La comida en el asilo
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Trabajaba en un asilo cerca de mi casa y a menudo tomaba el turno de la noche. Casi nadie quería ese turno porque era muy aburrido y no había empleados con quien platicar. Yo lo tomaba porque vivía cerca.
El repartidor de comida de empleados no llegó esa noche y me quedé sin cena. Tenía hambre y estaba aburrida. Todos los residentes ya habían cenado. Me pasé por los cuartos a ver si sobraba comida.
De repente, en uno de los cuartos estaba Don Ofelio, uno de los abuelitos con los que mantenía una relación cercana. Él siempre me hacía sentir como su nieta. “Pasa hija, cómete este pan, sé que tienes hambre y hoy no vi al repartidor”.
Me daba vergüenza pasar porque estaba en pijama. No contaba con que Don Ofelio estuviese despierto. Mi blusa blanca de tirantes resaltaba mis senos maduros y no era correcto que los residentes notaran mi cuerpo.
“Pasa hija, qué esperas”. “Disculpe Don Ofelio, es que no estoy presentable”. “No digas tonterías, pasa y cómete el pan, yo ya casi me duermo”.
Pasé y de inmediato sentí la mirada de Don Ofelio en mis senos. Me incomodó bastante y traté de cubrirme. Me comí el pan parada frente a él con los senos expuestos. Me incomodaba bastante. Mientras teníamos una conversación casual, sentía como me veía los senos en vez de los ojos. Me volví a cubrir y me despedí.
“Hija espera, ven y acomódame las almohadas”. Timidamente me acerqué y, como no soy muy alta, me disculpé y me subí a la cama para poderle acomodar las almohadas a Don Ofelio. Mis senos quedaron cerca de su cara. Sentí la respiración de Don Ofelio en el pezón y oí un gemido. Me bajé de la cama rapidísimo y noté que tenía una erección.
En el asilo es común que la gente mayor no pueda controlar sus erecciones, así que no hice caso y me dispuse a salir.
“Hija espera, vuélveme a acomodar la almohada que se ha movido”. Regresé y me subí un poco a la cama. Al agitar las almohadas y reacomodarlas, se me salió un seno de la blusa. El aire acondicionado me endureció los pezones y mi pezón izquierdo quedó justo en la boca de Don Ofelio. Él gimió y el pene se le saltó de nuevo.
Me quité de inmediato, llena de vergüenza, y me encaminé a la salida del cuarto.
“Regresa”, dijo Don Ofelio. “Las almohadas no están como me gustan, por favor acomódalas bien”. “Disculpe Don Ofelio, ya no puedo acomodarlas más”.
“Sé que te gusta esto tanto como a mí, ven y haz lo que sientes”. Llena de vergüenza me acerqué a Don Ofelio, que nunca me había hablado así, y entendí que quería más. Le acomodé las almohadas. Sentía la cara de Don Ofelio cerca de mis senos. Tenía los pezones duros por el frío y él decía: “Así no, acomódalas mejor” mientras sentía su respiración agitándose. El miembro se le paraba y yo sentía una excitación creciente. Don Ofelio era un hombre de 80 años, con pelo únicamente de los lados de la cabeza y con sobrepeso evidente. Don Ofelio empezó a emitir aire caliente de su boca seca hacia mi pezón. Yo estaba paralizada, excitada por la situación. No sé qué me pasaba, pero me quedé helada. Don Ofelio me bajó la blusa lentamente y dijo: “Ahhh, pero qué pezonzotes, tienes las areolas bien negras y anchas, tienes los senos bien grandes, qué senotes te cargas”.
A mí se me empezaron a escurrir lágrimas de placer del rostro. Me sentía deseada. Don Ofelio, aprovechando mi excitación, me preguntó: “¿Puedo mamarte los senos?”. Él sabía que yo no me negaría, era mutuo. Yo asentí lentamente con la cabeza. “¿Qué? No te escucho, exclamó Don Ofelio. Te pregunté si te puedo mamar los senos? Es más, pídemelo, dime: ‘Ofelio, mámame los senos’. Párate enfrente de mi cama, quítate la blusa, párate derecha y pídemelo”.
Con lágrimas escurriendo de mis ojos por la intensidad, me paré frente al anciano, me quité la blusa, erguí el pecho y dije: “Ofelio, mámame los senos”.
Temblorosa caminé, mientras caminaba hacia él, vi como estiró su mano y se sacó el pene del pantalón. Lo tenía erecto.
“Ven”, dijo. “Bájate el short y quédate en pantaleta, súbete a la cama y deja que tus senos cuelguen sobre mi cara, no me los pongas encima, que queden colgando como ubres para yo decidir de cuál me prendo”.
Al realizar lo que él dijo, me acomodó las nalgas justo cerca de su pene erecto. Yo traía tanga de hilo, sentí caliente y húmedo. Tenía deseo de lo que podía pasar. Enseguida se le bajó la erección y yo sentí alivio momentáneo.
Comenzó a mamarme el pezón izquierdo, me pedía que me mantuviera con el pecho erguido. “Me encantan tus senos, qué mamotas tienes”, me decía el viejo. Yo cerraba los ojos para entregarme más.
“Mmm”, gemía el viejo. “Mmm, qué mamotas”. De repente sentí un golpe en la espalda baja y una sensación caliente. Era el pene de Don Ofelio erecto pegado en la raya donde empiezan mis nalgas. Él me lo acercó más y sentía como escurría su líquido preseminal.
“Don Ofelio, por favor no pare, me está excitando”. “¿Parar? Apenas comenzamos, te vas a dejar mamar los senos hasta que sacies mi hambre”.
Yo estaba en éxtasis, me sentía viva y deseada, como era posible que a mi edad, un anciano me estuviera dando tanto placer. Me mamaba los senos degeneradamente, me los chupaba exageradamente, me succionaba los dos pezones al mismo tiempo y me pasaba su lengua por todas las areolas. “Me encantan tus mamotas”, me decía mientras me daba una nalgada bien fuerte, me succionaba la teta y su miembro expulsaba más líquido preseminal.
“Pídeme que te las mame mejor, dime: ‘Ofelio, mámame mejor las tetas, mámame los melones Ofelio'”.
Yo obedecía y le decía lo que él me pedía. Nunca nadie me había excitado así.
“Qué senotes, qué pezonzotes”, me decía mientras me chupeteaba a su antojo. “Mmm, dame la pezon”, decía. “Dámelo erecto en la boca, dámelo”. Entonces me agarré el seno y comencé a darle la teta. Don Ofelio simulaba comer como bebé y pedía la teta pero con su voz gruesa. Toda la escena me llenaba de placer. Me pedía que le dijera cosas obscenas que nunca imaginé.
“Mámame Ofelio, mámame los senos, mámame el seno que te da de comer, mamá Ofelio, mamá duro la teta de mamá, sé bueno con mamá, mamá hijo la teta de la mami, mámala hijo, mamaselas a mami, la mami te quiere dar la teta, es hora de mamar la teta de la mami”.
Don Ofelio mamaba recio al escuchar mis palabras y el pene se le ponía más duro. Él se encargaba de que mi espalda baja lo sintiera. Yo sentía escurrir su líquido caliente.
“Mámamelas Ofelio, mamaselas a mamá. La verga se le alborotaba y pulsaba. Mámamelas tetas Ofelio, mámame los senos”, me pedía que le repitiera.
“Mmm”, gemía Don Ofelio. “Mmm, qué rica la teta, dame más teta, quiero teta”, pedía Ofelio.
Yo le seguía dando la teta y él mamaba. Para ser un hombre de 80 años, la erección en el pene le estaba durando mucho más tiempo del que imaginaba. Don Ofelio se agarraba el pene y me lo azotaba en la espalda baja.
“¿Te gusta sentir la verga? ¿Te gusta el pene? ¿Has probado pene de anciano? ¿Quieres polla de la tercera edad?”.
“Don Ofelio, por favor, no pare, se lo ruego, no me deje ir, no le voy a decir a nadie, solo continúe”.
“Anda, ponte el short y ayúdame a sentarme en el sillón”. Lo ayudé pensando que continuaría. De inmediato, una vez sentado, me dijo: “Bájame el pantalón y hazme sexo oral”.
Me arrodillé ante él con las tetas de fuera y me metí su miembro a la boca. Estaba firme y me excitó. Ya le había visto el pene a Don Ofelio antes, flácido y pálido, con venas azuladas y algunas manchas de esas que tiene la gente mayor. Pero ahora estaba erecto y listo.
“Mamá, mamá”, me tomaba de la cabeza y me pegaba a su prominente vientre. “Mámalo, chúpalo poquito, anímate”. Le pasé la lengua por el pene mientras lo tenía atrapado en mi boca. Gemí de placer mientras lo chupaba con ganas, succionándolo hasta el final, dejando que su erección pulsara en mi garganta. Don Ofelio jadeaba fuerte, y pronto sentí su clímax, llenándome la boca con su semen caliente. Tragué todo, exhausta y satisfecha, sabiendo que volvería por más.
