Follada Anal con mi Prima Cachonda en Navidad
Fuimos a una fiesta de un club de fútbol antes de fin de año, por las fiestas navideñas. El hecho es que mi prima, aparte de ser muy guapa, tiene unas tetas grandes pero perfectas, un culo que llama la atención. Sin embargo, a ella no le gusta ser muy expresiva. Pero realmente es hermosa. Bueno, el hecho es que en la fiesta nos pasamos de copas, lo suficiente para calentarnos. Como fuimos solos sin pareja y ya antes habíamos follado en varias oportunidades, nuestra confianza era demasiada.
Cerca de las 3 a.m. nos retiramos de la fiesta, queríamos algo más privado, jeje. Ella, sobre todo, estaba más alegre que de costumbre. En el viaje tomamos un taxi, y en el trayecto la abrazaba y le tocaba esas hermosas tetas, y ella no decía nada; al contrario, me daba besos en la mejilla. Luego, poco a poco, bajé a su entrepierna, uff, era la gloria, pues ella llevaba un vestido por encima de la rodilla y, a esa altura, abría las piernas y me dejaba tocar esa panocha que me gusta tanto. Solo la masturbé por encima y pude notar que estaba completamente húmeda.
Llegamos a su casa. Solo le dije: “Ponte cómoda” y me fui al baño a lavarme un poco. Creo que demoré un rato. Cuando entré a su cuarto, ella estaba echada en la cama con el vestido subido más de la cuenta, a tal punto que pude ver claramente que ya no llevaba la tanga húmeda. Eso me puso la verga como un palo y me puse a oler esa vagina de hembra en todo su apogeo.

Me acerqué despacio, con la polla latiendo fuerte dentro del pantalón. Mi prima me miró con ojos pícaros, mordiéndose el labio, y abrió más las piernas. “Ven, primito, que ya te estoy esperando”, me dijo con voz de puta. Me arrodillé al borde de la cama y hundí la cara en su panocha caliente, oliendo ese aroma dulce y caliente de hembra cachonda. Lamí sus labios mayores, chupando el clítoris hinchado, y ella soltó un gemido largo: “¡Ay, sí, así, lame mi conchita!”.
Metí la lengua adentro, saboreando sus jugos que chorreaban como miel. Le abrí las nalgas con las manos y vi su culito rosadito, apretado y tentador. “Quiero comerte toda, prima”, le dije, y ella respondió: “Hazlo, fóllame con la lengua primero”. La devoré como loco, alternando entre su coño empapado y su ano, metiendo la punta de la lengua en ese agujerito virgen que me volvía loco de deseo.
Ella se retorcía en la cama, agarrándome el pelo y empujando mi cabeza contra su entrepierna. “¡Me vengo, primo, no pares!”, gritó, y su panocha se contrajo expulsando un chorro de squirt que me mojó la cara entera. Respiraba agitada, pero yo no paré; me saqué la verga del pantalón, dura como piedra, venosa y gorda, y se la restregué por la cara interna de los muslos.
“Chúpamela, prima, que te la mereces”, le ordené. Ella se incorporó sonriente, abrió la boca y se la tragó hasta la garganta. “¡Qué rica verga tienes, primito! Más grande y gruesa que la de mi ex”, balbuceó con la boca llena, chupando el glande y lamiendo los huevos peludos. La mamaba como puta experta, escupiendo saliva que chorreaba por mis huevos.
La puse de rodillas en la cama, con el culo en pompa. Ese trasero perfecto, redondo y firme, me hipnotizaba. Le separé las nalgas y escupí en su ano, frotando con el dedo. “¿Quieres por el culo, verdad? Dime que sí, primita cachonda”. Ella gimió: “Sí, métemela despacito, que me encanta cuando me abres el culo”.
Empujé la punta de mi verga contra su culito apretado. Entró lenta, centímetro a centímetro, mientras ella jadeaba: “¡Ay, qué rico duele, empuja más!”. La follé analmenrte despacio al principio, sintiendo cómo su esfínter me apretaba como un guante caliente. Le azoté las nalgas, dejando marcas rojas, y ella pedía más: “¡Fóllame duro, hazme tu puta!”.
Aceleré el ritmo, bombeando fuerte, mis huevos chocando contra su panocha chorreante. “¡Te voy a llenar el culo de leche, prima!”, gruñí. Ella se masturbaba el clítoris con furia, viniéndose otra vez con un grito ahogado. Saqué la verga, brillante de sus jugos, y la volteé boca arriba.
Le abrí las piernas en V y le clavé la polla en la panocha de un solo golpe. “¡Qué estrecha estás, concha de mi vida!”, exclamé. La penetraba profundo, rozando su cervix, mientras le chupaba las tetas enormes, mordiendo los pezones duros como piedras. Ella clavaba las uñas en mi espalda: “¡Más adentro, rómpeme el coño!”.
Cambiamos a vaquera: ella encima, rebotando con su culo redondo golpeando mis muslos. Sus tetas saltaban hipnóticas, y yo las amasaba mientras ella cabalgaba como loca. “¡Me encanta tu verga gorda, primito, es la mejor!”, gemía, apretando su coño alrededor de mi tronco.
La puse contra la pared, levantándola en brazos. La follé de pie, embistiéndola contra la pared, su vestido hecho un trapo alrededor de la cintura. Sudábamos como animales, el cuarto olía a sexo puro. “¡Córrete dentro, lléname la panocha!”, suplicó ella.
No aguanté más: le llené el útero de semen caliente, chorro tras chorro, mientras ella se corría conmigo, ordeñándome hasta la última gota. Nos desplomamos en la cama, jadeantes. Pero mi verga seguía semidura.
“¿Quieres más, putita?”, le pregunté, restregándosela por la cara. Ella sonrió: “Siempre, fóllame el culo otra vez”. La puse en cuatro, escupí en su ano ya lubricado con semen, y la penetré de nuevo, esta vez brutal.
La sodomizé sin piedad, estirando su culito hasta que entraba entera. Ella gritaba de placer: “¡Sí, así, destrózame el culo!”. Le metí dos dedos en la panocha mientras la cogía anal, y se vino temblando violentamente.
Saqué la verga y la hice arrodillarse. “Trágatela toda, con mi leche y tu culo”. Ella la mamó ansiosa, limpiándola hasta brillar, y yo exploté en su boca, pintándole la garganta de blanco espeso.
Tragó todo, lamiéndose los labios: “Deliciosa, primito. Eres el mejor amante”. Nos acostamos abrazados, con su mano en mi polla, prometiendo más folladas por el culo.
Al día siguiente, con el sol navideño entrando por la ventana, ya la tenía dura otra vez. “Despierta, que te voy a desayunar el coño”, le susurré.
Le abrí las piernas despacio, admirando su panocha hinchada y reluciente de la noche anterior. “Despierta, primita, que te voy a desayunar el coño”, le susurré, hundiendo la lengua en sus labios mayores. Ella abrió los ojos con un gemido, agarrándome la cabeza: “¡Ay, sí, lame mi conchita mojada!”. La devoré con hambre, chupando su clítoris endurecido y metiendo dos dedos en su interior caliente, mientras ella se retorcía gimiendo: “¡Qué rico, primito, me pones a mil!”. Sus jugos me empapaban la barbilla, y pronto estaba lista, pidiéndome: “Chúpame la verga ahora, quiero saborearte”.
Se arrodilló en la cama, con sus tetas perfectas colgando, y se tragó mi polla dura como un desayuno caliente. “¡Mmm, qué rica verga mañanera!”, balbuceó, mamándola hasta las bolas, escupiendo saliva y lamiendo el culo con devoción. La follaba la boca despacio, agarrándole el pelo, mientras ella se masturbaba: “¡Córrete en mi garganta, lléname!”. Pero la detuve: “No aún, ahora te cojo el coño como se debe”. La puse boca abajo, le abrí las nalgas y le clavé la verga en la panocha de un empujón, sintiendo cómo me apretaba como un guante húmedo.
La embestí fuerte, mis huevos chocando contra su clítoris, mientras le azotaba el culo: “¡Qué rica estás, prima puta!”. Ella gritaba de placer: “¡Fóllame más duro, rómpeme la concha!”. Quería anal otra vez –”Métemela por el orto, porfi”–, pero le dolía un poco de anoche, así que se conformó gimiendo satisfecha con la follada vaginal.
La hice correrse dos veces, ordeñándome, hasta que le llené el coño de leche espesa.
Nos besamos sudados antes de despedirnos: “Volvemos a follar pronto, primito”, dijo ella, con mi semen chorreando por sus muslos.
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