El Precio de Jugar
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No sé por qué sigo contando esta historia. Quizás porque alguien tiene que saberlo. O quizás porque si lo escribo, dejo de cargarlo sola en la cabeza.
Me llamo Stephanie. Juego vóley en la liga peruana. No voy a decir el nombre del equipo —no es que importe, son todos iguales. Lo que importa es cómo se consiguen los minutos en cancha. Y en mi caso, se consiguen de rodillas.
Todo empezó hace tres meses, cuando llegué al plantel. Venía de una buena pretemporada en el sur, pero el técnico que me había visto jugar se fue antes de que firmara. Llegué a este equipo nueva, sin padrino, sin contacto. Y el entrenador —un brasileño grandote, canoso, con cara de quien ya ha visto demasiadas jugadoras pasar por su “evaluación física”— me miró de arriba abajo el primer día y supe que iba a haber problema.
Se llama Vinícius. No le digo “profe”, ni “míster”. Le digo Vinícius, y solo Vinícius. Cuando me cuesta tragar su nombre, lo remojo con desprecio.
La primera vez fue después de un entrenamiento. Me pidió que me quedara. “Necesito hablar contigo, Stephanie. Tienes potencial, pero necesito ver tu… entrega al equipo.” Me hizo esperar veinte minutos mientras él veía videos en su tablet. Luego, sin más, se bajó el short azul de entrenamiento y me mostró su polla. No era pequeña, para ser honesta. Pero tampoco era nada que quisiera ver.
—Si quieres jugar el domingo —dijo, con ese acento brasileño que ya odiaba—, tienes que demostrar compromiso.
Me quedé helada. Quise salir corriendo. Quise denunciarlo. Pero en la liga peruana las denuncias no sirven de nada. El técnico siempre tiene la razón. Y yo quería jugar. Más que nada en el mundo, quería saltar a esa cancha y sentir el golpe de la pelota en mis manos.
Así que abrí la boca.
Y lo chupé.
Fue asqueroso las primeras veces. El sabor a sudor rancio, a cigarro barato, a crema para después de afeitar que huele a viejo. Pero aprendí rápido. Aprendí que si me movía a su ritmo, si gemía un poco, si dejaba que me agarrara las nalgas mientras mamaba, él se venía en cinco minutos y me dejaba ir. Pero también aprendí que podía controlarlo.
Que si apretaba los labios justo debajo de la cabeza, si pasaba la lengua rápido sobre la arteria que late en el frenillo, él perdía el control. Y cuando se corría antes de lo que quería, se ponía rojo, me miraba con odio, pero no podía decir nada porque yo había cumplido. Había “demostrado compromiso”.
Eso se volvió mi pequeño juego.
Ahora, cada domingo de partido, el ritual se repite. Llego al vestuario cuarenta minutos antes del primer set. Él ya sé que él está esperando sentado en la banca de madera que hay junto a los lockers, con el pantalón bajado y la polla ya medio dura, como si fuera una costumbre más del calentamiento.
Hoy no es diferente.
—Ven, Stephanie —dice, sin mirarme—. Partido importante. Vas a necesitar energía.
No respiro hondo. No me tomo tiempo. Dejo caer mi bolso al piso y me arrodillo frente a él. Siento el frío del cemento en las rodillas desnudas. Llevo el uniforme puesto: la camiseta turquesa, el short negro, las rodilleras. Pero sé que en segundos estaré sin nada de la cintura para abajo.
Me bajo el short sin que me lo pida. No llevo ropa interior —ya aprendí que es más rápido así—. Él mira mi coño depilado, reluciente bajo la luz amarilla del vestuario. Asiente, satisfecho. Luego agarra su polla y la apunta hacia mí.
No hay juegos previos. No hay besos. No hay “¿cómo estás?”.
Solo mi boca rodeando su glande, mi lengua trabajando, mi mano izquierda sosteniendo la base mientras la derecha juega con sus bolas. Huele a tabaco y a orina vieja. Pero ya no me importa. Esto es un trámite.
Hoy decido alargarlo un poco. Chupo despacio al principio, solo la cabeza, lamiendo el borde como si saboreara un helado. Siento cómo se tensa, cómo empuja su pelvis hacia adelante buscando más profundidad. Pero no se la doy. Sonrío para mí misma, aunque él no me ve la cara.
—Más rápido —gruñe—. No tengo todo el día.
Pero yo controlo el ritmo. Siempre lo controlo. Cuando quiero, acelero. Cuando quiero, freno. Y hoy quiero que termine rápido. Quiero ver esa cara de vergüenza otra vez.
Así que, sin aviso, meto su polla entera en mi garganta. Relajo la faringe, dejo que el glande toque el fondo de mi boca, y empiezo a succionar como si quisiera arrancarle la leche a la fuerza. Mi mano izquierda aprieta la base en círculos, justo donde sé que es más sensible. Mi lengua presiona el frenillo, una y otra vez, como un martilleo.
—Caralho, Stephanie, espera… —jadea, poniendo sus manos en mis hombros para apartarme.
Pero soy más fuerte de lo que parece. Sostenida por la ira, por la rabia. No me muevo. Sigo, más rápido, más hondo, más sucio. Los sonidos son obscenos: chasquidos húmedos, glúteos, mi respiración forzada por la nariz. Y él, el grandote Vinícius, empieza a temblar.
—Não… ainda não… —suplica, con la voz quebrada.
Demasiado tarde. Siento cómo se hincha, cómo late, cómo el semen caliente dispara contra el fondo de mi garganta. No me aparto. Lo dejo vaciarse entero, sintiendo cada chorro. Luego me levanto, con la boca llena, y voy al lavamanos a escupir.
Lo miro por el espejo. Está desplomado en la banca, la polla goteando, la cabeza colgando entre los hombros. Su cara es una máscara de humillación. Los ojos, vidriosos. La respiración, agitada.
—Una —digo, limpiándome la boca con el dorso de la mano—. ¿O necesitas que te ayude con la segunda?
Él levanta la cabeza, y por un segundo veo odio puro en sus ojos. Pero sabe que no puede decir nada. Si se queja, si me castiga, tendría que explicar por qué. Así que asiente, derrotado, y empieza a masturbarse para recuperar la erección.
Me siento en la banca de enfrente, abro las piernas, y me toco mientras lo veo. Mi coño está mojado —no de deseo, sino de adrenalina, de victoria—. Me corro en segundos, apretando los muslos, mordiendo mi labio para no gemir demasiado fuerte. Él me mira, y sé que lo excita. Que odia excitarse tan rápido. Pero no puede evitarlo.
Para cuando su polla está dura otra vez, ya estoy lista. Camino hacia él, me siento sobre su regazo sin más, y lo guío hacia mi entrada. Se hunde en mí con un gemido que es puro placer, y yo empujo mis caderas hacia abajo para recibirlo entero.
—Muévete —le ordeno.
Y él obedece. Porque en esos minutos, dentro de mi coño caliente, soy yo quien manda. Sus manos callosas se clavan en mis caderas mientras él empuja hacia arriba, tratando de durar, de controlar. Pero mis paredes vaginales lo aprietan, lo succionan, lo exprimen sin piedad.
Cuando siento que está cerca, acelero el ritmo. Subo y bajo como un pistón, con los pechos saltando dentro de la camiseta turquesa. Mi respiración se acelera, no de placer sino de poder. Y él, el gran Vinícius, se deshace.
—Me voy a venir… —gime, con la cara enterrada en mi hombro.
Y se corre. Por segunda vez. Con un gemido que parece un lamento.
Me quedo sentada sobre él un par de segundos más, sintiendo su semen caliente llenarme por dentro. Luego me levanto, voy al baño, me limpio con papel higiénico. Cuando vuelvo, él ya está vestido, aunque con la cara todavía roja.
—Primer set en diez minutos —dice, sin mirarme—. Estás alineada.
Sonrío. No una sonrisa amable. Una sonrisa de guerra.
Salto a la cancha con las piernas temblorosas, el uniforme impecable, el coño aún húmedo. El público aplaude. Mis compañeras no saben nada. Creen que llego temprano para concentrarme.
Pero yo sé la verdad. Cada punto que anoto, cada remate que clavo en el suelo contrario, cada grito de victoria, es también un putazo contra Vinícius. Porque él puede tener mi cuerpo antes del partido, pero después, en la cancha, el control es mío.
Y mientras veo su cara desde la red, pálida, sudando nervios, con los ojos clavados en mí como si quisiera devorarme, levanto el brazo para el saque.
La liga peruana de vóley es una mierda. Pero yo aprendí a jugar sus reglas. Y a ganar.
