La fiesta en casa de Ingrid: al día siguiente

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A la mañana siguiente, desperté en mi departamento con el cuerpo dolorido, los muslos pegajosos y la memoria de la noche del Salón Internacional vibrando en cada célula. Revisé el sobre: cinco mil soles. Sonreí. Luego agarré el teléfono.

Yuki y Aoi se quedaban una semana más en Lima, cortesía de Kawasaki. Ingrid tenía la casa alquilada por todo el mes —una mansión prestada en San Isidro, con piscina y terraza, que algún argentino dueño de concesionarias le había dejado. Era la oportunidad perfecta para una fiesta más íntima, sin pilotos famosos, sin cámaras, solo cuerpos calientes y ganas de repetir.

Llamé a mi hermano mayor, Miguel. No para invitarlo —Dios no lo quisiera—, sino para pedirle el número de sus tres amigos más follables. Él siempre salía con un grupito: Ricardo, de 26, moreno, callado, con brazos de gym; Mateo, 28, alto, barba poblada, mirada intensa; y Sebastián, también 28, flaco pero con un rostro de actor de telenovela que las hacía babear. Miguel me preguntó para qué. Le dije que una amiga tenía reunión. No mentí del todo.

A las tres de la tarde, Ingrid, Yuki, Aoi y yo estábamos en la sala de la casa de San Isidro. Un ventanal enorme daba a un jardín con piscina, pero no nos interesaba el agua. Habíamos puesto música brasileña, whisky sobre la mesa, y yo llevaba un vestido ligero sin tanga debajo. Ingrid estaba en bikini, Yuki en un kimono corto que dejaba ver sus muslos, Aoi vestida solo con una blusa blanca, los pezones marcados.

Tocaron el timbre. Abrí.

Ricardo, Mateo y Sebastián entraron con sus sonrisas nerviosas, los ojos recorriendo a las cuatro mujeres como si hubieran ganado la lotería. Ricardo, el más joven, se quedó mirando a Yuki, que se levantó lentamente, acomodándose el kimono. Mateo fijó la vista en Ingrid, que le devolvió una sonrisa con lengua. Sebastián vino directo hacia mí.

—Steph, no nos dijiste que era un harem —susurró.
—Solo diviértete —respondí, y lo besé.

En diez minutos, estábamos todos en la sala, derramando whisky y lengua. Yo sentada en el sofá con Sebastián montándome en su regazo, mis brazos enredados en su cuello, sus manos bajando por mi vestido hasta mi coño mojado. A su lado, Ricardo tenía a Yuki en el sillón individual: ella estaba sentada sobre él, de espaldas, moviéndose lentamente mientras él le mordía el hombro. En el suelo, sobre una alfombra persa, Mateo había tumbado a Ingrid boca arriba, sus piernas abiertas, y lamía su coño con hambre mientras ella gemía, agarrada al cabello de él. Aoi estaba sola un momento, sonriendo, mirando la escena, hasta que yo la llamé.
—Ven, Aoi —le dije, separándome un poco de Sebastián para que ella se arrodillara frente a nosotros.

Aoi metió la mano en el bóxer de Sebastián, sacó su polla—gruesa, recta, veteada— y comenzó a chuparla mientras yo seguía besando su cuello. Sebastián gimió, apretándome las caderas. Yuki, desde el sillón, se había dado la vuelta y ahora cabalgaba a Ricardo al revés, de cara a nosotros, su coño brillante embistiendo su polla. Ingrid se había volteado, a cuatro patas, y Mateo la penetraba por detrás, sus huevos golpeando su clítoris.

El timbre sonó otra vez.

Ingrid se detuvo un segundo, miró hacia la puerta, pero siguió recibiéndolo a Mateo. Nadie iba a abrir. Todos estábamos ocupados. Yo tenía los dedos de Sebastián metidos en mi coño mientras Aoi chupaba su polla; Yuki cabalgaba a Ricardo; Mateo follaba a Ingrid en el suelo.

El timbre insistió. Luego se oyó una voz desde afuera: —¡Steph! ¡Sé que estás ahí!

Mi hermano. Miguel.

Suspiré. Los muy idiotas le habían avisado. Sebastián me miró, riéndose, su polla aún en la boca de Aoi. —¿Lo dejamos entrar? —preguntó.

—Déjalo —dije, apartándome. Me levanté, ajusté mi vestido manchado, y fui a la puerta. Abrí.

Miguel estaba ahí, treinta años, el mismo pelo oscuro que yo, una sonrisa de oreja a oreja. Llevaba una camisa ligera y jeans, y olía a perfume caro.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté, con los brazos cruzados.

—Ricardo me invitó, pero no sabía que estabas tú, hermanita. ¿Me vas a dejar afuera?

Antes de que pudiera responder, vi por el rabillo del ojo a Yuki y Aoi que se habían acercado. Yuki, desnuda, con el cuerpo sudado, miró a Miguel de arriba abajo. Aoi, también desnuda, con el coño hinchado, sonrió.

—Es lindo —dijo Yuki en su inglés acentuado.
—Mucho lindo —confirmó Aoi.

Miguel las miró, sus ojos abriéndose al ver a las dos japonesas desnudas, a Ingrid en el suelo con el culo al aire, a mí medio vestida. Tragó saliva.
—Pasa —dije, cediendo—. Pero no te quejes después.

Entró, y en un minuto ya estaba sentado en el sofá, con Yuki en su regazo y Aoi besándole el cuello. Yo me quedé de pie, viendo cómo las japonesas lo desvestían. Ricardo había vuelto a follar a Yuki mientras ella besaba a Miguel; ahora era una coreografía de cuatro cuerpos: Miguel recibiendo una mamada de Aoi mientras Yuki se sentaba en su cara y Ricardo la penetraba por detrás. Mateo seguía con Ingrid, ahora en el borde de la mesa. Sebastián vino hacia mí, me tomó de la mano y me llevó a la cocina. Me puso contra la encimera, levantó mi vestido, y metió su polla en mi coño de un golpe.

Gemí fuerte. Desde la sala llegaban los ruidos: los gemidos agudos de Yuki, los gruñidos de Miguel, los gritos de Ingrid cuando Mateo se vino dentro de ella, y Aoi pidiendo “more, more” mientras se montaba en la polla de Ricardo.

Sebastián me embistió contra la encimera hasta que sentí que mi coño se encogía alrededor de su polla, y me corrí, apretándolo, mientras él se venía dentro de mí, caliente y espeso.

Después, cuando todos estábamos tirados por la sala, Miguel tenía a Yuki acurrucada en un costado, a Aoi en el otro. Me miró y sonrió.

—Esta noche no la olvido, hermanita.

—Ni yo —respondí, mientras Ingrid me pasaba el whisky.

A los treinta, cuando recuerdo esa tarde en casa de Ingrid, con mi hermano metido en medio de una orgía que yo misma armé, me río. Las japonesas tenían razón: era lindo. Y yo, Stephanie, la que sabe cobrar y también sabe compartir, viví esa fiesta como una más, sin culpas, solo placer.

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