Relato real de cuando iba a Pinar del Río de vacaciones, hace ya muchos años
Duración estimada de lectura: 9 minutos
Visitas: 1,973
Las yeguas de Mantua
Tengo primas en Pinar, y cuando era joven iba allá de vacaciones. Las primas siempre querían bañarse en la laguna conmigo porque decían: «Los habaneros tienen tremendo toletón». Yo me bañaba sin calzoncillos y ellas sin ajustador. Se me ponía dura la pinga de ver a esas putitas con las tetas al aire: unas eran tetas melones, grandes, y otras como limones, con pezones bien grandes; era rico chuparlos.
Mi pingona es como un tubo de picadillo cocinerito: rosada, gordota y dura. Mide 20 cm de largo por 10 de ancho. Ellas siempre la tocaban, y cuando la tenía dura como un tubo, se la metían en la boca y en el culo en la laguna. Decían: «Por el culo, primo, que soy virgen, que mi mamá no me da permiso de usar el totico, somos muy chiquitas». Y yo les daba un buen pase de rabo en la laguna a todas por igual. Eran jóvenes, y yo era delgado, rubio, con un tolete rosado, desde la cabezona gorda hasta los huevos gordos. Siempre les daba pinga hasta que ellas no aguantaban más y decían: «Dejemos algo pa’ mañana, nos duele demasiado el culo y la boca». Todas las primas eran color indio, de pelo negro; era como si las aborígenes fueran las esclavas sexuales del blanco.
Tenía una vecinita a la que le gustaba mucho mamármela. Si la agarraba por el pelo y la obligaba a mamar fuerte, se venía chupándola y suplicaba que le metiera la cabezona en el bollo. Decía que su hermano tenía rabo más grande, hasta que llegó el habanero. Ella singaba con su hermano en el monte y decía que su hermano tenía la pinga grande, hasta que le dije al oído un día: «¿Quieres ir al río pa’ que veas lo que tiene el habanero?». Y así fue como me vio la pinga y vio la razón por la que todas querían ser mi novia. Yo siempre les daba pinga sin condón y con mucha leche, de una en fondo, en el río, en la laguna; nos escondíamos en las casas de tabaco o en el camino a buscar agua al manantial, y nos poníamos a singar o dentro del monte.
La que más me gustaba era la vecina rubia, de pelo largo, sin pelos en el totico. Le daba unas mamadas de bollo que se venía a chorrito y decía: «Amor, solo con tus mamadas de bollo me vengo toda, no entiendo cómo es posible esto, por Dios». Y yo le decía: «Muñeca, aguanta que te van a escuchar, muerde la hierba», y me la singaba sin piedad. Siempre le llenaba su toto de leche y le daba agua pa’ que se echara agua en el toto. Era como un mini totico y yo tenía una anaconda que entraba solo hasta la mitad; se veía el mini toto con la anaconda gorda enterrada bien mojada solo la mitad, la otra mitad afuera. Poquito a poquito le daba pinga para que no gritara alto porque no dilataba más, y la matriz no se le hundía más de lo que la empujaba. Era un manjar ver ese toto rosadito con mi tolete embarrado solo hasta la mitad, pidiendo que no empujara, que ese era su fondo, que ya no podía con más. Decía que la iba a matar con mi tolete: «Mamá, habanero, que pareces un burro, tienes tres piernas, vas a matarme, por favor no me la metas más». Y yo le daba unos pingazos duros y me pasaba de la mitad para que sintiera dolor y aprendiera que es la mujer del macho. Decía que le encantaba cómo la ponía, parecía una yegua necesitada de su caballo, y quería casarse conmigo cuando tuviera la edad suficiente. Se lo decía a su mamá, que estaba enamorada de mí, y ya no le hacía caso a su hermano, y él se molestaba por eso, pero su mamá decía: «Mejor que singue con otro que con su hermano».
Durante mucho tiempo me la follé hasta que dejé de ir a Pinar del Río de vacaciones. La última vez le regalé un reloj y me la cogí por el bollo y por el culo una noche entera, pues se quedó en casa de mi prima y durmió conmigo toda la noche porque mi tía no estaba ese día. Le di tanto rabo que la dejé inflamada toda una semana. Me le subí arriba, ella en cuatro y yo arriba, se la dejé enterrada toda esa noche, se la metí toda. Le dije: «Hoy serás mía por siempre, amor», y ella, gritando, resoplando y llorando, decía: «Hazme tuya, siempre seré tuya, te amo mucho». Se abrió con las manos la calga y le metí todo el rabo de un viaje; dio un grito, sentí como le rajé su matriz y se la empujé. Luego le di por el culo y se lo partí. Esa semana me decía: «Amor, gracias por tus regalos, me gustan siempre». Antes de irme me la volví a follar como la despedida de unos novios que no saben si volverán a verse en la vida. Perdimos contacto; ahora debe ser una mujer hecha y derecha. Le decía «la mamalona guajira», y ella: «No me grites eso en la calle, papi». Y yo: «Te digo puta, ven mejor guajira, y cuando estés cerca te digo mamalona pa’ que sepas de quién eres». «Tuya, papi». Cada hora me perdía en el monte a singar; eso era todos los días en mis vacaciones en Pinar: singueta de la rica. Todas en Mantua querían probar el habanero, incluidas las grandes.
Había una guajira alta, de pelo negro, piernas y muslos gordos, que me obligó a singármela. Yo la veía muy mayor pa’ mí, pensaba que mi rabo iba a bailar en su toto, y cuando lo vio duro me dijo: «Ño, el burro de la Habana». Le mamé el toto peludo y se mojaba toda, le daban mini calambres con el toton gordo chorreando baba. Se la clavé y, para mi asombro, no le entraba. Decía que su marido tenía un pirulí de rabo, que cómo era posible que yo, siendo de la Habana, tuviera una anaconda. Le desgarré la tota y el culo. Una prima mía fue la que le avisó que yo tenía lo que ella necesitaba, que fuera conmigo al río. Al verme en el río sin short me dijo: «Tú me tienes que singar, yo soy virgen, mi marido tiene un lápiz de pinga, así que ven». Se sentó, y qué trabajo pasé: no entraba, era peor que un culo. Pero cuando logré que entrara la cabezota, ella solo decía: «Lo logré, lo logré, ay, mi vida, entierrela toda y vente adentro, quiero sentir todo el rabo y toda la leche». Y así fue: le di una clava súper dura, la agarré por los hombros y la empujé hacia abajo bien fuerte, y sentí como le partí el bollito en dos y le trituré la entrada del útero, pues se sentía como si mi cabezón tratara de traspasar al otro lado para preñar. Estuve cuarenta minutos dándole pinga en el río, y ella gritaba: «¡Sí, al fin, al fin soy mujer!». Mi prima se reía al verla y decía: «¿Viste qué rica la tiene? Yo me la como desde hace años». Ella le dijo: «Eres una puta yegua, y singa que no querías compartir conmigo tu burro, con lo necesitada que yo estoy». Después no quiso singar más con el marido, solo singaba conmigo cuando yo iba allá; se arrebataba. Su marido se iba para el arroz al campo bien temprano, y a las 5 a. m. me la singaba en su cama. Siempre entraba por la ventana, vivía en la casa de al lado de mi tía. Mientras ella estaba arrecostada a la ventana mirando el camino, yo estaba sentado en el piso de tierra y le mamaba el bollo rico, mientras le aguantaba duro las piernas gordas para que los temblores no la desmayaran. Luego se sentaba arriba de mí, ahí mismo, con las ventanas abiertas, y daba brincos sobre mi pingón duro. Cuando lograba, ya a las 7 a. m., sacarme la leche, se ponía en cuatro y decía: «Tu yegua quiere sentir cómo la ensillas». Yo me le subía arriba usando la silla de la mesa y la penetraba, dejando mis huevotes colgando por fuera y chocando bien duro contra su toton. A ella le gustaba verse en el espejo cómo se la clavaba, y le jalaba duro el pelo negro y largo, le daba nalgadas que le marcaban la manota grande mía. Ella era sumisa y obediente, siempre quería su ración de sexo salvaje. Los huevos míos, grandes, quedaban por fuera, y le decía: «¿Quién es el dueño de esta yegua?». Ella contestaba entre resoplidos de placer, gimiendo y diciendo: «Yo soy tu yegua, y tu leche, dámela toda». Luego de darle sin piedad y sentir cómo le abría el útero, se lo rellenaba de abundante leche. Esa era mi rutina: ella era la yegua que necesitaba su jinete, siempre a las 5 a. m., y después me hacía un desayuno rico. Todos los días solo decía: «El día que vaya a la Habana, soy tu puta al cien por ciento». Pero más nunca supe de ella; qué lástima. Ahora debe ser una mujer madura, tembona y adicta a los toletes grandes, y todo por mi culpa. ¡Ja, ja, ja!
