La Noche Inesperada con Manuel: Consentimiento y Placer Anal

Los que hayan leído mis historias con Pedro, quizá recuerden que les comenté que tenía un compañero de universidad al que sentía que le gustaba. Bueno, esto que les voy a relatar es después de lo que viví con Pedro, y las historias que les contaré serán en orden cronológico. Este es un relato ficticio solo para mayores de 18 años.

No seguí viendo a Pedro y ya había pasado un año sin que conociera a nadie más. Siempre chateaba en chatgay, pero no concretaba con nadie, no me tincaban. Todos los personajes de esta historia son mayores de 18 años y las escenas son fantasías consensuales entre adultos.

Lo que pasó ahora tiene relación con ese compañero. No recuerdo qué seudónimo le iba a poner a este compañero de universidad, pero digámosle Francisco. Francisco vivía en Santiago, pero venía de Concepción, y estaba con sus dos hermanos mayores acá. Uno trabajaba y el otro estaba en último año de universidad. Siempre hacían carretes y él me invitaba. Ya me conocían bastante. Iban compañeros y compañeras. La pasábamos bien.

Un día Francisco me invita a quedarme, como tantas veces, en el departamento de su hermano mayor a estudiar. Me quedé después de clases. Estábamos estudiando y llega su hermano del medio con un amigo de él. Todos rondábamos los 24 o 25 años; yo tenía 20. Mientras estudiábamos, el amigo del hermano, al que le pondremos Manuel, nos comienza a hablar e interrumpir. Se sienta en una mesa redonda que había y se pone a conversar. No mencioné que siempre estaban tomando y fumando en la terraza. Nos sirve una cerveza y yo le dije que no. Mi amigo aceptó de inmediato. Manuel me miraba mucho; lo vi en varias ocasiones mirándome y lo sentía.

Manuel: “¿Eres gay?”

Yo: “Jajaja, no, ¿por qué?”

Manuel: “Pensé que eras gay”. Y no paraba de mirarme ya con trago.

Francisco: “¿Por qué le preguntas si es gay o no? Siempre le preguntas eso a todos”.

Manuel: “No puedo preguntar. Es que es bonito”. Y se mató de la risa mientras me pegaba unas miradas.

Yo le recalqué que no. Me había asustado, pensé que me había reconocido del departamento de Pedro y que quizá era uno de sus amigos. Me pasé tremendo rollo. Se paró y se fue a escuchar música. Mientras nosotros seguíamos estudiando. Dieron como las 10 de la noche y hacía frío. Como fumaban mucho, abrían el ventanal del comedor.

Se acerca Manuel y me dice: “Oye, tienes frío, usa mi polerón”. Yo le dije gracias. Siempre tenía la mala costumbre de andar desabrigado en invierno. Me costó eso muchos resfríos. Me pongo su polerón y estaba calentito. Nos invitó a tomar y a fumar. Yo fumaba algo, y comencé a tomar cerveza por algo social y las preguntas de siempre: cómo les ha ido, pololas. Y dice mirándome a mí: “¿Pololos?”. Yo me maté de la risa y dije: “Ninguna de las anteriores”. Manuel no tenía pinta de ser gay. Era robusto, muy parecido a Pedro (Pedro del pene grande) en contextura, pero más alto, 1,85 m aproximadamente. Moreno. Yo, 1,70 m, tez blanca, ojos claros y pelo castaño. Ya me había descrito en otro relato.

Le digo que nada y me dice: “¿Pero cómo, no están pasándola bien?”. Mi amigo dice que él sí (y era verdad), tenía una polola en Concepción. Manuel dice: “Ah, ok. Entonces tomemos por eso”. Yo comencé a tomar y no tengo nada de aguante. Creo que a la cuarta cerveza ya estaba muy mal. Entonces le dije a Francisco dónde dormiría yo.

Manuel: “Yo tengo la cama de visitas. Duerme ahí, uno para cada lado”.

Yo: “Dormiré en el sillón”.

Francisco: “Como ustedes se quieran acomodar”.

Pero el sillón estaba en el lugar donde estábamos tomando y había música.

Manuel: “Pero duerme en la cama de visitas y después te cambias”.

Yo estaba muy tomado, por no decir borracho, y fui a esa cama. De hecho, Francisco me ayudó. Me caí y me dice: “¿Te saco los pantalones?”. Dije que sí, y él me los sacó con mi permiso. Recuerdo que sentía mucha música. Me sentía mal, todo daba vueltas y fue mucho rato así. Creo que pasaron horas y siento movimiento en la cama; estaba todo calmado, sin música. Todos se habían ido a dormir. Siento que me destapan y hacía frío. Yo apenas hablaba y digo: “Hace frío”.

La persona que se acuesta a mi lado se mete en la cama y me tapa. Sigo durmiendo y siento una mano en mi estómago abrazándome. Era Manuel.

Manuel: “Tengo frío, Héctor. ¿Permiso?”. Yo, aún mareado, murmuro un “sí, está bien” y no digo nada más.

Despierto por un dolor en mi trasero (que ya conocía) y mucho peso sobre mí. Sentía el estómago de Manuel sobre mi espalda, su pene en mi interior y sus testículos en mi trasero. Estaba arriba y había logrado penetrarme. “¿Quieres que siga?”, me susurra. Yo, excitado y respondiendo con un “sí, continúa”, lo dejo moverse. Se frotaba contra mí para penetrarme. Recuerdo que la cama sonaba mucho. Estaba mareado, pero disfrutaba. Manuel me tapa la boca con la mano suavemente. Me agarra las manos y me estira los brazos hacia arriba; comienza a meter fuerte y sacar despacio. Me tiene así mucho rato y yo no digo nada. No reclamo, aunque me dolía un poco al inicio. Sentía muy pegajoso mi ano y sonaba; probablemente se había echado mucha saliva. Me estaba gustando lo que me hacía, aunque estaba mareado. De pronto siento que se empieza a agitar y eyacula. Llevaba más de un año sin ser penetrado y lo gocé plenamente. Me quedé dormido con él sobre mí. No se salía, pero sentía su pene, que era normal y rico, irse saliendo poco a poco. Nunca sentí que se saliera por completo; lo sentía ya pequeño adentro.

No sé cuánto rato pasó, pero estaba moviéndose nuevamente y me comenzó a besar. “¿Puedo besarte?”, pregunta. Yo asiento con un “sí”. Manuel salta despacio para que la cama no se mueva. Siento como entraba y salía. Creo que nunca me sacó su pene y este se le paró estando dentro mío. Sigue penetrándome. Estuvo mucho rato así. Ya comienzo a sentir dolor y se me aprieta mucho mi ano. Eso me hace sentir aún más la forma de su pene. Siempre pude sentir la forma de los penes que me penetraban el ano. Sentir el glande como iba entrando siempre me encantó.

Manuel sigue con ese ritmo. Después me pone de lado, cucharita. Jadeamos mucho y no pensaba dónde estaba. Disfrutaba; se sentía demasiado bueno. “¿Te gusta así?”, me dice. “Sí, sigue”, respondo. Manuel me agarra el pene y me comienza a masturbar. Eso me encanta, porque cuando estaba por eyacular, me dio una electricidad muy rica que me hizo apretar mi ano y sentí como si se lo estrujaba con mis músculos de esa zona. Me moví para quedar penetrado totalmente y me fui totalmente. Al salir de ese estado placentero, tomo consciencia de lo que estamos haciendo. Lo miro hacia atrás mientras él no para de moverse; lo veo con los ojos cerrados y vuelvo a mirar hacia adelante pensando en la situación. Me dolía mucho mi trasero porque ya había acabado y siempre que acabo, mi dilatación disminuye mucho y también baja mi calentura. Pensé en un momento que se iba, pero no, no se iba nunca.

En eso se sienten pasos y Manuel para de inmediato. Yo también me quedo muy quieto y se escucha como alguien va al baño de visita que tenía el departamento en el estar comedor. Nos quedamos quietos y cuando escuchamos que salen, siento pasos que llegan a la puerta del dormitorio. Era Francisco.

Francisco: “Manuel, ¿Héctor se quedó en tu dormitorio?”. Decía con tono bajo para no despertar a nadie, mientras abría la puerta.

Cuando pregunta eso, me salgo de su pene y me pongo en la orilla.

Manuel: “Sí, está acá. Hacía mucho frío para mandarlo al sillón”.

Francisco: “No te lo culees”. Lo dijo bromeando y riendo, sin saber que eso realmente era lo que pasaba. Cerró la puerta.

Manuel: “Se te ocurre. Deja descansar”.

Se sintió como sus pasos se alejaban y el cierre de la puerta de su dormitorio.

Yo: “Ya, nada más. Ni siquiera sé cómo pasó esto del todo, pero estuvo bien”. Me salgo de la cama y voy al baño.

Manuel se acerca y me pide que me quede: “Quédate tú, yo me voy al sillón. Gracias por todo”. Estaba ebrio y según lo que me decía, yo le había dicho que sí antes. Sentí que lo recibí super bien y hasta me había hecho venirme.

Yo, más calmado: “Ok, está todo bien. Iré al baño y volveré a la cama. Si fue así la situación, no hay problema, pero hasta ahí por esta noche”. Fui al baño y sentí como salía su semen de mi cuerpo. Era mucho. Me limpié súper bien y recordé las veces que me dolía caminar debido al dolor punzante que queda después de tener sexo anal.

Llego al dormitorio.

Yo: “¿Me das permiso?”. Hago que se corra de lado y Manuel se mancha con mi semen cuando me fui.

Manuel: “Me manché con tu semen. Vamos a tener que limpiar las sábanas. Voy a decir que vomité un poco para poder sacarlas y lavarlas”.

Yo: “Ya, buena idea”.

Pasan 10 minutos.

Manuel: “Héctor, estás rico. ¿Puedo acercarme a ti, solo para abrazarte?”.

Yo: “Sí, pero solo abrazar, ok. Déjame dormir después”.

Manuel se pega a mí de forma brusca; llega a sonar la cama. Para mí decía “qué pesado el tipo”. Ya casi no me quedaba borrachera y estaba atento. Comienzo a sentir su pene pegado a mi trasero y como se le iba parando. Me doy vuelta y le digo que me dejara dormir. Él dice: “Ok, es que no aguanto, te sentí tan rico que me gustaría que me ayudaras con eso”. Recuerdo que me dio risa cuando me dijo “ayudaras con eso” y le respondí riendo: “¿Si pensabas que esto era caridad?”. Lo recuerdo y me río la verdad.

Comienza a meter su mano en mis boxers, por mis caderas (estábamos de cucharita). “¿Puedo tocarte?”, pregunta. Yo susurro “sí, pero despacio”. Me vuelvo a dar vuelta y nos besamos. No me di cuenta y nos estábamos besando. Me toca mis testículos y pene. Yo igual, se los manoseo. Sus testículos eran grandes y se lo dije. Me dice que son para fabricar el líquido que me tenía reservado. Me da vuelta y me penetra de a poco, con harta saliva. “¿Quieres que entre?”, dice. “Sí, entra despacio”, respondo. Me dolió al inicio, pero ya estaba agarrando la técnica para que no doliera tanto. Los suspiros por la penetración no los podía controlar. Me tapa la boca con la mano suavemente.

Comienza a penetrarme y a masturbarme de lado nuevamente. Sirve para no hacer sonar tanto la cama. Cuando de pronto, me hace correrme de nuevo. Él sigue penetrando mientras yo agarro aire. Me penetra y gozo, nuevamente con algo de dolor. Ese es el problema de irse: después duele. Sigue unos 5 minutos más y me agarra subiendo su pelvis y eyaculando nuevamente en mí, me penetra súper profundo. Siento una molestia interna por la profundidad, un dolor por topar con algo.

Me duermo con él adentro y no siento cuando se sale.

Al otro día me levanto temprano, con el despertador de Manuel, que había puesto la alarma para ordenar y no dejar huella de lo que pasó entre nosotros. Abrimos ventanas porque estaba pasado a sexo y al mirar las sábanas, estaban todas manchadas con semen.

Manuel: “Estás con mi semen aún”.

Yo: “Sí, está adentro”.

Manuel me da un beso y me dice que esa es su marca. Que le gustaría que nos juntáramos a tomar algo y después hacer algo similar. “¿Quieres repetir algún día?”, pregunta.

Yo le dije que lo pensaría. La verdad me gustó todo. Pero me cuestioné lo raro de la situación, como inició. Sumado a lo vivido con Pedro, que me compartió con sus amigos, sentí que era mi culpa no poner límites más claros desde el inicio. Pero ¿en qué momento? Si no di indicios de ser gay, creo yo. Todo fue consensuado al final y lo disfruté como fantasía entre adultos.

Compartir en tus redes!!
gustav123
gustav123

Hola. Soy Gustav. Santiago de Chile.
Si te gustan mis historias que son reales, me puedes escribir a [email protected]
Qué estén bien.

Artículos: 4

Un comentario

  1. Señores moderadores. Entiendo por qué algunas cosas se modificaron. Aclaro también que fue todo consensuado, pero no fue fantasía. Fue una historia real y que me encanta recordar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *