Hotwife: Ella manda, Él disfruta

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Me llamo Isabella. Tengo 27 años, soy morena, pelo largo hasta la mitad de la espalda, tetas firmes de copa C que se mueven cuando camino y un culo que siempre ha vuelto loco a Marcos. Llevamos casados seis meses y medio. La luna de miel todavía no se había enfriado cuando empezó todo.

Estábamos desnudos en la cama después de follar como animales, yo todavía con su leche chorreándome por los muslos. Marcos me acariciaba el clítoris con dos dedos mientras me hablaba al oído:

—Nunca te he visto tan mojada… ¿y si te follara otro hombre delante de mí?

Me reí, pero el cosquilleo que sentí entre las piernas no era risa. Era hambre.

—¿Estás hablando en serio? —pregunté, girándome para mirarlo.

—Completamente. Pero con reglas. Solo una vez al mes. Siempre con condón. Y yo lo sé todo. Todo.

Lo miré fijamente. Mi corazón latía tan fuerte que casi me dolía.

—Trato —susurré, y sellé el pacto mordiéndole el labio inferior mientras le metía la mano entre las piernas otra vez.

Durante las siguientes tres semanas el pacto fue lo único de lo que hablábamos. En la cena, en el coche, mientras yo me duchaba y él me enjabonaba las tetas. Yo le contaba cómo me imaginaba que un desconocido me ponía contra la pared de un baño y me follaba sin preguntar. Marcos se corría solo con escucharme.

La noche del pacto llegó un viernes.

Me vestí para matar: vestido negro corto, escote profundo, sin sujetador, tanga de encaje rojo que se me clavaba entre las nalgas. Tacones de 12 centímetros. Labios rojos. Marcos me miraba desde la cama mientras yo me pintaba.

—¿Estás nerviosa? —preguntó.

—Estoy empapada —respondí, y me levanté el vestido para enseñarle cómo brillaba mi coño recién depilado—. Mira.

Se acercó, me abrió las piernas y pasó la lengua una sola vez, lento, desde el ano hasta el clítoris. Gemí.

—Guárdalo para después —le dije, cerrando los muslos—. Esta noche es mío.

Llegamos al bar “La Sombra” a las once. Luces rojas, música baja, gente guapa y descarada. Marcos se sentó en una mesa alta al fondo, con una copa de whisky. Yo me fui a la barra sola, como habíamos acordado.

Pedí un gin-tonic. No pasaron ni cinco minutos cuando lo vi.

Alto. Barba de tres días. Camisa negra abierta hasta el tercer botón. Brazos tatuados. Se llamaba Diego, me dijo después. No me importaba su nombre. Solo quería su polla.

Me miró como si ya supiera que iba a follármelo. Se acercó, apoyó los codos en la barra y me habló al oído:

—¿Tu novio sabe que estás aquí sola?

—Es mi marido —contesté, girándome para que mis tetas rozaran su brazo—. Y sí, sabe que estoy buscando que me follen.

Diego sonrió con esa sonrisa peligrosa que me mojó más.

—¿Y él está mirando ahora?

Asentí hacia la mesa del fondo. Marcos nos observaba con los ojos muy abiertos.

—Bien —dijo Diego—. Entonces vamos a darle un buen espectáculo.

No sé cómo llegamos al baño de hombres. Creo que me llevó de la mano. En cuanto cerró la puerta con pestillo, me empujó contra la pared de azulejos fríos. Me subió el vestido hasta la cintura de un tirón.

—Joder… —gruñó al ver que no llevaba sujetador y que el tanga ya estaba empapado—. Eres una puta casada, ¿verdad?

—Sí —jadeé—. Y hoy rompo las reglas.

Diego no preguntó qué reglas. Me bajó el tanga de un tirón, se arrodilló y me comió el coño como si se estuviera muriendo de hambre. Lengüetazos largos, succión en el clítoris, dos dedos dentro curvados buscando mi punto G. Me corrí en menos de un minuto, mordiéndome el antebrazo para no gritar.

Cuando me recuperé, él ya se había bajado los pantalones. Su polla era gruesa, venosa, más grande que la de Marcos. Y no llevaba condón.

—Diego… el pacto… —empecé a decir, pero mi voz sonó débil, traidora.

—¿Qué pacto? —preguntó él, frotando la cabeza gruesa contra mi entrada—. ¿Quieres que pare?

Lo miré a los ojos. Sentí cómo mi coño se contraía solo de anticipación.

—No pares —susurré—. Métemela sin nada.

Diego sonrió como el diablo y me penetró de una sola estocada.

Grité. De verdad grité. Era mucho más gruesa de lo que esperaba. Me llenó por completo, me estiró, me abrió. Empezó a follarme fuerte, profundo, golpeando mi cervix con cada embestida. Mis tetas saltaban dentro del vestido. El sonido húmedo de mi coño llenaba el baño.

—Más fuerte —le pedí—. Quiero que me destroces.

Me levantó una pierna, me folló más profundo. Me mordió el cuello, me pellizcó los pezones. Me corrí por segunda vez, apretando su polla con mi interior, ordeñándolo.

—Voy a correrme dentro —gruñó.

—Sí… lléname —supliqué—. Quiero sentirte correrte en mi coño de casada.

Diego soltó un gemido ronco y se vació dentro de mí. Chorros calientes, espesos. Sentí cada pulsación. Me corrí otra vez solo con eso.

Cuando salió, el semen empezó a chorrearme por los muslos. No me limpié. Me subí el tanga empapado, me bajé el vestido y lo besé en la boca con lengua.

—Gracias —le susurré—. Mi marido va a flipar.

Salí del baño con las piernas temblando. El semen me corría por la cara interna del muslo izquierdo. Podía olerlo. Podía sentirlo.

Marcos estaba exactamente donde lo había dejado. Pálido. Con una erección evidente bajo los pantalones.

Me senté en su regazo, abrí las piernas y le cogí la mano. La llevé directamente a mi coño.

—Siente —le ordené.

Sus dedos tocaron el tanga empapado. Notó el calor, la viscosidad, la cantidad.

—Isabella… —su voz temblaba—. ¿Sin condón?

—Sin condón —confirmé, mirándolo a los ojos—. Y me corrí tres veces. Me llenó entero. ¿Quieres ver?

Saqué el móvil, abrí la cámara frontal y le enseñé un vídeo corto que había grabado sin que Diego se diera cuenta: su polla entrando y saliendo de mí, mis gemidos, el momento exacto en que se corrió dentro.

Marcos respiraba agitado. Le brillaban los ojos.

Le cogí la cara con las dos manos y le hablé muy despacio, muy claro:

—El pacto cambió, cariño. Ahora yo decido las reglas. Yo elijo cuándo, con quién y cómo. Tú solo disfrutas. ¿Entendido?

Asintió, incapaz de hablar.

—Bien —dije, y me levanté—. Vámonos a casa. Quiero que me limpies con la lengua mientras te cuento exactamente cómo me sentí cuando me folló sin goma.

En el taxi de vuelta no dejé que me tocara. Me senté con las piernas abiertas y dejé que el semen siguiera chorreando. Cada vez que el coche pasaba por un bache, gemía bajito.

Llegamos al apartamento. En cuanto cerré la puerta, me quité el vestido y me quedé solo con los tacones y el tanga empapado.

—Al suelo —le ordené a Marcos.

Se arrodilló.

Me bajé el tanga lentamente. El semen de Diego cayó en un hilo grueso sobre su lengua. Le puse la mano en la cabeza y lo empujé contra mi coño.

—Lame. Todo. Quiero que pruebes lo que otro hombre dejó dentro de tu mujer.

Marcos lamió como un desesperado. Gemía mientras lo hacía. Yo le contaba cada detalle: cómo Diego me había abierto, cómo me había golpeado el fondo, cómo me había llenado.

—Nunca me había corrido tan fuerte —le confesé, moviendo las caderas contra su cara—. Y esto solo es el principio.

Cuando me dejó limpia, lo empujé al sofá y me senté encima de él. Su polla estaba durísima.

—¿Quieres follarme ahora? —pregunté, rozándome contra él.

—Por favor…

Me deslicé hacia abajo y lo metí de un golpe. Estaba tan mojada que entró sin resistencia. Pero yo ya no era la misma. Ahora follaba con más fuerza, con más hambre. Le arañé el pecho, le mordí el cuello y le susurré al oído:

—Piensa que es su semen el que me está lubricando mientras te follo.

Marcos se corrió en menos de un minuto, gimiendo mi nombre como si estuviera rezando.

Yo me corrí por cuarta vez esa noche, apretándolo dentro de mí, sintiendo cómo mezclaba su leche con la de Diego.

Cuando terminamos, me quedé encima de él, sudada, satisfecha, poderosa.

—Regla nueva número uno —dije, besándole los labios con sabor a semen ajeno—: Nunca más condón. Nunca más “solo una vez al mes”. Yo decido. Tú aceptas.

Marcos me miró con una mezcla de amor, miedo y excitación absoluta.

—Sí, mi hotwife —susurró.

Sonreí.

—Buen chico.

Y supe, en ese preciso instante, que acababa de abrir la puerta a algo mucho más grande y mucho más sucio.

Porque esto no era el final del pacto.

Era solo el primer capítulo.

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