Mi mujer quiere panza
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Renata tenía 41 años y ya no podía sacarse la idea de la cabeza. Después de haber criado a dos hijos que ahora eran ya adultos viviendo lejos sus propias vidas, sentía un vacío profundo en el vientre. Quería volver a estar panzona, redonda, llena de vida. Quería sentir otra vez esas pataditas desde adentro y amamantar. Pero no quería que fuera de Héctor.
Quería que fuera de **Leandro**.
Leandro era de esos hombres que se ven y se sienten. Tenía 27 años, cuerpo fuerte y trabajado por el esfuerzo real: de lunes a viernes cargaba y descargaba cajas pesadas en el almacén de abarrotes del barrio, subiendo y bajando mercancía que después se distribuía a las tienditas del sector. Los fines de semana jugaba de delantero en el equipo del campeonato local de fútbol aficionado. Sudado, con la camiseta pegada al pecho, gritando y corriendo como un animal. Y siempre, siempre, se movía en su moto negra, esa que rugía fuerte y que hacía voltear cabezas a jovencitas y maduras por igual.
Renata lo veía pasar casi todas las tardes. Ella salía a regar las plantas de la entrada solo para mirarlo: el casco en la mano, el pelo húmedo de sudor, los brazos marcados por el trabajo pesado y esa forma de caminar con confianza de macho joven. Muchas mujeres del barrio, casadas y solteras, comentaban bajito sobre él. Renata ya no quería solo comentarlo.
Una noche, mientras masturbaba lento a Héctor en la cama, se lo confesó sin filtros:
—Quiero que Leandro me preñe, amor… Quiero que ese muchacho de la moto me llene hasta que me deje panzona. Él es joven, fuerte, tiene mucha leche… Sé que puede hacerme madre otra vez.
Héctor se quedó tieso, pero su verga palpitó fuerte en la mano de su esposa. Entre celos y una excitación enferma, terminó aceptando.
La primera vez fue un viernes por la tarde. Renata se arregló con un vestido liviano, sin sostén y sin bragas. Le dijo a Héctor que la llevara hasta la cancha donde Leandro entrenaba. Cuando llegaron, el muchacho estaba terminando, todo sudado, la camiseta pegada al cuerpo marcando cada músculo.
Renata se acercó con paso decidido. Hablaron poco. Leandro, con esa sonrisa pícara de quien sabe el efecto que causa, la miró de arriba abajo y le dijo:
—¿Así que la señora Renata quiere que le haga un hijo? —Se rio bajito—. Suba a la moto, entonces. Vamos a mi cuarto.
Héctor los vio alejarse en la moto. Renata abrazada a la cintura de Leandro, el vestido subido casi hasta las caderas, pegada a su espalda ancha.
Llegaron al pequeño cuarto que Leandro rentaba cerca del almacén. Olía a hombre, a sudor limpio y a colonia barata. Apenas cerró la puerta, Leandro la levantó como si no pesara nada (gracias a tanto cargar cajas) y la tiró sobre la cama.
—Así que quieres quedar panzona… —gruñó mientras le subía el vestido y le abría las piernas—. Te voy a dar toda la leche que tu marido ya no te puede dar.
La penetró de un solo empujón, sin condón, profundo y crudo. Renata soltó un gemido largo y tembloroso. Leandro era grueso y duro, y follaba con la misma fuerza con la que descargaba camiones: intenso, rítmico, sin piedad. Le apretaba las tetas maduras mientras entraba y salía, mirándola a los ojos.
—Sentí esto, Renata… Esto es de macho joven. Te voy a llenar tanto que en un mes vas a estar con la panza creciendo.
La dio vuelta, la puso en cuatro y la embistió más fuerte, agarrándola de las caderas. Cada vez que se corría, gruñía como animal y empujaba hasta el fondo, descargando chorros calientes directo contra su útero. No se salía rápido. Se quedaba adentro, moviéndose despacio, revolviendo su semen espeso.
Esa tarde la folló tres veces. Cuando Renata volvió a casa ya era de noche. Caminaba con las piernas abiertas, el vestido arrugado y el coño chorreando. Héctor la esperaba nervioso en la sala.
Sin decir nada, Renata se levantó el vestido, se sentó en el sillón y abrió las piernas.
—Míralo… —susurró con voz ronca y satisfecha—. Esto es lo que Leandro me dejó. ¿Sentís el olor? Está todo lleno de su leche. Mañana voy a volver… y pasado también. Hasta que me deje bien embarazada.
Héctor se arrodilló entre sus muslos, el corazón latiéndole fuerte, mientras Renata le acariciaba el pelo con ternura y lujuria.
—¿Te gusta saber que un muchacho de moto, que carga cajas todo el día y juega fútbol como un toro, va a ser el papá de tu próximo hijo? —le preguntó sonriendo suave—. Vení… lamé donde él me marcó.
