Mi cuñada Lupe se quedó sola en casa y terminé metiéndole la verga por culera
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Llegué de madrugada, después de tres semanas fuera por trabajo, con la idea de darle una sorpresa a mi novia. Pero al abrir la puerta, el silencio en la casa me dijo que algo no cuadraba. La luz del cuarto de invitados estaba prendida y la puerta entreabierta. Me asomé sin hacer ruido y ahí estaba ella: la hermana de mi novia, echada boca abajo en la cama, con un camisón blanco tan corto que se le subía hasta la mitad de las nalgas, dejando ver una tanga diminuta que se le marcaba entre las nalgas redondas y jugosas. Tenía el celular en la mano y una mano libre metida por debajo de la tanga, moviéndose lento, con los dedos jugando con su coño. Estaba caliente, bien caliente, y no me había escuchado entrar.
Me quedé parado en la puerta, viéndola, sintiendo cómo se me ponía dura la verga solo de mirarla. Ella levantó la vista y me vio, pero no se asustó. Al contrario, me sonrió con una malicia que me dejó claro que no era la primera vez que pensaba en esto. Me dijo: “¿Viniste a ver a mi hermana? Pues no está, se fue a casa de mamá por el fin de semana”. Se incorporó apenas, apoyándose en los codos, y el camisón se le resbaló por un hombro, dejando ver un pecho firme con el pezón bien parado. “Pero no te preocupes, papi, yo te puedo entretener”, agregó, y se mordió el labio inferior mientras me miraba de arriba abajo, deteniéndose en el bulto que ya se marcaba en mi pantalón.
No lo pensé dos veces. Me quité la camisa y me acerqué a la cama, sintiendo el calor de su cuerpo antes de tocarla. Le agarré la nuca con una mano y le di un beso con lengua, sintiendo cómo respondía con una urgencia que me encendió por completo. Con la otra mano le subí el camisón hasta la cintura y le bajé la tanga de un tirón. Estaba empapada, chorreando, y cuando metí dos dedos en su coño apretado, ella gimió fuerte y arqueó la espalda. “Así, papi, así, métemelos bien”, me suplicó, moviendo las caderas contra mi mano. Me bajé el pantalón y los bóxer, dejando salir mi verga dura, bien parada, y ella la miró con los ojos brillantes de deseo. “Métemela, quiero sentirte toda”, dijo, y se puso en cuatro, ofreciéndome ese culo redondo y ese coño chorreando, abierto y listo.
Le metí la verga despacio, sintiendo cómo me apretaba cada centímetro, cómo su coño caliente me succionaba y me envolvía. Ella gimió, hundiendo la cara en la almohada, y yo le agarré las caderas con fuerza y empecé a movernos, primero lento, luego más rápido, sintiendo cómo sus nalgas chocaban contra mi pelvis. “Dame más duro, papi, no pares”, gritaba, y yo le di duro, bien duro, viendo cómo su culo rebotaba con cada embestida. El cuarto se llenó de sonidos húmedos, de sus gemidos y de mis gruñidos. Le metí los dedos en la boca y los chupó mientras seguía dándole, sintiendo que me venía. “Me voy a venir”, le dije, y ella respondió: “Vente adentro, llena todo ese coño”. No pude aguantar más y me vine adentro, sintiendo cómo ella se venía también, apretando mi verga con fuerza, temblando en la cama.
Desde esa noche, cada vez que mi novia sale de viaje o se queda en casa de su mamá, mi celular suena con un mensaje de ella: «¿Vienes a visitarme o le gusta que se la parta?» Y no hay día que no caiga. La tengo dominada, sabe que con una llamada mía llega con las piernas abiertas y el coño mojado, lista para que se lo llene otra vez. Lo mejor de todo es que mi novia no sospecha nada, cree que su hermana y yo nos llevamos bien, que somos como hermanos. Pero la realidad es otra: cada vez que tengo ganas, la busco y ella viene corriendo, sin calzón, con una falda corta o un short que deja ver todo. Y yo se lo doy, duro y rico, donde sea: en la sala, en la cocina, en el baño, hasta en el carro. Es mi puta personal, mi secreto mejor guardado, y no pienso soltarla.
