Tres compañeros de mi trabajo
Me llamo Carmen, tengo 23 años y llevo dos años casada con Juan al que le encanta que la puta de su mujer, como él me llama, le ponga los cuernos. Por eso escribo, para contar una de las historias que he vivido pero de las que mi marido solo se va a enterar cuando las lea. Pero antes de contar la historia voy a decir como soy.
Soy una chica rubia, con el pelo rizado largo, uso una 95 de sujetador, me gusta exhibirme por la calle, llevando tangas muy escuetos aunque prefiero ir sin nada debajo, con el coño depilado por si surge algo. Me encanta tocarme el chocho y que me lo toquen, me lo chupen, etc. Ahora que ya me conocéis, aunque solo sea de palabra, voy a ir al grano y voy a contar mi experiencia.
Como he dicho antes, me encanta tocarme el coño, hacerme pajas o masturbarme como es más correcto en una mujer, y un día estando en mi trabajo, aún no sé ni como ni por qué, me entró una tremenda calentura y sin poderlo evitar, me dio por irme a los vestuarios y masturbarme. Cuando llegué allí y segura de que nadie iba a dejar su puesto de trabajo para ir a los vestuarios, ya que la única cachonda soy yo, cerré la puerta sin pasarle el pestillo y empecé por desabrocharme la ropa, dejando mis gordas tetas y el coño, bien depilado, al aire ya que, como digo, nunca llevo ni bragas ni sujetador.
Con la espalda apoyada en los armarios metálicos donde cada uno de nosotros guarda la ropa, con mi traje bien abierto para dejar desnuda toda la parte delantera de mi cuerpo, comencé a tocarme los pechos, amasándolos y pellizcándome los pezones que ya estaban duros como piedras. Poco a poco, fui bajando la mano hasta llegarme al coño, que me ardía como si tuviera fuego dentro de él, y no tardé en pasar el dedo por la raja de mi chocho. Empecé a masturbarme lentamente sin dejar de sobarme las tetas, cerrando los ojos para gozar más intensamente de este suave, pero profundo placer, que iba llenando mi cuerpo.
Al poco rato estaba tan excitada y caliente que no oí abrirse la puerta del vestuario y de pronto, al abrir los ojos por instinto, aparecieron ante mi Antonio y Javier, dos compañeros de trabajo. No sé el rato que llevaban contemplándome pero la cuestión es que los dos llevaban las pollas fuera del pantalón, tiesas y pidiendo guerra. Se me acercaron y agarrando la tela del vestido, me lo bajaron por los hombros, sujetándome así los brazos en la espalda, como atados por las mangas del vestido. Así, sin poderme defender, aunque la verdad es que yo no deseaba hacerlo, empezaron a besarme, sobándome las tetas, tocándome los tiesos y duros pezones, pellizcándomelos, lamiéndolos, tocando al mismo tiempo mi ardiente coño y mi redondo culo.
Si yo estaba caliente al entrar en los vestuarios ahora, tras tanto manoseo y morreó, estaba como loca así que no puse ningún reparo en entregarme por completo.
– ¡No paréis… aaah… por favor, no paréis… seguid… seguid… que gusto siento… oooh…! – les decía yo casi sin darme cuenta.
– ¡Calla, puta y aguanta! – me contestaban ellos continuando con sus manoseos.
No tardó nada uno de ellos en hacerme sentar en una silla y colocándose de rodillas entre mis piernas abiertas a tope, empezar a comerme el coño cuando el otro, sin pedirme permiso, me metió su largo y duro rabo en la boca.
El tío sabía muy bien como comerse un coño y no tardé nada en correrme, gimiendo ahogadamente por la mordaza que la polla ponía en mi boca. Antonio, que es el que me había estado comiendo el coño, se levantó, me puso la polla entre mis gordas tetas y agarrándomelas con ambas manos, se hizo una cubana con ellas mientras yo continuaba chupando la verga de Javier. Al poco rato yo me volví a correr cuando la leche de Javier me llenó la garganta primero y luego toda la boca, teniendo que tragármela entera para no ahogarme, al mismo tiempo que Antonio descargaba la suya contra mi cara y mis tetas. Cuando acabamos, se fueron sin decir palabra y contrariamente a lo que yo pensaba, nunca me han hablado de lo ocurrido ni han pretendido repetirlo.
Al quedarme sola, me vestí, salí de los vestuarios con la leche de macho resbalándome por la barbilla y las tetas, me metí en el baño y allí, cerrando ahora bien la puerta, me desnudé otra vez, me lavé lo mejor que pude y volví a mi trabajo. Días más tarde, los compañeros de la oficina me invitaron a tomar una copa a la salida del trabajo. Acepté y llamando a casa, le dije a mi marido que llegaría tarde. Estuvimos tomando una copa detrás de otra y me lo estaba pasando genial cuando la gente empezó a marcharse. Yo no tenía ganas de irme para casa y me quedé sola con uno de los amigos hasta que cerraron el local, momento en que el amigo se empeñó en acompañarme a casa con su coche dándome cuenta yo en ese momento, por la expresión de su cara, que quería algo conmigo. No obstante acepté su ofrecimiento, pero no pasó nada durante el trayecto, dentro del coche.
Cuando llegamos al portal y yo abrí la puerta girándome hacia él para despedirme, me empujó con fuerza hacia adentro, cerró la puerta y sin darme tiempo a reaccionar, me arrancó prácticamente la ropa dejándome completamente desnuda. Del tirón que me pegó, quedé tumbada en la escalera y él, aprovechando mi aturdimiento, comenzó a sobarme las tetas y el coño. A mí me encantaba esta manera de tratarme y estaba cachonda perdida así que no protesté en absoluto por el tratamiento que el amigo me estaba dando y con mano nerviosa, le bajé la cremallera del pantalón, metí la mano y la saqué la polla fuera. Estaba durísima y era muy larga y gorda. Girándome como pude, me la metí en la boca, chupándosela con verdaderas ganas hasta quedarme sin saliva, pero al poco rato él me paró diciéndome:
– ¡Eres una zorra muy caliente y quiero follarte hasta correrme en tu coño, quedándome sin una gota de leche!
Así lo hizo. Me dio la vuelta, me hizo poner a cuatro patas, dejándome con el culo al aire y separándome las nalgas para abrir la raja de mi coño, me la metió de un solo golpe, hasta los huevos. Inmediatamente empezó a moverse, entrando y saliendo de mi cada vez a más velocidad.
Creo que nunca había gozado yo tanto como con aquella follada en la incómoda escalera, desnuda y con el peligro de que bajara, a pesar de la hora, algún vecino y nos viera. Me corrí dos veces con un intensísimo placer y teniendo que morderme la lengua para no gritar y despertar a los vecinos. Cuando él estaba a punto de correrse, sacó la polla de mi coño y adoptando la postura del 69, es decir, mi coño en su boca y su polla en la mía, nos chupamos mutuamente hasta que nos corrimos. Yo me tragué casi toda su leche, extendiéndome el sobrante sobre mi cara mientras él se comía mi corrida. Cuando acabamos, nos vestimos en silencio, nos dimos un beso en la boca y me subí a casa. Era curioso, tres compañeros de mi trabajo habían disfrutado plenamente de mi cuerpo y yo del suyo. Me estaba dando cuenta de que mi oficina era una mina para mi goce sexual. Solo faltaba que los tres que me habían follado, se lo contaran a los demás y así no tendría que buscar fuera lo que tenía en mi propio trabajo.
Al llegar al piso, el cornudo de mi marido me esperaba tumbado en la cama pero despierto y mientras me sacaba el vestido para tenderme a su lado, se lo conté todo. Al oírlo, se puso tan caliente que, dándose la vuelta, me abrazó y empezó a besarme y a lamerme todo el cuerpo y con ello también los restos de semen que aún tenía yo en la piel tras el 69 que acababa de realizar en la escalera. Muy excitado, me estuvo follando toda la noche como un loco.
Autor: Anónimo
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