Pareja de mamá solo de noche
Estábamos los tres almorzando en la cocina de casa un sábado a mediodía. Papá, mamá y yo. Y mamá parecía abatida, mirando la rodilla vendada de mi padre.
— ¿Seguro que no puedes salir, Álvaro?.
Mi padre hizo un gesto de contrariedad y negó con la cabeza.
— Esta noche, no, Lorena.
— Pues vaya fastidio —dijo mi madre, tocándole el brazo—. Con lo que me gusta ir contigo al club.
— Ya. Y vamos a ver si el lunes puedo ir al trabajo. Como no se me deshinche la rodilla. Y el médico dijo que al menos una semana. Y ya la he perdido. ¡Maldito pádel! ¿A quien se le ocurre a mi edad?.
— ¿A tu edad? No eres viejo, Álvaro, sólo tienes, cuánto, ¿unos cien años? —dijo mi madre, echándose a reír.
— Pues no te rías tanto, Lore, que tu sólo tienes tres años menos que yo.
— Sí y estoy estupenda. ¿No estoy estupenda, Carlos? —me preguntó.
Yo que había seguido su conversación sonreí y dije:
— Por supuesto, mamá. Nadie diría que tienes…
— ¡Cierra la boca! En esta casa no se habla de eso.
— Está bien, está bien, no te enfades —la aplaqué, levantando las manos—. Y te aseguro que estás muy bien, mamá —dije con sinceridad.
Y es que era cierto. Mi madre a sus… Ssshhh… no se habla de años, la verdad es que estaba muy bien. Había sido una beldad de joven y seguía siendo muy guapa y como se cuidaba mantenía un físico excelente.
También mi padre era un hombre atractivo, que comía sano y hacía deporte, aunque a veces como en esa última ocasión se hubiera lesionado.
— Bueno, pues tendré que resignarme y no salir esta noche —dijo mamá, enojada—. Porque no voy a ir yo sola.
— ¿Por qué no te acompaña Carlos? —propuso de pronto mi padre.
Mi madre giró su linda cabecita hacía mi y mostró una gran sonrisa.
— Eso. ¿Te gustaría ser mi pareja esta noche, hijo?.
Casi me atraganté con la comida.
— ¿Yo? ¿Ir a un club nocturno contigo?.
— Claro. Bailaremos, beberemos, con moderación, y nos lo pasaremos bien. Ya verás.
— No creo que al chico le haga ninguna gracia tener que ser el acompañante de su “anciana” madre —dijo mi padre, con su habitual cachondeo.
Mi madre le golpeo con la mano en el hombro.
— Venga, Carlos, hazlo por mí. Te prometo que lo pasarás bien. Yo me encargaré.
Me había quedado sin saber que decir. Mi padre tenía razón, excepto en lo de la “anciana”. Pero lo cierto es que no me apetecía en absoluto. Yo tenía tan solo veinte años (aquí sí podemos hablar de la edad) y tener que salir de “fiesta” con mi madre no era lo que deseaba para un sábado por la noche. Tampoco es que tuviera demasiados planes. Después de toda la semana yendo a clase y pegando codos para estudiar, lo que deseaba era quedarme en casa y ver una película, tranquilo. Pero salir con mamá…
Mi padre me miró e hizo un gesto con las cejas como diciendo: “Te ha tocado, chaval”.
— Venga, Carlos, no me digas que no, por favor.
Ver a mi madre haciendo pucheros como una niña me hizo reír. Y es que desde siempre no había podido negarle nada.
— Está bien, mamá. Me sacrificaré por una noche. Pero que conste que espero mucha diversión —dije con algo de choteo, mirando a mi padre y levantando las cejas.
Él asintió con la cabeza y mamá se destapó con una enorme sonrisa.
— Este es mi niño —dijo, cogiéndome por la cara y dándome un par de sonoros besos.
Ya me estaba aburriendo solo de pensarlo.
— ¿Y cómo es ese club? ¿Hay strippers? —pregunté, haciéndolos reír a los dos.
Esa noche, después de la ducha y la cena, me encontraba en mi dormitorio vistiéndome, nada especial, pero guapo para acompañar a mi madre, cuando la puerta se abrió como si fuera una explosión y detrás de la explosión venía un torbellino conocido como mamá. Venía excitadísima y yo creo que al principio ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba a medio vestir, así que me di media vuelta intentando tapar mis partes.
— ¿Estás listo, Carlos?.
— ¡Mamá, que estoy medio desnudo! No entres.
— ¡Bah, déjate de remilgos! ¿Quién te crees que te bañaba cuando eras pequeño?.
— Pero ya no soy un niño, mamá.
— Ya lo veo —dijo, sonriendo.
Terminé de ponerme los calzoncillos y los pantalones y entonces la encaré.
— Estoy terminando de vestirme, mamá. Ahora saldré.
— Vale. Te espero fuera.
Si ese era un preámbulo de la noche que me esperaba, iba listo. Mi madre parecía una adolescente en su primera cita. Y yo era su cita. Hay que joderse.
— ¡Estás guapísimo, Carlos! —dijo mamá cuando me vio—. ¿Verdad que está guapo, Álvaro? ¡Lo vamos a pasar de fábula, cariño!
Ella sí estaba guapa. Se había puesto un vestido veraniego de color amarillo, ya iba haciendo calor a finales de mayo, de falda cortita, vamos a decir, y con un escote de vértigo, en el que se adivinaban sin problemas un par de buenos pechos. Y unos zapatos de medio tacón que le estilizaban dos magníficas piernas. Y el cabello color canela suelto a media melena. Nunca la había mirado de esa manera, pero la verdad es que mamá era un bomboncito. No muy alta, pero todo puesto muy bien en su sitio. Aparentaba tranquilamente seis o siete años menos de los que tenía.
Conducía ella, porque yo no sabía donde estaba el club. Ni sabía mucho sobre dicho club. Sólo lo que papá me había comentado una vez.
— Es un sitio donde vamos a comportarnos como quinceañeros descerebrados.
No añadió más. Yo ya había tenido quince años, y no hacía mucho, y no tenía ninguna gana de volver a tenerlos. Ni por una noche.
Cuando llegamos el lugar, visto desde fuera, era lo que prometía; un club nocturno con una luz de neón que enmarcaba el nombre: Club 70’s. No sabía si haría referencia a los años 70 o a la edad de los que lo frecuentaban. No me hice muchas ilusiones. En la entrada un portero, de uniforme y gorra, hacía pasar a los clientes. Mi madre se agarró de mi brazo y pude oler su perfume embriagador. El portero nos saludó y, por obligación, viendo mi juventud, me pidió la documentación.
Dentro mejoraba algo. Ambientación setentera, una larga barra de bar, mullidos sillones y mesas en semi oscuridad, una pista de baile, posters de discos antiguos y hasta bolas de discoteca. Y música. Con un volumen normal, hasta se podía hablar, sonaba el “último éxito” de los Bee Gees de 1979. Soy un buen conocedor de la música de la época. Me animé. Las personas que había no parecían demasiado mayores, de la edad de mis padres, más o menos, y parecían estar pasándoselo muy bien. Llegamos a la barra y mamá pidió un daiquiri. Yo, sin saber muy bien qué era, pedí otro.
— ¿Qué te parece? —me preguntó mamá, acercándose quizás demasiado y rozando con sus labios mi mejilla.
— No está mal —respondí—, aunque me gustaría que hubiera alguien más joven.
— No te confíes. Las maduritas podemos sorprenderte.
Hasta ella parecía fuera de lugar, con su aire juvenil. El daiquiri resultó ser un cóctel de ron con lima, bastante bueno. Y muy potente. Mi madre parecía feliz, nunca recuerdo haberla visto realmente triste, era una mujer de carácter alegre y positivo. Y en aquel momento parecía encontrarse en su salsa.
— ¡Vamos a bailar! —me dijo, de pronto, dejando el vaso sobre la barra.
— Pues vamos —dije yo, haciendo lo mismo y siguiéndola a la pista de baile, muy iluminada. Sonaba Donna Summer.
Mi madre parecía una consumada bailarina. Sin perder la sonrisa, bailaba a mi alrededor, con su falda haciendo vuelo y mostrando sin pudor las piernas, hasta bastante arriba. Me sorprendí mirándola y admirándola. Sus pechos saltaban al ritmo de la música. Yo me acoplé al baile lo mejor que pude. Empecé a pasármelo bien. Pero sobre todo miraba a mamá. Era un espectáculo. Como un torbellino amarillo, danzando a mi alrededor. Y sus piernas. Y sus pechos. Me sorprendí observándola con demasiada atención. Pero antes de que pudiera pensar en nada más, Donna Summer terminó y comenzó “I’m not in love” de 10CC (como he dicho soy buen conocedor de la música de los 70, casualidades de la vida), una hermosa balada que echó a mi madre a mis brazos, las luces casi se apagaron, lo suficiente para ver solo un poco. Su cuerpo se pegó al mío y puso sus manos alrededor de mis hombros. Yo la sostuve por la cintura y volví a oler su perfume.
Me lo estaba pasando mejor de lo que creía. Y con mi madre entre mis brazos la cosa mejoraba. Sus senos vigorosos se aplastaron contra mi pecho y su cintura parecía frágil bajo mis manos. Sin pensármelo mucho, las subí y bajé por su espalda, aunque sin llegar a ninguna zona comprometida. Ella me miró y me sonrió. Acercó sus labios a mi oreja derecha y dijo:
— Me lo estoy pasando muy bien, hijo.
— Yo también, mamá —dije, rozando su mejilla con los labios, como ella había hecho antes.
Ella se movía lentamente, sinuosa a los acordes de la canción, poniendo sus manos alrededor de mi espalda y apretándome contra sí. Eso hizo que mi pelvis estuviera a la altura de su estómago, frotándose. Y frotándose, Y frotándose. Y de pronto me di cuenta de que tenía una erección. Y que con esa erección me estaba restregando contra mi madre. Y es que tanto frotar y frotar, la picha no entiende de parentela. Me quedé de una pieza, casi me detuve, ella me miró, sonrió. Era imposible que no lo notara. Absolutamente imposible. Pero no parecía importarle, o al menos no hizo nada para enmendar la situación, más bien al contrario. Siguió pegada a mi, con su cabeza en mi pecho y sus brazos colgando sobre mi espalda.
Cuando creí que lo cosa no podía ponerse peor, acabó la canción, se encendieron las luces y yo allí con una tremenda erección a la vista de cualquiera. Mi madre echando un vistazo alrededor, me cogió del brazo y me llevó hasta la barra, donde pude ocultarme de miradas indiscretas.
Tomé un sorbo de mi bebida y sin pensar en nada pedí otra. Mamá hizo lo mismo. Luego se inclinó hacia mi, poniendo una mano sobre mi pierna. Eso no mejoraba el asunto, sin duda.
— No te preocupes —me dijo en un susurro, aunque me pareció ver algo de guasa en su cara—. Esas cosas pasan. No me ha molestado —su mano se movió hacía arriba y hacía abajo—. Es todo un halago.
Y me guiñó un ojo.
Me refugié de espaldas a la pista de baile, donde sonaba ABBA.
— ¿Estás bien? —preguntó mi madre, con algo de preocupación, pero sin quitar la mano de mi pierna—. No te sientas mal, Carlos, esas cosas pueden pasar. No le des importancia. Lo hemos pasado bien, ¿verdad?.
— Sí, mamá, muy bien —dije sin mentir, porque el roce con mi madre había sido fantástico, pero eso no lo podía decir, aunque ella más o menos lo adivinara.
En ese momento se nos acercó una pareja. Rondarían los cincuenta, aunque aún de buen ver. Sobre todo ella. Pelo veteado, buena figura y notables tetas. Él también estaba en forma. Llamaron la atención de mi madre y esta los saludó muy efusiva. Luego me los presentó.
— Mira, Carlos, estos son Rosa y Enrique, unos buenos amigos. Chicos este es mi hijo Carlos.
— Hola, Carlos —dijo Enrique estrechándome la mano que le tendí. Rosa me dio dos besos.
— Es muy guapo. ¿Qué ha pasado con Álvaro?.
Mientras mi madre daba la explicaciones pertinentes, me concentré en mi bebida, que entraba bien. Justo entonces empezó a sonar Santana y su “Samba pa ti” y Rosa me cogió de la mano y prácticamente en volandas me llevó hasta la pista de baile. Miré a mi madre, como pidiéndole que me rescatara. Pero ella se limitó a encogerse de hombros. Rosa se apretó contra mi y contra mi erección, que no había bajado. En la semi oscuridad vi que Enrique y mi madre también salían a bailar y se abrazaban. No me gustó. Mi madre era mi pareja y me sentí un poco celoso de que bailara con alguien que no fuera yo. Una tontería, pero me molestó. Rosa vio hacia donde iba mi mirada y me dijo al oído.
— Tranquilo. Nos conocemos hace tiempo.
Y como si esa fuera una explicación que yo tuviera que entender, no dijo nada más y el abrazo se hizo más intenso. Empecé a marearme. La bebida y el ambiente hacían su efecto. Rosa era pegajosa y mi erección se lo agradecía, aunque yo me maldijera a mi mismo. Entonces puso una mano en mi culo. Me envaré. Y noté como comenzaba a darme pequeños besos en el cuello. Sorprendido no hice nada y además, ¿qué podía hacer? ¿Deshacerme de ella a empujones y montar un numero?. Miré a mi alrededor intentando localizar a mi madre, mientras Rosa se apretaba contra mi erección. Igual se pensaba que me la había causado ella. Bueno mejor así. Nadie tenía que saber que había sido mi madre la autora.
Cuando se aburrió de mi cuello vino directamente a mi boca y me besó con ganas. Vi que había varías parejas que se estaban besando y metiendo mano. ¿También lo haría mamá? ¿Se referiría Rosa a eso cuando dijo que se conocían? ¿Qué era aquello, un club de intercambio de parejas?. No creía que mi madre me llevara a un sitio así sin decírmelo. Pero allí todo el mundo se estaba enrollando. Me dejé llevar. La besé y le toqué un pecho.
Ella me empujó fuera de la pista de baile y me llevó a un rincón oscuro y allí sí que nos metimos mano. Le acaricié el culo, mientras ella metía la lengua en mi boca y me frotaba el paquete. Me resultaba muy raro estar haciendo aquellas cosas con una extraña, y además allí en público, amparados apenas por una reticente oscuridad que pronto desaparecería con los solos de Carlos Santana. Lo cierto es que me estaba pegando un buen lote con Rosa, lo toqué el culo, las tetas y hasta el coño, mientras ella trataba de entrar en mis pantalones. La saliva nos corría por los labios, al tiempo que logré introducir un dedo en su vagina y comencé a masturbarla. La mujer debía estar muy caliente porque se me corrió en las manos casi al instante. No sé si vendría así de fábrica o si es que ya había tenido algún que otro escarceo previo. El caso es que cuando acabó la canción, Rosa estaba poco menos que tirada sobre mi. De inmediato noté que alguien se la llevaba, su marido, lo supe porque mamá venía detrás. Miré avergonzado alrededor, pero nadie nos echaba cuenta. Mi madre sonreía. Se pegó a mi y me susurró:
— Vaya, parece que os habéis llevado muy bien.
Y me echó mano a la entrepierna.
Con los ojos muy abiertos y medio escandalizado, pero sin apartarme de ella, más bien restregándome contra aquella mano, exclamé:
— ¡Pero, mamá! ¿Qué significa todo esto? ¿Adonde me has traído? ¿Quién es esta gente?.
— Ya hablaremos —respondió ella, cerrándome la boca con un pico—. Ahora a divertirnos.
Y sin darme opción a la réplica, me llevó de nuevo a la pista, donde ya no sé ni quién sonaba. Y ella se puso a bailar, frenéticamente, fuera de sí, pero absolutamente adorable. “Adaptate, me dije, y pásalo bien. Si ella no se preocupa, por qué has de hacerlo tú”. Y ahí ya me dejé llevar. Y por cierto sonaba “Rockmaker” de Toto. Ya no volví a ver ni a Rosa ni a Enrique. Ni falta que me hacía.
— Se la estará follando en los aseos —dijo mi madre, adivinando mis pensamientos—. O él u otro.
Oírle decir la palabra “follando” me excitó aún más. La cogí por la cintura y di una vuelta con ella en mis brazos.
— ¿Te hubiera gustado ser tu? —preguntó.
— Contigo tengo más que suficiente —respondí, con absoluta sinceridad, aunque ignoraba qué iba a suceder esa noche entre mi madre y yo.
Mientras tanto, la polla seguía dura. En la siguiente canción, nos fuimos a la barra y bebimos un poco más. Mientras las Sister Sledge cantaban que eran una familia. Nosotros también, pensé, poniendo una mano sobre la rodilla de mi madre. Ella me sonrió y fui subiendo poco a poco la mano hasta estar ya por debajo de su falda. Cuando toqué el interior de sus muslos creí que me iba a correr. Ella debió darse cuenta y me dijo:
— Todavía no.
Y reímos y bebimos y cantamos que éramos una familia, como si todo el mundo debiera saberlo. Pero allí nadie nos hacia ni caso. Y llegó uno de los momentos de la noche con el “If You Leave Me Now” de Chicago. Mi madre me tomó de la mano y me condujo hacia la oscurecida pista. Nos abrazamos. Su cara en mi cuello, sus brazos alrededor de mi cintura, sus dedos encajados en la cinturilla del pantalón. Casi sin atreverme le toqué un pecho. Un buen pecho. Lo sobé. Ella no opuso resistencia. Encontré el duro pezón y lo acaricié con el pulgar y el índice. Envalentonado, bajé las manos hacia su trasero, se lo toqué por encima de la falda del vestido, dándole un buen magreo. La miré, ella me sonreía, aunque solo se dejaba hacer. Finalmente colé mis manos por debajo y le toqué el culo. Y no encontré nada. No había bragas, sólo la carne.
— ¿No llevas bragas? —me atreví a preguntar.
— Tanga —respondió ella.
Hice un gesto con la cabeza y me puse las botas con el culo de mi madre. Ella, al igual que Rosa, comenzó a besarme el cuello, la mandíbula, la barbilla, venía hacia mi boca y yo la esperaba. Finalmente nos encontramos. Nuestros labios se unieron y las lenguas entraron en acción. No me lo hubiera creído un rato antes, pero dado el ambiente de sensualidad que había en aquel sitio y la desvergüenza de mamá, ¿quién era yo para cuestionar nada?. Le chupé la lengua, a mi madre, mientras le magreaba al culo expuesto ya sin ningún pudor. Ella se frotaba contra mi, pero sin hacer más movimientos que bailar y besarme muy sexualmente. Entonces cogí una de sus manos y la llevé a mi entrepierna.
— Hazme una paja —me susurró, mientras empezaba a mover su mano.
Demonios de mujer. Colé mi mano entre sus piernas, por debajo de la falda, y toqué su abombado pubis, sobre la tela del tanga. Luego retiré este y le toque el chocho. ¡Lo tenía afeitado!. Me entusiasmé. Su coño ardía y chorreaba. Le colé un dedo y, como ella quería, comencé a masturbarla. Mamá se abrazaba a mi con el brazo que le quedaba libre, luego unió el otro se recostó sobre mi pecho. Yo inicié el metesaca con el dedo medio mientras que con el pulgar le pulsaba el clítoris al tiempo que le metía la lengua en la boca.
Al cabo de no mucho rato, mi madre se corrió como lo que era: una señora. Ni gritos, ni aspavientos, ni fallo en las piernas, sólo una exhalación muy sentida dentro de mi boca y sus brazos rodeando mi torso. La dejé recuperarse, al tiempo que miraba a mi alrededor donde parecía que nadie se fijaba en nosotros. Ellos hacían cosas parecidas. Incluso una mujer le había sacado la polla a un hombre y se la estaba chupando, allí cerca de la pista. Que sitio, joder.
Acompañé a mi madre a los aseos y, como un caballero que le acaba de hacer una paja a su madre, esperé unos cinco minutos a que saliera, ya recuperada y con una gran sonrisa en la cara.
— Sabía que serías una gran pareja —dijo, besándome de nuevo—. Vamos a tomar algo.
Ya en la barra pedimos unas cervezas fresquitas y nos miramos embelesados.
— Esto no estaba previsto, ¿sabes? —me dijo—, pero me alegro de que haya pasado. Yo sólo quería bailar.
— Pues has bailado.
— Sí y más cosas —exclamó riendo.
— Yo también me alegro —le respondí—. Está siendo una noche maravillosa, muy extraña, pero maravillosa.
— ¿No te sientes mal?.
— No solo raro. No todos los días masturba uno a su madre y en un lugar público.
— ¿Quieres que nos vayamos?.
— ¿Ya se ha acabado la fiesta? —pregunté contrito.
— No. Vamos a rematarla en otro sitio.
— De acuerdo.
Y tras pagar las consumiciones salimos del local al fresco de la noche. Íbamos cogidos de la mano, como una pareja normal, pero no había nada de normal en aquello. Nos besamos. Llegamos al coche y entramos. Al sentarnos, le pregunté:
— ¿Qué lugar es este, mamá?.
— Es un club liberal. No exactamente un club de intercambio, que también. Sino algo más. Ya lo has visto.
— ¿Y por qué no me has dicho nada antes de entrar?.
— Quería que fuera una sorpresa y lo descubrieras por ti mismo.
— ¿Y Rosa y Enrique? ¿Qué pintan ellos en todo esto?.
— Son viejos amigos.
— ¿Y habéis… ya sabes… entre vosotros?.
— ¿Que si hemos follado? Sí, alguna vez.
— Vaya con mis padres. ¿Y tu con Enrique…? Déjalo no quiero saber nada.
Mi madre sonrió.
— Son hermanos —dijo—. Rosa y Enrique son hermanos.
Y con eso arrancó el coche y salimos a dar una vuelta por Madrid, con las ventanillas bajadas. Yo la miraba ya sin cortarme. Ella se bajó un tirante del vestido y me enseñó un pecho.
— Me gustaría lamerte los pezones —dije.
— Ya falta poco.
Aproximadamente diez minutos después enfilamos nuestra calle y nos metimos en el garaje particular. Eran las dos de la mañana. Mi madre apagó el motor y se volvió hacia mi. Luego se bajó el otro tirante y sus pechos quedaron al descubierto. Eran soberbios. La miré, como pidiéndole permiso, y ella solo sonrió. Me lancé de cabeza. Qué delicia lamer aquellos pezones rosados y duros, mientras mi mano se perdía entres sus muslos y le acariciaba el pubis por encima de la tela del tanga.
— ¿Y papá? —pregunté de pronto.
— No te preocupes, no nos molestará.
— ¿Estás segura?.
— Completamente —dijo—. Ven y dame tu lengua.
Lo hice, mientras ella trasteaba en mis pantalones, me los desabrochaba y sacaba mi verga dura y caliente. Luego sin más preámbulos se inclinó y se la metió en la boca. Yo ya le había colado un dedo en el coño, cuando su cabeza empezó a subir y bajar haciéndome una mamada. Me recosté en el asiento, dejándola hacer y disfrutando. Por alguna razón aguantaba sin correrme, quizás esperaba algo más, aunque aquello ya era demasiado; mi propia madre chupándome la polla. Llenándola de saliva, usando la lengua como apoyo. Era una mamada de escándalo.
— ¿Te vas a correr o aguantas un poco más? —preguntó desde abajo, mirándome con aquellos ojos marrones.
— Aguanto —le respondí.
— Vale, porque ahora viene lo mejor.
Y tras decir esto, se incorporó, pasó con cuidado hacía mi asiento y se me sentó encima. Bajó una mano, se apartó el tanga hacia un lado, cogió mi polla y se la introdujo hasta que hicimos tope. Tenía la polla dentro de ella y sus pechos delante de mis ojos. Cuando empezó a moverse, lentamente, disfrutándolo, me metí uno de los pezones en la boca, chupándolo. Entonces se dejó llevar, subiendo y bajando sobre mi verga increíblemente dura. Atrapé su boca y se le comí. Ella participó activamente, dándome la lengua. La tenía sujeta por el culo,que magreaba frenéticamente. Subía, bajaba, mi polla deslizándose dentro y fuera. Y se corrió, abrazada a mi, simplemente se corrió, y en aquel instante, para hacerlo aún mejor, me corrí yo, a su ritmo, buscándola, encontrándola. Descargué dentro de mamá, torrencialmente, incontenible. Ella se quedó completamente quieta, sintiendo la tempestuosa eyaculación, que parecía no querer parar.
Sudando a chorros, nos quedamos así, abrazados, mientras todo terminaba, recuperando el resuello, aprendiendo a volver a respirar. Me echaba el aliento en los morros. Nos besamos una vez más.
— Ha sido el mejor orgasmo de mi vida —dijo mi madre—. Joder, Carlos.
— Pues tu lo has hecho casi todo, mamá. Yo me he limitado a dejar que me folles como nadie nunca lo había hecho.
— Me alegro de que te haya gustado también.
Con dificultad volvió a su asiento.
— ¿Lo repetiremos? —pregunté.
— Por supuesto. Una vez empezado, no se puede parar.
— ¿Y papá?.
— Esto es cosa nuestra, Carlos.
— ¿Él lo sabía, verdad?.
— ¿El qué?.
— Que la noche iba a acabar así.
Ella sonrió, me besó y salió del coche.
— Nos conocemos, hijo.
Y tras esa enigmática respuesta, se colocó bien el tanga, se alisó el vestido, se subió los tirantes, se arregló un poco el cabello y me dejó allí, mientras salía.
— Nos conocemos —repetí en voz baja.
Y sonreí.
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