El último calor de mi aventura

En mi última aventura me desaté por completo. No podía creer lo que había hecho; me sentía sucia, más aún por todo lo que ya venía arrastrando. Intenté cambiar mi vida. Con José nunca más pasó nada; por más coqueteos o mensajes, siempre me mantuve alejada, aunque en el fondo lo deseaba con todas mis fuerzas. La verdad es que ser madre me fue transformando de a poco. Mi marido seguía en su terquedad, ciego ante el hecho de que poco a poco me estaba perdiendo.

Muchos preguntan por qué no terminé todo antes, y hasta ahora no sé qué responder. Quizás era miedo. Al ser madre, mis prioridades cambiaron: no quería fallar en eso. Teníamos estabilidad económica; ambos trabajábamos duro y los frutos llegaban. No nos faltaba nada material… bueno, ya saben qué era lo que faltaba.

Ese deseo se fue apagando lentamente. El sexo se volvió casi nulo, porque ninguno proponía nada. Antes era yo la que daba el primer paso, pero todo tiene un fin. Quería que él se esforzara, que volviera esa pasión de cuando éramos jóvenes, pero era un caso perdido. Las folladas eran esporádicas, las calenturas también. Me encantaba la vida que estaba construyendo, aunque en secreto anhelaba una última aventura. Desde José no volví a mirar a los hombres de la misma forma: alguien nada atlético, mayor, me había dado una de las mejores folladas de mi vida, intensa y profunda, que aún me hacía temblar al recordarla.

El trabajo iba viento en popa: reuniones livianas y mi estatus creciendo cada vez más. Un día, al acercarse mi cumpleaños, me pidieron que viajara a Miami, EEUU, para unas entrevistas. Al principio dudé, pero luego pensé en aprovecharlo como unas mini vacaciones: al terminar las reuniones, me quedaría unos días extra. Necesitaba un descanso; era yo la que más cuidaba a los hijos mientras trabajaba. Se lo comenté a mi marido y no puso drama: él, al ser jefe, podía trabajar desde casa y ocuparse de los chicos. No quería ir sola, así que le propuse que fuéramos juntos, una mini luna de miel. Pero no quiso; sus “pendientes” lo tenían demasiado ocupado. En Europa parece que los “pendientes” te chupan toda la energía, jajaj.

Al final decidí ir con una amiga, que justo también planeaba viajar a EEUU. De paso, tendríamos una salida como las de antes, que no teníamos hace años.

Preparando mi equipaje, no lo pensé demasiado: Miami, calor, playa… tenía que llevar trajes de baño. Y la verdad es que no dudé dos veces: metí varios bikinis sexys que se pegaban a mi piel como una segunda capa, resaltando cada curva de mis caderas y mis pechos con esa tela fina que se transparentaba bajo el sol. Además, no pude resistirme a incluir lencería provocativa: encajes negros que rozaban mis pezones endurecidos al imaginarlos, tangas diminutas que apenas cubrían mi intimidad ya húmeda solo de pensarlo. Esa parte salvaje de mí sabía que algo podría pasar, especialmente yendo con mi amiga, que es mucho más desinhibida y sociable que yo, siempre lista para coquetear y arrastrarme a la diversión prohibida.

Pero otra voz en mi cabeza me frenaba: “No lleves nada de esto, solo ve a divertirte como una madre normal”. Mi mente era una batalla ardiente entre el deseo y la razón, con el pulso acelerado y un cosquilleo traicionero entre las piernas. Al final, cedí a un compromiso: solo una prenda sexy, un body de encaje que se ajustaba perfecto a mi cuerpo, listo para ser arrancado en un momento de pasión, y un solo bikini llamativo, rojo fuego, que dejaba poco a la imaginación y hacía que mis pezones se marcaran con el roce del viento.

No iba en busca de sexo, pero si ocurría… quería estar preparada. Algo en mi interior, ese fuego de aventuras pasada había encendido años atrás, me susurraba que esta sería mi última aventura: una noche de follada intensa, salvaje, donde me entregaría por completo, gimiendo bajo el cuerpo de un desconocido, sintiendo cómo me llenaba hasta el límite, antes de volver a mi vida “perfecta”.

El viaje se puso en marcha. Fuimos por separado, porque yo tenía que cumplir primero con mis obligaciones laborales. Las reuniones salieron mejor de lo esperado y terminé antes de lo previsto. Ese mismo día llamé a mi amiga; ella se había encargado de la reserva y, como siempre, eligió de maravilla: uno de los mejores hoteles de Miami, muy concurrido en esa época porque era pleno verano.

Al llegar, todo era un sueño hecho realidad. No había demasiada gente en el hotel —lo cual era perfecto—, porque la mayoría estaba en la playa. Pero la piscina del hotel… Dios, era algo espectacular: agua cristalina que brillaba bajo el sol intenso, rodeada de palmeras y tumbonas blancas, con un bar flotante que invitaba a cocktails fríos mientras el calor subía por la piel. El lugar mezclaba detalles modernos —líneas limpias, luces suaves— con un toque clásico elegante que lo hacía irresistible. Me quedé parada en el lobby, sintiendo el aire acondicionado fresco rozando mi escote, y un cosquilleo travieso me recorrió el cuerpo: este sitio gritaba placer, relax… y algo más prohibido.

Al llegar a la habitación, quedé impactada: todo era puro lujo. Las cortinas ligeras dejaban filtrar la luz dorada del atardecer, la cama king size con sábanas blancas impecables invitaba a revolcarse en ella, y los detalles minimalistas pero elegantes hacían que el lugar se sintiera como un refugio sensual. Era una suite, así que cada una tenía su propia habitación; perfecta privacidad para lo que fuera que la noche trajera.

Mi amiga llegó poco después, cargada de energía y maletas. Las dos gritamos de emoción como pendejas, nos abrazamos y, sin perder tiempo, pedimos comida al room service. Merendamos en el balcón con vista a la piscina, riendo y poniéndonos al día mientras el calor de Miami nos envolvía la piel.

Después bajamos al bar del hotel, que estaba justo al lado de la piscina, con luces suaves y música baja que invitaba a relajarse. Fuimos con ropa cómoda, pero imposible pasar desapercibidas. Ella se puso una falda tropical corta que se movía con cada paso, dejando ver sus piernas bronceadas, y un corpiño ajustado que realzaba sus pechos perfectos, marcando sus pezones apenas cubiertos por la tela fina.

Yo elegí una falda blanca liviana que se adhería a mis caderas y un top rojo escotado que abrazaba mis curvas. No era tan provocativo como el de ella, pero mis pechos firmes y mi culo redondo se notaban con cada movimiento; sentía las miradas clavadas en mí y eso ya me empezaba a encender por dentro.

Las charlas fluían con tragos en la mano, las risas, los recuerdos… y, claro, los coqueteos de los chicos que estaban alrededor. Algunos se acercaban con sonrisas confiadas, cuerpos jóvenes y esculpidos por el gimnasio, abdominales marcados bajo camisetas ajustadas, piel bronceada y esa energía arrogante de quienes saben que suelen gustar.

Pero ninguno me movía un pelo. Ni a mí ni a mi amiga. Rechazábamos con cortesía, seguíamos charlando entre nosotras y disfrutando la noche. Sin embargo, por dentro yo no dejaba de analizarlo: ¿por qué esos cuerpos perfectos no me provocaban nada? Cualquier mujer babearía por ellos, pero a mí no me aceleraban el pulso.

En cambio, cuando pasaba algún hombre mayor —canas elegantes, mirada segura, manos fuertes y esa calma que solo da la experiencia—, sentía ese cosquilleo inmediato entre las piernas. Un calor lento que subía desde el vientre, humedeciéndome sin remedio. No lo entendía del todo, pero lo aceptaba: me calentaba lo maduro, lo vivido, la promesa de una follada profunda y sin apuro, de alguien que sabe exactamente cómo hacer gritar a una mujer como yo.

Al otro día salimos temprano a la playa. El sol quemaba fuerte y la arena estaba llena de cuerpos jóvenes, musculosos, bronceados, todos pavoneándose como si bastara con flexionar un abdominal para que nos cayéramos rendidas. Se acercaban con esa seguridad ridícula, sonrisas perfectas y frases ensayadas, pero nosotras éramos mucho más selectivas. Cada uno que intentaba algo se iba con la cola entre las piernas; los rechazábamos con una mirada o una risa cortés, y seguíamos charlando entre nosotras.

Los hombres maduros, en cambio, ni se atrevían a acercarse. Tal vez por respeto, tal vez por miedo a un rechazo directo, pero sus miradas sí las sentía: discretas, intensas, recorriéndome de arriba abajo mientras yo me acomodaba el body rojo que había elegido esa mañana. Era una pieza entera, ajustadísima, que se hundía entre mis nalgas y levantaba mis pechos, dejando la espalda casi al descubierto y marcando cada curva bajo el sol. Mi amiga llevaba un bikini celeste diminuto que apenas contenía sus tetas; juntas éramos un imán de ojos, y eso me ponía la piel erizada de una forma deliciosa.

Después de unas horas tomando sol y riendo a carcajadas, hicimos amistad con dos chicas del hotel. Almorzamos juntas, fuimos de compras, probándonos ropa sexy y riéndonos en los probadores. Todo fluía perfecto, como si lleváramos años de vacaciones.

Por la noche se armó una fiesta en el salón del hotel. Era nuestro segundo día y ya sentía que había pasado una eternidad de relax. Antes de bajar, hablé por teléfono con mi marido. Me sorprendió: me habló con cariño, con esa voz ronca que usaba al principio, me dijo cosas calientes al oído, como cuando todo era fuego entre nosotros. Colgué con el corazón latiendo fuerte y una duda enorme en la cabeza. Por un momento pensé que quizás estaba cambiando, que valía la pena intentarlo de nuevo.

Iba a bajar con un pantalón vaquero ajustado y el body rojo que tanto juego daba, pero en el último segundo cambié de idea. Me puse una pollera azul fluida y una remera que me cubría hasta el cuello: algo más recatado, como queriendo convencerme de que las palabras de mi marido habían sido suficientes para apagar ese fuego interno.

La fiesta estaba animada: parejas bailando, luces tenues, música sensual. Nos instalamos en una mesa con mis amigas y empezamos con tragos —algunos sin alcohol, otros con justo lo necesario para soltarnos. La música subió de intensidad y terminamos en la pista. Los chicos jóvenes se acercaban uno tras otro; algunos bailaban bien, otros solo querían rozarse. Mi amiga y las chicas nuevas se dejaban llevar un poco más, coqueteando y quedándose con alguno, pero yo los rechazaba a todos con una sonrisa. Era divertido verles la cara, pero también triste: ninguno me provocaba ni una chispa, ni un cosquilleo.

Al rato me sentí de más entre tantas parejas improvisadas, así que me fui al bar a pedir un trago sin alcohol —frío, dulce, delicioso—. Estaba sola, apoyada en la barra, cuando se acercó un hombre de unos 45 años. Alto, canoso en las sienes, cuerpo normal —ni gym ni descuidado—, traje informal pero elegante. Al principio solo un saludo tímido, los dos callados mirando la pista.

Después de unos minutos se animó:

—Hola, ¿qué tal la noche? —dijo con voz baja, casi tímida.

—Bien, tranquila —respondí sonriendo—. ¿Cómo supiste que hablo español?

—Estabas con tus amigas y ese acento argentino se reconoce a leguas, jajaja. Soy Augusto, nací aquí en Miami pero mis padres son uruguayos —extendió la mano con calma.

—Un gusto. Julieta, de Argentina. Acertaste perfecto —reí, ya más interesada—. ¿Vos vivís acá?

—No, a unas calles de aquí. Vine con amigos —señaló a un grupo que ya estaba muy entretenido con otras chicas—. Pero parece que están ocupados, jajaja.

—Sí, a esta hora todos encuentran pareja rápido —miré hacia ellos y luego a él.

—Total. A vos ninguno te llamó la atención, ¿no? Sos muy linda, opciones no te deben faltar.

—No, no —mostré mi anillo con naturalidad.

—Aaa, me lo imaginaba. ¿Y tu esposo? Si se puede preguntar…

—En Argentina. Vine por trabajo y me quedé unos días de vacaciones.

—Qué bueno. Yo también estoy casado… pero con muchos problemas.

—Uuh, como todos, jajaja.

—¿Vos también?

—Llevamos muchos años y eso desgasta, ¿no? La rutina, la indiferencia…

—Totalmente. Me sorprende que a vos te pase. Sos muy linda, es difícil de creer.

—Mirá, entre nosotros y que no salga de acá… creo que tiene otras mujeres. Ya sabés: el que no tiene lo busca y el que lo tiene también.

—En mi caso ella es muy fría, indiferente. Me fue infiel hace un tiempo, la perdoné, pero ahora es todo diferente y la verdad… me cansa.

Hablamos un rato más, con esa complicidad instantánea que surge cuando dos personas casadas reconocen el mismo vacío. En un momento vi que mis amigas ya se iban, algunas acompañadas.

—Bueno, mis amigas ya se retiran. Espero que soluciones lo tuyo con tu esposa… ¡nos vemos!

—Esperá…

—¿Sí?

—¿Me das tu número? No para nada raro, eh. Me caíste súper bien.

—Mmm… bueno, jajaja —se lo dicté sin pensarlo dos veces.

—Que tengas linda noche, Julieta.

Nos despedimos con un beso en la mejilla que duró apenas un segundo de más, suficiente para sentir su perfume y el roce cálido de su piel. Subí al ascensor con el pulso acelerado, el anillo pesándome en el dedo y la voz de mi marido resonando.

Al llegar a la habitación, cerré la puerta con cuidado y, al rato, empecé a escuchar gemidos bajos pero inconfundibles provenientes de la habitación de mi amiga. Eran intensos, rítmicos, acompañados de risas ahogadas y el crujido sutil de la cama. No la culpaba en absoluto: estaba soltera, en unas vacaciones soñadas, y se merecía revolcarse con quien quisiera hasta perder el aliento. Yo solo sonreí en la oscuridad, con un pinchazo de envidia mezclado con excitación ajena que me recorrió la piel.

Me metí al baño, dejé que el agua caliente cayera sobre mi cuerpo todavía cargado de la música y las miradas de la fiesta. Me enjaboné despacio, sintiendo cómo mis manos resbalaban por mis pechos, por mi vientre, entre mis piernas… pero me detuve. No era momento. Me sequé, me puse una camiseta liviana que apenas cubría mis muslos y me metí en la cama con la piel todavía tibia.

Antes de apagar la luz, agarré el teléfono. Tenía mensajes de mi marido: fotos de los chicos durmiendo, videos cortos donde me mandaban besos, y un audio suyo con voz suave, casi susurrante, diciéndome cuánto me extrañaban, que me amaban, que estaba hermosa en las fotos que les había mandado. Cada palabra era como un paño frío sobre el fuego que llevaba días conteniendo. Me alejaba más y más de la idea de una última aventura, de entregarme a ese cosquilleo prohibido que Augusto había despertado con solo una conversación.

Pero no entendía el cambio repentino en él. ¿De verdad se había dado cuenta de lo que estaba perdiendo? ¿No solo a mí como mujer, sino como familia, como madre de sus hijos? ¿O era esa clásica maniobra cuando meten la pata? Ya saben… cuando el marido huele que algo puede pasar a la distancia, o peor, cuando él mismo la cagó con otra y ahora quiere asegurar el terreno con mimos y palabras dulces para que yo no explote si algún día me entero.

Me quedé mirando el techo en la penumbra, con el cuerpo todavía inquieto, los pezones duros contra la tela de la camiseta y un calor traicionero entre las piernas que se negaba a apagarse del todo. Los gemidos de mi amiga ya habían cesado; solo quedaba el ruido lejano del aire acondicionado y mi propia respiración agitada.

Al otro día, al amanecer, mi teléfono vibró sobre la mesita. Un mensaje de Augusto:

—Hola Juli, soy Augusto, ayer hablamos en el bar del hotel.

—Hola, sí, te recuerdo. ¿Qué tal?

—Nada, todo tranquilo por aquí. ¿Vos? ¿Hacés algo hoy?

—Mmm, no sé, con mis amigas improvisamos día a día.

—¿Te parece si vamos a tomar algo a la noche al bar?

—No, la verdad no sé qué tengamos con mi amiga. Te aviso si me desocupo.

—Dale, si no podés no hay drama, lo dejamos para otro día.

Mi cabeza era un caos total. Por un lado, no entendía ese cambio repentino en mi marido —sus audios cariñosos, sus palabras calientes que me hacían mojarme solo de recordarlas, como si de pronto quisiera reclamar lo que había ignorado por años—. ¿Se habría dado cuenta al fin de que me estaba perdiendo, de que no solo era la madre de sus hijos, sino una mujer con un fuego ardiendo dentro, lista para explotar? Por otro, ¿hasta dónde podía llegar con Augusto? Ese hombre maduro, con su voz tímida pero segura, me provocaba un cosquilleo insistente entre las piernas solo con sus mensajes. Imaginaba sus manos expertas recorriéndome, su cuerpo presionándome contra la barra, follándome lento y profundo hasta hacerme gemir sin control. Pero no, no quería pasar el día obsesionada con eso. Apagué el teléfono un rato y esperé a que mi amiga despertara.

Desayunamos en el balcón, con frutas jugosas que chorreaban por mis labios y café caliente que me despertaba la piel. Salimos de compras con ella y las chicas nuevas: probadores llenos de risas, ropa sexy que me ceñía las tetas y el culo, telas suaves rozando mis pezones endurecidos por el aire acondicionado. El día fue espectacular, puro placer inocente bajo el sol de Miami.

Después fuimos a la playa un rato. El agua estaba deliciosa, tibia como una caricia, envolviéndome las curvas mientras nadaba. Me puse el body rojo otra vez, empapado y pegado a mi cuerpo, marcando cada detalle: mis pezones tiesos contra la tela mojada, el contorno de mi sexo apenas cubierto. Las olas me mecían, el sol quemaba mi piel, y por momentos cerraba los ojos imaginando que eran manos fuertes las que me tocaban, no el mar. Pero sacudí la cabeza, reí con las chicas y dejé que el agua se llevara las dudas… al menos por unas horas.

Al terminar la tarde en la playa, decidimos cerrar el día con algo de relax puro: fuimos al spa del hotel. Masajes profundos, sauna, vapor, faciales… todo para derretirnos de placer. Nos recostamos en las camillas envueltas en batas blancas suaves, con el aroma a lavanda y eucalipto flotando en el aire, la piel todavía tibia del sol y brillando por el aceite de los masajes.

Ahí, entre suspiros de alivio, empezamos a charlar de todo lo que habíamos hecho… y, obvio, los hombres no tardaron en salir al tema.

Por cierto, nunca las había presentado bien: mi amiga con la que viajé desde Argentina se llama Soledad, esa morocha desinhibida y siempre lista para todo. Las dos chicas que conocimos en el hotel son Raquel, la más picante y directa, y Marisol —a quien todas llamamos Mari—, rubia, risueña y con una energía contagiosa que te arrastra a cualquier plan loco.

—Anoche se divirtieron, ¿eh? Jajajaja. Todas terminaron como Sole o no tuvieron esa suerte —disparó Raquel, acomodándose mejor en la camilla.

—Shhh, no me lo recuerdes —dijo Soledad, recostándose y poniéndose los rodajes de pepino en los ojos con dramatismo.

—Los gritos se escucharon hasta nuestra habitación, ¿eh? Jajaja —agregó Mari, guiñándome un ojo.

—Bueno, bueno, chicas, es normal. Yo también la pasé bomba —confesó Raquel sin pudor.

—Todas menos vos, Juli —me señaló Soledad, quitándose un pepino para mirarme fijo—. Sé que estás casada, pero una aventura en Miami se queda en Miami.

—Sí, es verdad. Ese señor con el que estabas charlando… esa mirada de “coqueteame más que te follo aquí mismo”, ¿no pasó nada? —insistió Mari con una sonrisa traviesa.

—Ay, chicas, ¿qué hablan? —reí, sintiendo que me sonrojaba bajo la mascarilla.

—Mmm, nos parece que te gustó, ¿verdad? —Raquel no aflojaba.

—Tantos pibes musculosos que rechazaste y te calentó el maduro, jajaja —remató Soledad.

—CHICAS, no me enamoró nadie, ¡por Dios! —protesté, pero todas estallaron en carcajadas.

—Obvio que no, pero nos referimos a esa chispa… esa humedad que se nota aunque no digas nada —dijo Mari bajito, y las demás asintieron.

—Por favor, Juli, ¿nos vas a decir que no tenés ganas? —Soledad me miró con complicidad.

—Jajaja, por favor, dejen de hablar pavadas —intenté cortar, pero mi risa me delataba.

—Esa risa nos confirma todo —sentenció Raquel—. Aprovechá, Juli. Sos hermosa, tenés un cuerpo increíble que vuelve loco a cualquiera, y aunque sos joven, esa chispa se apaga si no la alimentás. ¿Cuántas vacaciones sola vas a tener?

—No lo sé, pero engañar a mi marido no está bien —murmuré, aunque la voz me salió menos convencida de lo que quería.

—Por favor, sabemos que no está bien… pero hay que vivir la vida, nena. Una aventura no le hace mal a nadie —dijo Mari con tono suave, casi maternal.

—Ya, ya, jajaja. Mejor pensemos qué vamos a cenar o qué hacemos esta noche —cambié de tema rápido.

—Yo tengo que verme con el chico de la playa —anunció Soledad, ya emocionada.

—Yo salgo con el del baile también, jajaja —agregó Raquel.

—Y yo con el chico del masaje —soltó Mari como si nada.

—¿Del masaje de hace dos minutos? —pregunté, abriendo grande los ojos.

—Sí, ¿qué tiene? —se encogió de hombros, riendo.

—Sos increíble, amiga. Gracias por dejarme sola, ¿eh? Jajaja —me quejé en broma.

—Por favor, Juli, te parás en cualquier lado y tenés a todos los hombres que quieras. Llamá a ese maduro, seguro está esperando que le des luz verde para devorarte —me pinchó Soledad.

—Jajajaja, okey, “amigas” —dije resignada, sintiendo cómo el cosquilleo volvía a encenderse entre mis piernas solo de imaginarlo.

Salimos del spa flotando, con la piel suave y brillante, el cuerpo relajado pero la cabeza llena de ideas prohibidas. Y yo, con el teléfono quemándome en el bolso, sabiendo que esa noche tenía una decisión pendiente.

Por la tarde ayudé a Soledad a prepararse para su cita. Ella ya brilla sola, con esa piel morena y esa sonrisa que desarma, pero cuando se puso ese vestido rojo ajustado que habíamos comprado esa misma mañana… Dios, estaba para comérsela. La tela se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, marcando sus pechos firmes y ese culo redondo que se movía con cada paso. Le presté mis tacones altos, le acomodé el pelo suelto sobre los hombros y, al mirarla en el espejo, hasta yo sentí un calorcito de envidia. Esa noche alguien iba a tener mucha suerte.

Raquel y Mari ya se habían ido por su lado, así que la suite quedó en silencio cuando Soledad salió, guiñándome un ojo y prometiendo contarme todo al día siguiente.

Yo decidí quedarme. Tuve una videollamada larga con mis hijos: sus risas, sus cuentos del día, sus “te quiero, mamá” me llenaron el pecho de una ternura enorme. Después habló mi marido, con voz baja para no despertar a los chicos, y quedamos en que más tarde, cuando allá fuera madrugada y los chicos durmieran profundo, tendríamos nuestra llamada caliente. Me excitó la idea: por fin algo de fuego después de tanto tiempo.

Me duché rápido, me puse la lencería negra que había comprado en las compras del día: un conjunto de encaje transparente que apenas cubría mis pezones endurecidos y una tanga diminuta que se hundía entre mis nalgas. Me miré al espejo, me tomé varias fotos sexys —una con la mano entre las piernas, otra mordiéndome el labio, otra mostrando el culo en el reflejo— y se las mandé. Esperé. Y esperé.

No hubo respuesta inmediata. Lo llamé. Sonó varias veces y nada. Al rato llegó un mensaje suyo: “Perdón bebé, estoy re cansado. Mañana te digo todo lo que me provocaste con esas fotos”.

Me desilusionó como un balde de agua fría. El deseo que había empezado a subir se quedó a medias, latiendo entre mis piernas sin salida. Me metí en la cama con la lencería puesta, la piel sensible al roce de las sábanas, los pezones duros y un vacío molesto en el vientre.

Justo cuando el sueño empezaba a vencerme, vibró el teléfono. Era Augusto.

—Hola bella dama, ¿estás? —

—Hola, sí. ¿Qué pasó? —

—No nada, quería saber si estabas libre esta noche. El bar está abierto y hay buena gente, si querés bajar y platicamos un rato. —

—Perdón, estoy cansadísima, tuve un día largo. —

—¿Te acompaño ahí? Doy buenos masajes… —

—No, no, gracias. Acordate que tenés esposa, jajaja. —

—Solo dije masajes… ¿qué pensaste vos? —

—Jajaja nada, pero no estoy para visitas sola. —

—Daleee… igual quería hablar con vos porque me caíste muy bien y, además, quería contarte que me voy a divorciar. Mi esposa me llamó anoche y me dijo que era lo mejor. —

—Uuh, lo lamento mucho. ¿Estás bien? —

—Sí, obvio que estoy triste, pero bueno… ahora quiero olvidar un poco todo esto. —

—Espero que lo logres. Bueno, me voy a dormir. ¡Buenas noches! —

—Que descanses, preciosa. —

Colgué y me quedé mirando el techo en la penumbra. Sabía perfectamente que ya tenía otras intenciones; lo notaba en ese tono de voz bajo, en la forma en que alargaba las palabras, en esa oferta de “masajes” que no era inocente. Pero yo también había pensado en esas situaciones: en sus manos grandes sobre mi espalda, bajando despacio, en su aliento en mi nuca mientras me quitaba la poca ropa que llevaba.

Por ahora no me interesaba cruzar esa línea… o eso me repetía. Aunque ahora sabía que él iba a insistir más, a provocarme con más ganas. Los hombres como Augusto, perros viejos, olfatean el deseo a kilómetros. Y él sabía —porque lo sentía en mi risa, en mis respuestas, en el silencio que a veces dejaba— que yo estaba caliente, vulnerable, con la carne palpitando y la cabeza llena de dudas. Sabía que, con un poco más de presión, yo podía caer.

Me di vuelta en la cama, apreté las piernas buscando alivio y cerré los ojos. Mañana sería otro día… 

No los quiero aburrir con más detalles de la rutina de chicas, pero la verdad es que la pasé increíble esos días: spa con masajes que me dejaban la piel temblando de relax, clases de yoga al aire libre donde el sudor resbalaba por mis curvas, gym con vistas al mar que me ponían el cuerpo firme y brillante. Todo era perfecto, salvo ese vacío que no se iba.

Augusto siguió insistiendo con mensajes sutiles, cada vez más directos: un “buenos días, preciosa” que me aceleraba el pulso, una foto del atardecer desde el bar con un “te extraño aquí conmigo”. Algo en mí seguía rechazando la idea de cruzarlo todo, de caer en esa tentación madura y prohibida que él representaba. Me repetía que no, que ya había cambiado, que mi marido quizás también… pero las noches en soledad me traicionaban. Los gemidos que llegaban desde las habitaciones de Soledad, Raquel o Mari —intensos, liberados, envidiables— me dejaban con la piel erizada y la mano entre las piernas sin querer. Y mi marido, otra vez: promesas de llamadas calientes que terminaban en “estoy agotado, mañana sí”. Yo esperándolo con la lencería puesta, los pezones duros contra el encaje, la humedad creciendo… y nada. Solo silencio y frustración.

Ya faltaban solo dos días para volver a casa. Aprovechamos para ir a parques temáticos, tiendas lujosas, desayunar en cafés con mesas al sol y smoothies helados que chorreaban por la mano. Reíamos como locas, nos sacábamos fotos sexys en cada rincón, vivíamos como si no existiera un mañana.

Cuando volvimos al hotel, vi el cartel: esa noche había una gran fiesta de cierre de temporada en el salón principal. La última gran noche en Miami. No lo dudamos: salimos las cuatro directo a comprar ropa para despedir las vacaciones como se merecían.

Todas elegimos algo realmente lindo… y muy sexy. Soledad se llevó un vestido negro cortísimo que le marcaba el culo perfecto y un escote que dejaba poco a la imaginación. Raquel optó por un mono rojo fuego con transparencias que mostraban su piel bronceada. Mari eligió un top plateado brillante y una falda alta que dejaba ver sus piernas interminables.

Yo me enamoré de una falda blanca fluida con detalles dorados que se ceñía a mis caderas y se abría apenas con el movimiento, fresca pero provocativa, ideal para el calor infernal que no aflojaba ni de noche. La combiné con un top a juego: corto, escotado, con tiras finas que cruzaban la espalda y dejaban al descubierto mi abdomen tonificado y la curva superior de mis pechos. Al probármelo en el espejo del probador, sentí cómo la tela rozaba mis pezones ya sensibles, cómo la falda se levantaba apenas al girar, insinuando lo que había debajo. Me miré y pensé: esta noche no paso desapercibida. Ni quiero.

Volvimos al hotel cargadas de bolsas, riendo y planeando la previa en la suite: maquillaje intenso, perfume que deja huella, tacones que hacen caminar como si el mundo fuera nuestro. Era nuestra despedida de Miami… y algo en mí sabía que también podía ser la despedida de mi última oportunidad de sentirme deseada, follada como merecía, antes de volver a la rutina que me estaba ahogando.

Me miré una vez más en el espejo mientras me vestía. El top dorado abrazaba mis tetas, la falda blanca se mecía con cada paso. Estaba hermosa.

Al llegar a la fiesta, el salón estaba a reventar: luces bajas, música latina que retumbaba en el pecho, cuerpos moviéndose como olas. Mis amigas y yo nos lanzamos directo a la pista. Esa noche me permití unos tragos con alcohol —no muchos, justo lo suficiente para que el calor subiera por la piel y las inhibiciones se aflojaran—. Bailamos felices, riendo, sudando, con la falda blanca ondeando alrededor de mis muslos y el top dorado pegado a mis pechos por el calor.

Después de un rato, sentí una mano firme en mi cadera. Me giré apenas y era Augusto, su aliento cálido en mi oreja:

—Hola, preciosa.

Le di un beso suave en la mejilla y seguí bailando, ahora apoyada contra él. Mi culo rozaba su entrepierna y ahí estaba: su pene duro, grueso, presionando contra mí a través de la tela. Ese contacto me encendió al instante; un latigazo de placer directo a mi vagina. En ese momento no pensaba en nada más: ni marido, ni hijos, ni promesas. Solo quería disfrutar.

El perreo se intensificó. Se movía increíble para su edad: caderas seguras, manos grandes recorriendo mi cintura, subiendo por mis costados hasta rozar el borde de mis tetas. Cada roce me calentaba más, mis pezones duros contra el top, la humedad creciendo entre mis piernas.

Al rato no aguanté más el deseo y lo tomé de la mano.

—Vení.

Lo llevé atrás de los baños, a un rincón oscuro donde la música llegaba amortiguada y las sombras nos cubrían. Ahí lo besé con hambre, mientras seguía moviendo las caderas contra él, mis pechos presionándose y frotándose contra su torso.

—No puedo creer que me hagas caso a mí, teniendo tantos hombres jóvenes alrededor —murmuró, apretando mi culo con fuerza.

—Shhh, disfrutá —le susurré, mordiéndole el labio mientras mis movimientos se volvían más obscenos.

—Vamos a tu pieza, nena —dijo, levantándome la falda, sus dedos rozando la piel de mis muslos.

—Vamos a tu casa. En la habitación nos pueden interrumpir mis amigas.

—Lo que desees.

Caminamos rápido hasta su auto en el estacionamiento. Subí al asiento del acompañante, pero él no soltó mis labios ni un segundo. Los vidrios polarizados nos daban privacidad total; la gente pasaba cerca y no veía nada. Sus manos duras, expertas, bajaron de mis tetas —apretándolas, pellizcando mis pezones hasta hacerme gemir— directo a mi vagina. Apartó la tanga con facilidad y empezó a mover los dedos: lento al principio, luego profundo, curvándolos justo donde me volvía loca. Estaba tan mojada que la tela se corrió sola; sus dedos entraban y salían con un sonido húmedo que me avergonzaba y excitaba a partes iguales.

—Vamos rápido… aquí es incómodo —susurré, jadeando en su oído.

—Shh, disfrutá, me dijiste vos —respondió con una sonrisa pícara, y bajó la cabeza para besar mis tetas, chupando un pezón por encima del top mientras sus dedos seguían follándome sin piedad.

No aguantaba más. Mi mano en su pelo, tirando suave, pequeños agarrones de placer.

—Aaah, vamos, nene… quiero todo de ti.

Se incorporó para manejar, pero yo no iba a dejarlo así. Me acomodé como pude, saqué su pene del pantalón: grueso, venoso, durísimo. Me agaché y empecé a chupárselo despacio, saboreando la punta, luego metiéndomela entera hasta la garganta.

—Espero no esté incómodo, nene —dije mirándolo con picardía antes de volver a succionar.

—Ooh, nena, para nada —gimió él, arrancando el auto con cuidado.

Me puse en cuatro sobre el asiento, la falda subida hasta la cintura, el culo expuesto. Mientras conducía despacio por las calles iluminadas de Miami, su mano libre me acariciaba las nalgas, separándolas, rozando mi ano, volviendo a mi vagina empapada. Yo seguí chupando, lamiendo, tragándome su polla con avidez, sintiendo cómo palpitaba en mi boca. El auto olía a sexo, a deseo contenido que por fin explotaba.

Sabía que íbamos a su casa, y que esta noche me iba a follar como hacía años nadie lo hacía: duro, profundo, sin prisa. Y yo lo necesitaba. Lo deseaba con cada fibra de mi cuerpo traicionero y ardiente.

Llegamos a su casa casi sin aliento. Augusto vivía en un condo moderno a pocas calles del hotel: entrada privada, luces tenues que se encendieron solas al abrir la puerta. Apenas cerró, me empujó suavemente contra la pared del pasillo y me besó con urgencia, sus manos grandes recorriendo mi cintura, subiendo hasta apretar mis pechos por encima del top dorado.

Yo tomé el control de inmediato. Lo aparté un poco, sonriendo con esa mirada felina que sé que vuelve locos a los hombres, y empecé a moverme despacio frente a él, como si todavía estuviéramos en la pista. Mis caderas ondulaban al ritmo de una música imaginaria, la falda blanca subiéndose con cada giro hasta dejar ver la tanga negra debajo.

—Mirame —le ordené en voz baja mientras me quitaba el top con lentitud, dejando que mis tetas grandes y firmes rebotaran libres. Los pezones ya estaban duros, rosados, pidiendo atención.

Augusto se quedó parado, respirando pesado, los ojos clavados en mí.

—Dios, Julieta… sos perfecta.

Seguí bailando, ahora solo con la falda y la tanga. Me acerqué, le desabroché la camisa botón por botón, besando su pecho, su cuello, mordisqueando apenas. Luego bajé al pantalón: lo desabroché, lo bajé junto con el bóxer y su polla saltó dura, gruesa, palpitando. Me arrodillé despacio, sin dejar de mirarlo a los ojos, y empecé a chupársela con calma: primero la punta, lamiendo el líquido preseminal, luego metiéndomela entera hasta el fondo de mi garganta. Él gimió fuerte, una mano en mi pelo rubio sin tirar, solo acompañando.

Después me incorporé un poco, puse su polla entre mis tetas y empecé a moverme arriba y abajo, apretándolas con mis manos para que la sintiera envuelta en carne suave y caliente.

—Así… ¿te gusta? —susurré, viendo cómo sus ojos se perdían en el espectáculo.

—Mucho… no pares, por favor.

Lo hice un rato más, hasta que lo sentí al borde. Entonces me paré, dejé caer la falda al piso y quedé solo en tanga y tacos. Lo llevé de la mano hasta el sofá amplio del living, lo empujé para que se sentara y me subí a horcajadas sobre él, pero sin dejarlo entrar todavía. Solo rozaba mi vagina húmeda contra su polla, adelante y atrás, torturándolo.

—Ahora vos —dije con voz ronca.

Augusto entendió perfecto. Me levantó con facilidad (fuerte para su edad) y me recostó en el sofá. Me quitó la tanga despacio, separó mis piernas y hundió la cara entre ellas. Su lengua fue directa al clítoris: círculos lentos, luego rápidos, chupando suave, luego más fuerte. Dos dedos entraron sin esfuerzo porque ya estaba empapada, curvándose justo en ese punto que me hace arquear la espalda.

—Ay, sí… ahí… no pares —gemí, agarrándole el pelo con las dos manos, empujándolo más contra mí.

Me hizo correr dos veces con la boca: la primera rápido, la segunda más lento y profundo, hasta que temblé entera y grité su nombre.

Cuando me recuperé, lo miré con ojos de leona hambrienta.

—Ahora te toca a vos sentirme.

Lo empujé al piso, sobre la alfombra suave, y me subí encima. Tomé su polla con la mano, la acomodé en mi entrada y bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba por completo. Los dos gemimos al unísono.

Empecé a moverme: primero lento, círculos con la cadera, luego arriba y abajo con fuerza. Mis tetas rebotaban con cada embestida, él las agarraba, pellizcaba los pezones, me miraba como si no pudiera creer lo que estaba viviendo.

—Sos increíble… tan apretada, tan caliente —jadeaba.

—Y vos tan duro… me encanta sentirte así dentro —respondí, acelerando el ritmo.

Cambiamos varias veces porque ninguno quería que terminara rápido. Me puso en cuatro sobre el sofá: entró desde atrás profundo, agarrándome las caderas, golpeando justo donde más me gusta. Yo empujaba hacia atrás, pidiéndole más.

—Más fuerte… sí, así…

Después me cargó hasta la cama, me puso boca arriba y me folló misionero, lento y profundo, besándome todo el tiempo, chupándome las tetas mientras entraba y salía. Yo le clavaba las uñas en la espalda, le mordía el hombro, le susurraba al oído cuánto me gustaba.

En un momento me subí otra vez encima, ahora de espaldas: quería que viera mi culo grande rebotando mientras lo cabalgaba. Él lo agarraba con las dos manos, separaba las nalgas, metía un dedo húmedo en mi ano mientras yo subía y bajaba sin piedad.

—Julieta… no aguanto más —gimió al fin.

—Yo tampoco… venite conmigo.

Aceleré, apretándolo con mis paredes, y los dos explotamos casi al mismo tiempo: él llenándome con chorros calientes y yo corriéndome tan fuerte que vi estrellas, temblando encima de él.

Nos quedamos así un rato largo, yo encima, él todavía dentro, acariciándome la espalda, besándome el cuello. Después repetimos: una segunda ronda más lenta en la cama, él lamiéndome otra vez hasta hacerme gritar, yo chupándosela hasta que se vino en mi boca y lo tragué todo mirándolo fijo.

Duró horas. Nos duchamos juntos entre caricias, volvimos a la cama y seguimos hasta que el cuerpo no dio más. Me dormí abrazada a él, con su mano en mi teta y su respiración calma en mi nuca, sabiendo que había sido la follada más intensa y completa que había tenido en años.

Y sí, yo siempre tuve el control. Porque esa noche era mía. Y él lo supo desde el primer segundo.

Al otro día desayunamos en su cocina, con el sol entrando a pleno y el aroma a café fresco. Hablamos poco, solo miradas cómplices y sonrisas que decían todo. Me sentía satisfecha, poderosa, con el cuerpo todavía vibrando de la noche anterior. Cuando me llevó de vuelta al hotel en su auto, intentó besarme al detenerse frente a la entrada. Lo aparté suave pero firme, con una sonrisa traviesa.

—No te equivoques, Augusto… solo fuiste una presa más.

Le guiñé el ojo, saqué la tanga negra que llevaba en el bolso y se la dejé en la mano como recuerdo. Él rio bajito, sorprendido, y yo bajé del auto contoneándome, sabiendo que me miraba el culo hasta que desaparecí en el lobby.

Al llegar a la suite, eliminé y bloqueé su número sin dudar. Me duché largo, dejando que el agua se llevara el perfume de su piel y cualquier rastro de duda. Mis amigas ya estaban despiertas; les conté lo justo, entre risas y gritos de aprobación, y pasamos el resto del día relajadas, disfrutando las últimas horas en Miami. Al día siguiente partimos.

Al llegar a Argentina, mis hijos corrieron a mis brazos en el aeropuerto, y mi marido me abrazó fuerte, con esa mirada que por un momento me hizo sentir que todo podía volver a ser como antes. Con el tiempo intentamos mejorar: más charlas, más intentos de reconectar, más noches en que fingíamos que la chispa seguía ahí. Pero después de unos años era notorio lo cansados que estábamos de la relación, de la rutina que nos había comido vivos.

Una noche, antes de tirar todo por la borda con gritos y reproches, hablamos de verdad. Calmados, como adultos. Él me confesó que me había sido infiel, que habían sido un par de veces. Yo también confesé lo mío. Y en vez de explotar, nos reímos… como dos chicos pillados en una travesura. Reímos por lo absurdo, por lo humano que éramos los dos, por no haber sabido parar a tiempo.

Al detallar una de mis aventuras —sin nombres, solo sensaciones—, él me miró distinto, me besó con hambre contenida y terminamos haciendo el amor una última vez: apasionado, hermoso, sin culpas ni apuro. Fue un cierre perfecto, intenso, como si nos despidiéramos agradeciéndonos todo lo bueno que sí habíamos tenido.

Los dos cometimos errores. No supimos terminar cuando correspondía. Pero nada nos iba a quitar la oportunidad de ser buenos padres, y eso lo agradecimos siempre. Firmamos los acuerdos en paz, cada uno siguió su camino, y lo único que nos unió desde entonces fueron nuestros hijos: lo más valioso de todo.

Al cabo de unos años, mi vida giró solo alrededor de ellos. Me preocupé por sus risas, sus estudios, sus abrazos. No me interesó nadie más en serio. Obvio, soy una leona: tuve mis momentos calientes, encuentros rápidos, noches de placer puro… pero nada memorable como para contarles aquí.

Hace más o menos un año descubrí el mundo de los relatos eróticos. Me encantó: historias bien contadas, vivencias reales, parecidas a la mía. Un día apareció uno de Alma Carrizo y sentí que era mi vida reflejada en sus palabras. Tomé coraje, le mandé mensaje. Ella me respondió, empezamos a charlar y nació una linda amistad. Nos conocimos en persona, y ella me animó a contar mis vivencias.

Alma lo hacía para soltar un peso enorme que había cargado; yo no viví nada trágico, pero sí me sentía sucia, asquerosa por lo que había hecho. Y ojo: no quiero restarle culpa. Engañar estuvo mal y está mal. Punto. Pero aquí encontré personas dispuestas a escuchar sin juzgar, a entender que todos somos humanos, con deseos y errores.

Agradezco especialmente a mis seguidores, con quienes tuve más diálogo: fueron amables, respetuosos, me hicieron sentir acompañada. Y agradezco públicamente a Alma Carrizo, que me inspiró y gracias a ella mis vivencias salieron a la luz.

Bueno, no quiero seguir aburriéndolos. Muchas gracias a todos por leer hasta acá. No tengo más nada que contar; mis historias terminaron. Pero si les gustó mi forma de relatar, quizás en el futuro invente algunos relatos nuevos.

A los que me insultan o dejan comentarios groseros: ya no me leerán más. Felicidades.

A los seguidores amorosos que tuve: mil gracias por ser tan buena onda. Espero que mis relatos les hayan traído un poco de excitación, pero sobre todo entretenimiento en este mundo cada vez más complicado.

¡MUCHAS GRACIAS Y ADIÓS!

Compartir en tus redes!!
Julieta Manzotti
Julieta Manzotti

[email protected]
Espero sus devoluciones !!

Artículos: 4

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *