Mi cuñada y su hermana

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Era un día frío de enero cuando entré a la casa de mi hermano, sabiendo que él no estaba. Tenía 25 años y una curiosidad insaciable por las fantasías prohibidas. Me dirigí al baño para lavarme las manos, pero al abrir la puerta, allí estaba mi cuñada Ana, de 28 años, recién salida de la ducha, con el cuerpo desnudo y reluciente bajo la luz tenue. Sus pechos firmes y su culo redondo me dejaron sin aliento. “¡Sal de aquí!”, exclamó tapándose rápido con una toalla, pero sus ojos brillaban con una mezcla de sorpresa y picardía. Salí sonriendo, mi polla endureciéndose al instante por el tabú familiar.

Me fui al frente de la casa, pero la imagen de su cuerpo no me dejaba en paz. Minutos después, regresé sigilosamente y la vi en la habitación contigua, cambiándose: solo llevaba una minifalda corta que apenas cubría sus nalgas y un brasier negro que realzaba sus tetas. Se estaba poniendo unas medias, inclinada hacia adelante, exponiendo su coño depilado y su ano rosado. “Ana, no pude evitar volver… estás increíble”, le dije entrando. Ella se giró, no con enojo, sino con una sonrisa traviesa: “Eres un pervertido, cuñado. ¿Quieres ver más? Esto queda entre nosotros, consensual y caliente”.

El aire se cargó de tensión erótica. Ana se acercó, dejando caer la toalla que aún sostenía, y me besó con hambre, sus manos bajando directo a mi pantalón para liberar mi verga dura. “Fóllame como siempre has soñado, pero empecemos por mi culo”, susurró, girándose y subiendo la minifalda. Me arrodillé, lamiendo su ano húmedo mientras ella gemía, masturbándose el clítoris. “Sí, métela ya, estoy lista”, rogó entusiasta. Empujé mi polla gruesa en su culo apretado, centímetro a centímetro, follándola con embestidas profundas mientras sus tetas rebotaban contra el espejo.

De repente, la puerta se abrió: era su hermana mayor, mi otra cuñada de 30 años, que entraba inesperada. En vez de escandalizarse, sonrió al vernos. “¡Vaya sorpresa! Siempre supe que esto pasaría. Déjenme unirme”, dijo quitándose la ropa. Ahora éramos tres: follé el culo de Ana mientras su hermana lamía mis huevos y luego se sentaba en mi cara, ahogándome en su coño jugoso. “Más fuerte, cuñado, hazme correrme en tu boca”, exigía ella, y Ana gritaba de placer con cada penetración anal. El tabú de las hermanas con su cuñado nos volvía locos.

Nos corrimos juntos en un clímax explosivo: yo llené el ano de Ana de semen caliente, mientras las hermanas se besaban y se frotaban, compartiendo el morbo familiar. Exhaustos, nos vestimos riendo. “Esto es nuestro secreto, una fantasía que repetiremos”, prometieron. Desde ese enero, cada visita a la casa de mi hermano es una excusa para más sexo prohibido con mis cuñadas, puro placer consensual y ardiente.

Autor: Lahechicera

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