Sentones, gemidos y una cámara grabando mientras follamos
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Apenas empujé la puerta de su cuarto, el calor me golpeó la cara como una bofetada. Ahí estaba, tal cual la imaginaba: en tanga rosada, ese culito pequeño y redondo al aire, parado como un durazno maduro esperando que lo muerdan. Sus tetas, perfectas, apuntando al espejo del closet mientras se estiraba fingiendo buscar algo en el cajón. No dijo ni pío, pero esa puta sabía perfectamente lo que hacía. Esa tarde no hubo saludos de beso en la mejilla ni preguntas estúpidas de “¿cómo te fue?”. Solo la vi arrodillarse en la cama, con ese culo en alto, ofreciéndomelo como si fuera un regalo de Navidad adelantado. Me quité el cinturón de un tirón, me bajé los pantalones hasta los tobillos y me acerqué, sintiendo el calor de su piel antes de siquiera tocarla.
Le corrí apenas el hilo dental a un lado, esa tela rosada quedó incrustada entre sus nalgas, y le metí la verga de una sola embestida, sin aviso, sin caricias. Estaba mojada, puta, chorreando como si llevara horas esperando esto. Sentí cómo apretaba cada vez que le daba duro, ese culito chico pero cabrón que me succionaba la polla como si tuviera boca propia. Le agarré las caderas con fuerza, dejándole las marcas de mis dedos en la piel, y le di duro, sin piedad, con esa rabia que solo se siente cuando llevas días pensando en esto. Ella gemía, pero no eran gemidos suaves, eran gritos ahogados contra la almohada, mordiendo la tela para no hacer tanto escándalo, aunque sabíamos que los vecinos ya estaban enterados de nuestro show. No le quité la tanguita, se veía más rica así, ese hilo rosado metido entre sus nalgas mientras la montaba desde atrás, viendo cómo mi verga entraba y salía, brillante de su jugo.
De repente se volteó, con esos ojos vidriosos de calentura, y me empujó contra el cabecero. Se sentó sobre mí, sin sacarme la verga, y empezó a dar sentones como loca, rebotando sin parar, con las tetas saltándole en la cara. La cámara estaba grabando, la había dejado encendida en el buró, y yo veía de reojo cómo se movía todo, cómo su piel brillaba de sudor, cómo esa boca abierta dejaba escapar sonidos que no eran ni palabras, solo puro placer animal. Me agarró las manos y las puso en sus tetas, para que las apretara mientras ella cabalgaba, cada vez más rápido, más hondo, perdiendo el control. Yo solo la veía, esa puta hermosa que se movía con una lujuria que me ardía hasta los huesos, y sentía que me iba a reventar adentro de ella en cualquier momento.
Pero no, aguanté, porque sabía lo que venía después. Ella se bajó de un brinco, con la verga chorreando, y se arrodilló frente a mí en la alfombra. Abrió esa boquita, esa boca que sabía exactamente qué hacer, y se tomó toda mi leche sin desperdiciar nada. Me la chupó hasta el final, hasta que no quedó ni una gota, tragándose todo con esos ojos mirándome fijo, como si me estuviera desafiando a darle más. Cuando terminó, se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió, con esa sonrisa de niña buena que me volvía loco, sabiendo que acababa de comerse hasta el último centímetro de mí. Yo me quedé ahí, sudado, sin aliento, viendo cómo se levantaba y se ponía la tanga rosada de nuevo, como si nada, como si no acabáramos de hacer el desmadre más rico de la semana. Esa mujer era mi perdición, y yo su juguete favorito.
