horas en esa casa. Andrés llegó cerca de las diez, cuando yo ya me había ido con los papeles de Javier en la mano y el olor de Elena todavía en el cuello. Ella se había puesto otra vez la camiseta y el short, se había recogido el pelo, y estaba friendo unos huevos cuando su marido abrió la puerta de la cocina.

—¿Qué tal? —dijo él.

—Bien. Se me antojó cenar algo ligero. Respondió ella.

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Erick
Erick

Escribo principalmente sagas que publicaré semanalmente:
-Encontré un video de mamá follando 1/25
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