Un campamento muy especial con mis compañeros

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Me llamo Natalia, tengo 32 años y soy profesora de educación física. Trabajo en un colegio privado de zona norte y, en verano, laburo en colonias y campamentos porque me gusta el movimiento y porque la plata extra siempre viene bien. Estoy casada hace nueve años con Martín, un tipo bueno, laburante, que me banca en casi todo. Tenemos un hijo de 7, Tomás, que esa noche se había quedado a dormir en lo de la abuela porque el campamento no era lugar para él.

El cuerpo… bueno, ya no es el de cuando tenía veintipico. Soy morocha, de pelo negro lacio que me llega un poco más abajo de los hombros, piel mate y facciones que todavía aguantan. Tengo un poco de panza que, por más abdominales y corridas que haga, no se va del todo; es esa grasa suave que aparece después del embarazo y se queda. Las tetas son de tamaño medio, ni chicas ni enormes, todavía firmes de tanto laburo físico, con pezones oscuros que se marcan fácil con el frío. Y el culo… el culo siempre fue mi carta más fuerte. Grande, redondo, pesado, con esa curva pronunciada que se nota debajo de cualquier calza o short. Cuando camino se me mueve con peso, y sé que llama la atención. No soy flaca ni tonificada como las pibitas de 20 que a veces tengo de compañeras; soy una mujer de 32, curvilínea, con algo de exceso de peso que no me escondo y que, a esta altura, ya aprendí a bancarme.

Esa noche estábamos en el predio del club, en un campamento de cierre de la colonia de vacaciones. Los pibes dormían en las carpas del fondo, nosotros los profes más cerca del quincho. Eran casi las dos de la madrugada cuando por fin se hizo el silencio. Yo no podía pegar un ojo. Tenía la cabeza llena de cosas y las ganas de un pucho me estaban matando.

Agarré el atado de cigarrillos, me puse una remera oversized gris que me llegaba a mitad de muslo (abajo solo la bombacha negra de algodón) y salí caminando despacio hacia el sector de la pileta. Quedaba alejado del resto, casi en silencio total. Solo se escuchaba el chapoteo suave del agua contra el borde y el ruido lejano de algún grillo. Me senté en una de las reposeras de plástico blanco, prendí el cigarrillo y tiré la primera pitada larga, mirando el agua oscura.
No estaba sola.

—¿También te escapaste? —dijo una voz desde la penumbra.

Era Fede. Veinticinco años, alto, morocho, cuerpo de pibe que pasa horas en el gimnasio. Hacía días que nos veníamos tirando onda. Miradas que duraban de más en el vestuario de profesores, comentarios al pasar, alguna risa que se alargaba cuando nos cruzábamos solos. Al lado de él estaba Marcos, un año más grande, un poco más petiso pero más ancho de hombros, con esa sonrisa de hijo de puta que ya te avisa que no viene a charlar de fútbol.

—Vine a fumar —contesté, y les hice un gesto con el cigarrillo—. ¿Ustedes?

Fede se acercó y se sentó en la reposera de al lado. Marcos se quedó parado, mirándome de arriba abajo.

—No podíamos dormir —dijo Fede, bajando la voz—. Y vimos que salías. Pensamos que capaz querías compañía.

Le pasé el atado. Él prendió uno y me devolvió la mirada con esa cara de “ya sé lo que estás pensando”.

—Che, Natalia… —empezó, tirando el humo hacia un costado—. Hace días que te miro cuando corrés con los pibes. Se te marca todo debajo de la calza. ¿Te das cuenta?

Me reí bajito.

—Me doy cuenta, sí. Y vos te das cuenta de que soy casada, ¿no?

—Me doy cuenta. Y me chupa un huevo.

Marcos se rió y se acercó más, quedando casi enfrente mío.

—A mí también me chupa un huevo. Tenés un cuerpo que llama la atención, Naty. En serio. Ese culo… parece hecho para que te lo agarren con las dos manos.

Sentí que se me calentaba la cara, pero no exactamente de vergüenza. Me crucé de piernas y la bombacha se me pegó un poco más de lo normal.

—Ustedes dos están re densos esta noche —dije, aunque la voz me salió más ronca de lo que pretendía.

Fede se inclinó hacia mí. Me tocó la rodilla con la yema de los dedos y subió despacio por el muslo, debajo de la remera.

—Densos de ganas de coger. ¿O no vamos a hablar claro? Te miro hace una semana y cada vez que te agachás siento que se me para. Y no soy el único.
Marcos asintió, mirándome fijo.

—Yo ayer en el vestuario te vi cambiándote de remera. Se te levantó y se te vio la bombacha. Estaba un poco manchada al medio. ¿Estabas excitada o es siempre así?
Me mordí el labio inferior. El pucho se me estaba consumiendo entre los dedos.

—A veces me excito fácil —admití—. Sobre todo cuando dos pibes más jóvenes me miran como si me quisieran coger ahí nomás, en cualquier lado.
Fede soltó una risa baja, casi un gruñido
.
—¿Y si te diéramos ganas de que te cojamos acá? ¿Lejos de las carpas, con los pibes dormidos a doscientos metros?
El silencio se puso denso. Solo se escuchaba el agua de la pileta golpeando suave contra el azulejo. Me terminé el cigarrillo, lo apagué contra el piso y me quedé mirándolos a los dos.

—Depende de cómo me lo propongan —contesté.

Fede se acercó más. Me agarró la nuca con una mano y me besó. Fue un beso sucio, con lengua, con ganas de verdad. Mientras tanto Marcos se arrodilló frente a la reposera y me abrió un poco las piernas con las dos manos.

—Te lo propongo así —dijo Fede contra mi boca—: te vamos a coger entre los dos. Sin forro. Te vamos a llenar la concha y el culo. Y te vamos a hacer acabar hasta que no puedas más.

Marcos me bajó la bombacha de un tirón y me la dejó colgando de un tobillo. El aire fresco de la madrugada me pegó directo en la concha caliente y se me erizó la piel de los muslos.

—Yo quiero acabarte adentro dos veces por lo menos —agregó Marcos, mirándome desde abajo—. Una en cada agujero. ¿Te jode?
Sentí que se me humedecía todavía más. Tragué saliva.

—No me jode… me encanta.
Fede me besó otra vez mientras Marcos me pasaba un dedo lento por el medio de la concha, de arriba abajo, abriéndome un poco los labios.

—Mirá cómo está… —murmuró él—. Ya está chorreando y todavía no te tocamos casi.

Me abrí más las piernas sin que me lo pidieran. Marcos se inclinó y me chupó el clítoris con la lengua plana, lento, mientras Fede me levantaba la remera hasta el pecho y me chupaba un pezón. Gemí bajito, tratando de no hacer ruido.

—La puta madre… —susurré.

Marcos me metió dos dedos de una en la concha y los movió en círculo mientras me chupaba. Fede me agarró la mano y me la puso sobre el bulto de su short. Estaba duro, grueso. Me lo saqué yo misma. La pija le saltó pesada, venosa, ya con un hilo de líquido en la punta. Me la llevé a la boca sin pensarlo demasiado y empecé a chuparla mientras Marcos me comía la concha como si tuviera hambre de días.

—Así… —me dijo Fede, agarrándome el pelo con cuidado—. Chupala bien que después te la voy a clavar toda.

Marcos se levantó, se bajó el pantalón y sacó la suya. También estaba dura, un poco más corta que la de Fede pero más gruesa. Se la restregó por mi cara mientras yo seguía chupando la de Fede.

—Abrí la boca —me ordenó.

Obedecí. Me metió la pija al lado de la otra y me la empujó hasta el fondo. Me ahogué un segundo, babas me corrían por la barbilla, pero no me corrí. Me gustaba. Me gustaba sentir las dos juntas, el sabor a piel y a ganas acumuladas.

Después Fede me hizo levantar. Me dio la vuelta, me apoyó las manos en el borde de la pileta y me separó las nalgas con las dos manos
.
—Mirá este culo… —dijo, y le escupió encima—. Te lo vamos a trabajar entre los dos.

Primero me metió los dedos. Uno, después dos, después tres, abriéndome despacio, con paciencia. Yo empujaba hacia atrás, pidiéndole más sin decirlo. Cuando sintió que estaba lista, apoyó la cabeza de la pija contra el ano y empujó.

—Ahhhh… sí… —gemí, sintiendo cómo se me abría centímetro a centímetro.

Entró completo. Me quedé temblando, el culo apretándole la pija, la concha chorreando sola sobre los muslos. Marcos se puso adelante mío, me levantó la cara y me metió la suya en la boca otra vez. Empezaron a moverse al mismo tiempo: Fede embistiendo mi culo despacio pero profundo, Marcos follándome la boca con calma.

—Qué puta sos, Natalia —decía Fede entre dientes, sin dejar de moverse—. Casada, con un pibe, y acá dejándote coger el culo por un pibe de 25 mientras otro te llena la garganta.

No contesté. No podía. Solo gemía alrededor de la pija de Marcos.

Fede aceleró. Empezó a darme más fuerte, las pelotas golpeándome la concha con cada embestida. El sonido era obsceno, húmedo, y se escuchaba demasiado en el silencio de la noche. Me agarró del pelo y me obligó a arquear más la espalda.

—Decime que te gusta.

—Me gusta… me gusta que me la metas en el culo…

—Más fuerte.

—Me encanta… me encanta que me cules el culo mientras me chupo la pija de Marcos…

Marcos se sacó de mi boca, se agachó y me besó con la misma lengua que yo había tenido adentro. Después se puso detrás de Fede un segundo, como mirando cómo me la metía, y dijo:

—Sacála un toque. Quiero probarla yo.

Fede se retiró. El culo me quedó abierto, palpitando, y al segundo sentí la pija más gruesa de Marcos empujando. Entró más fácil porque ya estaba abierto, pero el grosor me hizo arquear la espalda y soltar un gemido más alto.

—Shhh… —me tapó la boca Fede con la mano—. Los pibes están cerca.

Marcos me cogió el culo con ganas desde el principio. Embestidas largas, profundas, que me hacían avanzar de a poco hacia el agua. Fede se arrodilló al costado y me metió dos dedos en la concha, buscándome el punto. Cuando lo encontró, empecé a temblar.

—Ahí… no pares…

Acabé así, con la pija de Marcos enterrada hasta las bolas en el culo y los dedos de Fede adentro de la concha. Se me contrajo todo, el ano le apretó la pija con fuerza y solté un gemido largo contra la mano de Fede. Él se rió bajito.

—Mirá cómo acaba… se le pone toda colorada.

Marcos no se detuvo. Siguió culeándome a través del orgasmo hasta que sintió que yo me aflojaba un poco. Entonces se sacó, me dio la vuelta y me sentó en una de las reposeras. Me abrió las piernas todo lo que pudo y se acomodó entre ellas.

—Ahora te la voy a meter en la concha —dijo—. Quiero acabar adentro.

Entró de un solo empujón. Estaba tan mojada que no hubo resistencia. Empezó a cogerme fuerte, mirándome a la cara, mientras Fede se acercaba y me ofrecía la pija otra vez. La chupé con ganas, saboreando mi propio culo en ella.

Marcos me agarró las nalgas, me levantó un poco y cambió el ángulo. Cada embestida me rozaba el clítoris. Sentí que se me venía otro.
—Voy a acabar… —avisó él, la voz tensa.

—Adentro… tirá adentro…

Empujó hasta el fondo y eyaculó. Lo sentí perfectamente: los latidos de la pija, los chorros calientes llenándome la concha. Se quedó quieto un segundo, respirando agitado, todavía enterrado. Después se sacó despacio y vi cómo un hilo blanco me salía de la vagina y se me escurría por el culo.
Fede no esperó. Me dio la vuelta otra vez, me puso en cuatro sobre la reposera y me separó las nalgas.

—Ahora me toca a mí —dijo.

Me la metió en el culo de un solo movimiento. Estaba tan abierto y grasiento de la saliva y del aceite natural que entró fácil. Empezó a cogerme con fuerza, sin piedad, mientras Marcos se sentaba adelante mío y me hacía chupar la pija todavía medio dura y cubierta de mi propia leche.

—Mirá cómo te queda el culo… —decía Fede, dándome palmadas—. Todo abierto y lleno de la pija de otro. Ahora te voy a llenar yo también.

Aceleró. Las embestidas se volvieron más cortas y profundas. Yo me tocaba el clítoris con una mano, desesperada. Acabé otra vez, más fuerte que la anterior, el cuerpo entero temblando, el culo apretándole la pija en espasmos. Fede gruñó, me agarró fuerte de las caderas y eyaculó adentro. Sentí cómo me llenaba, cómo la leche caliente se me metía profundo.

Se quedó un momento así, pegado a mi espalda, respirando contra mi cuello. Después se retiró. El culo me quedó abierto, goteando, una mezcla de semen de los dos.
Marcos todavía no había terminado. Se había puesto duro otra vez mirándonos. Me hizo acostar de costado en la reposera, me levantó una pierna y se acomodó detrás.

—Una más —dijo—. Te la voy a meter en la concha otra vez y te voy a acabar adentro de nuevo.

Entró. La concha todavía estaba llena de la leche anterior y hacía un ruido húmedo y sucio cada vez que empujaba. Me cogió lento al principio, después más rápido. Fede se arrodilló al lado y me chupaba los pezones mientras me miraba a los ojos.

—Sos una puta de lujo, Natalia —me susurró—. Casada, profe, y acá dejándote llenar los dos agujeros por dos pibes que te doblan en ganas.
Marcos me agarró del pelo, me obligó a arquearme y empezó a darme con todo. Sentí que se le acercaba otra vez.

—Ahí viene… —gruñó.

—Adentro… otra vez adentro…

Empujó hasta el final y eyaculó por segunda vez. Esta vez fue más cantidad, o al menos así lo sentí. Se quedó latiqueando adentro mío mientras me llenaba. Cuando se sacó, la concha me quedó un desastre: abierta, roja, goteando semen por el muslo hasta la reposera.

Los tres nos quedamos un rato en silencio, solo respirando. Yo tenía las piernas temblando, el culo ardiendo de una forma deliciosa y la vagina latiente. Me pasé dos dedos por la concha, los saqué llenos de leche blanca y me los metí en la boca. Los dos me miraron.

—La puta madre… —dijo Fede.

Me reí bajito, todavía con los dedos en la boca.

—Si los pibes se despiertan y nos encuentran así…

Marcos se limpió la pija con su propia remera y se la puso.

—Que se despierten. Yo ya acabé dos veces adentro tuyo. Puedo morir feliz.

Fede se acercó, me dio un beso lento y me limpió un poco el semen que me corría por la raja del culo con los dedos.

—La semana que viene hay otro campamento de cierre en el otro predio —dijo—. Si querés… repetimos.

Me acomodé la remera, me puse la bombacha aunque ya estaba empapada y destruida, y me quedé mirando la pileta un segundo.

—Avisen el día —contesté—. Y traigan más puchos. Porque después de esto… voy a necesitar fumar otro.

Los tres nos reímos bajito. Después caminamos de vuelta hacia las carpas, cada uno por su lado, como si no hubiera pasado nada. Yo sentía cómo se me escurría la leche de los dos con cada paso, cómo el culo me latía y cómo la concha todavía me pedía más.

Esa noche no dormí casi nada. Y cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir las dos pijas adentro mío, una detrás de la otra, llenándome sin forro, sin piedad, y sin que nadie en el campamento se enterara de nada.

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Pablito Kova
Pablito Kova
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