El verano que conocí a mi hermano

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Era una de esas noches de enero en Pinamar en las que el aire todavía olía a sal y a arena caliente aunque el sol se hubiera metido hacía horas. Yo estaba tirada en el sillón del living de la casa de mis viejos, con una película cualquiera puesta en la tele que ni miraba. El cuerpo me pesaba de una forma rara. No era cansancio de playa. Era otra cosa. Una inquietud que me venía arrastrando desde hacía días y que no sabía cómo nombrar sin asustarme a mí misma.

Me llamo Georgina. Tengo veintiocho años. Estoy divorciada hace ocho meses y tengo un hijo de tres que se llama Benjamín. Esa quincena él se había ido a Córdoba con el padre y la familia de él, así que yo estaba sola. Trabajo en una agencia de publicidad y marketing en Capital: briefings, presentaciones, peleas con clientes que no saben lo que quieren. No soy alta. Mido un metro sesenta y dos y peso cincuenta y ocho kilos. Voy al gimnasio tres veces por semana, así que estoy firme, el culo redondo y las piernas tonificadas. El pelo es castaño claro, la piel blanca. Las tetas siempre fueron grandes y redondas, de esas que se mueven cuando camino aunque use corpiño. Los pezones son grandes, casi blancos cuando no estoy excitada, y se ponen rosa oscuro apenas me caliento. Me depilo toda a cero desde hace años. La concha me quedó rosadita, con los labios gruesos y carnosos. Cuando me mojo se abren solos y se ponen más oscuros, brillantes.

Mi familia es de zona norte, clase media alta, de esas que tienen casa en Pinamar desde hace veinte años y que se van dos semanas todos los veranos. Mi papá tiene cincuenta y nueve, es abogado, de los que todavía usan traje aunque esté de vacaciones. Mi mamá, cincuenta y seis, médica, siempre con ese aire de que sabe más que vos. Germán, mi hermano del medio, tiene veintiséis y vive en España hace tres años. Facundo es el más chico. Diecinueve. Todavía vive con mis viejos. Estudia Derecho, juega al rugby en el club del barrio y tiene una novia de dieciocho que se llama Sofía. Facundo siempre fue mi regalón. Desde que era un pibito yo lo defendía, le hacía los deberes, le compraba cosas cuando mis padres le decían que no. Él me decía “Georgi” y me abrazaba por la cintura como si yo fuera su segunda mamá. Nunca pensé que eso podía cambiar. Nunca, jamás, se me había cruzado por la cabeza mirarlo de otra forma.

Ese verano yo no tenía plata para irme a ningún lado. El divorcio me había dejado seca. Mis padres me invitaron a la casa de Pinamar por dos semanas. Fui sola porque Benjamín estaba con el padre. Quedamos los cinco: papá, mamá, Facundo, Sofía y yo.

La segunda noche los escuché. Yo había salido a la terraza a fumar un cigarrillo porque no podía dormir. La ventana del cuarto de Facundo daba a un costado y estaba entreabierta. Los vi. Él la tenía contra la pared, de espaldas, con una mano en lel cuello de ella y la otra agarrándole una teta. La pija se le veía enorme incluso desde lejos, rosada, cabezona, entrando y saliendo con fuerza. Sofía gemía bajito, mordiéndose el labio. Facundo no hablaba. Solo jadeaba y empujaba.

Me quedé congelada. No pude apartar la vista de inmediato, pero no porque me calentara. Al contrario. Sentí algo rarísimo. Como si me hubieran empujado el piso un poco. Era mi hermanito. El pibe al que le había cambiado los pañales, al que le había enseñado a atarse los cordones, al que le tapaba cuando se portaba mal. Verlo así, cogiendo, con esa cara seria y esa pija que parecía de otro, me dejó una sensación incómoda, casi de vergüenza ajena. Me di vuelta rápido, apagué el cigarrillo y me metí adentro sin hacer ruido. Me acosté y me dije que no pensara más en eso. Que era normal, que los pibes de diecinueve cogen, que yo también lo hacía a esa edad. Pero igual me quedó una sensación rara en el pecho, como si hubiera visto algo que no debía.

Al día siguiente empecé a tirarle indirectas, más por joder que por otra cosa. Le decía “qué cansado estás, Facu, anoche no dormiste nada, ¿no?” y él me miraba con esa sonrisa de pibe que sabe que lo agarraste pero no se va a delatar. Me contestaba “vos estás vieja, Georgi, ya no aguantás el ritmo” y me pellizcaba el costado. Yo me reía, pero adentro seguía esa cosa extraña. No era excitación. Era como una curiosidad molesta, una incomodidad que no sabía dónde poner.

Una noche soñé con esa escena. Soñé que estaba mirando de nuevo por la ventana, pero esta vez la imagen se distorsionaba y de pronto era yo la que estaba contra la pared. No era un sueño erótico claro, no me desperté chorreando ni nada. Me desperté con el corazón acelerado y una sensación rara en el estómago, como cuando uno tiene un sueño incómodo y no sabe por qué. Me senté en la cama un rato, mirando la oscuridad. Me dije que era una boludez de la cabeza, que el cerebro mezcla cualquier cosa cuando uno duerme. Me aguanté cualquier gana de tocarme y me fui a la playa temprano, tratando de sacármelo de encima.

En la playa el juego de manos se puso más pesado. Estábamos en el agua, chapoteando, y Facundo me agarró del culo por debajo del agua y me pellizcó fuerte. Yo grité “¡hijo de puta!” y le di un manotazo, haciéndome la ofendida. Él se rió y se fue nadando. Yo me quedé mirándole la espalda ancha, el culo firme, las piernas largas. Y ahí sí noté algo distinto. No era calentura todavía, pero la incomodidad del sueño se mezcló con una especie de curiosidad más física. Me dije que estaba loca. Que era mi hermano. Que tenía que dejar de pensar boludeces. Me metí bajo la ducha fría apenas llegamos a casa y traté de olvidarme.

Dos días después Sofía se fue. Tenía un viaje programado con sus padres al exterior. Se despidió de todos con besos y abrazos. Facundo la llevó a la terminal y volvió callado. Esa noche cenamos los cuatro. Mis padres dijeron que al día siguiente se iban a Mar del Plata a cenar y a ver una obra de teatro. Que volvían tarde. “Queden tranquilos ustedes dos”, dijo mi mamá. Yo asentí. Facundo miró la mesa. Yo sentí otra vez esa rareza en el pecho.

Llegó la noche. Mis padres se fueron alrededor de las seis. Yo me quedé en el living con una peli de Netflix que no prestaba atención. Facundo subió a ducharse.

Escuché el agua correr. Me imaginé el jabón resbalándole por el pecho… y ahí me paré a mí misma. “Pará, Georgi, qué carajo estás pensando”. Me crucé de piernas y traté de concentrarme en la película.

Cuando se me empezó a cerrar el ojo me levanté para irme a dormir. El pasillo estaba a oscuras. La puerta del baño se abrió justo cuando yo pasaba. Facundo salió completamente desnudo, secándose el pelo con una toalla. La luz del baño lo iluminaba de costado.

Ahí fue cuando la cosa cambió de verdad.

Vi todo. El pecho ancho, sin grasa, marcado. La cintura estrecha. El culo firme. Y la pija. Dios. Estaba flácida todavía pero ya era gruesa, larga, rosada, con una cabeza grande y redonda que se balanceaba un poco cuando caminaba. Los huevos pesados, afeitados. Me quedé clavada. El corazón me dio un salto. No era la sensación rara de la terraza ni la incomodidad del sueño. Era otra cosa. Una excitación clara, caliente, que me bajó de golpe desde el pecho hasta la entrepierna. Nunca lo había visto así de cerca. Nunca había pensado en él de esa forma. Pero ahora, parado a un metro de mí, desnudo, con esa pija que parecía de otro mundo, el cuerpo me respondió solo.

Él me miró. No se tapó. Solo dijo, con voz ronca:

—¿Qué mirás, Georgi?

Yo tragué saliva. Sentí cómo se me mojaba la bombacha de una.

—Nada —mentí, con la voz un poco trabada—. Me voy a dormir.

Entré a mi cuarto, cerré la puerta y me apoyé contra ella. El corazón me golpeaba en la garganta. Me saqué la remera y el short. Me quedé solo con un camisón cortito de algodón blanco que me llegaba apenas debajo del culo. Sin bombacha. Sin corpiño. Las tetas pesaban libres. Me tiré en la cama, abrí las piernas y me toqué. Estaba empapada. Los labios gruesos se me habían hinchado y el clítoris latía. Empecé a frotarlo en círculos lentos, pensando en la pija de mi hermano, en cómo se la había visto de cerca, en cómo me la imaginé a mí. Gemí bajito. Cerré los ojos. Me metí dos dedos y empecé a moverlos. En un momento se me escapó:

—Ay, Facu…

La puerta se abrió.

Yo abrí los ojos de golpe. Facundo estaba parado en el umbral, todavía desnudo, la pija ya semi erecta, creciendo mientras me miraba. Tenía la toalla tirada en el hombro. La mirada oscura, seria, sin ninguna de las sonrisas de antes.

—Te escuché —dijo.

Me quedé congelada, con los dedos todavía adentro. Él entró y cerró la puerta con el pie. Se acercó a la cama. Yo no pude hablar. Solo lo miré mientras la pija se le terminaba de parar completa. Era monstruosa. Larga, gruesa, venosa, de un rosa vivo, con la cabeza hinchada y brillante de líquido preseminal. Los huevos se le tensaban.

—Sacá la mano —ordenó en voz baja.

Obedecí. Él se subió a la cama de rodillas, entre mis piernas abiertas. Me miró la concha un segundo largo.

—Estás chorreando, hermana.

Se inclinó y me lamió de abajo hacia arriba, lento, con la lengua plana. Yo arqueé la espalda y solté un gemido que no pude contener. Él volvió a pasar la lengua, esta vez centrándose en el clítoris, chupándolo entre los labios. Me agarré de las sábanas. Facundo me comió la concha como si tuviera hambre de verdad, metiendo la lengua adentro, chupando los labios gruesos, mordisqueando suavemente. Yo movía las caderas contra su cara. Cuando sentí que me iba a venir me apartó la boca.

—Todavía no.

Se subió encima mío. La pija le golpeaba contra el muslo. Me agarró de las muñecas y me las puso arriba de la cabeza. Me miró a los ojos.

—Decime que lo querés.

—Lo quiero —susurré, con la voz temblando—. Quiero que me cojas, Facu. Quiero esa pija adentro.

Él se acomodó. Con una mano se guió y apoyó la cabeza gruesa contra mi entrada. Empujó. Entró de una, lento pero firme, abriéndome. Yo abrí la boca en un grito silencioso. Era demasiado grande. Me estiraba, me llenaba, me llegaba a lugares que no sabía que tenía. Cuando estuvo todo adentro se quedó quieto un segundo, respirando contra mi cuello.

—Estás apretada como puta —dijo al oído—. Y sos mi hermana.

Empezó a moverse. Primero lento, sacando casi toda la pija y volviendo a meterla hasta el fondo. Cada embestida me sacudía las tetas. Él se las agarró con las dos manos, las apretó, les chupó los pezones grandes hasta dejarlos duros y salidos. Yo le enredé las piernas en la cintura y lo empujé más adentro. Él aceleró. El sonido de la pija entrando y saliendo de mi concha mojada llenó el cuarto. Chap, chap, chap. Fuerte. Profundo. Yo gemía sin control.

—Más fuerte —le pedí.

Facundo se incorporó, me agarró de las caderas y empezó a cogerme de verdad. Las embestidas eran secas, potentes, de rugby. El sonido de los huevos contra mi culo era obsceno. Me miraba a la cara mientras me partía.

—Te gusta la pija de tu hermano, ¿no, Georgi?

—Sí… me encanta… me estás matando…

Me dio vuelta de un tirón. Me puso de rodillas, con la cara contra la almohada y el culo en el aire. Me abrió los cachetes y me volvió a penetrar de una. Más profundo todavía. Desde atrás se sentía todavía más grande. Empezó a golpearme el culo con la pelvis, fuerte, rítmico. Yo gritaba contra la almohada. Él me agarró del pelo y me levantó la cabeza.

—Quiero escucharte.

Me cogió así un rato largo, hasta que sentí que me venía otra vez. El orgasmo me agarró de sorpresa, violento, contrayéndome alrededor de su pija. Él no se detuvo. Siguió embistiéndome mientras yo temblaba y chorreaba.

Cuando se me pasó un poco me dio vuelta de nuevo y se sentó contra la cabecera. Me hizo montarlo. Me bajé despacio sobre esa monstruosidad, sintiendo cómo me volvía a abrir. Cuando estuve sentada hasta el fondo empecé a moverme. Subía y bajaba, primero lento, después más rápido. Las tetas me rebotaban. Facundo las agarraba y se las chupaba mientras yo lo cabalgaba. Me miraba con esa cara de pibe que de pronto era todo un hombre.

—Chupámela un poco —dijo de repente.

Me bajé. Me arrodillé entre sus piernas. La pija estaba brillante de mis jugos, gruesa, palpitante. La agarré con las dos manos y le pasé la lengua por toda la longitud. Después me la metí en la boca. Apenas me entraba la cabeza. Chupé, bajé todo lo que pude, salivé, le lamié los huevos uno por uno mientras lo masturbaba con las manos. Él gruñía y me agarraba del pelo.

—Así… chupá bien la pija de tu hermano…

Volví a montarlo. Esta vez de espaldas, dándole la espalda. Me agarré de sus rodillas y empecé a rebotar. Él me miraba el culo y la concha tragándose su pija. Me dio una palmada fuerte en un cachete. Después otra. Me dolió y me excitó al mismo tiempo. Me agarró de la cintura y empezó a empujar hacia arriba, encontrándose con mis bajadas. El ritmo se volvió salvaje. El cuarto olía a sexo. A sudor. A nosotros.

Me dio vuelta otra vez y me puso de costado. Levantó una de mis piernas y me penetró así, profundo, mirándome a los ojos. Me besó por primera vez. Un beso sucio, con lengua, mientras me cogía. Yo le mordí el labio. Él aceleró.

—Me voy a acabar adentro tuyo —jadeó.

—Acabame adentro… llename…

Las últimas embestidas fueron brutales. Facundo se clavó hasta el fondo, se tensó todo y empezó a descargar. Sentí los chorros calientes golpeándome adentro, uno detrás de otro, llenándome. Él gruñía contra mi cuello mientras se descargaba. Yo me vine otra vez solo de sentirlo latir adentro.
Nos quedamos quietos un rato, jadeando. La pija se le fue ablandando despacio pero seguía adentro. Cuando salió, un hilo grueso de semen y de mis jugos se derramó por mi muslo. Él lo miró.

—Qué puta que sos, hermana.

Me besó otra vez, más suave. Después se tiró al lado mío. Yo me di vuelta y le apoyé la cabeza en el pecho. El corazón le latía fuerte todavía.
—Esto no puede volver a pasar —dije en voz baja, aunque no me lo creía.

Facundo se rió bajito y me acarició el pelo.

—Va a pasar todas las noches que nos queden acá.

Y tenía razón.

Esa misma noche, un rato después, cuando ya pensábamos que nos íbamos a dormir, él se puso duro otra vez. Me hizo chupársela hasta dejarla brillante y después me cogió contra la pared del cuarto, de pie, con una pierna levantada. Me mordió el hombro cuando se descargó por segunda vez. Después me bajó, me puso de rodillas y me hizo limpiarle la pija con la boca hasta que no quedó nada.

Al día siguiente mis padres volvieron cerca de las dos de la mañana. Nosotros ya estábamos cada uno en su cama, como si nada hubiera pasado. Pero cuando nos cruzamos en el pasillo a la mañana siguiente, Facundo me miró de arriba abajo y me susurró:

—Esta noche otra vez.

Y yo, con la concha todavía sensible y el cuerpo marcado, solo pude asentir.

Las noches que siguieron fueron peores. O mejores. No sé. Él venía a mi cuarto apenas se apagaban las luces de mis padres. Me cogía en silencio, tapándome la boca con la mano cuando gemía demasiado fuerte. Me hacía de a cuatro, me abría las piernas contra el escritorio, me montaba mientras yo le chupaba los huevos. Una noche me hizo mirar por la ventana hacia el jardín mientras me penetraba por detrás, susurrándome al oído que cualquiera podía vernos. Otra noche me ató las muñecas a la cabecera con el cinturón de su short de rugby y me comió la concha hasta que lloré del placer.

Yo le chupaba la pija en la ducha a la siesta, cuando mis padres dormían la siesta. Me arrodillaba bajo el agua y me la metía hasta el fondo de la garganta, ahogándome un poco, mientras él me agarraba de la cabeza y me usaba la boca. Después me levantaba, me daba la espalda contra los azulejos y me entraba de una, fuerte, hasta que los dos nos descargábamos.

El último día, antes de volver a Buenos Aires, nos quedamos solos otra vez porque mis padres fueron a despedir a unos amigos. Facundo me llevó al living. Me hizo sentar en el sillón, se arrodilló entre mis piernas y me comió la concha hasta que me vine dos veces seguidas. Después me hizo montarlo ahí mismo, de frente, mirándome a los ojos mientras yo subía y bajaba sobre esa pija monstruosa. Me agarró de las tetas, me las apretó, me las chupó. Cuando se descargó me llenó otra vez y se quedó adentro, respirando contra mi pecho.

—Cuando volvamos a Capital… —empezó.

Yo le tapé la boca con un dedo.

—No digas nada ahora.

Pero los dos sabíamos que esto no se iba a terminar en Pinamar.

Me levanté de a poco. El semen se me escapó por la pierna. Facundo lo miró y sonrió esa sonrisa de pibe que ya no era tan pibe.

Me fui a mi cuarto a juntar las cosas. El camisón cortito seguía tirado en la cama. Lo agarré, me lo olí. Olor a él. Olor a nosotros. Lo guardé en la valija sin lavar.

Benjamín me esperaba en Buenos Aires. El laburo. La vida normal. Pero yo ya no era la misma. Cada vez que cerraba los ojos veía la pija de mi hermano entrando en mí. Cada vez que me tocaba, pensaba en él. Y sabía que Facundo pensaba lo mismo.

Esa noche, en el auto de vuelta, mientras mis padres charlaban adelante y Facundo iba al lado mío en el asiento de atrás, él me puso la mano en el muslo, bajo la pollera. Subió despacio hasta tocarme la bombacha. Yo abrí un poco las piernas. Él me acarició por encima de la tela, sintiendo que ya estaba mojada otra vez. No dijo nada. Solo me miró de reojo y se lamió el labio inferior.

Yo miré por la ventana el paisaje que pasaba. Pinamar quedaba atrás. Pero lo que había pasado ahí adentro no.

Y yo, Georgina, de veintiocho años, divorciada, madre, con la concha todavía sensible y la cabeza llena de imágenes prohibidas, solo podía pensar en una cosa:

Ya fue. Me chupa un huevo.

Que venga lo que tenga que venir.

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Pablito Kova
Pablito Kova
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